jueves, 12 de enero de 2017

Gianni Siccardi -El funeral del poeta

 Gianni Siccardi, Banfield, 27 de septiembre 1933 – Bs As, 29 de noviembre 2002


El funeral del poeta

La balada inmutable del invierno
está por empezar.
Por la distante avenida del cementerio
llegan los cortejos hasta la enorme explanada.
Lágrimas secas
en las caras serias de los hombres
que acompañan a sus muertos.
Al penetrar en la helada capilla
unas mujeres
con respetuosos vestidos negros
lloran sin vergüenza.
Dos poetas esperan sin quererlo
ni tener aún conciencia de la muerte
el ataúd que no llega
como si se negase a escuchar
la voz profesional del sacerdote
que reza antiguas palabras estériles
en la fría tarde de junio.
En la entrada de la helada capilla del cementerio
seis hombres transportan un féretro.
Llevan las mandíbulas rígidas
y lágrimas secas en las caras serias.
Más atrás van unas mujeres
con ceremoniosos trajes negros
llorando sin vergüenza
pero pudorosamente
porque allí hay dos extraños
sin saber que esos dos hombres
desearían rebobinar el film de la vida
mientras esperan el cortejo
que trae el cadáver que fue su amigo.
La voz profesional del sacerdote
sigue repitiendo las áridas palabras
de la inútil oración siempre repetida
-porque ese es su trabajo-
en la fría tarde de junio.

En la entrada de la letal capilla del cementerio
seis hombres desfallecientes
falsamente seguros
transportan a pulso un féretro
dirigidos y ayudados
por los cuidadosos empleados de la funeraria.
Van con la rigidez en las mandíbulas
la muerte en sus ojos ciego
lágrimas viejas en las mejillas frías.
Un poco más atrás
unas mujeres
enfundas en temblorosos vestidos negros
caminan con honda lentitud agonizante
llorando sin vergüenza
pero pudorosamente
cuando pasan junto a los dos poetas
que esperan ese cortejo que no llega
con el ataúd con el cuerpo de su amigo
sin saber todavía
que la muerte es una separación definitiva
y oyen como en un sueño
la voz profesional del sacerdote
que reza sus palabras heladas
marchitas por la repetición
con su vigésima oración de muertos de ese día
mientras los cortejos pasan sucintamente
y el invierno todavía no empieza
en la fría tarde de junio.

La avenida de cipreses
la enorme explanada de piedra gris
y la entrada de la abierta
desolada
aséptica capilla del cementerio,
se llenan y se vacían
de autos callados
y de lívida gente nocturna.
Hombres que portan féretros
con actitud desplomada
mandíbulas rígidas
y duros ojos ciegos
fijos en la penumbra del pasado.
Lentas mujeres de negro
que caminan gravemente
con cuerpos derrotados
y cabezas cubiertas pero vacías
lloran sin vergüenza avanzan mecánicamente
hasta la voz profesional del sacerdote
que repite siempre las mismas palabras
para uno u otro hombre
de los tantos que llegan
se detienen un momento
y se van para siempre
mientras los dos poetas
se dicen unas pocas y torpes palabras
sin recordar aún todo lo que les queda
y todo lo que les ha sido quitado
por ese ataúd que tarda en llegar
con el cuerpo de su amigo
ese poeta que ya no se lanzará hacia la palabra
hacia sus peligros y alegrías
y esperan el tardío cortejo
en la entrada de la helada capilla ardiente
en la fría
moribunda tarde de junio
del inminente invierno.

 El invierno se ha detenido
frente a las puertas del cementerio.
El último cortejo navega serenamente
majestuosamente
por la líquida superficie de la avenida,
llega finalmente al amarradero de la capilla
y entrega con sencillez conmovedora
el ataúd del náufrago.
Los dos poetas sorprendidos y aliviados
llenos de asombro y terror
aunque sin percibir aún claramente
el silencio y la oscuridad de la muerte
que llegan en ese ataúd definitivo
dan las adeudadas explicaciones a su amigo
ese poeta que hace muchos años
compartió con ellos
la alegría y la aventura de la palabra
y les dio pudorosamente
pero sin vergüenza
algunas señas para el viaje.

El invierno está por empezar
se detiene exactamente
en el límite de la estación.

Todo queda exánime
y un aire de irrealidad barre el escenario.
los cipreses se evaporan
y en el instante encantado
todo se detiene.
La acuosa avenida
y la enorme explanada de humo
se disuelven
y la capilla se eleva
hacia el pálido soplo de la eternidad.
El invierno está por empezar
pero nadie lo advierte:
ni los inmóviles deudos
hundidos en el espíritu de la piedad
ni los dos poetas
que flotan con las manos extendidas
hacia el tiempo de su juventud.
Lo único que se mueve
es la nave del ataúd.
Lo único real
es el cuerpo ya náufrago del poeta
que aún palpita
y viene a exigir su última ración de amor
y a bendecir una vez más a los hombres
mientras la fría tarde de junio
pliega y guarda su paño sombrío
y los dos poetas
hipnotizados
abrazan por última vez
el corazón de su amigo
y luchan por comprender por qué
la voz ajena del sacerdote
no maldice ni canta
ni grita ni impreca
ni tiembla ni solloza
sino que repite la helada
insulsa
muerta oración de su oficio
cuando en la fría
final tarde de junio
el sol elige otra órbita.
Y empieza el invierno.

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