viernes, 22 de septiembre de 2017

Héctror Urruspuru -Cúprum

Héctror Urruspuru, San Martín, pcia de Bs As, 28 de agosto 1956



Cúprum

(Hace mucho, antes de la edad de bronce y la del hierro,
estuvo la edad del cobre, que nos atraviesa hasta nuestros días)

(Poema 1)

------------ Color?
Elegí marrón metalizado.
Y dos trozos de tiza pastel
en azul oscuro, que hice
con los ojos cerrados...

En este relato ante la obra
terminada - la hora dos -
soy el dueño de un valle,
que se quedó sin agua.

¡Polvo de cobre es todo!

------------ ¡Dibuja!
Para este sueño en el que
el mundo es una luna única
en color verde absenta,
y una tormenta con lluvia
horizontal nuestra noche
sin viento (estamos solos)

bajo la anamnesis de toda
letra que se desmaya somos,
almas enamoradas que
transmigran desde hace siglos
de cuerpo en cuerpo (estaño,
neblina yunque y martillo) y
recuperan la memoria del color
en uno: "Vos y yo" - azul oscuro
------------ lluvia horizontal.

Solo tu voz, viva ¡nada!
contra esta corriente sub-real
y tu palabra dice en un susurro
inaudible: "Mar de Mármara…
y seis orillas soñémosnos…
en un amor, ánfora a mil grados
y tu collar desde mis manos
hacia ti y una flor color naranja"

Mi dedo índice toca esta tierra
(baldía) casi una fotografía
estenopéica, luego en tu frente
dibuja vertical y hacia abajo
una línea color cinabrio.
------------ Ves?
en nosotros un animal del bosque
profundo, vería una rogativa
a lo alto, y aullaría en dos notas
ligadas para siempre: "Vos y yo"
una abstracción matemática...
¿Tu beso? un número de cuatro
dígitos, en estos años que se vienen
y se han ido alternadamente,
como calendarios de piedra.

Agrego:
---------- "Escribimos en el deseo
---------- que no existe escalera alguna
---------- que tuviera una pared
---------- entre sus peldaños;
---------- menos, en una tierra donde
---------- todo es polvo de color cobre"

Agrego:
---------- Y despertémonos y subamos
---------- que está lo que resta de vida
---------- que es hora diez, en la ventana
---------- redonda y es... día veintitrés.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Sandra Toro -El jardín del angelastro

Sandra Toro, Morón, 3 de junio 1968


El jardín del angelastro

I

La mujer con sombrero se corrompió / en pleno solsticio de verano. / Primero se probó uno / y otro frente al espejo oval / que invariablemente le fruncía el ceño: / —Este te hace zíngara // —Este estrella fugada / —Este te levanta la pollera y husmea. / No conforme con ninguno / se alejó del espejo y del sombrerero / aunque él la corría arrastrando una boa / que se le enredaba entre las piernas / poniendo en riesgo su escasa integridad / mientras insistía en llamarla a los gritos. // En el jardín nevaba lila / como siempre en diciembre / y la mujercita —que a fuerza/ de ser llamada REINA había empequeñecido— / se acurrucó en la hamaca y se mecía / mirando con tristura el asiento vacante / cuando el Angelastro / que la vichaba desde arriba / sacudió la glicina con tantas ganas / que comenzó a nevar más / y más, hasta enterrarla. / Hecho lo cual el susobicho / consciente de su atropello se descolgó / de la rama más alta / no sin quebrarse un alita / dispuesto a escarbar hasta verle / asomar la punta de la nariz. / Ahí nomás / le insufló sus alientos afrodisíacos / y de la nieve no quedó /más que un charquito flúo. // —Uy qué vibraciones, Angelastro macabro, /pervertido y maleducado!— le reprochó / en tanto retorcía los calzones / y los colgaba a secar al sol. / Él se deshizo en fornicaciones/ términos médicos y morfológicos / (los cuales eran su especialidad)/pero no la convenció ni medio. // En eso salió el sombrerero / portando mantel y tetera de porcelana, / listo para tender la mesa / bajo la violeta parra. / —Tiempo!— arbitró, haciendo sonar el pito /que le colgaba más por coquetería que por utilidad. /—Hora del té. / Eso fue demasiado. / La constipada barajó la indirecta / y cedió por eludida. Menos mal / le quedaba un paraguas sin abrir / y procedió a darle uso para salir flotando / sobre los tejados. // El Angelastro, por más que batió / y batió el alita sana, /no consiguió sino perder algunas plumas / que el sombrerero se apresuró a juntar/ para coserle a su boa. // La mujercita a esas alturas / ya se llamaba a sí misma Mary Poppins/ y pomposamente fue a aterrizar / al otro lado de la ruta. /  Se desprendió las hojas secas y suspiró: / —Bien pude haber salido mal parida / como la virgen tocaya... /Y después se alejó cantando / al mejor estilo Julie Andrews.

