lunes, 20 de noviembre de 2017

Xavier Amorós -Tiempos extraños

Xavier Amorós, Reus, 17 de abril 1923
Versión Jonio González


Tiempos extraños

He vivido tiempos extraños.
A decir verdad:
no he conocido otros.
Quizá nunca haya existido un tiempo normal,
al menos en nuestro país, pobre,
que da lástima.
Y tengo lástima, claro,
de nosotros mismos,
de los padres y de los abuelos,
y de todos.
Pero sólo quiero hablar de lo que he visto
o de lo que he oído contar
hace poco.
Por ejemplo,
de cuando Dios también era una cosa muy extraña,
una especie de ser mitológico,
supuestamente a la máxima potencia,
que siempre estaba a punto de fulminar
a todos aquellos que no querían adorarlo.
Cuando ganaron las izquierdas,
las primeras elecciones, en mil novecientos treinta y uno,
los Navarro hablaban de tinieblas
y del fin del mundo
si la suerte no se ponía
de parte de los adoradores.
Los Navarro
tenían presente las profecías
de la famosa madre Ràfols,
una monja nacida en Vilafranca
en la primera planta de una masía
que yo visité con los del colegio,
después de no jugar al fútbol
porque llovía.
Los Navarro
tenían unas cajas
de fósforos benditos
para atravesar las tinieblas vengativas.
Por entonces se hablaba
mucho de religión
y de fe pisoteada.
Yo asistía a misa todos los festivos;
fui a las monjas y después a los “padres”
recé muchísimas veces el rosario.
Del Evangelio
nunca oí decir
dos palabras
que valiesen la pena.

sábado, 18 de noviembre de 2017

Anne Carson -Ensayo sobre las cosas en las que más pienso

Anne Carson, Toronto, 21 de junio 1950
Traducción Berta García Faet


Ensayo sobre las cosas en las que más pienso

 En el error.
Y en sus emociones.
Estar a punto del error es una condición del miedo.
Estar en medio del error es estar en un estado de locura y de derrota.
Darte cuenta de que has cometido un error produce vergüenza y remordimiento.
¿O sí?

Veamos.
Mucha gente, incluyendo a Aristóteles, opina que el error
es un suceso mental interesante y valioso.
Cuando habla de la metáfora en su Retórica,
Aristóteles dice que hay tres tipos de palabras:
las extrañas, las ordinarias y las metafóricas.

“Las palabras extrañas simplemente nos descolocan;
las palabras ordinarias nos transmiten lo que ya sabíamos;
usando metáforas es como nos topamos con lo nuevo y con lo fresco”
(Retórica, 1410b10-15).
¿En qué consiste esa frescura de las metáforas?
Aristóteles dice que la metáfora hace que la mente se experimente a sí misma

en el acto de cometer un error.
Ve la mente como algo que se mueve a lo largo de una superficie plana
hecha de lenguaje ordinario
y luego de repente
esa superficie se rompe o se complica.
Emerge lo inesperado.

Al principio parece raro, contradictorio o incorrecto.
Y después sí tiene sentido.
Y es en ese momento cuando, según Aristóteles,
la mente se dirige a sí misma y se dice:
“¡Qué verdad es! ¡Y aun así cómo lo había malinterpretado yo todo!”
Es posible aprender una lección de los errores auténticos de las metáforas.

No es solo que las cosas no son lo que parecen,
y de ahí que nos confundamos;
además, dicha equivocación es en sí valiosa.
Pero esperad un momento, dice Aristóteles,
hay mucho que ver y sentir por ahí.
Las metáforas le enseñan a la mente

a disfrutar del error
y a aprender
de la yuxtaposición entre lo que es y lo que no es.
Hay un proverbio chino que dice:
un pincel no puede escribir dos caracteres en la misma pincelada.
Y aun así

eso es justamente lo que hace un buen error.
Veamos un ejemplo.
Es un fragmento de cierto poema griego antiguo
que contiene un error de aritmética.
Por lo visto el poeta no sabe
que 2+2=4.

Fragmento Alkman 20:
[?] lo cual hacen tres estaciones, verano
e invierno y en tercer lugar otoño
y en cuarto lugar primavera cuando
hay florecimientos pero comer suficiente
no lo es.

Alkman vivió en Esparta en el s. VII a.C.
Entonces Esparta era un estado pobre
y es improbable
que Alkman llevara una vida de rico bien alimentado.
Este hecho es el contexto de sus observaciones
que desembocan en el hambre.

Siempre tenemos la sensación de que el hambre
es un error.
Alkman hace que experimentemos este error
con él
mediante un uso efectivo del error computacional.
Para un poeta espartano pobre sin nada

en sus bolsillos
al final del invierno,
ahí viene la primavera
como una ocurrencia a deshora de la economía natural,
la cuarta en una serie de tres,
desequilibrada su aritmética
y su verso yámbico.

El poema de Alkman se parte en dos a mitad camino con ese metro yámbico
sin dar ninguna explicación
sobre de dónde viene la primavera
o sobre por qué los números no nos ayudan
a controlar mejor la realidad.

Tres cosas me gustan del poema de Alkman.
Primero, que es pequeño,
ligero
y económico de una manera más que perfecta.
Segundo, que parece sugerir la presencia de ciertos colores como el verde pálido
sin ni siquiera nombrarlos.

Tercero, que consigue sacar a relucir
algunas preguntas metafísicas de primer orden
(como la de Quién hizo el mundo)
sin un análisis excesivo.
Fijémonos en que en el predicado verbal “lo cual hacen” en el primer verso
no hay sujeto: [?]

Es muy poco habitual en griego
que el predicado verbal no tenga sujeto; de hecho,
es un error gramatical.
Si les preguntáis, los filólogos estrictos os dirán
que este error no es más que un accidente de transmisión,
que el poema tal y como nos ha llegado
con toda seguridad es un fragmento suelto
de un texto más extenso
y que es casi seguro que Alkman nombró
al agente de la creación
en los versos precedentes.
Bueno, puede ser.

Pero, como sabéis, el principal objetivo de la filología
es reducir todo placer textual
a un mero accidente histórico.
Y no me siento cómoda con la idea de que podemos saber exactamente
qué es lo que quiere decir el poeta.
Por lo tanto, dejemos el interrogante aquí

al comienzo del poema
y admiremos la valentía de Alkman
a la hora de confrontar aquello que queda entre paréntesis.
La cuarta cosa que me gusta
del poema de Alkman
es la impresión que da

de hacer que se desembuche la verdad, en contra de sí misma.
Muchos poetas aspiran
a conseguir este tono de lucidez inadvertida
pero pocos se dan cuenta tan fácilmente como Alkman.
Por supuesto, su simplicidad es un fake.
Alkman no es para nada simple,
es un maestro de la organización
(o lo que Aristóteles llamaría un “imitador”
de la realidad).
La imitación (mímesis, en griego)
es el término que utiliza Aristóteles para designar a los errores auténticos de la poesía.
Lo que me gusta de este término

es la facilidad con la que admite
que aquello con lo que nos las vemos cuando hacemos poesía es el error,
la obstinada creación del error,
el rompimiento deliberado y la complicación de los errores
de los cuales puede emerger
lo inesperado.

Así que un poeta como Alkman
deja a un lado el miedo, la ansiedad, la vergüenza, el remordimiento
y el resto de emociones tontas que asociamos con el hecho de cometer errores
para aceptar
la verdad verdadera.
La verdad verdadera en el caso de los humanos es la imperfección.

Alkman rompe con las reglas de la aritmética
y hace peligrar la gramática
y no da pie con bola en cuanto a la forma métrica de sus versos
para llevarnos a aceptar este hecho.
Al final del poema el hecho sigue ahí
y probablemente Alkman no tiene menos hambre.

Sin embargo, algo ha cambiado en el coeficiente de nuestras expectativas.
Porque, haciendo que nos equivocáramos,
Alkman ha perfeccionado algo.
Sí, ha mejorado algo, ha mejorado algo de una manera
más que perfecta.
Con un solo pincel.




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jueves, 16 de noviembre de 2017

Gabriel Mwènè Okoundji -Canto de la semilla del Sahara

Gabriel Mwènè Okoundji, Okondo, República del Congo, 9 de abril 1962
Traducción Leandro Calle


Canto de la semilla del Sahara 

La vía del desierto es vasta, ancha, poderosa, inmortal


¡Desierto!
Por cuál voz divina cantar tu nombre divino que se despliega al infinito
virgen y majestuosa luz de oro enrollada como un turbante
extensión de arena resplandeciente del alba al crepúsculo -¡Oh milagro!
el horizonte se inclina duna tras duna, los cielos exaltan tu sol.

Semilla sembrada
Se necesita todo el silencio de las palabras
para decir tu nombre.



¡Desierto!
No te llamas, no necesita nadie nombrar el cuerpo de tu alma
el pozo espiritual donde el camello es la cuerda tiene los relieves de tu nombre
el cielo no tiene signos más que para el espíritu sereno de tus nubes sin lágrimas
eres ofrenda de ofrendas, obra que no discrepa con el silencio.

Semilla sembrada
Aquí, cuando esperas a Dios
no pierdes el tiempo.



¡Desierto!
A la luz de los comienzos, Dios creó tu rostro negro y blanco
te nombró desde el instante donde la luna, colmada, se retira en el sol
Sahara, Téneré, Sahel, últimos vocablos de las lenguas de tu suelo
tierra de hombres, conoces por ti misma el enigma y el espíritu del silencio.

Semilla sembrada
Quien no conoce el silencio del desierto
no sabe lo que es el silencio.



¡Desierto!
Eres madre de los Garamantes[1], nuestros lejanos antepasados maestros de los torrentes,
eres madre de los océanos, océano de los “peces de arena”, mira de espejismos
de oasis con orillas blancas y negras:  son el total de tus hijos
¡Sahara! Quien te contempla con los ojos cerrados avisa al alma de tu milagro.

Semilla sembrada
Hombre, avanza, avanza en tu camino
por las huellas donde se fueron nuestros primeros padres.



¡Desierto!
¡Ignoro el tifinag![2]
Mi canto que te canta por mi voz lo escucha.
Quien quiera que haya nacido en tu suelo descansará en tu suelo: ¡heme aquí!
Me inclino, te evoco y en las venas arenosas de mi cuerpo escucho.
Los latidos de mi sangre te rinden homenaje, soy de tu carne.

