miércoles, 8 de febrero de 2017

Austin Clarke -Tiresias

Austin Clarke, Barbados, 26 de julio 1934 – Toronto, 26 de junio 2016
Versión Gerardo Gambolini


Fragmentos de Tiresias 1

II

“Paseando un día, después de las calendas, por el monte Cliene,
qué vi junto a la huella polvorienta, sino un par de víboras al sol,
entrelazadas, brillantes mientras copulaban, plácidamente.
Intrigado por el origen de aquella especie, las toqué.
Mi túnica se encogió. Sentí con alarma dos tumores desagradables
que crecían en mi pecho. Juno, madre nuestra universal, tú sabes
con qué facilidad moja la cama de noche un niño. Perdón por la franqueza
al decir que mi henchida vejiga se desahogó. “Dioses –se lamentó–
¿me he vuelto yo una mujer desdichada, humillada por el Destino, sí,
forzada a sentarse en cuclillas dos veces al día?”
“La abeja podadora me aterra, Ariadna en su laberinto.”
Tímidamente oculto como una dríade contra el roble,
me animé a quitarme la túnica y descubrir mis flamantes senos.
Vi que eran bellos. Toqué suavemente los pezones
y a medida que enrojecían sentí más abajo la abrasadora respuesta;
mojado aún, bajé la vista, pero sólo una flor de rizos castaños
había allí. Si un hombre al que amputaron su miembro
sigue sintiendo el latido de las arterias cortadas, ¿olvidaría yo ahora
la picazón de pene? Toda una hora padecí hasta que la luz de la luna,
entrando al bosque, plateó mis senos. Se erguían tan calmos,
tan orgullosos, que la paz –tomándome de la mano con regocijo–
me condujo a casa, escoltado por luciérnagas.


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Una tarde,
durante la siesta, miraba con reverencia mi cuerpo desnudo,
esbelto como un níspero, y me atreví a poner entre mis piernas
mi espejo de afeitar de plata bruñida — un regalo de cumpleaños
que me hizo mi madre; exploré por aquí y por allá los pliegues carnosos
que guardaban el atajo, rojo como mis verdaderos labios,
al Paso del Placer. Al día siguiente desperté de un sobresalto;
sintiendo un hilo de sangre correrme por el muslo.
“Madre”, exclamé sollozando,
“nuestros osados Penates
me pincharon mientras dormía.”
“Déjame ver, Pirra.”2
Entonces rió.
“No hay nada de qué’ preocuparse, cariño mío. Todas las mujeres
sufren cada mes esta vergüenza.”
“¿Qué significa?”
“Que estás preparada
para la dicha nupcial.”
Y diciendo esto, me limpió
y me vendó.
Al reponerme, una ardiente sensación
permanecía en mí. Desvelada en las noches, acostada sobre mi vientre,
anhelaba que un mortal o un centauro me sorprendiese.
Un día, a la siesta,
me puse el vestido ocre –ceñido, con un volado en la falda–
y cubriéndome con un manto azul, salí de casa en silencio; pasé
las ventanas entornadas, el templo local,
el mercado vacío; tomé el segundo camino en el cruce
y llegué hasta un escarpado de colinas.
Seguí una huella de mulas que trepaba por un bosque
más allá de las pasturas; una choza de pastor apareció frente a mí.
Me acerqué, espié un camastro de helechos con un vellón raído.

