miércoles, 18 de enero de 2017

Liliana Lukin -carta II

Liliana Lukin, Bs As, 18 de diciembre 1951


carta II

mi querida: me dije algún poema tiene que haber
porque hay tanto ruido en el país
y en estos días las metáforas se cumplen

ya casi no hablamos más
que de nosotras: metonimias de un paisaje de guerra
o pequeños predios donde cultivar imágenes de sí

querida: se disuelve mi dogma a medida que amo
y aunque mi dogma sea de una especie razonable
padezco los efectos de esta fatal transformación:

no sé nada ya de aquello que era
pero no olvido tampoco cómo era aquello ser

una foto de otra época me muestra como a una muchacha
a la que he conocido: mi nostalgia de ella es infinita
aunque me diga que todo está muy bien y
aunque sea cierto que todo está   (muy bien)  ahora

algún poema tiene que haber me dije: en lugar
de una certeza siempre hay un poema
y en lugar de un poema siempre estoy
escribiendo cartas   como un náufrago al revés:
no corro peligro más que de mí y el mundo
es una isla en la que sólo puedo sumergirme

mi querida en estos días
en que la filosofía es un murmullo de la edad
sos el ruido de un país en predios secos
donde un poema sería agua de beber


lunes, 16 de enero de 2017

Gonzalo Rojas -Carta para volvernos a ver

Gonzalo Rojas, Lebu, 20 de diciembre 1916 -Santiago de Chile, 25 de abril 2011


Carta para volvernos a ver

Escrita en el mar, el 25-X-58, entre las 2 y las 5 de la mañana, a bordo del "Laennec",
Navifrance, por la ruta del Atlántico norte. No publicada hasta la fecha.

Lo feo fue quererte, mi Fea, conociendo cuánta víbora
era tu sangre, lo monstruoso
fue oler amor debajo de tu olorcillo a hiena, y olvidar
que eras bestia, y no a besos sino a cruel mordedura
te hubiera, en pocos meses, lo vicioso y confuso
descuerado, y te hubiera en la mujer más bella ¡por Safo! convertido.

Porque, vistas las cosas desde el mar, en el frío de la noche oceánica
y encima de este barco de lujo, con mujeres francesas y espumosas,
y mucha danza, y todo, no hay ninguna
cuyo animal, oh Equívoca, tenga más desenfreno en su fulgor
antes de ti, después de ti. No hay ojos verdes
que se parezcan tanto a la ignominia.

Ignominia es tu sangre, Burguesilla: lo turbio que te azota por dentro,
remolino viscoso de miedo y de lujuria, corrupción
de todo lo materno que es la mujer. ¡Acuérdate, Malparida, de aquella pesadilla!
No hay trampa que te valga cuando tiritas y entras al gran baile del muro
donde se te aparecen de golpe los pedazos de la muerte.

No te perdono, entiéndeme, porque no me perdono, porque el mar
-por hermoso que sea- no perdona al cadáver: lo rechaza y lo arroja
como inútil estiércol.
Muerta estás y aun entonces, cuando dormí contigo, dormí con una máquina
de parir muertos. Nadie podrá lavar mi boca sino el áspero océano,
Mujer y No-mujer, de tu beso vicioso.

Lástima de hermosura. Si hoy te falta de madre justo lo que te sobra
de ramera
y de sábana en sábana, desnuda, vas riendo
y sin embargo empiezas a llorar en lo oscuro cuando no te oye nadie,
es posible, es posible que descubras tu estrella por el viejo ejercicio
del amor, es posible que tanta espuma inútil
pierda su liviandad, se integre en la corriente, vuelva al coro del Ritmo.

Tal vez el largo oleaje de esta carta te aburra, todo este aire solemne,
pero el Ritmo ha de ser océano profundo
que al hombre y la mujer amarra y desamarra
nadie sabe por qué y, es curioso, yo mismo
no sé por qué te escribo con esta mano, y toco
tu rara desnudez terrible todavía.