II


El Angelerdo se quedó / sin trabajo a partir de los hechos. / Quiso pedir subsidio por invalidez / y los santos lo sacaron / vendiendo estampitas: “Qué te creés / que estamos en la antigua Grecia” ”Qué es /eso de arrastrarle el ala a una señora terrestre / por muy voladora que parezca” // Por esos días empezó a desentenderse / de los otros entes celestes que / le gastaban bromas pesadas / por el alita mocha. / Al final metió la aureola / en la mochila y se fue. // En eso estaba, bajando la escalera de Jacob / cuando la Poppins lo interceptó en un descanso: / —No puede ser que nos separemos así / antes de habernos encontrado/ —le espetó. A lo cual / él no supo qué responder. / Por supuesto ella lo tomó como un agravio / y se dio vuelta entera / mascullando entremeses como paspado / maricón y otros términos freudianos. // En el transcurso de la bajada volvieron/ a encontrarse en ocasiones. /Algunas se ignoraron, otras / se lanzaron miradas / improperios / las peores, objetos contundentes. / Uno de los cuales fue a horadar el paraguas / devolviéndola al rol de doncella en apuros. / "Esta es la mía", pensó el Angelisto / y sin más preámbulos realizó / un picado admirable / (teniendo en cuenta su precaria condición) / e hizo tierra justo / para recibirla en sus brazos. // La damisela perdió el conocimiento en la caída / para volverlo a encontrar en el triangulito / del escote del Angelindo / por donde asomaban unos pelitos muy viriles. / —Dicen que los ángeles no tienen... / —empezó a parlotear ni bien recuperada / pero él no la dejó seguir / y antes de que se arrepintiera se la llevó a los pastos / donde por largo rato se vio / un revuelo de plumas / y unos extraños fulgores / como fuegos de artificio.

III


De esperarse era que Oropéndola / adquirido nuevo nombre tras sucesivas / sesiones de frotamientos angelicales / trastocara también sus formas y sus fondos. /—Al final vos buscás lo mismo que todos:/una mujer con alas /—dicho lo cual batió sus ídem / como por vanidad o efectismo / y alzó el vuelo entre los pastizales / dejando al Angelento patizambo y maniroto / ante tremebundo vituperio. / Él, dado que su conocimiento de las féminas / se reducía a los anuncios de “Siempre libre”, / se sentó a esperar que cambiara de parecer con la luna / como había observado ocurría / con las más de las mortales. // Entretanto Oropéndola sintió tumultos en el vientre / un como rumor de peces. Y santiguóse:/ —¡Angelorro libidinal, descuidado y procreativo! / El plumaje recién estrenado se le alborotaba / con los espasmos y contorsiones del bajobombo / —Menudo qui... / —no pudo terminar, pues ya asomaba entre sus belfos el huevo. / Con sorpresa avistó al primogénito / digno de zares, tales sus pedrerías, turquesas y oropeles. / Pero el impulso del recienvenido / la había arrojado lejos / tendida sobre la espalda / y al levantarse dolorida comprobó / —no sin alaridos, ladridos y otros alardes— / que las negrísimas alas / habíanse desprendido porsiemprejamás. // Por fortuna el sombrerero/ todavía oficiaba de anticuario / y amante como era de coleccionar naderías / se las aceptó en canje por una capa seminueva. / —Tomá, ponetelá. Mirá si vas a andar así / que no se sabe bien qué sos / y a qué género pertenecés. /A Caperucita empezaron a rodarle/ redondas lágrimas que al tocar el suelo/ se convertían en jabones de glicerina/ que ella recogía y guardaba amorosamente junto a su Fabergé. // —Daaale. Deciiiiime que llevás en la canastiiita / —inquirió el sombrerero / con una risa llena de dientes. / Y ella, viendo que empezaba a despuntar la luna llena, / se apuró a despedirse para huir / toda prisa y tropiezos por el camino del bosque.