Semilla sembrada
¿Puede culparse a un hombre
que reconoce a su tierra por instinto?

 ¡Desierto!
Hermanos nómades de las caravanas, del lago Chad y de lejanos campamentos
concédanme la indulgencia de ser Beduino, Tubu, Tuareg, Saharaui
y ustedes Moros, Hausas, Árabes, Fulanis y Bereberes del Mzab
que podamos alcanzar la concordia de todos los dioses en el impulso de un mismo corazón.

Semilla sembrada
El ciego que llega entre los suyos
no busca el camino.



¡Desierto!
Ningún día sin el soplo de vida por encima de las maravillas del mundo
ballet del siroco, torbellino del harmatán en borrasca del jamsin[3]
alisios vagabundos al destino mudo de gueltas[4], montañas, erg, reg y sebkhas.[5]
Al camellero que ha sido puesto a prueba por el largo camino, este aire le elevará la fe.

Semilla sembrada
El viento del desierto en la cara
vuelve sabio al hombre.


¡Desierto!
bajo el techo de tu cielo, eh ahí Monod[6] el hombre que consagró su vida a la búsqueda
caminando entre las estrellas, sus ojos conservaron la loca pasión de los espejismos
Monod conquistó la luz que fluye en los corazones como la savia en el tronco
Monod es tu baobab arraigado, la salvación de tu memoria nunca conocerá la noche.

Semilla sembrada
El sabio es en la tierra
como el oro en las minas.



¡Desierto!
Sahara desierto de los desiertos, cuna de migraciones seculares
porque son eternas tus arenas, la memoria del mundo es inmortal
desde Toumaï de Sahel[7], desde Lucy[8], desde Ra dios de los faraones
la historia no abolirá jamás tu heredad que dispensa la fe a los peregrinos.

Semilla sembrada
Quien tiene buena memoria
nunca es pobre.



¡Desierto!
Creación de los dioses, he ahí que por la mano del hombre has llegado a ser una tierra zaherida por raptos, rehenes, los combates de Amgala[9], Tombuctú, Oh Tibhirine[10]
¿con qué dedo señalar esa mancha de los mausoleos? pregunto, oh pena mía
y quién dirá el crimen de los ensayos nucleares bajo el suelo de Hamoudia[11], oh tristeza mía.

Semilla sembrada
Que Dios, que nuestros antepasados protejan
la historia de la próxima aurora.


——————————————————————

[1] Pueblos norafricanos del siglo VI. (NdT)
[2] Alfabeto que se utiliza para la transcripción de lenguas bereber. (NdT)
[3] El jamsin, el siroco y el harmatán son vientos de la zona norte del África. (NdT)
[4] Denominación para los espejos de agua naturales en el norte de África. (NdT)
[5] Erg son las extensiones propiamente arenosas de los desiertos, mientras que reg, son las partes pedregosas. Sebkhas, designa los salares en los desiertos. (NdT)
[6] Teodoro Monod fue un explorador francés, humanista, investigador. Experto en el desierto de Sahara. Nació en Rouen, Francia en 1902 y falleció en Versalles en 2000. (NdT)
[7] Fósil homínido hallado en el Chad de 6 a 7 millones de años de antigüedad.  (NdT)
[8] Ídem, zona de Etiopía, 3 millones de años.  (NdT)
[9] Combate entre Marruecos y Argelia en Amgala. (NdT)
[10] Asesinato de siete monjes trapenses en Argelia, Tibhirine. (NdT)
[11] En los años 60 en esta región de Argelia, Francia realizó una de sus primeras pruebas nucleares. (NdT)






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martes, 14 de noviembre de 2017

Miguel Hernández -Vientos del pueblo me llevan

Miguel Hernández, Orihuela, 30 de octubre 1910 – Alicante, 28 de marzo 1942


Vientos del pueblo me llevan

Vientos del pueblo me llevan,
vientos del pueblo me arrastran,
me esparcen el corazón
y me aventan la garganta.

Los bueyes doblan la frente,
impotentemente mansa,
delante de los castigos:
los leones la levantan
y al mismo tiempo castigan
con su clamorosa zarpa.

No soy un de pueblo de bueyes,
que soy de un pueblo que embargan
yacimientos de leones,
desfiladeros de águilas
y cordilleras de toros
con el orgullo en el asta.
Nunca medraron los bueyes
en los páramos de España.

¿Quién habló de echar un yugo
sobre el cuello de esta raza?
¿Quién ha puesto al huracán
jamás ni yugos ni trabas,
ni quién al rayo detuvo
prisionero en una jaula?

Asturianos de braveza,
vascos de piedra blindada,
valencianos de alegría
y castellanos de alma,
labrados como la tierra
y airosos como las alas;
andaluces de relámpagos,
nacidos entre guitarras
y forjados en los yunques
torrenciales de las lágrimas;
extremeños de centeno,
gallegos de lluvia y calma,
catalanes de firmeza,
aragoneses de casta,
murcianos de dinamita
frutalmente propagada,
leoneses, navarros, dueños
del hambre, el sudor y el hacha,
reyes de la minería,
señores de la labranza,
hombres que entre las raíces,
como raíces gallardas,
vais de la vida a la muerte,
vais de la nada a la nada:
yugos os quieren poner
gentes de la hierba mala,
yugos que habéis de dejar
rotos sobre sus espaldas.
Crepúsculo de los bueyes
está despuntando el alba.

Los bueyes mueren vestidos
de humildad y olor de cuadra;
las águilas, los leones
y los toros de arrogancia,
y detrás de ellos, el cielo
ni se enturbia ni se acaba.
La agonía de los bueyes
tiene pequeña la cara,
la del animal varón
toda la creación agranda.

Si me muero, que me muera
con la cabeza muy alta.
Muerto y veinte veces muerto,
la boca contra la grama,
tendré apretados los dientes
y decidida la barba.

Cantando espero a la muerte,
que hay ruiseñores que cantan
encima de los fusiles
y en medio de las batallas.

domingo, 12 de noviembre de 2017

Christopher Marlowe -Fausto

Christopher Marlowe, Canterbury, 26 de febrero 1564 – Londres, 30 de mayo 1593
Versión Silvia Camerotto 

Fausto

¡Ay, Fausto
Solo te resta sino una hora de vida,
y luego sufrirás la condena eterna!
¡Deteneos, esferas celestiales
para que el tiempo cese, y la medianoche nunca llegue!
Bello Ojo de la Naturaleza, ¡levántate y
perpetúa el día o deja que esta hora dure
un año, un mes, una semana, un día común,
para que Fausto pueda arrepentirse y así salvar su alma!
¡O lente, lente currite, noctis equi!
Las estrellas siguen su curso, el tiempo corre, el reloj dará la hora,
y vendrá el demonio, y Fausto será maldito.
¡Oh! ¡Me elevaré hasta Dios! —¿Quién es el que empuja hacia abajo?—
¡Ved, ved como la sangre de Cristo fluye por sobre el firmamento!
Una sola gota salvaría mi alma, media gota; ¡Ah, Cristo mío!
¡No desgarréis mi corazón por nombrar a mi Cristo!
Aún así lo invocaré: ¡libérame Lucifer!
¿Adónde está ahora? Se ha ido: ¡y mira, donde Dios
extiende su brazo, y frunce su iracundo ceño!
Montañas y colinas, ¡venid, venid y sepultadme
y ocultadme de la profunda ira divina!
¡No, no!
Luego me hundiré en los abismos de la tierra;
¡Tierra ábrete! ¡Oh, no! ¡Ella no me cobijará!
Astros, que brillaban cuando nací,
vuestro influjo determinó la muerte y el infierno,
levantad a Fausto, como niebla confusa,
en las entrañas de estas preñadas nube(s),
para que, cuando vomiten nuevamente al aire,
expelan mis miembros de sus negras bocas,
y así mi alma pueda elevarse al cielo.

(El reloj marca el cuarto de hora).

¡Media hora ha pasado! Una hora completa será pronto,
oh Dios,
si tú no has de tener piedad con mi alma,
por el amor de Cristo, cuya sangre fue derramada por mi causa,
ponle fin a este interminable dolor;
dejad que Fausto more mil años en el infierno,
cien mil años, y que ¡al fin salvado sea!
¡Oh, no no hay fin para las almas condenadas!
¿Por qué no fui una criatura sin alma?
¿Por qué es inmortal la que poseo?
Ah, si la metempsicosis de Pitágoras fuera cierta,
¡mi alma debería abandonarme, y yo sería encarnado
en una bestia bruta! Todas las bestias son dichosas,
pues cuando mueren
sus almas se disuelven en la materia;
pero la mía debe aún vivir encadenada al infierno.
¡Malditos sean los padres que me engendraron!
No, Fausto, maldícete a tí mismo, maldice a Lucifer
que te ha privado de la bonanza del cielo.

(El reloj marca las doce).

¡Oh, está sonando! ¡Suena! Ahora, cuerpo, ¡tórnate aire
o Lucifer te precipitará prontamente al infierno!

(Truenos y rayos).

