viernes, 8 de diciembre de 2017

Laura Wittner -Las últimas mudanzas

Laura Wittner, Bs As, 17 de diciembre 1967


Las últimas mudanzas

East River, finalmente
los dos caminan junto a un agua negra
que se vuelve cruda con el viento.
Está que vuela todo:
el agua los cabellos los abrigos,
le resbala el idioma cuando asomada al borde
querría ofrecer una descripción
de lo que ve,
pero no importa. Guarda silencio.
Entre el río y la autopista
tiene ojos extranjeros para fijar
un cartel verde difusamente iluminado
del que sin embargo imaginaba la leyenda.
Mucho no se ve: allí abajo hay tormenta
le duelen los oídos y no quiere hablar.
Una Lucette adulta,
entre el mar y el objeto
de su pasión, se arrojaría.
...Está un poco borracha,
se siente con el alma rusa y
tiene deseos de romperlo todo...
Pero su dicha es negociable.
Caminan juntos
cuando las luces comienzan
a centellear como alhajitas.
De noche este lugar
es como un cuerpo juvenil
engalanado de diamantes: ahí
le salió una descripción
que no le gusta para nada,
no. Guarda silencio,
se narcotiza con el aire.


De noche es una red de luces
lo que define la ciudad
–ya no los ríos
oscurecidos, desplazados. Cada vez
vamos más alto
en busca de la vista,
de algo apropiado para
este momento, un instrumento
técnico o ficticio.
Es que la media luna
que se dora al fuego
de una ciudad nocturna
hasta imitar sin falla
el color imperante
pide y da
–y recibe: gusto de vino rojo
y pescado crudo,
ríos surcados de puentes, saturados
de frío, el dedo que señala y especula,
y sin embargo...
se olvida, se deja ir,
se conversa... Una ventana más,
luz,
aunque pegados al vidrio
confiemos por un instante
en eludir el reflejo y quedar afuera,
pero: esto es una ventana más
y se conversa por encima del ruido.


Ves que varias cosas
ocurrieron aquí
cuando no estabas,
cuando ni pensabas
en un sitio como éste;
por nombrar un par,
solamente: una autopista
que corría sobre la tercera
avenida (la esquina más lejana
de tu casa)
fue desmantelada
en los 30, y un tiempo después
gente como por ejemplo
Dylan Thomas
y luego alguien
llamadoDelmore Schwartz
bebían en la taberna del
caballo blanco que queda,
o quedaba, en el Village;
pero nunca la viste.
Gran parte de la leyenda
mundial, de aquellos días
sobre los que leés,
pasaba en estas calles.
Pero también
en todos lados,
especialmente
cuando no existías.
Todas esas líneas
repletas de palabras
en las que
refregás tu cabecita
un domingo entero,
días enteros esperando
que te rescaten
fueron escritas hace poco,
cuando no existías.


Se han dicho cosas terribles
y ahora
no saben por dónde recomenzar
a apreciarse:
el amor es así
el amor no es así
lo inexplicable
es cómo un concepto tan difuso
se las arregló
para ser representado
por algún sonido
en tantos idiomas
si no en todos.
Come torta de chocolate porque oyó
de varias fuentes
que el chocolate recompone el ánimo...
en fin, tanto
como para dejar
vagar la atribulada mente
hacia otros fenómenos
que también la sorprenden:
para el hermano menor
la diferencia de edad
entre sus dos hermanas
no remite en lo más mínimo
a la diferencia de tiempo con que cada una
hizo su aparición
en el universo:
ya estaban las dos
cuando él apareció
instaladas con cuarto
propio y en conocimiento
de los secretos de cuchillo y tenedor
y lazos familiares.
Incluso
(y ahora que los dientes rechinchinan
con el ataque y retirada
del violín
del concierto número 6
para violín y orquesta
confirma su sospecha)
si no le hubieran avisado
el hermano menor podría suponer
mayor a la menor
(y viceversa ciertamente) y
si nunca pensó en esto
es sólo porque no le importa
encasquetado como está
en su propia aparición
continuación, mantenimiento
con lo absurdo
que resulta
que exista la palabra y que el concepto
se dé por existente
sin mucha resistencia.


Precariedad del equilibrio
como en el botiquín:
abrir y que resbalen
los frasquitos, los medicamentos
que reboten contra
el cepillo de dientes
que aterrice
en un hueco mohoso. Últimamente
nos estuvimos yendo
bolso en mano
cada cual hacia un rumbo
desparramando, olvidando
pertenencias –la mesa
fue desarmada,
regalado el colchón.
Temperancia:
equilibrar el líquido en las copas,
pasar las ropas
de un bolso a otro.
A los trancos porque llueve,
mudanzas de prisa,
partes de cosas, telas
se enganchan con el viento
desde el baúl de un taxi.
Un momentito: un momento
de calma: se posan los ojos
sobre la situación,
se apagan los sonidos.
¿Es que todo con lo que vivía
está flameando por la ventanilla?


Qué hacés
si vas leyendo en el subte
y por dos segundos se apaga la luz.
(–Yo pestañeo. –Yo...)
De todas maneras esta persona
grita con lo que parece ser
su máxima capacidad verbal y pulmonar.
No hay resquicio
que no llene con su apelación
(you will respect my god;
you don't know what love is)
pero insistís
en leer.
Es algo
acerca del expreso transiberiano
que a toda velocidad cruza la noche
llevando en su interior
sonidos de puertas,
voces apaciguadas, tintineos
de tesoros para el contrabando;
es con esfuerzo
que unís estas ideas, y apenas duran:
el choque con la voz incesante
las destroza.
Ahora ríe locamente,
ya comienza a increpar a algunos pasajeros,
el oído se resiste, los lectores
abandonan el intento y fijan la mirada
en un horizonte negro y rápido.
Uno o dos se deciden
a la maniobra de cambiar de vagón
con el tren en movimiento.
Ya nada sabés
del muchacho del transiberiano
–recordaba a su amante,
que es triste y no sonríe
nunca.
Pensás en qué momento
va a comenzar a disparar
para ubicar los gritos sobre una partitura,
y en el horror de la gente
en la próxima estación
cuando el vagón se detenga
dejando ver los cuerpos acribillados,
y al gritón, feliz,
que sopla el humito del revólver.


El vidrio está punteado de gotas,
está goteado. Pero no nieva. Rojo ladrillo,
gris, las construcciones se ven
únicamente
tras las gotas. Nueva York,
de donde siempre se va alguien.
En las terrazas del aeropuerto
los fumadores
se miran sin hablar.
Es temprano,
y andan los dos por la luz
exagerada
de los pasillos.
A las 6 van a matar a una mujer en Texas.
(Pena de muerte). Faltan diez minutos.
La miran por la tele,
mientras terminan sus cervezas.
Todo está sin resolver
y así permanecerá.
Tus párpados
que aletean como flores en un viento demente:
del que quiere
sólo tiene fragmentos.
Como las voces de altavoz
y los números de vuelo que retumban.
Drama visual
que se reitera en aeropuertos:
el (perturbador) desequilibrio
entre la fina azafata
y la pesada valija que lleva.
El súbito desequilibrio
entre el que se va y el que se queda.