No hablemos ya de mayo ni de junio, ni hablemos
del gran mes, mi Amorosa, que construyó en diamante tu figura
de amada y sobreamada, por encima del cielo, en el volcán
de aquel Chillán de Chile que vivimos los dos, y eternizamos,
silenciosos, seguros de ser uno en el vuelo.

No. Bajemos de ahí, mi Sangrienta, y entremos al agosto mortuorio:
crucemos los horribles pasadizos
de tus vacilaciones, volvamos al teléfono
que aún estará sonando. Volemos en aviones a salvar
los restos de Algo, de Alguien que va a morir, mi Dios, descuartizado.

Digamos bien las cosas. No es justo que metamos a ningún Dios en esto.
Cínicos y quirúrgicos, los dos, los dos mentimos.
Tú, la más Partidaria de la Verdad, negaste la vida hasta sangrar
contra la Especie (¿Es mucho cinco mil cuatrocientas criaturas por hora...?)
Los dos, los dos cortamos las primeras, las finas
raíces sigilosas del que quiso venir
a vemos, y a besamos, y a juntamos en uno.

Miro el abismo al fondo de este espejo quebrado, me adelanto a lo efímero
de tus días rientes y otra vez no eres nada
sino un color difícil de mujer vuelta al polvo
de la vejez. Adiós. Hueca irás. Vivirás
de lo que fuiste un día quemada por el rayo del vidente.

Mortal contradictorio: cierro esta carta aquí,
este jueves atlántico, sin Júpiter ni estrella.
No estás. No estoy. No estamos. Somos, y nada más.
Y océano,
y océano,
y únicamente océano.

sábado, 14 de enero de 2017

Richard Wilbur -Vergüenza

Richard Wilbur, Nueva York, 1 de marzo 1921  
Versión Gerardo Gambolini


Vergüenza 

Es un estado encerrado y pequeño, sin ninguna política exterior
salvo ser considerado inofensivo. La gramática del lenguaje
jamás fue descifrada, debido a la costumbre nacional
de dejar que cada frase se desvanezca confusa.
Quienes han visitado Scusi, la ciudad capital,
cuentan que la ruta ferroviaria desde Schuldig
atraviesa la campiña, mayormente descrita como chata.
La oveja es el producto nacional. La borrosa inscripción
en las puertas de la ciudad podría traducirse de este modo:
“Me temo que no hallarás aquí gran cosa de interés”.
Los informes de censo que indican población cero
no son –por supuesto– de confiar, salvo como reflejo
de la confusa insistencia de los nativos
en cuanto a que ellos no cuentan, así como de su modesto horror
a dejar que el sexo de uno se conozca sin rodeos.
El gris uniforme de los edificios indistintos
y la ausencia de iglesias o baños públicos
han dado a los observadores la extraña impresión de miseria ostentosa,
y debe decirse de los ciudadanos
(que andan murmurando en sus rasposas pieles de oveja,
empacándose ante las grietas de las veredas)
que carecen de la paz de espíritu de los verdaderamente humildes.
El tenor de vida es cauteloso, incluso en la rígida y seria indiferencia
de los guardias de frontera y douaniers,
quienes admiten, cada vez que pueden,
no sólo los habituales cargamentos de desodorante,
sino gitanas, cuerda Sol, hashish y pigmentos de contrabando.
Su negligencia total se reserva, sin embargo,
para la esperada invasión, a cuyo tiempo los hombres, el pueblo feliz
(riendo, rubicundamente desnudos y desvergonzadamente borrachos)
sorprenderán al enemigo con su pasmosa sumisión,
corromperán a los generales, infiltrarán el estado mayor,
usurparán el trono, se proclamarán a sí mismos dioses del sol
y causarán el colapso de todo el imperio.