¡Oh, alma, conviértete en pequeñas gotas de agua
y confúndete en el océano! ¡Nunca seas encontrado!

viernes, 10 de noviembre de 2017

Carlos Mastronardi -La rosa infinita

Carlos Mastronardi, Gualeguay, 7 de octubre 1901 – Bs As, 5 de julio 1976


La rosa infinita

Había una niñez, unos jinetes y árboles
-también sus cariñosos-,
un portal conocido por sus flores,
algún abrazo aquietado entre perfumes
y la sombra central de la madre.
Las miradas seguían
el tránsito dichoso de la aurora
y el decaimiento de las azucenas.
Quien entraba buscando los cariños de adentro
debía pasar
bajo aquella herradura de la suerte
que a través de los años sostenía
los bienes de la casa.
Recuerdo la escondida frescura del aljibe:
en su hondura temblaban nuestras risas
y un eco más profundo tenían las tormentas.
El zorzal prisionero, en el tiempo agradable,
ensalzaba los montes natales.
Desde nuestras esquinas se contemplaba el campo.
Había claras mañanas, sucesos de esplendor,
atravesadas siempre de carros y silbidos,
y en el umbral alguno se tardaba,
callado frente al pueblo
y admirando a esos hombres que entraban con un canto
en que había una morocha prendada de un paisano.
Esto era en la provincia,
en la infinita rosa donde se holgó la infancia.
El campo se daba a la brisa
y el alba era cantora
en los árboles del fondo de la casa.
Las crecientes, los soles, las incansables aguas
conmovían al viejo vecindario,
y el hombre trabajaba con dulzuras
en aquella quietud de esplendores durables.
(En todo lo que diga estará el cielo,
pues era en la provincia,
las bandadas cruzaban una luz melodiosa
y eran los años vueltos hacia el campo).
En los desnudos brazos que el verano vencía
jugaban los reflejos
y vi pasar la imagen de la siesta.
Las calles empezaban con sol y jovencitas.
Una clara sonrisa
a veces detenía tormentas de jinetes.
Entre buenos recuerdo viene un hombre del monte,
y no quiero olvidar esos rosales
en cuya hondura generosa
nosotros y los pájaros andábamos.
Había una niñez, una fronda y sus amigos,
luces a las personas semejantes,
una boca pensando virtudes y pecados,
y en el invierno, el reino
de los cantos distraídos.
Aquí rememoro un galope
cortando la sensible medianoche
y el viento enloquecido en los parrales.
En el verano, la unidad de la alegría.
También las sucesiones afectuosas
de los brazos ligados,
y las glicinas, en el segundo patio,
junto a la cadena del pozo,
en sus avisos de agua tan sonora.
El cielo en nuestras predilecciones.
Sabíamos algunas palabras
para ayudarlo a Dios.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Antonio Machado -Retrato

Antonio Machado, Sevilla, 26 de julio 1875 – Francia, 22 de febrero 1939


Retrato

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
Y un huerto claro donde madura el limonero;
Mi juventud, veinte años en tierra de Castilla;
Mi historia, algunos casos que recordar no quiero.
Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido
-Ya conocéis mi torpe aliño indumentario-,
Mas recibí la flecha que me asignó Cupido,
Y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario.
Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
Pero mi verso brota de manantial sereno;
Y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
Soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.
Adoro la hermosura, y en la moderna estética
Corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
Mas no amo los afeites de la actual cosmética,
Ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.
Desdeño las romanzas de los tenores huecos
Y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro las voces de los ecos,
Y escucho solamente, entre las voces, una.
¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera
Mi verso, como deja el capitán su espada:
Famosa por la mano viril que la blandiera,
No por el docto oficio del forjador preciada.
Converso con el hombre que siempre va conmigo
-Quien habla solo espera hablar a Dios un día-;
Mi soliloquio es plática con ese buen amigo
Que me enseñó el secreto de la filantropía.
Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
El traje que me cubre y la mansión que habito,
El pan que me alimenta y el lecho en donde yazgo.
Y cuando llegue el día del último viaje,
Y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
Me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
Casi desnudo, como los hijos de la mar.

lunes, 6 de noviembre de 2017

May Sarton -El trabajo de la felicidad

May Sarton, Bélgica, 3 de mayo 1912 – York, EEUU, 16 de julio 1995
Versión Sandra Toro


El trabajo de la felicidad 

Pensé en la felicidad, en cómo se teje a diario
con el silencio de la casa vacía
y en que no es súbita ni gratuita, sino
una creación, como el crecimiento de un árbol.
Nadie lo ve, pero detrás de la corteza
crece otro círculo en los anillos que se expanden.
Nadie oyó a la raíz cavar más hondo en lo oscuro,
pero por ese trabajo hacia dentro el árbol se eleva,
sus penachos brillan, y sus hojas destellan.

Así, la felicidad se teje con la paz de las horas
y hunde sus raíces en lo profundo de la casa sola:
en el rincón, el busto antiguo; los frescos pisos encerados;
blancas cortinas que ondulan suave y continuamente
cuando libre se mueve el viento silencioso por el cuarto;
una biblioteca, una mesa y la pared blanqueada—
esos son los dioses de la casa, queridos y familiares,
aquí el trabajo de la fe puede hacerse mejor
y el árbol que crece es musical y verde.

¿Porque qué es la felicidad sino crecer en paz,
el sentido atemporal del tiempo cuando los muebles
pasaron toda una vida en el mismo lugar
y los sueños viejos , así como el viento al moverse, agitan
las hojas de la felicidad presente?
Nadie oye una mente ni escucha un pensamiento
pero donde alguien vivió en introspección
el aire queda cargado de bendiciones y bendice,
las ventanas miran a las montañas y las paredes son amables.

sábado, 4 de noviembre de 2017

Jaime Sabines -Sigue la muerte

Jaime Sabines, Chiapas, 25 de marzo 1926 – Ciudad de México, 19 de marzo 1999


Sigue la muerte


1

No digamos la palabra del canto,
cantemos. Alrededor de los huesos,
en los panteones, cantemos.
Al lado de los agonizantes,
de las parturientas, de los quebrados,
de los trabajadores, cantemos.
Bailemos, bebamos, violemos.
Ronda del fuego, círculo de sombras,
con los brazos en alto, que la muerte llega.
Encerrados ahora en el ataúd del aire,
hijos de la locura, caminemos
en torno de los esqueletos.
Es blanda y dulce como una cama con mujer
Lloremos.
Cantemos: la muerte, la muerte, la muerte,
hija de puta, viene.
La tengo aquí, me sube, me agarra
por dentro.
Como un esperma contenido,
como un vino enfermo.
Por los ahorcados lloremos,
por los curas, por los limpiabotas,
por las ceras de los hospitales,
por los sin oficio y los cantantes.
Lloremos por mí,
el más feliz, ay, lloremos.
Lloremos un barril de lágrimas.
Con un montón de ojos lloremos.
Que el mundo sepa que lloramos aquí
por el amor crucificado y las vírgenes,
por nuestra hambre de Dios
(¡pequeño Dios el hombre!)
y por los riñones del domingo.
Lloremos llanto clásico, bailando,
riendo con la boca mojada de lágrimas.
Que el mundo sepa que sabemos ser trágicos.
Lloremos por el polvo
y por la muerte de la rosa en las manos
Yo, el último, os invito
a bailar sobre el cráneo del tiempo.
¡De dos en dos los muertos!
Al tambor, a la Luna,
al compás del viento.
¡A cogerse las manos, sepultureros!
Gloria del hombre vivo:
¡espacio para el miedo
que va a bailar la danza que bailemos!
Tranca la tranca,
con la musiquilla del concierto
¡qué fácil es bailar remuerto!

2

¿Vamos a seguir con el cuento del canto y de la risa?
¡Ojos de sombra, corazón de ciego!
Pirámides de huesos se derrumban,
la madre hace los muertos.
Aremos los panteones y sembremos.
Trigo de muerto, pan de cada día,
en nuestra boca coja saliva.
(Moneda de los muertos sucia y salada,
en mi lengua hace de hostia petrificada.)
Hay que ver florecer en los jardines
piernas y espaldas entre arroyos de orines.
Cráneos con sus helechos, dientes violetas,
margaritas en las caderas de los poetas.
Que en medio de este cante
el loco pájaro gigante,
aleluya en el ala del vuelo,
aleluya por el cielo.
¡De pie, esqueletos!
Tenemos las sonrisas por amuletos.
¡Entremos a la danza,
en las cuencas los ojos de la esperanza!

3

Hay que mirar los niños en la flor de la muerte floreciendo,
luz untada en los pétalos nocturnos de la muerte.
Hay que mirar los ojos de los ancianos
mansamente encendidos, ardiendo en el aceite
votivo de la muerte.
Hay que mirar los pechos de las vírgenes
delgados de leche
amamantando las crías de la muerte.
Hay que mirar, tocar, brazos y piernas,
bocas mejillas, vientres
deshaciéndose en el ácido de la muerte.
Novias y madres caen,
se derrumban hermanos silenciosamente
en el pozo de la muerte.
Ejército de ciegos,
uno tras otro, de repente,
metiendo el pie en el hoyo de la muerte.

4

Acude, sombra, al sitio en que la muerte
nos espera.
Asiste, llanto, visitante negro.
Agujas en los ojos, dedos en la garganta,
brazos de pesadumbre sofocando el pecho.
La desgracia ha barrido el lugar
y ha cercado el lamento.
Coros de ruinas organiza el viento.
Viudos pasan y huérfanos,
y mujeres sin hombre,
y madres arrancadas, con la raíz al aire,
y todos en silencio.
Asiste, hermano, padre,
ven conmigo, ternura de perro.
Mi amor sale como el sol diariamente.
Cortemos la fruta del árbol negro,
bebamos el agua del río negro,
respiremos el aire negro.
No pasa, no sucede, no hablar del tiempo.
Esto ha de ser, no sé, esto es el fuego
-no brasa, no llama, no ceniza-
fuego sin rostro, negro.
Deja que me arranquen uno a
después la mano, el brazo,
que me arranquen el cuerpo,
que me busquen inútilmente negro.
Vamos, acude, llama, congrega
tu rebaño, muerte, tu pequeño
rebaño del día, enciérralo en tu puño,
aprisco de sueño.
Dejo en ti, madre nuestra,
en ti me dejo.
Gota perpetua,
bautizo verdadero,
en ti, inicial, final, estoy, me quedo.


jueves, 2 de noviembre de 2017

Esteban Peicovich -Curriculum

Esteban Peicovich, Zárate, Buenos Aires, 22 de diciembre 1929


Curriculum

Nací (es un decir).
Guardo entre gasas mi único cadáver,
aquel cordón umbilical que ella mantuvo
en escondite de múltiple avaricia
hasta dármelo a la edad de mis sesenta.

Tozudo soy como una rosa.
Y sucesivo como las hormigas.
Lento, hasta ser todo invierno.
Y dulce hasta mis huesos.

Fui una sólida monja hasta ser padre.

A mi primera hija se la robé a su madre
un día en que el amor andaba
de animal aturdido dando tumbos
casi de farra loca por la casa
y lo atrapamos.

Tengo otra hija con la cabeza revuelta
por los pájaros.
Tres hijos del otro lado del océano,
dos nietos que por dudar de mi existencia
me llaman Sebastián,
y una madre que resiste riendo
la inundación y el tiempo.

