miércoles, 22 de febrero de 2017

Henri Michaux -Nosotros dos aún

Henri Michaux, Namur, Bélgica, 24 de mayo 1899 – París, 19 de octubre 1984
Versión Silvio Mattoni


Nosotros dos aún

Aire del fuego, no supiste jugar.
Arrojaste sobre mi casa una tela negra. ¿Qué es esa opacidad por todas partes? Es la opacidad
que ha tapado mi cielo.
¿Qué es ese silencio por todas partes? Es el silencio que hizo callar mi canto.

*

De esperanza, me hubiera bastado un arroyito. Pero te llevaste todo. El sonido que vibra me fue quitado.

*

No supiste jugar. Atrapaste las cuerdas. Pero no supiste tocar. Lo destrozaste todo en seguida. Rompiste el violín. Arrojaste una llama sobre la piel de seda para formar un horrible pantano de sangre.

*

Su felicidad reía en su alma. Pero todo era un engaño. No duró mucho esa risa.

*

Ella estaba en un tren que rodaba hacia el mar. Estaba en un cohete que enfilaba hacia las piedras. Se abalanzaba aunque inmóvil sobre la serpiente de fuego que iba a consumirla. Y de pronto estuvo allí, sorprendiendo a la confiada mientras peinaba su cabellera y contemplaba su dicha en el espejo.

*

Y cuando vio que esa llama subía hacia ella, oh...

*

Al instante, la copa le fue arrebatada. Sus manos ya no sostuvieron nada. Ella vio que la encerraban en un rincón. Se demoró en ello como en un enorme tema de meditación para resolver antes que nada. Dos segundos más tarde, dos segundos demasiado tarde, huía hacia la ventana pidiendo auxilio.
Toda la llama entonces la rodeó.

*

Se despierta en una cama donde el sufrimiento sube hasta el cielo, hasta el cielo, sin encontrar a ningún dios... donde el sufrimiento baja hasta el fondo del infierno, hasta el fondo del infierno sin encontrar a ningún demonio.

*

El hospital duerme. La quemadura despierta. Su cuerpo, como un parque abandonado...

*

Desalojada de sí misma, busca cómo volver. El vacío en donde maniobra no responde a sus movimientos.

*

Lentamente, en el granero, su trigo arde.

*

Ciega, a través de la larga barrera de sufrimiento, durante un mes remonta el río de la vida, navegación atroz.
Paciente, en lo innombrable tumefacto vuelve a trazar sus formas elegantes, teje de nuevo la camisa de su fina piel. Es la curación. Mañana caerá el último vendaje. Mañana...

*

Aire de la sangre, no supiste jugar. Tampoco tú supiste. Arrojaste súbitamente, estúpidamente tu necio coágulo obstructor en medio de una nueva aurora.
En ese instante, ella no encontró más un lugar. Tuvo que dirigirse hacia la Muerte.
Apenas si llegó a ver la ruta.
Un segundo abrió el abismo. El siguiente la precipitó en él.

*

De este lado quedamos aturdidos. No tuvimos tiempo de decir adiós. No tuvimos tiempo para una promesa.
El la había desaparecido de la película de esta tierra.

Lou
Lou
Lou, en el retrovisor de un breve instante
Lou, ¿no me ves?
Lou, el destino de estar juntos para siempre
en el que tanto confiabas
¿Y entonces?
No vas a ser como las otras que ya nunca más hacen señas, sepultadas en el silencio.
No, no debe bastarte con una muerte para quitarte tu amor.
En la pompa horrible
que te distancia hasta no sé qué milésima disolución
todavía buscas, nos buscas un lugar
Pero tengo miedo
No hemos tomado bastantes precauciones