Me aventuré a entrar; podía oír a la distancia
el cencerro de un carnero apacentado con su rebaño
mientras el amo y el perro descansaban seguramente a la sombra.
Yo había olvidado para entonces mucho de mi pasado, pero aún recordaba
las canciones de amor que los pastores tocaban entre las matas
para los jóvenes bellos y las tímidas pastoras.
¿Fue una tonada pastoril lo que me había llevado a esa cabaña?
Sin duda me equivocaba. Cortapapeles, piedra pómez,
pluma y manuscritos, desprolijamente amontonados;
tintero, tablillas de cera, pequeños pinceles sobre una mesa rústica.
“Aquí vive un estudiante”
pensé.
Y quitándome la ropa,
extendiendo lentamente el manto sobre el vellón,
me recosté en el azul, cerrando los ojos, preguntándome,
“¿Qué hará cuando me vea desvestida?”
Pronto Morfeo
me adormeció hasta el crepúsculo. Me desperté...
No en brazos de la dulzura, sino debajo del suave peso
de un joven desnudo.
En vano grité, “¡Júpiter Todopoderoso!”,
y luché contra su rígida voluntad.
“¿Y te rendiste?”
“Sí, pues, ¿cómo podría haberlo detenido cuando yo ardía como él?
En lo que pareció menos de un minuto, había sido desflorada
sin placer ni dolor. Una vez más, el joven montó sobre mí,
resuelta por cada diosa del cielo a compartir su efusión,
yo me retorcía, pero justo cuando estaba por...”
“¿Qué paso?”
“Él se agotó.”
Oh, ¿por qué el espoleado placer de la mujer expectante
debe frenarse a un metro de la llegada?
“¿Cómo te llamas?”,
le pregunté mientras él descansaba.
“Kelos,
estudiante de egiptología, tercer año.
Luego te mostraré papiros enrollados, jeroglíficos,
inscripciones en tintas amarillo arena, marrón Nilo, verde junco,
con adornos de halcones, cuernos, capullos de loto, cetros, soles,
lunas crecientes.”
Me contó de maravillas remotas, el Coloso
que guarda el puerto de Rodas, con su escroto más pesado
que un carguero repleto pasando entre sus piernas, los templos
que no se inundan, más allá de Asuán, tesoros de roca,
las Montañas de la Luna, Alejandría y el Faro,
la lámpara de los barcos.

Luego, en la fuente de una gruta,
bajo el gotear de los helechos, nos lavamos uno al otro, riendo.
Kelos trajo unas ramas y encendió fuego para el brasero;
yo encontré una lonja de íbice en la alacena, la guisé con algarrobas,
manzana, cebolla y un poco de tomillo. Y así cenamos,
compartiendo una bota de vino siciliano hasta la medianoche,
cuando volvimos un poco ebrios a nuestro lecho de amor.
Amodorradamente abrazados, nos movimos despacio, suavemente,
conteniéndonos en dulces dilaciones, hasta que cedimos al fin,
confundiendo nuestro flujo natural, sintiéndolo casi
prolongarse en nuestro sueño.
Me despertó la amarilla luz del mediodía. Kelos
dormía aún, abierto de brazos y piernas, y vi que estaría
soñando conmigo, pues murmuró “Pirra”. Acaricié su falo erecto,
corrí la piel,
vi por primera vez el glande, una ciruela púrpura, pero más dura,
cubriéndolo como un hombre, me moví hasta que él me aferró:
más rápido, má rápido aún, aceleramos,
firmes acometidas descendentes rivalizando con otras
ascendentes — sacudiéndonos, deslizándonos — un exquisito espasmo de
contracción, dilatación, transformado en breves
orgasmos preparatorios –un placer desconocido para el varón–
que en su espiral culminaron en el gran orgasmo.”


1 El protagonista del poema es Tiresias, hijo de la ninfa Cariclo y de Everes. Las versiones sobre su ceguera y su condición de hermafrodita son al menos dos. La que parece haber utilizado Clarke en su texto cuenta que, siendo muy joven, un día Tiresias vio a dos serpientes aparearse en el monte Cilene. Con su bastón mató a la hembra y quedó convertido en mujer. Siete años más tarde, en el mismo lugar, volvió a encontrar a dos serpientes y mató a1 macho, lo que lo devolvió a su primitiva condición de hombre. Por ser e1 único mortal que había sido sucesivamente hombre y mujer, Zeus y Hera le preguntaron cuál de los dos sexos experimentaba mayor placer sexual, a lo que Tiresias, despertando la ira de Hera, contestó que a la mujer le correspondían nueve partes y al hombre sólo una. Acto seguido, Hera lo cegó, pero Zeus, en compensación, le dio un bastón para guiarse, una larguísima vida y el don de profetizar.
2 De acuerdo con los diccionarios de mitología, Pirra fue la hija de Epimeteo y Pandora que, con su esposo Deucalión, engendró el linaje humano. El nombre también le fue dado a Aquiles cuando, disfrazado de muchacha, vivió en la corte del rey Licomedes.