lunes, 20 de noviembre de 2017

Xavier Amorós -Tiempos extraños

Xavier Amorós, Reus, 17 de abril 1923
Versión Jonio González


Tiempos extraños

He vivido tiempos extraños.
A decir verdad:
no he conocido otros.
Quizá nunca haya existido un tiempo normal,
al menos en nuestro país, pobre,
que da lástima.
Y tengo lástima, claro,
de nosotros mismos,
de los padres y de los abuelos,
y de todos.
Pero sólo quiero hablar de lo que he visto
o de lo que he oído contar
hace poco.
Por ejemplo,
de cuando Dios también era una cosa muy extraña,
una especie de ser mitológico,
supuestamente a la máxima potencia,
que siempre estaba a punto de fulminar
a todos aquellos que no querían adorarlo.
Cuando ganaron las izquierdas,
las primeras elecciones, en mil novecientos treinta y uno,
los Navarro hablaban de tinieblas
y del fin del mundo
si la suerte no se ponía
de parte de los adoradores.
Los Navarro
tenían presente las profecías
de la famosa madre Ràfols,
una monja nacida en Vilafranca
en la primera planta de una masía
que yo visité con los del colegio,
después de no jugar al fútbol
porque llovía.
Los Navarro
tenían unas cajas
de fósforos benditos
para atravesar las tinieblas vengativas.
Por entonces se hablaba
mucho de religión
y de fe pisoteada.
Yo asistía a misa todos los festivos;
fui a las monjas y después a los “padres”
recé muchísimas veces el rosario.
Del Evangelio
nunca oí decir
dos palabras
que valiesen la pena.

sábado, 18 de noviembre de 2017

Anne Carson -Ensayo sobre las cosas en las que más pienso

Anne Carson, Toronto, 21 de junio 1950
Traducción Berta García Fae


Ensayo sobre las cosas en las que más pienso

 En el error.
Y en sus emociones.
Estar a punto del error es una condición del miedo.
Estar en medio del error es estar en un estado de locura y de derrota.
Darte cuenta de que has cometido un error produce vergüenza y remordimiento.
¿O sí?

Veamos.
Mucha gente, incluyendo a Aristóteles, opina que el error
es un suceso mental interesante y valioso.
Cuando habla de la metáfora en su Retórica,
Aristóteles dice que hay tres tipos de palabras:
las extrañas, las ordinarias y las metafóricas.

“Las palabras extrañas simplemente nos descolocan;
las palabras ordinarias nos transmiten lo que ya sabíamos;
usando metáforas es como nos topamos con lo nuevo y con lo fresco”
(Retórica, 1410b10-15).
¿En qué consiste esa frescura de las metáforas?
Aristóteles dice que la metáfora hace que la mente se experimente a sí misma

en el acto de cometer un error.
Ve la mente como algo que se mueve a lo largo de una superficie plana
hecha de lenguaje ordinario
y luego de repente
esa superficie se rompe o se complica.
Emerge lo inesperado.

Al principio parece raro, contradictorio o incorrecto.
Y después sí tiene sentido.
Y es en ese momento cuando, según Aristóteles,
la mente se dirige a sí misma y se dice:
“¡Qué verdad es! ¡Y aun así cómo lo había malinterpretado yo todo!”
Es posible aprender una lección de los errores auténticos de las metáforas.

No es solo que las cosas no son lo que parecen,
y de ahí que nos confundamos;
además, dicha equivocación es en sí valiosa.
Pero esperad un momento, dice Aristóteles,
hay mucho que ver y sentir por ahí.
Las metáforas le enseñan a la mente

a disfrutar del error
y a aprender
de la yuxtaposición entre lo que es y lo que no es.
Hay un proverbio chino que dice:
un pincel no puede escribir dos caracteres en la misma pincelada.
Y aun así

eso es justamente lo que hace un buen error.
Veamos un ejemplo.
Es un fragmento de cierto poema griego antiguo
que contiene un error de aritmética.
Por lo visto el poeta no sabe
que 2+2=4.

