domingo, 4 de febrero de 2018

Héctor Yánover -Soledad

Héctor Yánover, Alta Gracia, 3 de diciembre 1929 – Bs As, 8 de octubre 2003


Soledad

de la primera boda con Dios.
Angustia lejana como un eco
que instalada en la carne conmueve las palabras
y echa un temblor de hoja azotada al cuerpo.
Una cuerda de acero nos recorre los huesos
y la agitan con fuerza en la boca del túnel
el no saber a un costado y el saber al otro.

Tendré que calafatear mis naves nuevamente,
tendré que hacerme a la mar.
Esta tierra vacía estallará en pedazos.
Hay que barrer las dudas
y llenar las tinajas con las voces del canto.
Una guitarra habemos de guardar
para añorar el terruño por las noches,
una fotografía de nuestra alma de niños,
y lo demás, el sortilegio, el duende,
nos encontrarán en cualquier parte,
al final de la gruta del diablo
o en las esquinas de las aguas del cielo.
Sólo que no hay que temer,
repito: no hay que temer,
el temblor tiene que irse al fondo de los mares
y allí pudrirse y desaparecer
en el gran viento submarino.
Tenemos que aprender la libertad
como se aprende un rezo
tenemos que creer en ella,
hablar a partir de ella
y al timonel que agosta los racimos
y agua al vino,
matarlo,
destruirlo,
aventarlo en la arena del vértigo y que arda!
¡Ah cuánto cuesta aprender a usar
el traje de la sinceridad en cada día!
¡Cuánto cuesta ser fiel a la verdad
de nuestra íntima condición de hombres!
Salid monstruos,
fieras cebadas de la mesa tendida
y el beso a la hora exacta,
bestias que pastan su sapiencia
sobre los cadáveres frustrados
de mil generaciones.
¡Todos los caminos son hermosos!
No hay rutas vedadas
para el que se asume integralmente
y parte en busca del conocimiento.
No me toquéis manos de cementerio,
lenguas untadas en dulce,
mentirosas.
Odio la experiencia,
que no me instruya nadie en los peligros que corro.
Odio los recuerdos.
El mundo empieza cada mañana.
El ayer es una ficción.
Sólo los días por llegar viven en la esperanza
y son como una gran bandera
que hay que ir desplegando sin reposo
hasta más allá de las estrellas.
No soy optimista,
la palabra es creo
creo en Dios padre todopoderoso
que construyo día a día.
Creo en la magia y en lo misterioso
porque conmigo están desde el primer latido.
No temo nada.
¡Quiero no temer nada!
Y al dragón que se ponga de espaldas a la luz
para cerrarme el camino,
¡le abriré la cabeza!
Pero no son ellos quienes me cierran el paso,
son manteles limpios,
sábanas de hilo
y la seguridad de mi pan cotidiano.
¡Ojalá fueran monstruos o hidras del acaso!
Ojalá estuviera en los dados ventura y desventura
y todo fuera cuestión de arrojarlos.
Mundo que te me has metido como una astilla bajo la piel.
Palabras que me van rodeando con su sonsonete manoseado.
¿Hay que cerrar los ojos
o abrirlos con las uñas a dos manos?
Hay que embestir
o el estallido de la tierra nos seguirá al infierno,
sonando.