De mis cuatro esposas,
la primera se ahogó en sus propios ojos,
la segunda fundó una maternidad,
la tercera regresó a su sitio natural
de un cuadro de Filippo Lippi
y la cuarta me arropa y alimenta
y con cuchillo de azúcar
hace de mi dos hombres que la aman.

Por mi árbol genealógico ha descendido
tanta gente que me hace ruido dentro.
Desde el minero empaquetador de azúcar
que me trajo
hasta Vidriera, el licenciado
(a pleno día se me ve la noche.)

Por la palabra, al artefacto que soy
le fue dada la rosa en consideración,
el cordero en cuidado
y el silencio de Dios en cautiverio.

Sílaba a sílaba, comparto el gineceo
de las palabras que me aman.
Un mujerío que teje/desteje como Safo
mi inconcluso diccionario perplejo.

Se presentan, ahora, asuntos nuevos:
del girasol se fuga el amarillo.

Llaman a la puerta. Es la humedad.

Ni el licor de lo eterno, ni Sherezade,
ni la picadura súbita del pezón más colibrí
pueden hacer que reviva lo que olvido.

Veré de poner música esta noche.
No vaya a ser que tope con un golpe
de dados y mi azar no lo sepa.

lunes, 30 de octubre de 2017

Gabriel Celaya -La experiencia de Tchou-Hi

Gabriel Celaya, Hernani, 18 de marzo 1911-Madrid, 18 de abril 1991


La experiencia de Tchou-Hi

Todo se corresponde matemáticamente:
los cinco colores del verde al rojo-blanco
con que se viste el Rey según la edad del año
en el curso ritual de la Casa Ming T’ang
por los cuatro recintos de las cuatro estaciones
y, en la cruz de los cuatro, por el recinto-centro
de la única estación pues todo en torno gira.
Todo está en relación, y arriba, lo de abajo:
las cinco notas puras — Kong, tche, chang, yu, kio —
y los cinco elementos: agua fuego madera,
metal sonoro y tierra. No añado relaciones
que el rey Wen introdujo, herético, en la escala.
Hablo de  lo evidente, que fijó Houai-Nau-Tsen.
Los números sagrados, musicales y a un tiempo
matemático –astrales, son contra   discusión,
(pese a las correcciones que arriesgó Sen Ma-T’sien)
y lo digo sin ritmo porque los números cantan:
ochenta y cinco, cincuenta y cuatro, setenta y dos,
cuarenta y ocho, setenta y cuatro, cuarenta y dos,
cincuenta y  siete, cuarenta y seis, cincuenta y uno,
sesenta y ocho, cuarenta y cinco y sesenta.
No declaro a lo loco. Son las claves chinas.
A partir de estas claves pueden establecerse
las larguras correctas de los tubos sonoros,
que dan nueve, seis y ocho, para los tres primeros;                                            
luego, para los otros, según se multipliquen
por nueve en ciertos casos, por ocho en los restantes.
Todo se corresponde: la música y los  cielos,
y las ocho trigramas en rosa octogonal,
y las cuatro estaciones, con las doce notas
que dan los doce tubos denominados lyu,
de acuerdo con la estrella de doce orientaciones
que fue reglamentada por Lu-Pou-Wei, según
los mágicos  cuadrados, pues cabe calcular
y ver —cifra por cifra— relaciones que son
científico-astrológicas, y además establecen
el orden de los cantos y la paz de los reinos.

Mas cuando ya se había descubierto   el secreto
de las correspondencias, se había corregido
algún que otro defecto de los lyu y del gnomon,
y la medida exacta del primer lyu, houang tchong,
surgió el escepticismo. Fue en tiempo de los Han.
Se cumplían los ritos pero nadie creía
en la correspondencia de los lyu y de la sombra
del gnomon, los trigramas, la rosa de los vientos,
la música y la ciencia del calendario astral.
Y entonces, cuando nadie creía y disfrazaba
su duda de respeto, se probó  la poesía.
Fue  Tchou-Hi quien dispuso la experiencia maestra
que después comprobaron cientos de observatorios.
He aquí las condiciones para efectuar  la prueba.
Dispóngase un recinto  cuadrado, dos por dos,
como estable es la tierra, con un techo redondo
como el de la tortuga, o yin impar, el cielo.
La puerta será triple con nueve cerraduras
y llaves diferentes que serán enviadas
a quienes no se nombra, por agentes secretos.
Bajo la claraboya se tenderá una seda
que tamice la luz de rojo-amarillento.
Habrá doce ventanas protegidas del ruido
y el contacto exterior, y estarán orientadas
según las direcciones del cielo y los trigramas.
Ante cada ventana, se dispondrá una mesa
ligera, de bambú, que deberá ser baja
hacia adentro, y más  alta hacia fuera, en diez grados.
Sobre estas doce mesas, los lyu de jade rosa
estarán colocados según las direcciones
cosmográficas que antes se habrán establecido
tras de estudiar el año y el estado del reino.
Dentro de cada tubo sonoro se pondrán
cenizas impalpables de médula de saúco.
El suelo deberá ser de diorita negra,
tan limpia y bien pulida que los más leves rastros
de los soplos astrales puedan ser perceptibles
en forma de polvillo, como huella esparcida
del sistema en funciones de música infra-roja,
y las correspondencias que el hombre no registra.
Ni el más pequeño ruido turbará esta clausura.
Ni   la respiración de un hombre, ni en su ausencia,
el deseo de entrar, que entraría en fantasma.
Sólo se recomienda silencio enrarecido,
absoluta quietud cargada de inminencia,
silencio y más silencio, y ¡oh¡!, inteligencia.

Cientos de observatorios chinos han repetido
milenio tras milenio, la experiencia que explica
en su Apartado Doce, la obra “Lyu Li Yong Thong”.
Lo que a mí me sorprende son ciertas dudas tontas.
Tocando el violín se puede conseguir
que las copas que estaban dentro de los armarios
se llenen de un licor amatista-nocturno
que brota natural, mas yo no bebería.
Mirándose al espejo, no diré lo que ocurre.
Si uno va por la calle, sin pensar demasiado,
tropieza  con milagros. Es el azar, nos dicen.
¿Por qué   el azar?, pregunto. Todo está calculado,
y al fin lo que llamamos azar puede ser algo
deseado y, por eso, sin pensar provocado;
y auto-descubrimiento, los llamados misterios.
Por eso en estos versos, yo saludo a Tchou-Hi
y trato de aplicar su método heou-khi
a nuevas experiencias que sé, demostrarán
de un modo positivo, fácil y comprobable
que no es la poesía sólo un juego verbal
sino algo peligroso, por físico y astral.

sábado, 28 de octubre de 2017

Apel les Mestres -El Pinar

Apel les Mestres, Barcelona 29 de octubre 1854-Barcelona, 19 de julio 1936
Traducción Carlos Vitale


El Pinar

Caminábamos por el bosque, como se camina
por una catedral. Nos internábamos
plenos de recogimiento, plenos de misterio
y hablando en voz baja.
Como a través de cincelada ojiva
la luz del alba entre el ramaje pasaba,
y con sus irisaciones las negras cepas
chapaba de oro y grana.
Encima de cada cepa, que emergía,
como columna arrogante, de la montaña
se estremecía de los pinos el verde brote,
capitel de esmeralda.
Oculto entre la espesa nervadura
del ramaje ufano, dormía un ángel,
nimbada de penumbra la áurea testa
y encogidas las alas.
Y ha aparecido el sol. Las flores, abriéndose,
y los ruiseñores, cantando, han dicho hosanna;
entonces las doradas cabelleras
han sacudido los ángeles.
Y empuñando con la izquierda una viola
y con la derecha un arco mojado de rocío,
han preludiado el himno eterno del fiat,
despertador del alma.
Y creciendo con la luz, que poderosa
la tierra y cielo enamorada abraza,
el himno del bosque solemnemente se eleva
con acentos de plegaria.
Se eleva al firmamento, y parece al fundirse
una nota, una voz, una palabra;
palabra comenzada el primer día
y no acabada aún.

jueves, 26 de octubre de 2017

Ernesto Pérez Zúñiga -Campo de noche

Ernesto Pérez Zúñiga, Madrid, 22 de noviembre 1971



Campo de noche

Una noche sin ti bajo al infierno
se vuelven enemigas las farolas
camino las salinas solitario
y las huellas son sal
mide el destino sal
como fueron los fuegos de Sodoma
y en plena calle en llamas
en el mercado donde se está vendiendo el mundo
pequeños amuletos con tu nombre
caracolas que tienen tu sonido
collares con espejos
de cuando estabas cerca

Y conjuro al poder en su escondite

Una noche sin ti hace un infierno
hace espinos dormidos que despiertan
y coronas de daño por mi reino

La Negra Hueste mando a rastrearte:

Han visto los secretos del castillo
Hallaron en la luna las escamas
de un cocodrilo escurridizo
Han hallado en el bosque los sombreros
que perdieron después de la batalla
Pero no han visto a Beatriz
No han visto a Beatriz
No te han visto por mucho que esforzaron la mirada en el aire
y en los rincones de las selvas
y en los escaparates que tabican las grutas de montaña

No te han visto de noche ni en la noche ni en los confines de sin luz

Por eso yo conjuro a los poderes más viejos y dormidos
En la piedra
En la hierba
En los ojos del zorro
Docto caparazón de la tortuga y madrigueras de dragón
Perseguidos refugios de los lobos

Voy conjurando viejos poderes muy dormidos
una noche sin ti

martes, 24 de octubre de 2017

Tristan Tzara -Agua salvaje

Tristan Tzara, Rumania, 16 de abril 1896 – París, 25 de diciembre 1963
Traducción Aldo Pellegrini