Fragmento Alkman 20:
[?] lo cual hacen tres estaciones, verano
e invierno y en tercer lugar otoño
y en cuarto lugar primavera cuando
hay florecimientos pero comer suficiente
no lo es.

Alkman vivió en Esparta en el s. VII a.C.
Entonces Esparta era un estado pobre
y es improbable
que Alkman llevara una vida de rico bien alimentado.
Este hecho es el contexto de sus observaciones
que desembocan en el hambre.

Siempre tenemos la sensación de que el hambre
es un error.
Alkman hace que experimentemos este error
con él
mediante un uso efectivo del error computacional.
Para un poeta espartano pobre sin nada

en sus bolsillos
al final del invierno,
ahí viene la primavera
como una ocurrencia a deshora de la economía natural,
la cuarta en una serie de tres,
desequilibrada su aritmética
y su verso yámbico.

El poema de Alkman se parte en dos a mitad camino con ese metro yámbico
sin dar ninguna explicación
sobre de dónde viene la primavera
o sobre por qué los números no nos ayudan
a controlar mejor la realidad.

Tres cosas me gustan del poema de Alkman.
Primero, que es pequeño,
ligero
y económico de una manera más que perfecta.
Segundo, que parece sugerir la presencia de ciertos colores como el verde pálido
sin ni siquiera nombrarlos.

Tercero, que consigue sacar a relucir
algunas preguntas metafísicas de primer orden
(como la de Quién hizo el mundo)
sin un análisis excesivo.
Fijémonos en que en el predicado verbal “lo cual hacen” en el primer verso
no hay sujeto: [?]

Es muy poco habitual en griego
que el predicado verbal no tenga sujeto; de hecho,
es un error gramatical.
Si les preguntáis, los filólogos estrictos os dirán
que este error no es más que un accidente de transmisión,
que el poema tal y como nos ha llegado
con toda seguridad es un fragmento suelto
de un texto más extenso
y que es casi seguro que Alkman nombró
al agente de la creación
en los versos precedentes.
Bueno, puede ser.

Pero, como sabéis, el principal objetivo de la filología
es reducir todo placer textual
a un mero accidente histórico.
Y no me siento cómoda con la idea de que podemos saber exactamente
qué es lo que quiere decir el poeta.
Por lo tanto, dejemos el interrogante aquí

al comienzo del poema
y admiremos la valentía de Alkman
a la hora de confrontar aquello que queda entre paréntesis.
La cuarta cosa que me gusta
del poema de Alkman
es la impresión que da

de hacer que se desembuche la verdad, en contra de sí misma.
Muchos poetas aspiran
a conseguir este tono de lucidez inadvertida
pero pocos se dan cuenta tan fácilmente como Alkman.
Por supuesto, su simplicidad es un fake.
Alkman no es para nada simple,
es un maestro de la organización
(o lo que Aristóteles llamaría un “imitador”
de la realidad).
La imitación (mímesis, en griego)
es el término que utiliza Aristóteles para designar a los errores auténticos de la poesía.
Lo que me gusta de este término

es la facilidad con la que admite
que aquello con lo que nos las vemos cuando hacemos poesía es el error,
la obstinada creación del error,
el rompimiento deliberado y la complicación de los errores
de los cuales puede emerger
lo inesperado.

Así que un poeta como Alkman
deja a un lado el miedo, la ansiedad, la vergüenza, el remordimiento
y el resto de emociones tontas que asociamos con el hecho de cometer errores
para aceptar
la verdad verdadera.
La verdad verdadera en el caso de los humanos es la imperfección.

Alkman rompe con las reglas de la aritmética
y hace peligrar la gramática
y no da pie con bola en cuanto a la forma métrica de sus versos
para llevarnos a aceptar este hecho.
Al final del poema el hecho sigue ahí
y probablemente Alkman no tiene menos hambre.