jueves, 12 de enero de 2017

Gianni Siccardi -El funeral del poeta

 Gianni Siccardi, Banfield, 27 de septiembre 1933 – Bs As, 29 de noviembre 2002


El funeral del poeta

La balada inmutable del invierno
está por empezar.
Por la distante avenida del cementerio
llegan los cortejos hasta la enorme explanada.
Lágrimas secas
en las caras serias de los hombres
que acompañan a sus muertos.
Al penetrar en la helada capilla
unas mujeres
con respetuosos vestidos negros
lloran sin vergüenza.
Dos poetas esperan sin quererlo
ni tener aún conciencia de la muerte
el ataúd que no llega
como si se negase a escuchar
la voz profesional del sacerdote
que reza antiguas palabras estériles
en la fría tarde de junio.
En la entrada de la helada capilla del cementerio
seis hombres transportan un féretro.
Llevan las mandíbulas rígidas
y lágrimas secas en las caras serias.
Más atrás van unas mujeres
con ceremoniosos trajes negros
llorando sin vergüenza
pero pudorosamente
porque allí hay dos extraños
sin saber que esos dos hombres
desearían rebobinar el film de la vida
mientras esperan el cortejo
que trae el cadáver que fue su amigo.
La voz profesional del sacerdote
sigue repitiendo las áridas palabras
de la inútil oración siempre repetida
-porque ese es su trabajo-
en la fría tarde de junio.

En la entrada de la letal capilla del cementerio
seis hombres desfallecientes
falsamente seguros
transportan a pulso un féretro
dirigidos y ayudados
por los cuidadosos empleados de la funeraria.
Van con la rigidez en las mandíbulas
la muerte en sus ojos ciego
lágrimas viejas en las mejillas frías.
Un poco más atrás
unas mujeres
enfundas en temblorosos vestidos negros
caminan con honda lentitud agonizante
llorando sin vergüenza
pero pudorosamente
cuando pasan junto a los dos poetas
que esperan ese cortejo que no llega
con el ataúd con el cuerpo de su amigo
sin saber todavía
que la muerte es una separación definitiva
y oyen como en un sueño
la voz profesional del sacerdote
que reza sus palabras heladas
marchitas por la repetición
con su vigésima oración de muertos de ese día
mientras los cortejos pasan sucintamente
y el invierno todavía no empieza
en la fría tarde de junio.

La avenida de cipreses
la enorme explanada de piedra gris
y la entrada de la abierta
desolada
aséptica capilla del cementerio,
se llenan y se vacían
de autos callados
y de lívida gente nocturna.
Hombres que portan féretros
con actitud desplomada
mandíbulas rígidas
y duros ojos ciegos
fijos en la penumbra del pasado.
Lentas mujeres de negro
que caminan gravemente
con cuerpos derrotados
y cabezas cubiertas pero vacías
lloran sin vergüenza avanzan mecánicamente
hasta la voz profesional del sacerdote
que repite siempre las mismas palabras
para uno u otro hombre
de los tantos que llegan
se detienen un momento
y se van para siempre
mientras los dos poetas
se dicen unas pocas y torpes palabras
sin recordar aún todo lo que les queda
y todo lo que les ha sido quitado
por ese ataúd que tarda en llegar
con el cuerpo de su amigo
ese poeta que ya no se lanzará hacia la palabra
hacia sus peligros y alegrías
y esperan el tardío cortejo
en la entrada de la helada capilla ardiente
en la fría
moribunda tarde de junio
del inminente invierno.

 El invierno se ha detenido
frente a las puertas del cementerio.
El último cortejo navega serenamente
majestuosamente
por la líquida superficie de la avenida,
llega finalmente al amarradero de la capilla
y entrega con sencillez conmovedora
el ataúd del náufrago.
Los dos poetas sorprendidos y aliviados
llenos de asombro y terror
aunque sin percibir aún claramente
el silencio y la oscuridad de la muerte
que llegan en ese ataúd definitivo
dan las adeudadas explicaciones a su amigo
ese poeta que hace muchos años
compartió con ellos
la alegría y la aventura de la palabra
y les dio pudorosamente
pero sin vergüenza
algunas señas para el viaje.

El invierno está por empezar
se detiene exactamente
en el límite de la estación.