Sólo esta hora de soledad me ha concedido Dios;
me han dado visiones y luces para ordenar el rumbo.
No hay más bodas con Dios que la primera,
si la dejo pasar,
al volver el rostro ya habré encanecido,
no sabré nunca en qué se fue mi vida,
entonces tendré recuerdos:
ágiles palabras de empleado de rutina,
corteses respuestas de amanuense y de hortera,
seguridad de comerciante,
aplomo de millonario.
Entonces ya no sabré.
Entonces estas palabras serán para mí oscuras.
Entonces la verdad será mi verdad
y la sabiduría mi conocimiento.
Entonces sabré todas las cosas
y ni una sola angustia
me sorprenderá royendo el ruedo de la noche.
Y mi sangre será un arroyo apacible
y mis problemas serán terribles pero superables,
tendré una sonrisa renovada cada día
y sabré más que los poetas
porque pisaré fuerte sobre la tierra,
y en el recodo de los años
pensaré que no he vivido en vano.
Escucha Dios, no te vayas.
Dame fuerzas para vivir como debo vivir,
ahuyenta el miedo de mi pecho
como ahuyentaste a los que traicionaban su especie
de la puerta del templo.
¡Exijo que te quedes porque te necesito!
La azada de la muerte no es grande para mis brazos
yo también puedo segar a los míos
y avanzar sobre sus cadáveres.
Pero no me llamo la guerra
ni la peste
ni la desorientación
ni el arrepentimiento,
me llamo el Poeta
y aunque no soy pastor angélico
y mi memoria es de este tiempo,
un violento deseo de eternidad aguijonea mis huesos.
Soy el poeta.
Soy tu igual. Nunca me he olvidado de ti.
Te llamas Homero, Jesús, Buda,
la palabra vela sobre el mundo
y velará por todos los siglos de los siglos.
No soy más que lo que eres,
si estás en mi,
muerde con tanta fuerza mis huesos
que yo pueda ser digno de servirla!
Ella fue el principio y ella será el fin,
sé adónde va y de dónde viene,
vivo al acecho, como al acecho,
duermo acechando esa voz que reclamo.
Andaré, Dios,
viviré para verte a mi lado,
escalaré la frente de siglos
y hablaremos entonces por toda la eternidad!
Y mis palabras serán fuertes como el trueno
y leves como las primeras gotas
de una lluvia soñada
y mis brazos serán el iris de la tarde
y el vapor de los ríos,
integrado estaré a las cosas que andan
por su derecho en la tierra
y ni el ay más lejano me será ajeno
y el perfume del campo será también el mío.
Cada partícula del aire
será parienta de mi especie
y mis ojos verán desde todos los ojos
y desde las hojas de los paraísos.
Será el grande amor,
el poderoso amor,
aquel que no se borra
ni cuando todo el aire es un solo acero hiriente.
Ahora he hablado,
he salido de mí para remar por mis palabras.
Y las palabras han formado un río
y he ascendido por ellas hasta todos los mares.
Las palabras que digo todo lo curan
¿son la suprema medicina?
cierran heridas y ponen alas a mi cuerpo.
Las palabras que digo son más buenas que yo mismo
y no puedo abarcarlas.
Me llenan y me desbordan
y forman a mi alrededor un halo mágico
donde soy indestructible.
Ellas me defienden.
Tienen mi rostro y mis manos
y son más fuertes y mejores
porque son el último sueño de la carne
y su prolongación hasta el Dios que habita en ellas.
Si las discordias de los hombres son diferencias de lenguaje,
la armonía es la misma palabra enamorada.
Mi destino es obligar al amor
como el del rosal dar sus flores.
Estoy obligado a encerrar en mis voces
a todos los hombres del mundo,
estoy obligado a decir mis palabras
para que así como me protegen,
rodeen y protejan a todo lo que vive.
No quiero ni me importa la gloria empapelada,
ni que se sepa mi nombre ni el color de mis ojos,
mi ambición es más vasta,
mi deseo más hondo que todos los deseos,
mi vanidad terrible no se contenta con nada:
quiero salvar al hombre,
elevarlo sobre las ferias y las plazas,
sacarlo de sus casas y las fábricas
y como el flautista llevarlos,
no a ahogarse en los ríos,
sino a purificarse y salvarse en las aguas del amor.
Por eso Homero, Jesús, Buda, no son nombres que venero,
son mis compañeros de lucha, mis dulces hermanos de pelea.
Conozco sus flaquezas porque son mis flaquezas,
sé que la hermosura de sus rostros no está en sus rostros
y que sus manos no terminan en ellas.

He comenzado a salvarme porque me he reconocido.
Pero no basta que me salve,
es necesario que se salve el hombre.
Las voces de lo ruin,
se han eslabonado como los aceros de las cadenas,
pero basta una sola palabra arrojada a su tiempo
para que salten las vértebras que las tienen unidas.
Hay millones de cuevas, depósitos innumerables,
las hormigas se mueven como si ese traer pajas
fuera el destino para siempre.
Allí va el grillo cantor sonando fuerte su violín
y es por todos despreciado.
Pero él es el héroe,
el oscuro héroe de la geografía,
él ha construido la tierra,
él ha poblado los aromos,
él ha forjado el cielo.
Sus hermanos son las bestias inocentes,
la flora,
los niños.
Tiene más poder porque él es el poder,
porque él crea el poder;
tiene más fuerza porque él es la fuerza
y el padre de la fuerza.
Nadie sabe dónde pasa el invierno
pero al salir al aire de la primavera
se le encuentra de nuevo en los caminos.

No hay más bodas con Dios que la primera.
En la soledad de la primera boda con Dios,
me he casado por siempre con su gloria.
Soy indestructible
porque soy el adjudicador de la vida.
Soy humilde
porque soy todopoderoso.
En cada pliegue de mis vísceras,
los enanitos de la eternidad
trabajan el fuego de la eternidad.
He tenido visiones de cielo e infierno
y por mi boca han hablado los ángeles redentores.
He trabajado mi canto toda la larga noche
y el alba ha sorprendido mis cabellos revueltos.
Soy el ser ambicioso con que el hombre
ha pisado la tierra y hecho historia.
Me proclamo de estirpe de guerreros
y del tronco invencible de los sabios,
oscuro, en el silencio de mi pieza
soy las patrias, los héroes y sus cantos
y en las noches solemnes de los astros
yo dispongo del cielo y sus milagros.

Y que ahora la música del mundo,
no ahogue las palabras de mi canto.