IV

El bosque abrió la boca / y se tragó a Caperucita. / Como a Jonás en la intimidad de la ballena / la recibieron toda clase de colgajos / y babas y líquenes que se le adherían a la piel. /—Esto parece obra de Julio Verne / —susurró a Fabergé, que continuaba sin salir del cascarón / dormido en el fondo de la canasta. // La mujercita caminó, corrió y revoloteó entre las orquídeas / hasta que al fin se declaró perdida. / Súbitamente se encontró cara a cara con el árbol / un ejemplar que la dejó sin respiración / así de hermoso él, con un tronco lleno de nudos / y una melena negra arriba / de la que provenían extraños rumores y perfumes. // Caperucita se quitó los zapatos y apoyó un pie en las raíces salientes, / luego el otro, guardando el equilibrio / puesto que el árbol en cuestión había crecido / en la margen de un río de corriente voraz. // Ni bien estuvo firme extendió los brazos / cuanto le fue posible y se abrazó / a la humedad del tronco que daba la impresión / de haberla estado esperando. // Fue al alzar la cabeza cuando vio los frutitos / raros, de un color naranja como de terciopelo. / Estiró un dedo y los tocó en toda su redondez / estaban cubiertos de un vellito suavísimo / y bajo su tacto se encogían levemente. // Lo único importante entonces era alcanzarlos. Tanto / que en un intento la canasta / se le zafó del brazo y fue a dar de lleno a la corriente / previo bambolearse un buen trecho entre las piedras. / Caperucita ni lo notó dada su hipnosis / se estiró y estiró hasta rozar / los frutos con los labios. //  Sacó la lengua y lamió / hasta que empezaron a gotear una miel / que se le escurría por el cuello / mojándole los muslos. / Fue ahí cuando el árbol la rodeó con sus ramas / y la frotó con otros frutos ocultos / tan fragantes y flagrantes que embobaban los sentidos. // Los jugos del árbol bañaron a la mujercita / que abría las piernas y la boca / entonando sonidos como ruegos o canciones salvajes. / Así permanecieron, ella / arañando las lianas/ que la sujetaban con fuerza y la enroscaban / y se le metían por debajo del corpiño. Él, / estrenando prolongaciones para hurgarla / y hendirla y perforarla mejor. // Hasta que no se pudo más / e hincó los dientes en los frutos / que primero sangraron y después / se deshicieron en lágrimas mientras el árbol / se sacudía, y a cada sacudida / le temblaban las hojas y las flores / empezando a caer como una lluvia lila. // —Ahora sí te reconozco —le reclamó con la voz todavía entrecortada—/ Angelárbol mendaz, engreído y traicionero./Y sin esperar respuesta se lanzó río abajo / a la corriente espumosa que se la llevó / en andas en un santiamén.

lunes, 18 de septiembre de 2017

Giovanni Ibello -Shield

Giovanni Ibello, Nápoles, 10 de febrero 1989 
Traducción Alejandra Craules Bretón


Shield

I

La verdadera fortuna es ser cuerpo que vive
y con el cuerpo sentirse escudo. Piedra que calla.

Pero la espalda está despedazada
por una luz blanca que se forja materia
sólo el aire cubre el peso de la ausencia.

¿No ves? Un banco de niebla sutil
que envuelve las manos, estrechas en plegaria.

Es un incito sin paz de aurora
tu voz que me llama:
¿Cómo te explicas el pulsar de una llaga?

II

Aun es de noche. No hay tregua bajo los olmos,
sólo el esencia de mi semen cuando era un chiquillo
y un vagar de gatos callejeros, sin nombre.

Pero yo no sabía entonar el réquiem de los muertos
el rostro agotado de un hombre que ha perdido el amor.

el hambre de las ratas, la paciencia de las arañas,
que hilan grecas en la garganta
que separa el cemento de la arena.

No todas las heridas cicatrizan.

sábado, 16 de septiembre de 2017

Virgilio Piñera -Vida de Flora

Virgilio Piñera, Cárdenas, Cuba, 4 de agosto 1912 – La Habana, 18 de octubre 1979      


Vida de Flora

Tú tenías grandes pies y un tacón jorobado.
Ponte la flor. Espérame, que vamos juntos de viaje.

Tú tenías grandes pies. ¡Qué tristeza en el aire!
¿Quién se mordía la cola? ¿Quién cantaba ese aire?

