jueves, 20 de abril de 2017

Carlos Velazco -Demolición

Carlos Velazco, Bs As, 5 de mayo 1933

Demolición

Descascarados muñones de ladrillos,
inconclusa dimensión de muros que parcelan el sol
y es sólo una nostalgia de separaciones
en la fatal instancia del derrumbe.
Nada divide nada. Nadie oirá
a través de una indiscreta rendija
las domésticas intrigas del vecino
ni fruncirá con desagrado el ceño
a la intrusa explosión del inodoro
que ayer atestiguaba intimidad
y ahora apuntala el croquis de un relieve
donde el pudor ya fue deshabitado.
Algo preserva (y no sé qué) la imagen
anterior a lo que ahora demolieron
sobreviviendo entre arcadas de ruinas
como si el tiempo construyera
la destrucción después de la derrota.
Descifro las cocinas
y los baños azulejados
y las molduras que dibujan en el vacío
los altos dormitorios y barrocos comedores
y los grises contornos de desvanes
y el húmedo revoque de los cuartos de servicio
y truncas escaleras y los pasos (que se presienten
en pantuflas sobre la crujiente pinotea de los pisos)
y el olor a comida y el empapelado que decora
intimidades muertas y largos corredores
suspendidos del aire como túneles rotos
para que el sol no extinga la luz
y ensombrezca el último tic tac de los relojes.
Uno piensa: aquí hubo llantos y risas,
muertes y vidas, aniversarios, despedidas y bodas,
fragmentos de domésticos paraísos
tras los antiguos huecos de las puertas
abiertas para siempre entre tabiques
que no separan ya la identidad de los saludos
y el aire familiar de vecindad con que se lee
el diario o se abre la correspondencia.
El lugar de las ventanas
queda del otro lado de este cuadro
como un mural sin perspectivas
que se estrecha ante el abismo
de un paisaje abandonado
por sus moradores: tal vez un puente
levadizo o el último ascensor
haya servido de salida.
Quizás el inventario rescate una maceta
el marco de un retrato descolgado,
una hornacina rota o el vagido de un bebé
o el espasmo de la cópula o el brindis
de una fiesta, restos de escombros palpitantes
que someten su hallazgo a más hondas excavaciones.
Testigo de un momento casual
que desmorona la íntima visión de una calle
en tránsito por el alto agujero de ruinas
uno podría ampliar hasta el final
este plano deshabitado y decirse
que la soledad es un espacio vacío
abierto al sol que aguarda la caída de la noche.

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