Agua salvaje

los dientes hambrientos del ojo
cubiertos de hollín de seda
abiertos a la lluvia
todo el año
el agua desnuda
oscurece el sudor de la frente de la noche
el ojo está encerrado en un triángulo
el triángulo sostiene otro triángulo

el ojo a velocidad reducida
mastica fragmentos de sueño
mastica dientes de sol dientes cargados de sueño

el ruido ordenado en la periferia del resplandor
es un ángel
que sirve de cerradura a la seguridad de la canción
una pipa que se fuma en el compartimiento de fumadores
en su carne los gritos se filtran por los nervios
que conducen la lluvia y sus dibujos
las mujeres lo usan a modo de collar
y despierta la alegría de los astrónomos

todos lo toman por un juego de pliegues marinos
aterciopelado por el calor y el insomnio que lo colora

su ojo sólo se abre para el mío
no hay nadie sino yo que tenga miedo cuando lo mira
y me deja en estado de respetuoso sufrimiento
allí donde los músculos de su vientre y de sus piernas inflexibles
se encuentran en un soplido animal de hálito salino
aparto con pudor las formaciones nubosas y su meta
carne inexplorada que bruñen y suavizan las aguas más sutiles

domingo, 22 de octubre de 2017

Alicia Poderti -Antes de partir

Alicia Poderti, Bs As, 24 de enero 1963


Antes de partir

Empujé la vieja puerta
y por fin
se hundió la Casa

Cristales porcelanas se inundaron
Necesario el diluvio
se llevó el jardín enmarañado

Vertientes agitadas sepultaron las pinturas
los papeles manuscritos historias pisoteadas
Lámparas de agosto
radiografías de huesos y tumores extirpados

En la corriente se agitaban hormigas fantasmas telarañas
cada libro se mecía en un incendio de cascadas
Implosión de paredes
las ventanas estallaban
antes del tocar
un fondo de piedra y trilobites

Vertientes de mármol de madera
el final de un exilio de muertes y venganzas
Descendían bártulos tallados en Holanda
y otros sitios donde habitan dueños de almas
Las cartas
escaparon de rincones y tiempos difamados

Verdugos insaciables
se columpiaban
en travesía letal hacia un pozo
de monedas negras y alimañas

Viajaban hacia un hueco
relojes de plata
retratos de familias disgregadas
Cobre vikingo acero con escombros
navidades
vajilla lastimada en fragmentos de Titanic

Codiciosos ingresaron al remolino violento
aferrándose a ranuras de espejos muy ajenos
las reliquias heredadas aplastaron los vampiros

Dante bajó
para coser los ojos insaciables del Inferno sumergido
Lloraban los vecinos y otros necios
atrapados en muros carcomidos
frases de Babel

Mi partida es presurosa
sostengo la esfera de las empuñaduras
En este morral cabe mi presente
La libertad
iluminada como un borde de la Luna

La flor de la magnolia
ah flor ensimismada!
emergió solo un segundo

Después la superficie fue burbuja
oscureció su corola en un lecho de trampas y saqueos

Secreto estallido de aire junto al mar
La señal
mis manos nuevas en la espuma añil
el cielo es circular y perfecto
mientras los objetos se derrumban
desde la proa del sol

Entonces los recuerdos se transforman en arena de ángeles
Olga Orozco avistó la profecía:
“ningún pentecostés de alas ardientes desciende sobre mí.”
Anegada aldea con predicadores falsos
que maldicen a sus descendencias

Abatido el olor de atmósfera extranjera

El paso es liviano
con la llave de luces
Otra cartografía

Atrás
todos están muertos

Mujer de Lot ya no miras el mundo naufragado
Tu entereza es de magia
Lewis Carroll y vitral recién exhalado






viernes, 20 de octubre de 2017

Lada Chizhova -Color: Práctica

Lada Chizhova, Novoaltaisk, Rusia, 18 de abril 1991
Traducción Indira Díaz


Color: Práctica 

Levantó la ciudad blanqueada
en la blancura que se filtraba por todos sus miembros
y su persona: se consumía
¿cómo aceptar un cuerpo preparado para cambiar
y crecer?

***

Entonces según parece la cortina se llenó de aire
No, en ese entonces allí no había cortinas
Había en la ventana una pantalla blanca
Y una sábana roja de elástico
Calca
mano- quemadura- allá
acá- quemadura- el misterio de la memoria
el frío
una corriente helada de aire
sobre algo cálido
y yo me congelo

SOBRE EL BLANCO:

+

la ausencia de temperatura en el color
o la falta de subjetividad

pero
Sobre el blanco:
La nieve, una sábana arrugada, el blanco de los ojos, un diente

/alimenté un cuervo por la mañana con los restos de un pan, arrojándoselos directamente al alfeizar de la ventana nevaba tras la ventana llovía el cuervo terminaba de comer y se marchaba y desaparecía el cuervo sabe lo que hay tras las nubes del azul cielo celeste cielo ultramarino y también él sabe que su pan será siempre su pan/

Ausencia de cuervos en la ventana

+

Sobre el blanco:

Gris-azul grisáceo-plateado

+

Mamá decía siempre que mirara la rama del cerezo al fondo de la ventana ella es blanca y el marco de la ventana también es blanco pero el cerezo es más blanco aún y la luz que se filtra por la ventana es aún más blanca dibújalo pero ¿cómo dibujarlo?

y- no lo hice
lo dejé en mi cabeza

+

intento:
purificación (¿?)
la gente ya no es más- un cuerpo y una (pseudo) sustancia (de agua y aire)
tiene algo y sólo algo y nada más
amarlos así-
sería un crimen(¿?)

lo que está permitido a la luz del día- es la vida
(yo pobre diablo a las ocho y media)

el azul de los ojos el azul lo conozco dijo el espejo
sobre lo oscuro
la traición- la luz: al inicio, la ceguera después

va desde lo blanco de su ojo
a (el blanco)

***

él dice: el color no es lo principal
en el negro- todo es vivo
aquí no se le llama al aire por su nombre
sin embargo se puede fragmentar en un arcoíris
él dice cuando respira
y hace mucho que él no estaba
pero estuvo
y maltrató y estrujó mi cabello
y dijo – esto es musgo
¿acaso el cuerpo no aprende de las quemaduras del alma?

hasta donde llegar o soportar-
por todas partes hay un cuadrado de color.

miércoles, 18 de octubre de 2017

Mario Jorge de Lellis -Canto a los hombres de vino tinto

Mario Jorge de Lellis, Almagro, 14 de mayo 1922  - Bs As, 14 de noviembre 1966


Canto a los hombres de vino tinto

Yo sé que vendrán, caminarán,
vendrán, caminarán, darán la vuelta,
dirán mi barco ballenero pesca en las Orcadas,
mi vejez es un canto de rayuela,
mi velador no caza mariposas,
vendrán, caminarán, dirán cualquiera
tiene un gorro frigio,
cualquiera tiene un tango,
tiene un agua tanino;
vendrán, caminarán, dirán la palabrota que les queda,
vendrán, caminarán, dirán del apio,
vendrán, caminarán, dirán que salga pato o gallareta,
dirán, caminarán, dirán qué bárbaro,
dirán imbécil,
dirán yo soy un hombre,
dirán piso la tierra.

Yo sé que ellos vendrán, caminarán.
Dirán, caminarán y cantarán con la violeta
y cantarán el ajo de los guisos
y el ábside, el gorrión, las azoteas.
Vendrán, caminarán, dirán que antepasados
murieron en cadalsos o en hogueras,
murieron sobre camas de hospitales,
sobre catres sin luz o sobre las veredas.

Vendrán, caminarán,
con la antigua zozobra
del alquiler,
con la herramienta húmeda, oxidada;
vendrán, caminarán, vendrán la siesta,
falseadores del sol,
halconeros audaces del de pronto,
viejos amigos míos, cantantes de violetas,
venteando lluvias coloradas,
cayendo, decayendo, diciendo que vendrán, caminarán,
diciendo apenas
que aquí vendrán, caminarán...
Y un chapoteo dulce pica en la piel
y uno sabe que están como los muertos:
acostados y duros y sin pena.

Como los muertos duros.
Los muertos ya no tienen vanagloria. Ni problemas.
Ni decapitación. Ni ley.
Ni llave familiar para el altillo. Ni retratos de abuelas.
Los muertos tienen solamente
un raptado moverse entre las cosas y una cruz oficial
y un pasado rumor de voces vivas en la oreja.
Y están bajo el zapato del que vive,
químicamente amargos, naturalmente pobres y de tierra.
Vendrán, caminarán. Observadores simples,
jugadores de truco, sacrílegos del agua,
bicarbonatos, hígados, confidencias,
lo que yo siempre tuve es poca suerte,
viejos amigos míos, cantantes de violetas.

Vendrán, caminarán.
Tendrán la mano abierta,
un tajo de dolor hundiendo sus infancias,
una hermosura en vino y un vino en la moneda.

Vendrán, caminarán.
La vida es tan correcta,
tan construida así como esas casas de diez pisos,
tan dócilmente puesta
hacia la muerte
que al encontrarlos
uno se siente afuera.

Vendrán, caminarán. Caña, pescado, pipa.
Pelos en la nariz, buenas noches me voy la tengo enferma
yo le voy a contar la historia de mi pueblo,
qué has quedado pensando marivelcha.

Yo sé que ellos vendrán, caminarán,
vendrán, caminarán, darán la vuelta.
Tienen cosas acaso que decir,
tienen qué preguntar: cuántas botellas,
cuántos lagares dulces,
cuánta ocupada mesa,
cuánto codo raído
o pantalón gastado en las veredas
o anoche me soñé vinado en un cadáver
o anoche me soñé a mi María muerta.

Vendrán, caminarán.
Visitarán mi tierra.

Vendrán, caminarán.
Fueron la tierra.

Vendrán, caminarán.
Se los tragó la tierra.

