sábado, 26 de julio de 2014

Joaquín Cruzalegui -El fugitivo


Joaquín Cruzalegui, Buenos Aires, 15 de octubre 1990



El fugitivo

Siguiendo el mismo camino se erige, despierto,
el fugitivo. Afuera, en la madrugada que lo aprisiona,
el fugitivo sigue el mismo camino con ojeras heladas. Los árboles
se mueven
por el viento y ese movimiento
sacude
los cristales de rocío que dormían sobre sus hojas.

En su acuerdo está implícita la ira y su Dios, omnipresencia
allá afuera, lo obliga a la vorágine. Desnuda el cielo, impaciente
el fugitivo. ¿Será que realmente existe?

¿O es un mero matiz en la
ansiedad de los momentos más oscuros?

El aire se extiende y se presenta interminable en el lenguaje
de este ser. El aire se llena de murmullos, como un bosque
nocturno.

La distancia aprieta (en todas sus vertientes) y desfigura
la forma del cuerpo del fugitivo convirtiéndolo
en lluvia. Llega desde el Sur, constante y silenciosa,
la difícil esencia del fugitivo.
La tierra se desgarra por el agua intranquila
y el camino se va borrando lentamente. El agua y la tierra
forman una arcilla acuosa color canela.
El camino se pierde. Lucha contra
lo inevitable una y otra vez.

El suelo agobiado de tanto agotamiento pide
resequedad. El fugitivo escapa, perseguidor-perseguido
por su Dios, su lecho.
La sensualidad de la desesperación en los pasos
del fugitivo se refleja en los charcos solitarios
que visitan los días.

La plasticidad de la ira hace incontrolable su andar. De acá
para allá, constante.
El delirio, la experiencia y la locura. El magnetismo de
la ceremonia.

En el filo de la mañana el cielo deja de sufrir. Comienza
a destruirse, de a poco y precipitadamente. Se desintegra
en porciones. Y el fugitivo, lento, desconocido, se pierde.
Se hunde en la demencia soñolienta de las mañanas.
Es su propia lengua. Es su propia tormenta. Lo es todo.
Desde hace mucho tiempo y para siempre.

¿Has visto directamente a los ojos del Miedo?
¿Has escuchado a la madera del bosque
llorar en silencio?

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