Sin embargo, algo ha cambiado en el coeficiente de nuestras expectativas.
Porque, haciendo que nos equivocáramos,
Alkman ha perfeccionado algo.
Sí, ha mejorado algo, ha mejorado algo de una manera
más que perfecta.
Con un solo pincel.




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jueves, 16 de noviembre de 2017

Gabriel Mwènè Okoundji -Canto de la semilla del Sahara

Gabriel Mwènè Okoundji, Okondo, República del Congo, 9 de abril 1962
Traducción Leandro Calle


Canto de la semilla del Sahara 

La vía del desierto es vasta, ancha, poderosa, inmortal


¡Desierto!
Por cuál voz divina cantar tu nombre divino que se despliega al infinito
virgen y majestuosa luz de oro enrollada como un turbante
extensión de arena resplandeciente del alba al crepúsculo -¡Oh milagro!
el horizonte se inclina duna tras duna, los cielos exaltan tu sol.

Semilla sembrada
Se necesita todo el silencio de las palabras
para decir tu nombre.



¡Desierto!
No te llamas, no necesita nadie nombrar el cuerpo de tu alma
el pozo espiritual donde el camello es la cuerda tiene los relieves de tu nombre
el cielo no tiene signos más que para el espíritu sereno de tus nubes sin lágrimas
eres ofrenda de ofrendas, obra que no discrepa con el silencio.

Semilla sembrada
Aquí, cuando esperas a Dios
no pierdes el tiempo.



¡Desierto!
A la luz de los comienzos, Dios creó tu rostro negro y blanco
te nombró desde el instante donde la luna, colmada, se retira en el sol
Sahara, Téneré, Sahel, últimos vocablos de las lenguas de tu suelo
tierra de hombres, conoces por ti misma el enigma y el espíritu del silencio.

Semilla sembrada
Quien no conoce el silencio del desierto
no sabe lo que es el silencio.



¡Desierto!
Eres madre de los Garamantes[1], nuestros lejanos antepasados maestros de los torrentes,
eres madre de los océanos, océano de los “peces de arena”, mira de espejismos
de oasis con orillas blancas y negras:  son el total de tus hijos
¡Sahara! Quien te contempla con los ojos cerrados avisa al alma de tu milagro.

Semilla sembrada
Hombre, avanza, avanza en tu camino
por las huellas donde se fueron nuestros primeros padres.



¡Desierto!
¡Ignoro el tifinag![2]
Mi canto que te canta por mi voz lo escucha.
Quien quiera que haya nacido en tu suelo descansará en tu suelo: ¡heme aquí!
Me inclino, te evoco y en las venas arenosas de mi cuerpo escucho.
Los latidos de mi sangre te rinden homenaje, soy de tu carne.

Semilla sembrada
¿Puede culparse a un hombre
que reconoce a su tierra por instinto?

 ¡Desierto!
Hermanos nómades de las caravanas, del lago Chad y de lejanos campamentos
concédanme la indulgencia de ser Beduino, Tubu, Tuareg, Saharaui
y ustedes Moros, Hausas, Árabes, Fulanis y Bereberes del Mzab
que podamos alcanzar la concordia de todos los dioses en el impulso de un mismo corazón.

Semilla sembrada
El ciego que llega entre los suyos
no busca el camino.



¡Desierto!
Ningún día sin el soplo de vida por encima de las maravillas del mundo
ballet del siroco, torbellino del harmatán en borrasca del jamsin[3]
alisios vagabundos al destino mudo de gueltas[4], montañas, erg, reg y sebkhas.[5]
Al camellero que ha sido puesto a prueba por el largo camino, este aire le elevará la fe.

Semilla sembrada
El viento del desierto en la cara
vuelve sabio al hombre.


¡Desierto!
bajo el techo de tu cielo, eh ahí Monod[6] el hombre que consagró su vida a la búsqueda
caminando entre las estrellas, sus ojos conservaron la loca pasión de los espejismos
Monod conquistó la luz que fluye en los corazones como la savia en el tronco
Monod es tu baobab arraigado, la salvación de tu memoria nunca conocerá la noche.

