martes, 22 de diciembre de 2015

Luis Bacigalupo -El cortejo

Luis Bacigalupo, Buenos Aires, 5 de octubre 1958


El cortejo

Dominado por el grito materno, se detuvo el cortejo, como si no debiera ya avanzar más; se detuvo en cruel espera, pero luego, liberado una vez más, siguió sin embargo hacia adelante, peldaño tras peldaño, trepando por la calle de la miseria...
                                                                                                                                          
                                                                                                               Herman Broch

Nace el ansia
o el ansia despierta en la historia
con sudor y aliento a carne:
alimento y caridad.

Nace la calma
en el espejo del porvenir,
luego el clamor del aire
con su silencio de cigarras
bajo el calor de una tarde sin dios.

Tristeza corpuscular de una luz esmerilada    
cuando mirabas la gente pasar
tras la mezquindad de tu ventana
ya enferma
entre el estupor de ver siempre lo mismo
y esa tristeza crepuscular.

Estupor suspendido en la frase
de otra tristeza entonces callada
al reconocerme y no reconocerme.

Qué esperanza insiste en perpetuarse
cuando no ha quedado nadie aquí
en tu corazón absorto en la visión
de un cortejo de espectros.

Oh absorción
en el conocimiento vislumbrado en tus párpados
serenidad de ceder a la serenidad de saber que
la gente ama cosas incomprensibles
pero por sobre todo, las certidumbres.
Tal es el optimismo del mundo.

La gente ama el optimismo incluso sin optimistas.
Menos a nosotros la gente ama oh
cosas incomprensibles.
La gente gusta verse igual y diferente,
asiente con bastante frecuencia,
pasarán a la historia, tal vez,
desde el otro lado de la ventana.

La gente asiente con bastante frecuencia
a sus propios pensamientos,
se asientan en la ignorancia de no saber
que se ignora esa ignorancia que vela
el sentido de un decir sin sombra.

Odio a la gente porque no hay nada
a lo que me parezca tanto.
Por lo común guardo mayor parecido con la gente
que conmigo mismo, hoy,
hoy no,
hoy no me parezco a ti
sino a mí en mi hueca gravedad.

No hay crimen sin seducción
en los actos cordiales de la historia.
Allí, es preciso saber que nadie conoce a nadie,
que la madre no ha de reconocer al hijo
porque el hijo sólo ha de estar para ver
cómo la madre mira pasar
el cortejo de su mezquindad.

Todavía estamos en los comienzos
de esta canción de cuna.
Arrulla el fruto intocado de la humanidad.
Retroceden ante ella la mano y la tentación,
la tentacular mano de la tentación.

Ya,
ya no,
ya no te acuerdas de mí.

Hablabas del amaneramiento del día,
de las horas en que los encantamientos de la luz
devienen fatiga,
torpeza de los sentidos una vez más,
imbecilidad de lo mismo hasta el cansancio,
virtud siempre avara, cuanto más propia,
más ajena.

Esa mota de polvo: la historia
también también
virtuosa, nuestra justa genialidad
apetecida en sus previsiones.
La historia también de eso,
de eso mismo no dicho
también también
hablábamos en los albores de la lengua.

Todo es como decir nada sin entendernos,
decir nada cuando el mundo se empeña
en decir todo.

Cuándo, dónde, orfandad,
y ese modo de tañer la ira de mi juventud.

Quien buscaba la belleza en la negación,
allí, donde la belleza jamás había de encontrarse.

Dónde, cuándo, orfandad,
miremos una vez más esa gente pasar
como haciendo alarde de una serenidad
onomatopéyica.

Lo vemos aún de este lado de la ventana.
Hasta cuándo... a través de la calle...

Ansia y calma cobran
el relieve de una afectación trágica
visto también, madre, de aquel lado de la ventana,
de aquel ensortijado lado de la vida.

Lo mismo, siempre lo mismo,
negados a la visión del cayado que pulsa
una incipiente voluntad,
al pulido de unos ojos sin turbulencias.

Recodo de una glosolalia:
la historia, en las sentinas,
bajo las emanaciones de una senilidad precoz.

Razón de la pasión de las buenas gentes,
de tus ojos malidiscentes.

Razón febril de lo mismo.
Es el gasto del dolor de las gentes de bien.
Todo un gesto, al cabo de la travesía,
que aspira a la santidad.
Por esa vía, por esa vía del mal sin desvío,
al doblar la esquina o el codo de esta historia
madre
madre.

Esta lluvia ha empezado a enloquecer.
Apenas si soy ése quien crees en tu dolencia,
en tu indolencia.

Ni fe doy sin ser quien crees en tu creencia,
pero tampoco el mismo
sino quien siendo guarda silencio y gratitud,
luego grita, al rozar tus huesos, tres escalofríos.

Llueve en tus ojos por enloquecer
mientras hoy estoy más hoy que nunca
y soy la espera
a la espera de un tiempo que fue
mientras vacilas entre reconocerme
y no reconocerme.

Páginas de una memoria tolerada
en virtud de nada.

Ni apetecer ni ser apetecido,
ni extinción del sentido de una historia senil
con su atrofia cortical tolerada en virtud
de todo.

Empatías, apareamientos.

La vida resiste a la vida
de este lado de la ventana,
sin ser reconocida siquiera
de este lado de la naturaleza.

Méritos de toda importancia.
Aunque la vida no es algo que deba merecerse
entre los cinco y seis años de edad.

Ése que fuimos entre los cinco y los seis
habiendo acaso contado tres
quizás un poco menos tontos
o poco menos claros
o poco más oscuros
entre los cinco y seis años de edad
habiendo acaso contado tres
o mejor
entre los seis y cinco años de edad siendo
entre los cinco y los seis eso
tan parecido al tres
al otorgarle cuanto merece
claramente nada
oscuramente todo
cuando vemos pasar el cortejo
de este lado de la ventana,
imprimiendo en nuestros ojos la inversión
de un pensamiento del mundo
en el mundo y para el mundo,
con su historia y su prehistoria inscriptas
en el regazo ágrafo de una madre sin voz.

Espectros de espectros:

es de suponer que allí, en ese agujero,
la semilla no ha de malograrse,
no ha de malograrse el futuro feliz.

















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