martes, 22 de agosto de 2017

Antonín Artaud -Noche

Antonín Artaud, Marsella, 4 de septiembre 1896-Ivry-sur-Seine, 4 de marzo 1948
Versión Aldo Pellegrini 


Noche

Los mostradores del cinc pasan por las cloacas,
la lluvia vuelve a ascender hasta la luna;
en la avenida una ventana
nos revela una mujer desnuda.

En los odres de las sábanas hinchadas
en los que respira la noche entera
el poeta siente que sus cabellos
crecen y se multiplican.

El rostro obtuso de los techos
contempla los cuerpos extendidos.
Entre el suelo y los pavimentos
la vida es una pitanza profunda.

Poeta, lo que te preocupa
nada tiene que ver con la luna;
la lluvia es fresca,
el vientre está bien.

Mira como se llenan los vasos
en los mostradores de la tierra
la vida está vacía,
la cabeza está lejos.

En alguna parte un poeta piensa.
No tenemos necesidad de la luna,
la cabeza es grande,
el mundo está atestado.

En cada aposento
el mundo tiembla,
la vida engendra algo
que asciende hacia los techos.

Un mazo de cartas flota en el aire
alrededor de los vasos;
humo de vinos, humo de vasos
y de las pipas de la tarde.

En el ángulo oblicuo de los techos
de todos los aposentos que tiemblan
se acumulan los humos marinos
de los sueños mal construidos.

Porque aquí se cuestiona la Vida
y el vientre del pensamiento;
las botellas chocan los cráneos
de la asamblea aérea.

El Verbo brota del sueño
como una flor o como un vaso
lleno de formas y de humos.

El vaso y el vientre chocan:
la vida es clara
en los cráneos vitrificados.

El areópago ardiente de los poetas
se congrega alrededor del tapete verde,
el vacío gira.

La vida pasa por el pensamiento
del poeta melenudo.

domingo, 20 de agosto de 2017

Yamil Dora -a veces pienso en mi abuela...

Yamil Dora, Casilda, Santa Fe, 2 de marzo 1971


a veces pienso en mi abuela
que me encanta
cuando dice cosas
como que una rubia y una morocha
me andan buscando
yo le pregunto por dónde
y me dice que no lea tanto libro
que viaje por las nubes un poco mas alto
como el abuelo Luis
que andaba por los techos enamorando pendejas
la rubia va a venir en tren
pero te vas a quedar con la morocha
que tiene los ojos dulces
aunque te haga llorar a veces
vos siempre decíle cosas lindas
como tu abuelo
que me hablaba del mar
y hacía que la mama se me vaya de la cabeza
todas las palomas venían a escucharlo hablar del mar
tu abuelo sabía magia
sacaba jazmines por todos lados
aviváte nene
la morocha está esperando
que vayas a hablarle del mar

viernes, 18 de agosto de 2017

Alejandro Jacobsen -texto 027

Alejandro Jacobsen, Florida, provincia de Bs As, 25 de febrero 1973


texto 027
                                                                                          16 de julio 2016

el vaso transpira,
humedece la madera de la mesa,
esa mesa que copa el centro de la habitación,
esa habitación muerta de humedades & melancolías,
esa melancolía que ahoga todo suspiro.
la luz cae vertical & se refleja sobre la hoja del cuchillo
& la cegadora luz reconoce que la luna será testigo.
ella entró como de ninguna parte
lentamente recorrió cada baldosa hasta llegar a la mesa
esquiva el vaso & manotea el mando labrado,
lo siente frío, lo siente amigo;
los dedos tiemblan pero se subordinan,
caen presos de los tormentos & las sombras,
& así se suceden los instantes, los perpetuos, los finales.
waitts vomita, el humo amaga & el vaso sigue transpirando.
ningún grito, nada de silencios,
todo pasión, ninguna realidad.
ella vuelve sobre sus pasos,
desliza sus cuerpo feliz camino a las sombras,
hacia el abrazo oscuro sanador,
donde la miel se rancia,
donde la verdad pide por favor.
el filo frío,
la carne caliente, valiente,
un beso infinito hace temblar a dios
hace llover, hace reír, hace soñar.
la luz se rindió,
la paz escapó,
el negro velo vuela,
vuelca su elixir & ya nada será igual…


miércoles, 16 de agosto de 2017

Natalia Ginzburg -Memoria

Natalia Ginzburg, Palermo, Italia, 14 de julio 1916- Roma, 7 de octubre 1991
Traducción José Luis García Martín 