Todo queda exánime
y un aire de irrealidad barre el escenario.
los cipreses se evaporan
y en el instante encantado
todo se detiene.
La acuosa avenida
y la enorme explanada de humo
se disuelven
y la capilla se eleva
hacia el pálido soplo de la eternidad.
El invierno está por empezar
pero nadie lo advierte:
ni los inmóviles deudos
hundidos en el espíritu de la piedad
ni los dos poetas
que flotan con las manos extendidas
hacia el tiempo de su juventud.
Lo único que se mueve
es la nave del ataúd.
Lo único real
es el cuerpo ya náufrago del poeta
que aún palpita
y viene a exigir su última ración de amor
y a bendecir una vez más a los hombres
mientras la fría tarde de junio
pliega y guarda su paño sombrío
y los dos poetas
hipnotizados
abrazan por última vez
el corazón de su amigo
y luchan por comprender por qué
la voz ajena del sacerdote
no maldice ni canta
ni grita ni impreca
ni tiembla ni solloza
sino que repite la helada
insulsa
muerta oración de su oficio
cuando en la fría
final tarde de junio
el sol elige otra órbita.
Y empieza el invierno.

martes, 10 de enero de 2017

Leopoldo Lugones -El hombre-orquesta y el turco

Leopoldo Lugones, Villa María, Córdoba, 13 de junio 1874 – Tigre, 18 de febrero 1938


El hombre-orquesta y el turco

Apareció en la plaza de la villa una siesta,
Magnífico y grotesco,
Chispeante en síntesis piramidal su orquesta
Bajo las campanillas del sombrero chinesco.
Tocaba un viejo clarinete
Con escapes en falsete,
Mas también relumbrante de llaves argentinas
Que libertaban alegres marianinas.
Al mover, ya se sabe de qué ingenioso modo,
Con el pie los platillos y el bombo con el codo,
Relampagueaba el bronce su chafado estridor,
Y la caja rielaba con trémulo fulgor .
Entre abolladas cáscaras de lata y de barniz.
Y yo nunca he tenido sorpresa más feliz.

Todos los chicos le formamos corro
En deleite casi beato;
Y tanto relumbraba su centelleante gorro,
Que sólo al cabo de un rato,
Pudimos distinguir su barba bermeja,
Sus ojos verdes y un rulo
Que le caía al disimulo
Sobre la rebanada oreja.

A su lado, un hombre moreno,
De manos tatuadas y rostro agareno,
Descolgaba del hombro
Una vitrina no menos digna de asombro,
De la cual fué sacando con pausas astutas,
Artículos extraordinarios:
Yesqueros de mixto, esculpidos rosarios
Y jabones de olor que imitaban frutas.
Había un costurero guarnecido
De conchillas marinas, que insinuaba derroches
De tesoro escondido
De Las Mil y Una Noches.
(Porque ya sabíamos algo de Aladino
Y de Simbad el Marino;
Aunque para nuestra fábula campesina,
Uno era el Niño Ladino
Y el otro se llamaba Sinibaldo Medina.)

¿Y aquel globo de cristal que encerraba
Un pueblito con su pinar,
Sobre los cuales, si usted lo meneaba,
Se ponía a nevar?
Y aquel lapicero sorprendente
Cuyo cabo ocultaba también
Una minúscula lente
Con una vista de Jerusalén!

Entre los intervalos de una y otra tocata,
La vitrina seguía volcando en la vereda,
Al pregón de la «cosa linda, barata»,
Como los cofres mágicos, nácar, aroma y seda.
Pero, no bien el músico volvía a hacer su parte,
Tornábamos, sumisos, al dominio del arte.
Y tal era su hechizo
Ante el deslumbramiento de la menuda grey,
Que una chiquilina de don Andrés Carrizo,
Sentenció alelada: -Es el rey!

Y he aquí que lo era, en efecto.
El rey de la farándula, monarca indestronable,
Omnipotente y miserable,
Bienhechor, atorrante y perfecto.
¿No llevaba consigo hasta ese turco
De las manos tatuadas con crecientes azules,
Que desplegaba prodigiosos tules
Y tenía en las cejas un terrible surco
De verdugo de sultán,
Como aquel que en la estampa que él mismo vendía,
Con despiadada herejía
Le cortaba la cabeza a San Juan? ...