Debimos haber estado mejor informados,
Alguien me escribe que serás tú, mártir, quien velará por mí ahora.
¡Oh! Lo dudo.
Cuando toco tu fluido tan delicado
demorado en tu cuarto y tus objetos familiares que aprieto entre mis manos
ese fluido tenue al que siempre había que proteger
Oh, lo dudo, lo dudo y tengo miedo por ti,
impetuosa y frágil, ofrecida a las catástrofes
Sin embargo, voy a las oficinas en busca de certificados
derrochando momentos preciosos
que más bien debería emplear para nosotros, precipitadamente mientras tiritas
esperando con tu maravillosa confianza que yo llegue y te ayude a salir de allí, pensando “Seguro que vendrá.
Habrá tenido algo que hacer, pero no se va a demorar
Vendrá, lo conozco
No me va a dejar sola
No es posible
no va a dejar sola a su pobre Lou...”

*

Yo desconocía mi vida. Mi vida pasaba a través tuyo. Se volvía simple este gran asunto complicado. Se volvía simple a pesar de la preocupación.
Tu debilidad, cuando se apoyaba en mí me sentía fortalecido.

*

Dime, ¿de verdad no volveremos a encontrarnos nunca más?

*

Lou, hablo una lengua muerta ahora que ya no te hablo. Tus grandes esfuerzos de liana en mí, lo ves, han tenido éxito. ¿Lo ves al menos? Es verdad que nunca lo dudaste. Hacía falta un ciego como yo, le hacía falta tiempo, le hacía falta tu larga enfermedad, tu belleza resurgiendo de la delgadez y las fiebres, hacía falta esa luz en ti, esa fe, para horadar al fin la pared caprichosa de su autonomía.

*

Tarde lo vi. Tarde lo supe. Tarde aprendí “juntos” lo que no parecía estar en mi destino. Aunque no demasiado tarde. Los años pasaron para nosotros, no contra nosotros.

*

Nuestras sombras respiraron juntas. Debajo de nosotros las aguas del río de los acontecimientos fluían casi en silencio.
Nuestras sombras respiraban juntas y todo era cubierto por ellas.

*

Tuve frío con tu frío. Bebí sorbos de tu pena. Nos perdíamos en el lago de nuestros intercambios.

*

 Rico con un amor inmerecido, rico que ignoraba serlo con la inconciencia de los poseedores, perdí ser amado. Mi fortuna se consumió en un día.

*

Árida, se reanuda mi vida. Pero no me repongo. Mi cuerpo sigue estando en tu cuerpo delicioso y unas antenas plumosas en mi pecho me hacen sufrir con el soplo de la resaca. La que ya no está, aferra, y su ausencia devoradora me invade y me corroe.

*

Añoro los días de tu sufrimiento atroz en la cama del hospital, cuando yo llegaba por los pasillos nauseabundos, surcados de gemidos hasta la momia gruesa de tu cuerpo vendado y escuchaba de pronto emerger como el “la” de nuestra alianza, tu voz, suave, musical, modulada, resistiéndose con orgullo a la fealdad de la desesperación, cuando a tu vez escuchabas mis pasos y murmurabas, liberada “Ah, aquí estás”.
Apoyaba mi mano en tu rodilla por encima de la frazada sucia y entonces todo desaparecía, el mal olor, la horrible indecencia del cuerpo tratado como un barril o como una alcantarilla por unos extraños atareados y cuidadosos, todo quedaba atrás dejando que nuestros dos fluidos se reencontraran a través de las vendas, uniéndose, mezclándose en un aturdimiento del corazón, en el colmo de la desgracia, en el colmo de la dulzura.
Las enfermeras, el médico de guardia sonreían; tus ojos llenos de fe apagaban los de los otros.

*

El que está solo, de noche se vuelve hacia la pared para hablarte. Sabe lo que te animaba. Viene a compartir el día. Ha observado con tus ojos. Ha escuchado con tus oídos. Siempre tiene cosas que decirte.

*

¿No me responderás algún día?

