miércoles, 6 de septiembre de 2017

Thomas Bernhard -Los que hoy están muertos

Thomas Bernhard, Heerlen, 9 de febrero 1931–Austria, 12 de febrero 1989
Traducción Miguel Sáenz


Los que hoy están muertos

Los que hoy están muertos vienen a banquetes
te harían echar espuma del paladar y te parecería despreciable

la tierra que no te deja sentir el vino
y el verano y la dulce carne,
ni los maravillosos sótanos de los podridos
que dan sombra enteros a sus tumbas,
como si no aullaran junto al bosque los perros guardianes.

Surgidos de refugios podridos, como de los infiernos
de los padres, enterrados e inertes por la tristeza,
gritan en la noche los miembros muertos
de los hombres, aunque sus cuerpos
se pudrieron hace tiempo de la felicidad de morir y
sin brillo, porque fueron cubiertos
por sus tratantes y apenas se llenaron de  mar y de infamias.

Cómo cayeron las piedras sobre sus brazos,
que vivían por el júbilo y la alegría y querían
jarras llenas en los banquetes de los difuntos…
Música de los esqueletos radiantes
y hambre de lo efímero los empujó por los oscuros pasillos
como un ejército de veranos desmoronados
y en los valles se oían ruidos de guerreros mudos,
muertos por una piedra, un pene o una puta.

Los pasillos son tan profundos que no puedes atravesarlos
ni destruirlos con las carcajadas
de los príncipes y parturientas de la tierra,
y sus muslos resuenan como música en los establos miserables,
que llevan al encuentro de tu tormento
la cólera sorda de los animales.
Tracición, traición, o transitoriedad amarga
de la primavera tras los cascos grises y gastados
y ningún retoño de las tinieblas te lleva sobre las montañas.

Los he visto en invierno, y todavía hoy los veo,
llevando en sus pies impregnados de melancolía
y negras preocupaciones, bajar a las ciudades,
los lugares desgarrados sobre los que pasa un viento de verano
con su pureza, hacia valles enfermos, que extienden
al cielo su césped húmedo, hacia el mundo, hacia puertos,
tinieblas, campos cuyas semillas apestan
por los cielos vomitados del hombre; instantes
como musgo que, bajo la luna, vuelve al olvido,
a la jornada de algún albañil o alfarero.

De islas no hablaba nadie en la noche y nadie pagaba
cuando los posaderos imponían su tocino, las poesías
de la restauración, acumuladas sobre el río y oliendo
por la mucha miel y la mucha hambre de la tierra soñada,
en un mundo que sólo se asemejaba al tuyo en las entrañas;
no hablaban de cientos de casas, tumbas, colinas, puentes que eran
tu tristeza, ni de la belleza… pero todos se jactaban,
y sus sienes se hundían sin cesar y sin paz
en el olvido, en excrementos, y un agua, negra, que a nadie gustaba.