Semilla sembrada
El sabio es en la tierra
como el oro en las minas.



¡Desierto!
Sahara desierto de los desiertos, cuna de migraciones seculares
porque son eternas tus arenas, la memoria del mundo es inmortal
desde Toumaï de Sahel[7], desde Lucy[8], desde Ra dios de los faraones
la historia no abolirá jamás tu heredad que dispensa la fe a los peregrinos.

Semilla sembrada
Quien tiene buena memoria
nunca es pobre.



¡Desierto!
Creación de los dioses, he ahí que por la mano del hombre has llegado a ser una tierra zaherida por raptos, rehenes, los combates de Amgala[9], Tombuctú, Oh Tibhirine[10]
¿con qué dedo señalar esa mancha de los mausoleos? pregunto, oh pena mía
y quién dirá el crimen de los ensayos nucleares bajo el suelo de Hamoudia[11], oh tristeza mía.

Semilla sembrada
Que Dios, que nuestros antepasados protejan
la historia de la próxima aurora.


——————————————————————

[1] Pueblos norafricanos del siglo VI. (NdT)
[2] Alfabeto que se utiliza para la transcripción de lenguas bereber. (NdT)
[3] El jamsin, el siroco y el harmatán son vientos de la zona norte del África. (NdT)
[4] Denominación para los espejos de agua naturales en el norte de África. (NdT)
[5] Erg son las extensiones propiamente arenosas de los desiertos, mientras que reg, son las partes pedregosas. Sebkhas, designa los salares en los desiertos. (NdT)
[6] Teodoro Monod fue un explorador francés, humanista, investigador. Experto en el desierto de Sahara. Nació en Rouen, Francia en 1902 y falleció en Versalles en 2000. (NdT)
[7] Fósil homínido hallado en el Chad de 6 a 7 millones de años de antigüedad.  (NdT)
[8] Ídem, zona de Etiopía, 3 millones de años.  (NdT)
[9] Combate entre Marruecos y Argelia en Amgala. (NdT)
[10] Asesinato de siete monjes trapenses en Argelia, Tibhirine. (NdT)
[11] En los años 60 en esta región de Argelia, Francia realizó una de sus primeras pruebas nucleares. (NdT)






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martes, 14 de noviembre de 2017

Miguel Hernández -Vientos del pueblo me llevan

Miguel Hernández, Orihuela, 30 de octubre 1910 – Alicante, 28 de marzo 1942


Vientos del pueblo me llevan

Vientos del pueblo me llevan,
vientos del pueblo me arrastran,
me esparcen el corazón
y me aventan la garganta.

Los bueyes doblan la frente,
impotentemente mansa,
delante de los castigos:
los leones la levantan
y al mismo tiempo castigan
con su clamorosa zarpa.

No soy un de pueblo de bueyes,
que soy de un pueblo que embargan
yacimientos de leones,
desfiladeros de águilas
y cordilleras de toros
con el orgullo en el asta.
Nunca medraron los bueyes
en los páramos de España.

¿Quién habló de echar un yugo
sobre el cuello de esta raza?
¿Quién ha puesto al huracán
jamás ni yugos ni trabas,
ni quién al rayo detuvo
prisionero en una jaula?

Asturianos de braveza,
vascos de piedra blindada,
valencianos de alegría
y castellanos de alma,
labrados como la tierra
y airosos como las alas;
andaluces de relámpagos,
nacidos entre guitarras
y forjados en los yunques
torrenciales de las lágrimas;
extremeños de centeno,
gallegos de lluvia y calma,
catalanes de firmeza,
aragoneses de casta,
murcianos de dinamita
frutalmente propagada,
leoneses, navarros, dueños
del hambre, el sudor y el hacha,
reyes de la minería,
señores de la labranza,
hombres que entre las raíces,
como raíces gallardas,
vais de la vida a la muerte,
vais de la nada a la nada:
yugos os quieren poner
gentes de la hierba mala,
yugos que habéis de dejar
rotos sobre sus espaldas.
Crepúsculo de los bueyes
está despuntando el alba.