*

Pero acaso tu persona se haya vuelto como un aire de época de nieve que entra por esa ventana que uno vuelve a cerrar presa de temblores o de un malestar vaticinador de un drama, como me sucedió hace unas semanas. El frío cayó rápido sobre mis hombros y me tapé precipitadamente, me aparté cuando tal vez eras tú y lo más cálida que podías ponerte, esperando ser bien recibida; tú, tan lúcida, ya no podías expresarte de otro modo. Quién sabe si en este mismo momento no esperas ansiosa que yo al fin comprenda y vaya, lejos de la vida donde ya no estás, a reunirme contigo, pobremente, de verdad pobremente, sin medios, pero nosotros dos aún, nosotros dos...





lunes, 20 de febrero de 2017

Jorge Medina Vidal -Elogio de la melancolía

Jorge Medina Vidal, Montevideo, 4 de marzo 1925 – Montevideo, 17 de junio 2008


Elogio de la melancolía

Acodados los hombres en la ciudad dialogan
mientras cruza una barca de podre, silenciosa.

Nos vestimos con flores de granate, amarillas
y las túnicas cubren la penetrante herida.

Para tactar objetos cotidianos, los guantes
simulan imposibles epidermis sin nervio

y el rugido y la mueca, por la ciudad se mueven,
buscando los oídos y los ojos cansados.

Somos tus elegidos noble melancolía.
Somos tus elegidos noble melancolía.

Abandonados, vamos entre tanto abandono,
el eco del silencio, es el último eco.

Se busca la fatiga en los pisos más altos
del acero que crece sudores para nada.

Los signos más opacos, las palabras sin vuelo
y este acordarnos leves entre piedras calladas.

El Hastío asesino, nos visita por días
junto al fuego, en el centro, disfrazado o desnudo

y sin nadie que pueda reclamar ser primicia
apagamos las puertas y cerramos el fuego.

Ha crecido el silencio como acacia en la arena
en el pecho del hombre y este mundo inmediato.

Pero el cosmos que grita encontró en los radares
un perfume de oído, ya que estamos cansados.

¿Será este el momento de luchar, como vino
la adolescencia triste, enfermiza, gritona?

Y la nunca pasada edad del titubeo
se clausura ese día, súbitamente infame.

Y debemos pasearnos como rojos fantasmas
de los que somos, fuimos, cloqueantes de delicias.

Las puertas de los altos jardines se han cerrado
y el olor de la carne masticable es sombrío.

Sonidos de urna crecen por las calles de espuma
mientras el astro ambiguo ilumina las frentes.

En la plaza desierta, arriba, los emblemas
plurales, se estremecen, significando cosas

y el movimiento queda resuelto en una estela
que por un tiempo dice “nada más” y se esfuma,

desembocando en playas sin agua y sin alciones,
infestadas de humores, podredumbres y gritos.

Si el atabal se oyera, o un timbal, un rasgueo,
la ilusión vencería tanta urna creciente,

pero Pus nos asedia, irrumpió en la llanura
trazando su dominio con límites de frío.

Estamos en silencio, como todo, en fracaso,
ni gritamos ni huimos, no ofrecemos ni vamos,

cada uno en su gesto displicente, acodados
en grupos que dialogan la inevitable herida.

¿Vendrá el algo a ofrecernos otra melancolía,
otro mundo sin pausa, pesado como el sueño?

Todo se lo volaron en humo y fantasía
y trajeron silencio a la negra mañana.

¿Esto es lo que tenemos, mirarnos largamente
y ver sólo miradas?

sábado, 18 de febrero de 2017

Decio Pignatari -Rumbo a Nausicca

Decio Pignatari, Sao Paulo, 20 de agosto 1927 – Sao Paulo, Brasil, 2 de diciembre 2012
Traducción  Antonio Cisneros


