jueves, 8 de septiembre de 2016

Romilio Ribero -El que memora

Romilio Ribero, Capilla del Monte, 9 de julio 1933 - Córdoba, 5 de diciembre 1974


El que memora
                                                                          A Emilio Sosa López

¡Estará anocheciendo en una patria que amo!
Caerán a esta hora sobre todas las hierbas cansadas de luz
flechas del otoño obstinado en su inacabable perfume.
Irán los ríos creciendo hacia los remotos pueblos.
Volverán por el cielo las bandadas de garzas.
La muerte diaria será una noche de interminables ritos
y de fuegos,
todo dependerá de la cíclica luna
y nacerán los niños desde el fondo celeste de la atmósfera.
Estará cayendo la noche-niña, la noche de los ladridos,
la noche de los perdurables milagros:
se convertirán las mujeres en fabulosas aves que espantan los viajeros,
volverán los carruajes de los muertos cargados de azucenas
y tejerán los astros por el cielo su interminable ruta.
Descenderá la noche hacia los sitios del extraño fuego,
medirá las horas de la soledad en sus dormidas vestiduras;
tendrá por fin esa grandeza oscura de un ritual paraíso.
¡Dirán sus huéspedes las oraciones del día y yo quedaré lejos!
Me habrán olvidado como si no tuviese vida ni muerte.
Como si estuviera no nacido
y jamás hubiese posado mis manos sobre las tristes
puertas del ocaso
y tampoco cantado en despiadadas lluvias que atestiguan mi rostro.
Rezarán por los árboles quemados, por los niños que
cumplen su soledad debajo de rosales memoriosos;
por las madres consumidas por mandato de Dios;
por los caballos que han devorado los perros,
por las ánimas que se levantan del oscuro territorio de
herrumbrados follajes,
por las lluvias que no llegaron y las sequías asoladoras,
por alianzas que traen sus redes de agonía,
por costumbre nomás de saberse olvidado de niños y
heredades,
por todos los que dejaron un lugar vacío en la casa,
un penetrante olor a deshojado ramo
y un nado en las guirnaldas que aún penden en paredes
desoladas.
Estarán ahora llevándose la mano a los sagrarios.
Buscarán en las visiones de su árido día la justificación
de la existencia;
contarán a los niños que hay en el sur un duende que
es nieve de paloma, que canta de calandria,
que escapa en la llanura en forma de celeste remolino
y se guarda en el río o entre los pastizales para cazar la
luz del alba.
Relatarán los últimos acontecimientos de la tierra:
Algunos vieron ya cruzar la primera majada del otoño
sin llevar los jinetes;
otro dirá que la estación no es propicia para el perfume
ni que los enjambres se colmarán para el invierno.
Otro memorará verdes tablones donde descansa el padre
en perpetua estadía;
y el más joven quizás cantará convocando golondrinas
porque en su cuarta luna la mujer guarda leche.
Las niñas esperarán, esperan a la torcaz del cielo,
a los gitanos que desde hace muchos años no llegan
para danzar por los llanos,
para juntar mariposas en el trigo
para ir hasta las playas con sus huecos tambores y sus cantos.
Estará anocheciendo en algún país que eternamente vivo!
Ninguno de sus seres recordará mi voz de solitario.
Pasarán los días con sus renovaciones, sus naufragios de
flores, sus ciclos de fragancias.
He dispuesto mi exilio entre duras ciudades de máscaras,
muertes, soledades,
hospitales, cotidianas flores disecadas.
Me habrán olvidado como si no tuviese vida ni muerte.