Los bueyes mueren vestidos
de humildad y olor de cuadra;
las águilas, los leones
y los toros de arrogancia,
y detrás de ellos, el cielo
ni se enturbia ni se acaba.
La agonía de los bueyes
tiene pequeña la cara,
la del animal varón
toda la creación agranda.

Si me muero, que me muera
con la cabeza muy alta.
Muerto y veinte veces muerto,
la boca contra la grama,
tendré apretados los dientes
y decidida la barba.

Cantando espero a la muerte,
que hay ruiseñores que cantan
encima de los fusiles
y en medio de las batallas.

domingo, 12 de noviembre de 2017

Christopher Marlowe -Fausto

Christopher Marlowe, Canterbury, 26 de febrero 1564 – Londres, 30 de mayo 1593
Versión Silvia Camerotto 

Fausto

¡Ay, Fausto
Solo te resta sino una hora de vida,
y luego sufrirás la condena eterna!
¡Deteneos, esferas celestiales
para que el tiempo cese, y la medianoche nunca llegue!
Bello Ojo de la Naturaleza, ¡levántate y
perpetúa el día o deja que esta hora dure
un año, un mes, una semana, un día común,
para que Fausto pueda arrepentirse y así salvar su alma!
¡O lente, lente currite, noctis equi!
Las estrellas siguen su curso, el tiempo corre, el reloj dará la hora,
y vendrá el demonio, y Fausto será maldito.
¡Oh! ¡Me elevaré hasta Dios! —¿Quién es el que empuja hacia abajo?—
¡Ved, ved como la sangre de Cristo fluye por sobre el firmamento!
Una sola gota salvaría mi alma, media gota; ¡Ah, Cristo mío!
¡No desgarréis mi corazón por nombrar a mi Cristo!
Aún así lo invocaré: ¡libérame Lucifer!
¿Adónde está ahora? Se ha ido: ¡y mira, donde Dios
extiende su brazo, y frunce su iracundo ceño!
Montañas y colinas, ¡venid, venid y sepultadme
y ocultadme de la profunda ira divina!
¡No, no!
Luego me hundiré en los abismos de la tierra;
¡Tierra ábrete! ¡Oh, no! ¡Ella no me cobijará!
Astros, que brillaban cuando nací,
vuestro influjo determinó la muerte y el infierno,
levantad a Fausto, como niebla confusa,
en las entrañas de estas preñadas nube(s),
para que, cuando vomiten nuevamente al aire,
expelan mis miembros de sus negras bocas,
y así mi alma pueda elevarse al cielo.

(El reloj marca el cuarto de hora).

¡Media hora ha pasado! Una hora completa será pronto,
oh Dios,
si tú no has de tener piedad con mi alma,
por el amor de Cristo, cuya sangre fue derramada por mi causa,
ponle fin a este interminable dolor;
dejad que Fausto more mil años en el infierno,
cien mil años, y que ¡al fin salvado sea!
¡Oh, no no hay fin para las almas condenadas!
¿Por qué no fui una criatura sin alma?
¿Por qué es inmortal la que poseo?
Ah, si la metempsicosis de Pitágoras fuera cierta,
¡mi alma debería abandonarme, y yo sería encarnado
en una bestia bruta! Todas las bestias son dichosas,
pues cuando mueren
sus almas se disuelven en la materia;
pero la mía debe aún vivir encadenada al infierno.
¡Malditos sean los padres que me engendraron!
No, Fausto, maldícete a tí mismo, maldice a Lucifer
que te ha privado de la bonanza del cielo.

(El reloj marca las doce).

¡Oh, está sonando! ¡Suena! Ahora, cuerpo, ¡tórnate aire
o Lucifer te precipitará prontamente al infierno!

(Truenos y rayos).