Rumbo a Nausicca

2

Llamar suave al tiempo, Lila,
es consentir que es tarde. Mi nuca
mi brazo derecho y el pulso de platina, nunca
las llamó así la tierra, como en diciembre -no
                  la tierra
que invade las entrañas indefensas, sino
                  aquella
cuyo destierro sobre es el flujo de la sangre
¡tan floja! allende los poros, en pos
de algún surco más férreo -vivos
por sortilegio de lo insensible, sin más
imperio que pasar los dedos
por ladrillos blancos, como
un hilo de barba o menguante de uña
disueltos en un vaso: alquimia del llanto.
El soplo y la sangre crean, no
resucitan. Los muertos
aborrecen los llamados de esperanza. Los niños
turban el ordeno Los poetas
conmueven el caos, afligen
el vientre de las mujeres. Y decir
suave al sueno, es consentir: Tarde tus senos, Lila,
son muy tarde, los senos con que ahora

jueves, 16 de febrero de 2017

Leonard Cohen -Porque resulta que soy libre

Leonard Cohen, Montreal, 21 de septiembre 1934 - Los Angeles, 10 de noviembre 2016
Versión Lino Mondino


Porque resulta que soy libre

Todos conspiran para hacerme libre
Yo intenté sumarme a sus argumentos
pero había muy pocas actitudes
y yo necesitaba más
El abandonar a la chica adorable
no fue idea mía
pero ella se quedó dormida en la cama de otro
Ahora más que nunca
deseo tener enemigos
Ustedes que florecen
en el fácil mundo del amor moderno
tengan cuidado
porque he desarrollado una terrible virginidad
y al encontrarse conmigo
todos aquellos que hayan sobrepasado el beso
perecerán sumidos en la vergüenza
con verrugas y pelos en las palmas de sus manos
Ya va siendo hora de que nuestros mejores hombres mueran
en el error y la iluminación
Moisés vigilando
David en su casa de sangre
Camus junto al río
Mis nuevas leyes favorecen
no el Satori sino la perfección
por fin por fin
los judíos que van
demasiado lejos en el Sabbath
serán lapidados
Los católicos que blasfemen
sufrirán la electricidad aplicada
a sus genitales
Los budistas que adquieren propiedades
serán cortados por la mitad
Los malos protestantes
tienen gobiernos
para hacerles la vida imposible
¡Ah! el universo vuelve al orden
Los nuevos rascacielos de Montreal
se jactan de los estacionamientos
como los ganadores de un concurso de higiene
una suite de encendidas ventanas aquí y allá
como una Banda de Primera Clase
otorgada como premio a una limpieza esmerada
Una chica que conocí
duerme en alguna cama
y de todas las cosas bellas
que podría decir digo ésta
veo su cuerpo desconcertado
por las impresiones de las bocas
de todos los besos de todos los hombres
que ha conocido
como un piano arrabalero
anillado por años de vasos de cocktail
y mientras ella se da cuenta y tintinea
en la encantadora vieja y pecaminosa danza
yo camino bajo
la rubia lluvia de noviembre
castigándola con mi felicidad


martes, 14 de febrero de 2017

Jacques Prévert -Este amor

Jacques Prévert, Francia, 4 de febrero 1900 – Francia, 11 de abril 1977
Versión Raúl Gustavo Aguirre