Vendrán, caminarán.
Campanas tocan en las copas. Buenas noches amigos,
buenas noches por catres, bodegones, viento al irse a dormir,
cantantes de violetas.

lunes, 16 de octubre de 2017

Natalia Azarova -Textos

Natalia Azarova, Moscú, 23 de septiembre 1956
Versión Svetlana Bochaver y Sandra Santana 


Textos

cuando moisés iba por el paseo rothschild
por las calles de los poetas gabirol y haleví
Dios hablaba con moises moises hablaba
con gabirol gabirol hablaba con rothschild
de esto hablaba rothschild con Dios
casi lo dijo pero no tuvo tiempo haleví
toneladas de troncos en chorros comenzaron a correr
bajo una higuera trepada por una parra bajo un olivo
bajo un plátanero conífero cardiogramas de ciprés

como farra y farra en flor

así con piel de gallina
de puntillas una idea sin desviarse




soy una pájara felina
cubierta de collejas soleadas
me escurrí en ayuno de alegres
pensamientos

y usted ¿con qué fin está bien?
y usted ¿con qué fin está sano y alegre?
vasos de corriente al compás de mantas
cuadriculadas

castillos de gaviotas de arena


algo se ha torcido
detecto cierta in-a-de-cuación-de-las-cosas
conmigo
su-lentamente-su-agarrarse-a
del bolígrafo especialmente azul
el-persistente-no-deslizarse-del-papel
que-en-esencia-se-parece a una manta
no-simplemente-arrojada-sino
bien-estirada
una manta solo para calentar no-implicada-
en-la-vida
muy parecido de hecho su sabor
a grueso-hielo-largo-tiempo-en-primavera-con
huellas-de-trineo-flotando

y además el lago está a tiro de ojo






qué placer aprender a conducir
y sentir por primera vez la velocidad

qué placer es desaprender a conducir
y recuperar de nuevo la libertad

qué placer es aprender a crear un producto
y hacerse rico

qué placer desaprender a crear un producto
y pensar
lo están haciendo tan bien
que hasta yo lo compraría

qué placer es cambiar de país
y comenzar a conocerlo

qué placer es abandonar este país
y criticarlo
alabarlo de vez en cuando

qué placer es aprender a amar
y descubrir un mundo

qué placer es desaprender a amar
 y vivir por un tiempo entre la gente

qué placer es curiosear en el pasado
y encontrarse con los compañeros de clase

qué placer es desaprender
el recordar incluso sus nombres

sábado, 14 de octubre de 2017

Jorge Santkovsky -a marco polo

Jorge Santkovsky, Bahía Blanca, 14 de octubre 1957  


a marco polo
Mi gato está muy enfermo 
                                                           
renuevo su vendaje para evitar que se agusane,
los tumores crecen en su espalda
mientras  él se evapora.
A mí que siempre temo lo peor
su temple me estremece,
cuidarlo me recuerda
que debo pensar con mi verdadera cabeza.

No creo que muera nunca
porque mi gato es permanente,
así va seguir
cada día con más tumor y menos cuerpo.

Al salir de casa  se vuelve ave
tan  pequeño que cabe entre mis manos
conserva su vendaje
un vendaje de pájaro
su humildad  no descansa
desde sus ojos pequeños me mira
ya no ronronea solo pía.

Hay gente que teme a los gatos
pero las aves son bienvenidas,
una promesa, una ilusión.

Mi gato alado se siente libre
y yo me siento pleno.

Pero el pájaro se escapa
sin intención , voló porque se sintió liviano
libre de la atadura de su cuerpo magro.

O quizás decidió no volver a su cuerpo felino.
Allá arriba, quizás el vendaje sea un signo de nobleza.

jueves, 12 de octubre de 2017

Alice de Chambrier -Evoluciones

Alice de Chambrier, Suiza, 28 de septiembre 1861–Suiza, 20 de diciembre 1882
Traducción Missi Alejandrina


Evoluciones

Dónde desaparecieron, los innumerables pueblos,
Otrora fugitivos de los abismos de la nada.
Semejantes de las huestes devoradas por las arenas
¿Qué deposita la ola al borde del océano?

Un día, vinieron conquistadores soberbios,
Sometieron el globo, reinaron sobre él;
Un solo corte de la hoz que desbroza los campos
Los ha sumergido súbitamente en la noche eterna.

Hemos visto derrumbarse, sus poderes seculares,
Babilonia, Nínive, Tebas y Menfis;
Estas urbes no han dejado sino esquirlas efímeras,
Testigos inanimadas, arcilla sepultada.

En estos sitios, hoy vastos desiertos estériles,
Se exhibía el esplendor de un lujo minucioso,
Y el pueblo que con júbilo colmaba las ciudades
A la inmortalidad se creía destinado.

No hizo falta más de un día o una hora
Para desmoronar sus muros, sus templos y sus dioses,
Para hacer de palacios suntuosos el amparo
De serpientes áridas y pájaros celestes.

Otros les han sucedido, sobrevivientes de naufragios;
Otros han reunido la multitud de sus vestigios
Ruinas diseminadas en el Océano de las eras,
Destrozos de un navío yaciente en el fondo de las aguas.

Arte y Ciencia sus alas entreabrieron
Como un águila altiva de veleidoso vuelo;
Sobrevolaron nuevos territorios
Para rehacer su nido al abrigo de otros cielos.

Empezaron con Asia donde la historia del mundo
Nace ante el verde de los bosquecillos del Edén,
Asia, astro radiante que penetra la noche profunda
Como el sol saliente en la opacidad matinal.

Le siguieron África y Egipto fértil
Donde aparece el Nilo como un dios bienhechor,
Tebas y su grandiosa necrópolis, tétrica cripta;
Donde los muertos reunidos vigilaban el presente.

Eligieron después, Europa, Italia,
Nación tiernamente arrullada por las olas azules,
Donde, en el vago eco de un sollozo debilitado,
Espira la ráfaga de viento sobre la arena ondulada.

Italia, donde parecida a una piedra preciosa
Incrustada en el centro de un hermoso relicario,
Roma, que sostenía la voluntad divina,
De las asombradas poblaciones deslumbraba los ojos.

Ella misma en su ímpetu fue preciada y derrumbada,
Ella ha visto apagarse su gloria y su esplendor;
Lo que queda hoy día de su belleza pasada
No es más que un espejismo lejano de su arcaica grandeza.

Mas fue la ignorada Europa del Norte
La que devino en refugio del saber y las artes;
Es ella ahora la nación suprema,
Y los hombres sobre ella atraen las miradas.

¿Hasta cuándo? Nadie sabe. Existe un Nuevo Mundo
Más allá de las olas que se multiplican día tras día;
Su frontera es inmensa y su tierra fecunda,
América puede que sea su próximo destino.

Pasará igualmente. – Aquella tierra apartada
¿Recibirá la carga que las otras perdieron?
En aquella región, entre aquella raza humana
¿Arderá todavía el fuego de esa llama sagrada?

¡Sí! Dentro de unos cuantos miles de años, en menos tiempo quizá
¿Dónde estarán nuestros palacios, nuestros imperios, nuestras leyes? –
El tiempo, nivelador[1] feroz, gran maestro,
Habrá transformado todo por céntima vez.

Y las bellas ciudades en las que nos glorificamos,
Donde debían sucedernos nuestros hijos para siempre,
No serán más que un sueño para la triste memoria,
Como ustedes ¡Oh Nínive! ¡Oh Tebas! ¡Oh Menfis!

martes, 10 de octubre de 2017

Maxine Kumin -El trabajo de la vida

Maxine Kumin, Filadelfia, 6 de junio 1925 – Warner, 6 de febrero 2014
Versión Sandra Toro


El trabajo de la vida

Mi nena, mi mamá,
me acuerdo de esta escena:
recién salida del Conservatorio
a los dieciocho una experta en Bach
de blusa almidonada
suplicando permiso para ir de gira
con el violinista virtuoso al que nunca
ibas a poder acompañar y él, que
arrojaba su música desde el arco
por la colofonia,
pelando línea tras línea
como notas de gracia en clave de sol
mientras mi abuelo
ese hombre respetable al que no conocí
con un pañuelo te limpiaba la boca
diciéndote no hija mía
y te desabrochaba el relicario de oro
que usabas sin foto alguna
y toda la casa alemana de la calle 15
se acomodaba a la cadencia…

A los dieciocho yo quería ser nadadora.
El pelo largo me chorreaba encima de la cena
servida en plato chino.
Con los dedos arrugados por el entrenamiento nocturno
como pasas rubias Sunsweet,
mi boca masticaba pero yo seguía haciendo largos.
Entraba en el agua como un cuchillo.
Toda músculos y siete puertas.
Una rana en el borde.
El rey de las anguilas y señora.
Tragaba y rezaba
que me dejaran entrar en la Aquacade
y mi papi perfecto
el que te hizo fugarte
después de que al violinista se le
rompió el diapasón y perdió su causa
mi papi con la cara sucia de salsa
juraba sobre el estofado y las zanahorias
que yo no iba a llegar a nada
que a la pena iba a llegar …

Bien, los padres de mano dura están muertos
y no llegué a la pena.
En vez de eso llegué a las palabras
para contar el cuentito que quedó:
Siguen siendo las medianoches de mi infancia.
Las escaleras vuelven a hablar bajo tus pies.
Las puertas pesadas del salón se cierran
y  “Claro de luna”  hace pucheros,
simple como el tictac del reloj en un aula,
desde las teclas obedientes.
Y de la Canción de amor de Debussy, lo que
oigo más nítido es la resonancia
seca de tus uñas largas al golpearlas.

domingo, 8 de octubre de 2017

Arturo Carrera -El agua rosilla

Arturo Carrera, Coronel Pringles, 27 de marzo 1948



El agua rosilla
                                                                             in memoriam Silvia Redondo


¿suena un teléfono?
Es imposible, aquí, en el campo.

A menos que obedezcamos
a otras razones, a otras malas costumbres
iconográficas.

Es un pájaro que suena igual;
o la mixtura informe de dos frases
trinadas, que saltan a la vez de un gaznate
abierto al cielo,
a otro...
volcando una materia multicolor y
tan densa en "estados" que...

Ningún orden nos vincula al pasado.
No obstante...Eramos el sentido
de una desaparición, la pérdida absoluta
del sentido: nos buscábamos como piedades
escondidas, todavía invisibles, todavía
impalpables.

feliz fue la noche confusa y feliz

el vaivén de nuestros cuerpos
alarmados por el último beso. El último beso
y mientras ella desenvolvía sus puntas de secreto
en la oscuridad lechosa él bebía Tang

y fue feliz la noche fue feliz

El último beso.

(no pudo disimularse en lo pequeño:
se simuló en lo más enigmático de
una ostentación: el humillo
de un nombre.)