Así reinó una tarde con su murga y su lata,
Bajó el buen sol aldeano y el aplauso rural,
En la pureza total
De la gloria anónima y de la suerte ingrata.
(Porque luego supimos con certeza fatal,
Que se llamaba Pascual
Y era oriundo de la Basilicata.)
Tocó algún tiempo aún con buen resultado.
Hasta que un día dejó de lado
La musical maravilla,
Se quedó de hortelano de la villa,
Casó allá y tuvo un hijo que ahora es diputado.

domingo, 8 de enero de 2017

Bob Dylan - Blues hablados de la tercera guerra mundial

Bob Dylan, Minnesota, 24 de mayo 1941
Versión Lino Mondino


Blues hablados de la tercera guerra mundial

Hace tiempo tuve un sueño desconcertante
Soñé que me había metido en la Tercera Guerra Mundial.
Al mismísimo día siguiente fui a ver al médico
Para ver qué me podía decir.
Me dijo que había sido un mal sueño.
De todas formas yo no estaba preocupado en absoluto.
Eran mis propios sueños y sólo existían en mi cabeza.

Dije yo: «Un momento nada más, doctor, me ha pasado una guerra mundial por la cabeza»
Dijo él: «Enfermera, tome su libreta; este chico está demente»
Me tomó por el brazo. Yo dije ¡ay!
Según aterrizaba en el diván del siquiatra.
Me dijo: «Contamelo todo».

Bueno, pues todo empezó a las tres en punto de la madrugada,
Y al dar y cuarto ya había terminado.
Yo estaba en una alcantarilla con alguna amiguita,
Cuando decidí echar un vistazo por una rendija
Para ver quién podía haber encendido las luces.
Me levanté a dar una vuelta
Y recorrí la ciudad vacía,
Me pregunté dónde podría ir,
Encendí un cigarrillo en un parquímetro
Y seguí carretera abajo.
Era un día normal.

Toqué el timbre de un refugio contra la lluvia radiactiva,
Asomé la cabeza y pegué un grito,
«Dame una habichuela verde, soy un hombre hambriento».
Una escopeta disparó y yo salí huyendo.
No les culpo demasiado de todas formas,
El no me conocía.

En la esquina de abajo, junto a un puesto de panchos,
Vi a un hombre, le dije: «Hola, vos, amigo»,
Y supongo que algo de aquello debía haber,
Gritó sólo un poquito y salió disparando.
Pensó que yo era un comunista.

Localicé a una mina y antes de que se pudiera ir,
Le dije: «Juguemos a Adán y Eva»
La tomé de la mano y tuve un ataque de palpitaciones,
Pero ella me dijo: «Sí, hombre, ¿estás loco o qué?»
«¿No has visto lo que pasó la última vez que empezaron?»

Vi la ventana de tu Cadillac allá en la ciudad.
No había nadie por allí.
Me senté al volante
Y tiré por la calle cuarenta y dos abajo
En mi Cadillac.
Buen coche ése para conducir después de una guerra.

Bueno, como recordaba haber visto algún anuncio,
Puse la emisora de emergencia
Pero no había pagado la factura,
Y aquello no funcionaba ni medio bien.
Puse en marcha mi tocadiscos,
Era Rock A Day y Johnny cantaba,
«Decile a tu Pa, decile a tu Ma,
Que nuestros amores van en aumento, Ooh-wah, Doh-wah .»

Me sentí así como solitario y triste,
Necesitaba hablar con alguien,
Así que llamé al reloj de la Telefónica
Aunque sólo fuera por oír a alguien.
«Al oír la tercera señal
Serán las tres en punto».
Lo estuvo diciendo durante más de una hora
Y luego colgué.

Bueno, el doctor me interrumpió
Diciendo: «¡Eh! Yo también he estado soñando eso mismo últimamente»
«Pero mi sueño era algo distinto,
Yo soñaba que el único que quedaba después de la guerra era yo,
Y no te veía por ahí».