Memoria

La gente va y viene por las calles,
hace sus compras, camina a sus asuntos
con los rostros vulgares y felices,
con el grato bullicio de costumbre.
Levantaste el lienzo para mirar su rostro,
te inclinaste a besarlo con el gesto de siempre.
Y era el rostro de siempre, pero era la última vez,
quizá tan solo un poco más cansado.
Su ropa también era la de siempre.
Y los zapatos eran los de siempre. Y las manos
eran las manos que partían el pan,
vertían el vino y la alegría.
Todavía hoy cada minuto que pasa
vuelves a levantar el lienzo,
a mirar su rostro por última vez.
Si caminas por las calles, no hay nadie junto a ti.
Si tienes miedo, nadie te coge la mano.
Y no es tuya la calle, no es tuya la ciudad
alegre y confiada y de los otros,
de los hombres que van y vienen
comprando el pan, la fruta y el periódico.
Puedes asomarte a la ventana
contemplar en silencio el oscuro jardín:
nadie vendrá a tu lado,
nadie te dará fuerzas para entrar en la noche.
Antes cuando llorabas había una voz serena,
antes cuando reías alguien reía contigo.
Pero una puerta se ha cerrado para siempre,
para siempre se ha apagado un fuego,
tu juventud es ya una casa vacía
para siempre

lunes, 14 de agosto de 2017

Scott Fitzgerald -El último día en Princeton

Scott Fitzgerald, Minessota, 24 de septiembre 1896–California, 21 de diciembre 1940
Traducción Jesús Isaías Gómez


El último día en Princeton

Languidece la última luz a la deriva por el campo,
la baja y larga tierra, la soleada tierra de agujas.
Los fantasmas de la noche templan sus liras
y vagan cantando, en una melancólica banda
bajando por los largos pasillos de árboles. Pálidos fuegos
reverberan por la noche de torre en torre.
¡Oh!, siesta que sueña y sueño que nunca se agota,
exprime de los pétalos del loto
algo de esto que guardar ¡la esencia de una hora!

Ya no hay que esperar la penumbra de la luna
en este aislado valle de estrella y chapitel:
Para mí, la eterna mañana del deseo
entra en el tiempo y en la terrenal tarde.
Aquí, Heráclito, donde tú construiste de fuego
y cosas mudables tu profecía despeñada muy lejos
por los años muertos; esta medianoche aspiro
a ver, reflejados en las brasas, ensortijados
en la llama, el esplendor y la tristeza del mundo.

sábado, 12 de agosto de 2017

Sandra Cornejo -Alabanza

Sandra Cornejo, La Plata, Argentina,  14 de abril 1962


Alabanza

Por tres generaciones
—que yo sepa—
las mujeres de mi familia
perdieron su cría.

Cuando esperaba a mi hijo pensaba en ello.

Comprendí que estaba marcada
que era posible tanto
la noche como el día
por eso
le hablaba a mi criatura
como quien en el buen clima siega el heno
y para el tiempo inclemente
prepara los enseres.

Sangré.
Sangrar no es buena cosa antes del parto.

Ahora
cuando mi hijo va y viene por los caminos del Señor
siento su presencia natural, como la lluvia o el ciruelo
pero hay un instante, en cada día,
que vislumbro el milagro
—la diferencia—

y agradezco.








jueves, 10 de agosto de 2017

Joan Margarit -Relato de madrugada

Joan Margarit, Sanahuja, España, 11 de mayo 1938


Relato de madrugada

En la plaza vacía está lloviendo.
Hay un único taxi en la parada.
Apagado el motor,
dentro del coche hace mucho frío.
Se abre una puerta y sube un pasajero
de malhumor, cansado, con la ropa mojada.
Le da una dirección.
Al saltarse un semáforo, le abronca.
El taxista se vuelve murmurando:
Mi hijo ha muerto hace una semana.
El pasajero calla y se hunde en el asiento.
Avanzada la noche, sube al taxi
un grupo en plena juerga, y él les dice:
Mi hijo ha muerto hace una semana.
Todos nos hemos de morir, contestan,
entre las bromas y las carcajadas.
Acabado el trabajo, en el garaje,
se acerca a la cabina de la radio:
Mi hijo ha muerto hace una semana.
La mujer, con los ojos
enrojecidos de cansancio,
le contesta que sí mientras atiende
a las voces mezcladas con el ruido
que van surgiendo desde la emisora.
Esto es, en realidad, un relato de Chéjov.
En él cae la nieve, no la lluvia,
y el coche es un carruaje con un viejo caballo.
Sé que el taxista no podrá dormir.
¿Y la muerte? ¿Está dentro del puño
que levanta la vida, o es el puño
en el que estamos encerrados?
En la historia de Chéjov, al cochero
le queda su caballo para poder contarle
que su hijo está muerto. De repente,
siento que todo está dentro de mí,
que el miedo ya está helándose,
y enciendo un fuego, y todos sentimos su calor,
el taxista, el cochero, tú que me estás leyendo,
yo, mis muertos y Chéjov, todos juntos
viendo caer la vida en soledad, como la nieve.
Un tren nocturno cruza, barnizado de rosa,
campos de olivos al alba.
Aquí acabo, cansado, somnoliento
y misteriosamente feliz, este poema.