Amantes confundidos. Amantes en el
agua del jardín de los deseos que se
bifurcan:

volados los cuerpos y
la utilería del amor

deseo pequeño
deseo pequeño
deseo pequeño
deseo y poder
y sumisión...

animal necesariamente
en la esponjosa sombra
de las miniaturas:

del brevísimo instante en que aparecemos
como títeres de la confusión alada entre
dichosos por hastío,
por hambre.

a cada paso nuestra secreta carga y
nuestro falso deber.

el hormiguero del sueño, el sueño
de tu hermosa tierra (dentro de lo posible)
el hormiguero y la desaparición:

El campo,
pasto o brizna de luz,
hormiga o escarabajo tanque

Y el perro Arturo que fue tu lazarillo
en Roma, y compartió las fugas en tu duelo
paterno, molecular: pasional, Arturo

¿dónde estarás, ahora? ¿Contra qué valla
de sombras sin espinas dejarás caer a tu
amo?

El sol se extingue bruscamente y un insectito
con lunares negros, bruscamente anaranjado
se posa en mi muñeca: "Mirá, papá. Una
vaquita de sanatorio." -dice Ana.

Más pequeño que nuestro retrato en la cerrazón
y más pequeño que el mundo sostenido por lo
que desaparece. La hierba, la luz, la piel, el agua.
Espacio con olor a vainillas.

espacio del vómito instantáneo de un niño
ácido del niño como esperanza: (secreto aliento
aplastado en la desesperación esperanzada...)

Espacio perfumado y espacio medroso
Espacio sombrío de las tímidas frutillas
Espacio de los tilos y las naranjas

espacio del cerezo escarchado picado por
los pájaros.

Espacio y espacio
donde tenso se abre el secreto
de una palabra y
de todas las deliciosas porquerías
de los niños.

Espacio para el barullo de lo pequeño
que no desaparecerá por el envión de la mañana
y espacio para la enumeración cada vez más simple y
más imperfecta

sintaxis de multiplicidades de olvidos

Atrajo para ellos
la vida para sí:
la vida-juguete
la vida-moscardón tornasol
zumbando en la viruta de otra luz
y las lisísimas hojas del verano
soplado en la luz

sonajero, sonajero
de un secreto mortal
que únicamente los niños comprendían.

Fuiste la risita contraída
en la recova del caracol

la risita de los niños del sol
y otro sol en otros niños mutantes:
la diferente paternidad pueril
de lo viviente

Con ellos, hacías, escribías
con abrelatas del deseo
esta vez cada vez más vivir
y en lo viviente, espacio,
cada vez más oir
el secreto de lo vivido

Oh,
por tu culpa debí enloquecer
puesto que vivir
es sólo presentir
el deseo.

los niños no lo saben
los niños lo presienten
en su rotunda sensatez de pequeños.

los gritos, las risitas,
las carcajadas en el agua porosa
y el sol en las piedras azucaradas:

Vos los obligabas a que saltaran la barrera
donde un señor estaba con su sombrero negro
y una señora posaba con su sombrilla salitrosa.

Mujeres, niñas, reinas:
todas con sus posesiones felices estentóreas.

¿Te acordás de los patos arlequinados?
¿Te acordás que hundí el dedito meñique en el tintero
el primer día escolar?
¿Y el día que me cagué encima, y corriste alertando
el aquelarre de las constantinoplas tías?

¡Oh madonas de una sombra cuadrada y aciaga!
(madaminas
del alba y del azar junto a los niños) Dueñas del
ocaso cuando las estrellas se preparan en vano, para
guiñarle el ojo a las gallinas.

¿Te acordás de Olga Rapún, los ataques en malón, el
vidrio en la Yale? ¿La envidia afrontada al miedo
de jugar?

el miedo a ser aun más niños, y a la usurpación de
ellos (sin vos), en una memoria enterrada que yo
exhumo en tiras, en franjas y en fragmentos para
vos.

Ya que con todas tus fuerzas comprendiste su energía,
la velocidad remota de sus guiños. Gritos y bailes.
Supiste separarte de lo pequeño perpetuamente un
momento

Separándote casi eternamente un momento
de toda tu muerte en llamas y separando con ellos
del orgullo reificado de lo grande,
la contaminación de lo pequeño y
los pequeños

los chicos gozaban
los chicos entraban en la boca del amor,
la boca del confín de los poderosos donde salta
la gran dentadura
de la locura...

¿Y aquellos novios en aras de un deseo inicial?

Todavía impalpables...
...invisibles todavías.

Demasiado correr hacia el extremo de la noche y
corriendo en tu horroroso silencio hacia
ningún extremo y en todos,

Todas las palabras
se deslizaban allí

los niños detienen esa escintilación de lo mundano
en su brevísimo pico de tristeza.

Saltando sobre la arena tiñen, borran, opacan
en la luz las formas y los efectos
Los niños pegados a la gran costa y a la
dulcísima espuma del Mal.

Anita dramatizaba el movimiento de una ola
avanzando y encrespando en su alegría
una mirada celeste turbulenta.

Fermín cortaba las olas más altas
con su pitito.

.........................................................................................

Estamos hechos para soportar el estallido
de la muerte en la infancia: Aún no,
no termines, no acabes, todavía

.........................................................................................

alguien quiso que todo quedara
al alcance de un pescador orgulloso
de su trabajo con el agua.

El silencio,
el silencio

el silencio del agua
cuando es presa
de los niños

El agua.

viernes, 6 de octubre de 2017

Jorge Alegret -Papeles de Finibusterre

Jorge Alegret, Mar del Plata, 9 de mayo 1957


Papeles de Finibusterre


                                                                                   we are the fools of time and terror
                                                                                                                               Byron

I

el espíritu habla desde cada sombra dislocada
y dice en un canon infinito de truenos y mariposas,
dice de la ira divina, que es un tigre de piedra líquida
esperando el momento del salto en el corazón secreto
de finibusterre.
hay deseos de estepa que circulan en espejismos
sin rumbo y sin estrellas, sólo derivas del alma
que se clausuran cuando llega el viento de agosto
en humaredas de gaviota y amantes tiesos en la plaza.

¿qué saber abre tu grito en la ceremonia de lo homogéneo?
De las crines negras de la locura
he aprendido a levantar murallas
cada mañana, modos del dormido
en encrucijada de lechos abandonados
y luchas como un acertijo de vísceras
en el cielo.
No sé nombrar estas extremidades
que se asoman en el lavatorio;
sospecho de los cristales que cuelgan
de la niebla espesa, o por el piso van,
reptiles de humo buscándome la piel
para darme la jerarquía de los mortales
o status de criminal apócrifo.
¿Por qué habría de haber culpas?
No sé cómo volver de ese mundo
no sé regresar del sueño:
dejo las marionetas suspendidas
las dejo en las retinas
haciéndole guiños cómplices
a cada falso desplazamiento del amor.
Quizás sea el tiempo de convocar a la Hembra y al Varón,
hacerlos arrodillar, hacerles tragar
la especie que concibieron en plena avenida
desparramando como basura las almas
enredadas ahora entre despojos elegantes.
Quizás sea tiempo de empalarlos en el desierto
y decir: en Sodoma el día no debe cesar.
¡La Máquina disimula toda la materia oscura de tu amor!
Luna muda. Melancólicas
las garras reposan. El agua
acecha con sus colmillos de hielo
la primera frase de la noche.
Serás ejecutada en un acorde menor
en concierto para hada y troll,
y tendrás alhajas verdes y negras,
mágicas, en el bosque virgen.
Habrá ginebra y humaredas azules
en el mecanismo de la primera escena:
violencia implícita y disfraces
para el fragor de los sexos en pena.
"No regresan las hojas muertas"
te dije entre Almodóvar y un sol furioso,
por eso el silencio de luna grávida
y la inquietud de cangrejos en la cama.
Luna muda. Atravesamos agosto
inflamados en los carruajes
armados de fintas, amenazándonos
con silencio, junto al agua,
donde se ahogan las profecías.


II
                                                                                                  El ser es siempre
                                                                                                 lo opuesto a sus datos.
                                                                                                                            Juarroz

Son los clivajes de invierno y cuerdas rotas en los desvanes
en las habitaciones donde Bergman incógnito,
donde próceres embalsamados y pintados con té inglés que dicen:
-nadie hubo, nadie llega, hijo mío, la vida es el paréntesis
entre la guerra y los espectros que pasan en verano.
¿cómo hablar de ser, si todos somos el judas?
Ser con el hambre del cielo
clavado en las pupilas.
No supiste erguirte sobre tus tropas vencidas
los alientos trabajando el aire, tallando en lo invisible
la mirada piadosa, en los míseros contraejemplos
de la lógica del mercado.
Ser con el hambre del cielo removiendo olvido,
y de tanto hablarme de rosas ya soy el mamarracho
del Cristo, y comenzarán a brotarme rosas del trasero.
Ser la traición de los ríos sagrados
un inválido de travesías.


III

esos deseos que son rincones de tiempo, de no amor,
de sepias puntiagudos atravesando dos pares de ojos,
de colores afilados de rebanar las cópulas y las lenguas
que, volando, se cuelgan de los alambrados tiritantes.

si te nombro, si te reclamo: la boca con sus lobos viejos,
y la carne de la palabra desangrándose.
Lo impronunciable: una marea que quema el paladar,
una espuma de almas que se estanca en los párpados.
Edipo pasea por el puerto, tropezando una y otra vez
en casualidades deliciosas, un millón de veces,
exorcizando relatos en espejos paralelos,
llorando su ira en un rocanrol. El siempre regreso:
Yocasta no te ama, sólo argumenta para congelarnos
en las tinieblas de sentencias postfactum: todas las cosas
son la misma cosa, porque en la cosa están todas las cosas.
No resistas, todo se bifurca a pesar tuyo.


IV

son los clivajes de isla y cielo, unas maneras de diosa en fuga,
la marca de la espora y las aguadas efímeras
un poco animal, un poco arcilla vieja, quizás la soledad de tu cama solar
o tu fotografía de una playa indonesia, las junturas de la nada perfumada

en el encierro voraz, tus fantasías de regreso a ninguna parte.
mi valija repleta de juguetes rotos, la foto de un guitarrista andaluz
y la herencia de mar que nos negamos
tan dispuestos a la dieta de palabra y a la suspensión del cuerpo.
Ay, la Mente con sus aves negras y flores dentadas.