¡Oh, alma, conviértete en pequeñas gotas de agua
y confúndete en el océano! ¡Nunca seas encontrado!

viernes, 10 de noviembre de 2017

Carlos Mastronardi -La rosa infinita

Carlos Mastronardi, Gualeguay, 7 de octubre 1901 – Bs As, 5 de julio 1976


La rosa infinita

Había una niñez, unos jinetes y árboles
-también sus cariñosos-,
un portal conocido por sus flores,
algún abrazo aquietado entre perfumes
y la sombra central de la madre.
Las miradas seguían
el tránsito dichoso de la aurora
y el decaimiento de las azucenas.
Quien entraba buscando los cariños de adentro
debía pasar
bajo aquella herradura de la suerte
que a través de los años sostenía
los bienes de la casa.
Recuerdo la escondida frescura del aljibe:
en su hondura temblaban nuestras risas
y un eco más profundo tenían las tormentas.
El zorzal prisionero, en el tiempo agradable,
ensalzaba los montes natales.
Desde nuestras esquinas se contemplaba el campo.
Había claras mañanas, sucesos de esplendor,
atravesadas siempre de carros y silbidos,
y en el umbral alguno se tardaba,
callado frente al pueblo
y admirando a esos hombres que entraban con un canto
en que había una morocha prendada de un paisano.
Esto era en la provincia,
en la infinita rosa donde se holgó la infancia.
El campo se daba a la brisa
y el alba era cantora
en los árboles del fondo de la casa.
Las crecientes, los soles, las incansables aguas
conmovían al viejo vecindario,
y el hombre trabajaba con dulzuras
en aquella quietud de esplendores durables.
(En todo lo que diga estará el cielo,
pues era en la provincia,
las bandadas cruzaban una luz melodiosa
y eran los años vueltos hacia el campo).
En los desnudos brazos que el verano vencía
jugaban los reflejos
y vi pasar la imagen de la siesta.
Las calles empezaban con sol y jovencitas.
Una clara sonrisa
a veces detenía tormentas de jinetes.
Entre buenos recuerdo viene un hombre del monte,
y no quiero olvidar esos rosales
en cuya hondura generosa
nosotros y los pájaros andábamos.
Había una niñez, una fronda y sus amigos,
luces a las personas semejantes,
una boca pensando virtudes y pecados,
y en el invierno, el reino
de los cantos distraídos.
Aquí rememoro un galope
cortando la sensible medianoche
y el viento enloquecido en los parrales.
En el verano, la unidad de la alegría.
También las sucesiones afectuosas
de los brazos ligados,
y las glicinas, en el segundo patio,
junto a la cadena del pozo,
en sus avisos de agua tan sonora.
El cielo en nuestras predilecciones.
Sabíamos algunas palabras
para ayudarlo a Dios.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Antonio Machado -Retrato

Antonio Machado, Sevilla, 26 de julio 1875 – Francia, 22 de febrero 1939


Retrato

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
Y un huerto claro donde madura el limonero;
Mi juventud, veinte años en tierra de Castilla;
Mi historia, algunos casos que recordar no quiero.
Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido
-Ya conocéis mi torpe aliño indumentario-,
Mas recibí la flecha que me asignó Cupido,
Y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario.
Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
Pero mi verso brota de manantial sereno;
Y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
Soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.
Adoro la hermosura, y en la moderna estética
Corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
Mas no amo los afeites de la actual cosmética,
Ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.
Desdeño las romanzas de los tenores huecos
Y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro las voces de los ecos,
Y escucho solamente, entre las voces, una.
¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera
Mi verso, como deja el capitán su espada:
Famosa por la mano viril que la blandiera,
No por el docto oficio del forjador preciada.
Converso con el hombre que siempre va conmigo
-Quien habla solo espera hablar a Dios un día-;
Mi soliloquio es plática con ese buen amigo
Que me enseñó el secreto de la filantropía.
Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
El traje que me cubre y la mansión que habito,
El pan que me alimenta y el lecho en donde yazgo.
Y cuando llegue el día del último viaje,
Y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
Me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
Casi desnudo, como los hijos de la mar.