El tiempo pasó y ahora parece
Que todo el mundo sueña lo mismo.
Todos se ven paseando por ahí y no ven a nadie más.
La mitad de la gente puede estar a medias en lo cierto continuamente
Unos cuantos pueden estar en lo cierto alguna vez,
Pero nadie puede estar en lo cierto todo el tiempo.
Me parece que esto lo dijo Abraham Lincoln.
Los dejaré aparecer en mis sueños si me dejás que aparezca en los tuyos.
Esto lo he dicho yo.



viernes, 6 de enero de 2017

John Berger, -Doce tesis sobre la economía de los muertos

John Berger, Reino Unido, 5 de noviembre 1926 - Reino Unido, 2 de enero 2017
Versión Sandra Toro


Doce tesis sobre la economía de los muertos

1. Los muertos rodean a los vivos. Los vivos son el núcleo de los muertos.
En este núcleo se encuentran las dimensiones del espacio y del tiempo.
Lo que rodea al núcleo es atemporal.

2. Entre el núcleo y la periferia existen intercambios, que no suelen ser claros. Todas las religiones se preocuparon por aclararlos.
La credibilidad de la religión depende de la claridad de ciertos intercambios inusuales.
Las mistificaciones de la religión son el resultado de intentar producir tales intercambios de manera sistemática.

3. La improbabilidad del intercambio claro se debe a la improbabilidad de que algo pueda atravesar intacto la frontera entre atemporalidad y tiempo.

4.  Ver a los muertos como los individuos que fueron alguna vez tiende a oscurecer su naturaleza. Tratemos de considerar a los vivos como asumimos que lo hacen los muertos: en forma colectiva.
El colectivo crecería no solo a través del espacio sino también a lo largo del tiempo. Incluiría a todos los que vivieron alguna vez. Y así también pensaríamos en los muertos.
Para los vivos, los muertos se reducen a aquellos que vivieron, mientras que los muertos ya incluyen a los vivos en su propio gran colectivo.

5. Los muertos habitan un momento atemporal de construcción que se reinicia continuamente.
La construcción es el estado del universo en un instante cualquiera.

6. De acuerdo con su memoria de la vida, los muertos saben que el momento de la construcción es, también, un momento de colapso. Habiendo vivido, los muertos nunca pueden ser inertes.

7. Si los muertos viven en un momento atemporal, ¿cómo pueden tener memoria?
Lo único que recuerdan es haber sido arrojados al tiempo, como todo lo que existió o existe.

8. La diferencia entre los muertos y los que no nacieron es que los muertos tienen dicho recuerdo.
A medida que se incrementa el número de muertos, la memoria aumenta.

9. La memoria de los muertos, al existir en la atemporalidad, puede pensarse como una forma de imaginación concerniente a lo posible.
Esta imaginación está cerca de (reside en) Dios, pero no sé cómo.

10. En el mundo de los vivos, se produce un fenómeno equivalente pero opuesto.
Los vivos en ocasiones experimentan la atemporalidad, durante el sueño, el éxtasis, en momentos de peligro extremo, en el orgasmo y quizás en la experiencia misma de la muerte. En esos momentos, la imaginación abarca por completo el campo de la experiencia y desborda los contornos de la vida o la muerte individual. Roza la imaginación expectante de los muertos.

11. ¿Cuál es la relación de los muertos con lo que todavía no ocurrió, con el futuro?
Todo el futuro es la construcción a la que está abocada su “imaginación”.

12. ¿Cómo es que los vivos viven con los muertos? Hasta la deshumanización de la sociedad que produjo el capitalismo, todos los vivos esperaban alcanzar la experiencia de los muertos. Este era su futuro último. Por sí mismos, los vivos eran incompletos. Así es que vivos y muertos eran interdependientes. Siempre. Solamente una forma moderna y peculiar del egotismo rompió esa interdependencia con resultados desastrosos para los vivos, que ahora pensamos en los muertos como “los eliminados”.