La mente, pulga y metralla, dice a la Muerte
que es la puerta y el regreso, que alienta a lo orgánico
en los cuadros de Bacon, en las cascadas tartamudas
de Cummings. La mente, un guetto discreto,
donde se escuchan bellas arengas de glorias seniles,
escurriéndose entre Wagner y Burroughs,
llenos de alfileres y malos agüeros.
Hay divinas cacofonías a orillas de arroyos ópticos,
ciertos anestésicos que borran los naufragios.
Ella aletea sobre las aguas vivas, acuñando borrachos
al alba y suicidas sin prensa, en preparativos nupciales
a la vera de los médanos. La mente en el hervor de arena,
perdida en parloteos de Avalon, Xanadú o El Dorado,
las amenazas perennes de felicidad
cuando la mente se vuelve clandestina.


V

"¿pulsión que no palabra?", pregunta la abuela enamorada
y sin olas, sitiada de arena y planicie y una estatua falsa
que recuerda lunas caídas en los patios negros de brea
suavemente erizados de cacharros habitados de escarabajos.

Otro tema es una loba tejiendo espacio ardiente
en mi abdomen. Ella sabe que la persigo
en el rosario de los bares, en las iglesias pringosas,
en las escaleras de emergencia, en cada botella
declarándole la guerra al orden causal, un sujeto cruzado
en la vivisección de metonimias, con domicilios de aluminio.
Quedan algunos disfraces cuando llega la noche,
la hora de los ojos y las manos en combustión
para soldar los fragmentos de celda, admitir la secuencia
de los venenos que hipotecan mis genitales.
Busco a la loba en ciénagas de cuerpos programados
enhebrado de noticias y faxes, en los saunas virtuales
donde se hidrata la entrepierna de dios.


VI

en esas tardes tenues de diablitos anémicos nos repetimos:
las mismas líneas de Saramago, silencios en la fisura del vendaval
los vientres patéticos que se nos duplican cuando callamos,
que se simplifican cuando nos reflejamos unos en otros.

Languidez de amor
para luz negra y Nijinski,
la trampa llega
de arlequines en los pasillos.
Seré un torero cenital
un mesías quince minutos
un soldado en fuga
con la batalla perdida
en la sangre del Otro.


VII

al fin, deseo que gira y gira, revuelto de cristales y restos de memoria
regreso de destino y azar hilvanados en la noche vencida,
tu plexo de oro esperando que los dioses vuelvan
y sólo quedo yo, una forma de decirse para no nombrarte.
Madre, que se están llevando a tus entrañas...
Suzuki nos recuerda que no nos queda del espejo
más que la broma de una imagen que nunca estuvo.
Así que ginebras dobles y Bakunin al desayuno,
saborear esos cristales fríos en las encías
mientras elaboramos el sentido de los ascensores.
¿Vamos a doblar la apuesta?, ¿velaremos a dios
hasta que lleguen los telegramas?, ¿jugaremos a Morrison
y nos volaremos las suprarrenales? Ya te he dicho:
basta de radiografías de mi tiempo, que no te libero
para que vuelvas con esa vocación de medusa:
lo que me importa es la sustancia de mirar, no mirar.


VIII

rastros rojos
en la máscara de madera
hablan del habla apenas
del fuego los rastros negros
en la desnuda piel prohibida
hablan del habla escasa
en el culto del exilio.

Una indiferencia tísica en el rostro,
anida en los labios de virgen burguesa
su cúspide de vida y muerte en equilibrio.
Los pechos al aire columpian lo que desea:
el fin del hombre en el hombre de nombre Juan.
Las manos, garras del deseo diferido.
La cabeza cierra los ojos rebalsando
con la imagen de ella la mente prisionera.
Hay imágenes de un dios desesperado
por rescatar alguna compostura en la escena
que se diluye con aires de niñez perversa.
Con residuos de palabra se crea el silencio
de la decapitación; en la boca muerta
se ha instalado un nuevo sacramento:
el amor del hombre decapitado.


IX

trato de indagar el sol naciente de agosto: avalancha de naranjas
los órganos de la soledad, una violación tibia de lo que se esconde
tras el pensar de viva piedra cantada de hielo vivo: amores que se escriben
en escarchilla, pasión que se vuelve ilegible por ubicua.

¿Qué miran los íconos cuando desean?,
¿qué tristeza, qué lujuria, qué terror
intercambian en las salas desiertas
hablándonos de nuestras miserias
desde la borra del tiempo,
diciéndonos invertidas las posturas,
las otras vías de Lo Real?
Claroscuros, ritmos lentos y pausas
para seducirnos de solidez
mientras el revoque se desploma
las biografías se florecen en bifurcaciones
y sólo quedan decoraciones informes
en los banquetes del tirano.
Programar el cómic de la Encarnación
siempre sostenida de vicios y virtudes dudosas
cubriendo las paredes, fingiéndose cuerpos
que miran planos falsos.
Finjamos ortodoxias: el naturalismo es rentable,
se pudre discreto mientras trepa la nada
por las bóvedas, o en pájaros amistosos
que te arrancarán los ojos
resolviendo en pragmáticas cegueras
la cópula rabiosa de la fe y la razón.


X

mutaciones del borde, una ascesis de luz, un ayuno de sombras,
la zarza helada que nos hiere de silencio, nos hace frase satriani en carpas invisibles,
por eso ya no azul, ahora relevos del tema, ella en la gruta a la vera del golfo,
ella y su boca sellada de tiempo vulgar, el tiempo de la balanza.
la mugre Bukowski, el virus de la forma
¿cuánto más para que sientas el ansia?

Truena seco en las cabezas inmóviles.
Detrás de la noche están las presencias sutiles
como escaleras al cielo, trenes fantasmas,
gordas ahogadas en huesos de pollo y los ecos de una conversación
en una vieja librería antes de que la revolución se friera
en mc donalds.
Somos intocables, parias de quietud, sobriamente imprecisos.

Estamos heridos, y ya no quedan pájaros ni penas.


XI

un ojo egipcio espía mis noches: el juicio final es la revelación de tus miserias,
quiero decir: relatos de tentaciones en los íntimos desiertos
decorados de rayos y viejos arpones balleneros; sucedernos
a la sombra de la cárcel, del faro averiado, de todos nuestros muertos
a la vuelta del mercado.

¿Cómo se llama la estación que no muta?
¿ya claudicó el sol fuera de los periódicos?,
¿es que ha renunciado la luna al éxtasis
para retornar al fin, predadora y nuevo orden?
Sé que las retamas y los pulpos
sé que los cormoranes escasos y la sangre de las tunas
pero hay algo en el aire que se empeña
en pujar ráfagas de uñas y preñar monolitos,
un ánima que atraviesa memorias de mar en los pedregales
que es un gusano en los diálogos inconexos
que es larva en los sexos clandestinos de abril
(pero también en febrero)
y garúa en la Iglesia y en las casas de putas
omnipresente aguita, cría del aire ceniciento
siempre niño y difunto, trabajando en nuestras lenguas
bajo la ilusión de las escarchas y las floraciones.


XII

¿a quién le grita el viento de las siete?
extraviada con el veneno de lo bello
tu niña muda llora
bajo su piel de cemento.
este viento dice: "despierta, la tierra está de nuevo vacía,
están las ortigas listas para tus manos,
y se azulan las montañas
en tus ojos enfermos de interiores".
(alguien ve a la noche respirando
en el cuello de la mujer deseada
y disimula una resignación de payaso
con café y un estremecimiento de las alas)
Parecía trivial
la inconsistencia
tectónica del tiempo
en objetos dis/traídos
como herpes el signo en la boca
runas en el aire
un montar desesperados
lo que queda
las olas de plástico
la mujer entidad
soñar con Praga
y huevos con tocino.
Hay Muddy Waters
y se quedó la noche
en un charco de narcisos.


XIII

entonces la bruja sueña tus reiteraciones, las que te nombran,
tu territorio de sangre, imagen y excremento; tu intemperie
hipotecada con círculos de sal, tu laberinto perfecto hecho de greda y altura,
sujeto de sueños por las calles marcadas de río en eucaristías devaluadas
de hijo.
Mi abuela soñaba la llovizna a la hora de la siesta. Eran los tiempos del bien morir.Voy a declararte mi amor, voy a alterar tu química, los estados disipativos
que resultan en futuro, humores que se vuelven religión, nada mejor que eso
para volver liturgia nuestros secretos más sucios. Cuanto más onírico, más manso,
más volar boleterías. ¿Qué más violar?, ¿órganos sexuales sobre las butacas?
Mi amor es de filas en la sala. Todos somos mujeres en la penetración previsible.


XIV

de acuerdo: setenta veces maldito el asesino del dragón, y setenta más
el que abandone a la doncella en puerto lejano, maldito
el dueño de la tierra y los mercaderes de pesadillas en capítulos,
de ellos será el reino de algún dios enfermo de su propia creación.

El limo del imperio se asienta en las pupilas
y corren leones por los arenales del alma,
somos todos lánguidos ciudadanos de Roma,
los mansos analfabetos al despliegue del tiempo:
lo que yace abierto a mí y al otro
lo que nos revela a unos contra otros
como en los botines de Van Gogh, los frescos de Pompeya,
los grabados de Bedoya y los ojos de un pantócrator,
¿a quién clavar la lanza, en qué costado del ser
está la muerte, la muerte nueva de la Ciudad Eterna?
La máquina de dios está inmóvil, y en el circo
todos los rostros se esconden en la tierra.


XV

maldición de modernidad en el fin del mundo: Coltrane cae
sobre el aroma de tu piel, ¿quién navega en la voz
multiplicada que a nadie sacia?, ¿qué haremos con los padres
y los hijos, los guerreros y los amantes, cuando el sol se muera
al mediodía?

Con las tristezas del Andalús en la sangre
intento plegarias inventándome luceros
esquinas de faroles mágicos y malaguetas.
Sobre un tonel de niebla baila la mujer que pierdo en sueños
corren caballos árabes, regresan los toros ciegos
y canta en vísperas cifras de hechicería un moro.
Qué sé yo de redes y peinetas de apuñalar la noche
qué sé de humores y venganzas animales y divinas
qué sé de escotes rojos donde mirar el mar en llamas.
Hay fandangos pendientes mientras la vida corre
y entre las dársenas abandonadas de la memoria
busco el ruedo, hecho un garabato de coraje entre barcos
                                                                                       encallados.

crujientes, las almitas

se trizan como algas secas

bajo Kren en carne viva.