jueves, 30 de noviembre de 2017

George Santayana -Un “minuet” para encontrar los cincuenta años

George Santayana, Madrid, 16 de diciembre 1863-Roma, 26 de septiembre 1952
Versión María Eugenia Chiapori y José Emilio Tallarico


Un “minuet” para encontrar los cincuenta años

La vieja edad, de pies a cabeza, tiende su enjoyada mano
levemente en la mía. Viene, trae una alta medida,
graciosa compañera, afirmada noblemente y dulce.
El nuestro no es turbulento placer,
es conversación risueña, con mirada rápida
y recuerdos bailando más nítidos que antes.

Amigos quienes en cientos de juegos
dividen y multiplican, también guardan un juego supremo
y, muchos, una angustia se permiten.

Dejad que niñas y niños traviesos
lloren sobre amados dolores y juguetes destrozados.
Nuestra realidad es más dulce que sus sueños.

La Señora Naturaleza, con inocente mano,
ha esparcido aquí y allá el negro abismo y sus luces,
minuciosa, remota, innumerable. Nos quedamos
midiendo lejanas huellas y alturas,
arqueados sobre un cielo de risas
intangible y jamás escalado.
Y si confesamos nuestras culpas, ellas serán perdonadas.
Sabiendo la caída, triunfaremos.

Lágrimas que en la juventud has derramado,
convertidas en perlas ahora visten tu plateado cabello;
suspiros por amores muertos hace mucho
congelan los titilantes átomos del aire,
dentro de los velos que te cubren,
alrededor de tus pechos pequeños y tan majestuosamente encabezados;
el débil resplandor de la túnica
captura los colores del otoño, y el rocío
de los jardines donde una vez soplaron las rosas damascas.

Incontables cirios para que arcos cuelguen
juegan en tu corona de diamante,
y las estrellas, cuya luz angelical acaricia
tus virginales días,
dan a tus ojos esa calma y esos santos destellos.
El ayer profundo va en tu pecho,
alza estos signos casi felices
y los acentos de tu lengua
exhalan no recordadas caridades.

Ninguna prisa; la fiesta esperará.
Nuestra noche es maestra sin mañana.
Ningún frío ni trasnochado amanecer
destruirá la vela que arde
o empalidecerá nuestro volver a casa de la parranda tardía.
Antes de la derrota,
cansados o disminuidos, vendrá un calmo camino.
Arrullados por este olor de la glorieta
al tiempo engañaremos,
y cerrando los ojos, sonriendo todavía, sobre la danza.