Este amor

Este amor
Tan violento
Tan frágil
Tan tierno
Tan desesperado
Hermoso como el día
Y malo como el tiempo
Cuando el tiempo es malo
Este amor tan verdadero
Este amor tan hermoso
Tan feliz
Tan alegre
Y tan irrisorio
Tembloroso de miedo como un elefante en la oscuridad
Y tan seguro de sí
Como un hombre tranquilo en medio de la noche
Este amor que inspiraba temor a los demás
Que los hacía hablar
Que los hacía palidecer
Este amor acechado
Porque nosotros los acechábamos
Acorralado herido pisoteado acabado negado olvidado
Porque nosotros los habíamos acorralado herido
pisoteado acabado negado olvidado
Este amor todo entero
Tan viviente aún
Y radiante de sol
Es el tuyo
Es el mío
El que fue
Ese amor siempre nuevo
Y que no ha cambiado
Tan verdadero como una planta
Tan trémulo como un pájaro
Tan cálido tan viviente como el verano
Podemos los dos
Ir y venir
Podemos olvidar
Y luego volver a dormirnos
Despertarnos sufrir envejecer
Dormirnos otra vez
Soñar con la muerte
Despertarnos sonreír y reír
Y rejuvenecer
Nuestro amor está allí
Terco como una mula
Viviente como el deseo
Cruel como la memoria
Tonto como las quejas
Tierno como el recuerdo
Frío como el mármol
Hermoso como el día
Frágil como un niño
Nos mira sonriendo
Y nos habla sin decir nada
Y yo lo escucho temblando
Y le ruego
Ruego por ti
Ruego por mí
Te suplico
Por ti por mí por todos aquellos que se aman
Y que son amados
Sí yo le ruego
Por ti por mí y por todos los otros
A quienes no conozco
Quédate allí
Allí donde estás
Allí donde estabas antes
Quédate allí
No te muevas
No te mueras
Nosotros los amados
Te hemos olvidado
Tú no nos olvides
Sólo a ti te teníamos en la tierra
No dejes que nos pongamos fríos
Mucho más lejos cada vez
Y no importa dónde
Danos señales de vida
Mucho más tarde en el rincón de un bosque
En la selva de la memoria
Aparece de pronto
Tiéndenos la mano
Y sálvanos.

domingo, 12 de febrero de 2017

David Huerta -Incurable

David Huerta, Ciudad de Méjico, 8 de octubre 1949


Incurable (fragmento)