Tú tenías grandes pies, mi amiga en seco parada.
Una gran luz te brotaba. De los pies, digo, te brotaba
y sin que nadie lo supiera te fue sorbiendo la nada.

Un gran ruido se sentía en tu cuarto. ¿A Flora qué le pasa?
Nada, que sus grandes pies ocupan todo el espacio.
Sí, tú tenías, tenías la imponderable amargura de un zapato.

Ibas y venías entre dos calientes planchas:
Flora, mucho cuidado, que tus pies son muy grandes,
y la peletería te contrata para exhibir sus hormas gigantes.

Flora, cuántas veces recorrías el barrio
pidiendo un poco de aceite y el brillo de la luna te encantaba.
De pronto subían tus dos monstruos a la cama,
tus monstruos horrorizados por una cucaracha.

Flora, tus medias rojas cuelgan como lenguas de ahorcados.
¿En qué pies poner estas huérfanas? ¿Adónde tus últimos zapatos?

Oye, Flora: tus pies no caben en el río que te ha de conducir a la nada,
al país en que no hay grandes pies ni pequeñas manos ni ahorcados.
Tú querías que tocaran el tambor para que las aves bajaran,
las aves cantando entre tus dedos mientras el tambor repicaba.

Un aire feroz ondulando por la rigidez de tus plantas,
todo eso que tú pensabas cuando la plancha te doblegaba.

Flora, te voy a acompañar hasta tu última morada.
Tú tenías grandes pies y un tacón jorobado.


jueves, 14 de septiembre de 2017

Boris Ryzhy -En el funeral de alguien desconocido...

Boris Ryzhy, Ekaterimburgo, Rusia, 8 de septiembre 1974–Rusia, 7 de mayo 2001
Traducción Natalia Litvinova


En el funeral de alguien desconocido,
de un colega huraño,
me invadió ese miedo inexpresable,
no supe qué decir sobre el hombre.
Me encontré con él sólo una vez,
de casualidad, en un pasillo,
su rostro entre el humo azul
de un cigarrillo que ya pasó de moda.
El sudor rodaba por su cara gorda.
Tenía labios grandes y torcidos.
¿Sabe usted que pasado mañana
van a visitarlo sus amigos y va a sonar la música?
Pero no lo ángeles. Es que ellos odian los cuerpos,
los ataúdes, las tumbas.
Ellos se secan las lágrimas y lo esperan, querido amigo.
... Son sólo palabras, palabras, palabras,
palabras, y esta sensación de deber que me desborda,
estuve tres minutos cerca del foso,
desgraciado, mudo y un poco borracho.

martes, 12 de septiembre de 2017

María del Mar Estrella -Las lunas de Federico

María del Mar Estrella, Bs As, 30 octubre 1941


Las lunas de Federico

Las lunas de Federico
tienen los ojos de barro
con dos lágrimas que cuelgan
del arcabuz de sus párpados.
Unas vestidas de novia
con senos de duro estaño,
otras rojas como sangre
de corazón desflorado.

Las lunas de Federico
galopan con negros cascos
por un horizonte verde
crucificado de pájaros.
El duende juega con ellas
y las lunas, como aros,
giran en trompos de fuego
dando brincos de venado.

Por un olivar de penas
van las lunas deshojando
el vientre de las doncellas
y el honor de los gitanos.
(A lo lejos las persiguen
jaurías de perros machos
pero no habrán de encontrarlas
porque las cuidan los magos).

No hay cárcel para estas lunas
que nacieron de su canto.

¡Comadres: dejad abierta
la ventana del retablo
que por allí entrarán ellos:
los personajes lorquianos!

domingo, 10 de septiembre de 2017

Fernando García -Patria

Fernando García, Bs As, 15 de enero 1967


Patria

Una piara de esclavos resentidos,
envidiosos, mezquinos, ignorantes,
incestuosos, serviles y farsantes,
al odio y la opresión por siempre uncidos.

Hombres tristes, cobardes, resignados
a la atroz suerte de los miserables;
mujeres de rapiña, despreciables,
que se alimentan de los condenados.

Que nadie busque a Dios en esta tierra:
ni amor, ni libertad, ni honor encierra.
¿Puede haber algo de eso en tal letrina?

Sólo cabe esperar que, en su clemencia,
muy pronto la Divina Providencia
destruya a la República Argentina.