Capítulo I

Simulacro

El mundo es una mancha en el espejo.
Todo cabe en la bolsa del día, incluso cuando gotas de azogue
se vuelcan en la boca, hacen enmudecer, aplastan
con finas patas de insecto las palabras del alma humana.
El mundo es una mancha sobre el mar del espejo,
una espiga de cristal arrugado y silencioso,
una aguja basáltica atorada en los ojos de la niña desnuda.
En medio de la calle, con el ruido de la ciudad como otra ciudad
conectada en la pantalla de la respiración,
veo en mis manos los restos del espejo: tiro todo a la bolsa y
sigo mi camino,
todo cabe en la bolsa del día, incluso la palabra incluso,
un manchón negro en la línea que se va deshojando en la boca.
Si me acercara, con un sonido genital y absolutamente húmedo,
tocando las paredes del miedo con manos espaciosas y una
circulación de letras aplastadas contra la linfa color de olvido;
si me acercara, seco y coordinado en los pliegues, oyendo el paso
de los otros en el techo,
una legión sorda, un estertor de marabunta, un hueso
desmoronándose,
una lluvia caliza por el suelo, en el paladar;
si me acercara, si desmenuzara una figurilla con los dedos que
gotean vino;
si me procurara un placer, un desvío, un tocamiento de nubes o
un roce plateado,
un manoseo en el oro, un deslizarse en la entrepierna de los
muebles para dormir ahí un sueño de saliva y silencio;
si me acercara, dando en el tiempo un acorde caliginoso, un tempo
fúnebre de reunión a oscuras...
¿Cómo comprobar entonces que estás ahí,
construido en el plinto de tu ser sujeto, continuo y manifestado
como un dato hundido en el fango de la evidencia,
pensando en medio de las cosas, entero y positivo como un
número estupendo? ¿Cómo saberlo, cómo sacarte de la
multitud.
del tiempo, de los apretados espacios ponerte frente a mis ojos
como un discurso impreso,
como una tinta fluvial en las venas del mediodía?
¿Cómo sentir el jugo de tu vuelo, tu anatomía que fluye entre los
objetos maltratados;
tu percepción que registra el mundo como lo que es, la mancha
en el espejo, el simulacro?
Mundo foliado, espacioso, apretado: riqueza sumergida en la
extensión del constante naufragio,
las palabras del alma selladas con un frío fuego, una flama
desprendida de las cuerdas del sábado,
un fulgor bruñido y biselado contra el pecho de los recién nacidos.
Mundo de signo y de silencio, mundo manifestado,
con sus seres atados y sus congelamientos al borde, su
derramamiento neutro,
su orilla abstracta, su cartílago ciego.
Mundo de ser, de no-olvido, establecimiento de ruina y
llamarada.
Mundo de olvido, un revés negro, barnizado con los datos de la
proximidad,
temblor del no-ser: cajas transparentes atraviesan las orillas del
incendio como almendras cargadas de sentido,
un sentido de mundo en regreso, un retorno enmascarado, perros
en el callejón de la noche muerden las nalgas de los viajeros que
se bajaron en la estación equivocada,
la cerrada sala donde le reciben para consagrarte a tu propio
fantasma, entre tazas de té, peltre, porcelanas, galletas
fúnebres,
la pared que exclama con un ardiente ojo de buzo que en sus
piedras puedes ya sumergirte, para descubrir, en los pliegues,
un continente minucioso, atlántidas intramuros, vaticanos espesos
de tesoros absurdos,
micenas lastradas por desconsuelos concretos, escrituras arcaicas
jeroglifos velocísimos que
te esperan bajo la piedra serena, gris, política, adverbial.
Larvas o simulacro de Egipto, el mundo es una abertura en el
agua del espíritu, muesca
en el tiempo y en el espacio, hendedura sutil o desesperada.
Dominios del vientre de la cosa, la material, reino y pasto
del mundo,
yesca dormida en el navío de las palabras,
encendimiento, línea del canto, capitular de las palabras
iniciales,
objeto lloroso o consumido, sequedad, baba, veloz certeza
y muelle de todos los fantasmas.
Materia del yo, un descenso órfico en el deseo,
un tocamiento de lo que se derrama, sin centro ni asidero,
un pozo limitado por el norte de las palabras y el sur infernal o
egipcio
de lo reprimido, postergado, diferido, abandonado en los jardines
horrendos del pasado.
Un collar de quietud rodea los espaciosos milímetros del yo,
un silencio blasfemo, un ídolo entre las manchas.
Ah, las cosas y la materia del yo, como un humo paralítico:
charcos, tarjetas perforadas, jazmines, gavetas, ceniceros, gansos,
páginas, ferrocarriles
las teclas, pulsadas con un dedo y otro, el yo encerrado en las
caras augustas de la civilidad,
transido y tambaleantes. Luego la errancia, el desprendimiento:
un hacia, las varillas del abanico que se abre en los alveolos
para que respires un mar en cada sorbo, una playa en la lengua
que tocaba las bordadas comisuras de la muerte o el trabajo,
un rincón para estirar las piernas como un coloso, fumando el
azul despliegue de la vida, en la luz que roza las instantáneas
babilonias de la vacación.
Anadiomena, niña en harapos, epifanía en la sal de los torrentes,
pedazo de Niño en la tela del mundo: modo del abrazo,
llama en la oscuridad, extravío y dolor estriado de placer.
Lo que en Anadiomena no es persona levanta sus constelaciones
rumbo a tus argumentos,
duración en libertad inscrita en el maelstrom de sus ardientes
diferencias.
Cosido a la secreción por los bordes de mi traje-centauro,
avanzo en el chisporroteo de las diferencias, labrado en el
segundo y consumido siglos más tarde cuando el minuto acaba,
con mi máquina de sentir edificando partenones a mi paso,
escribiendo en el nomadismo el parche o la sutura de donde surjo,
exhausto en mi boca-mediterráneo y diseminado, tan derramado
en la cinta del mundo
que la maleza del yo transpira como una excrecencia en el
desierto que dejo atrás,
conjugándome con las estrellas en reposo, expuesto al tiempo y
al espacio y a la materia,
como un grano de platino manifestado en las solemnidades del
Ente,
como un desperfecto obsceno en una estructura longilínea.
Adivinar en los almacenes de las palabras dónde se esconde el
rayo, el escondrijo del mundo en la bolsa del día,
la página mercurial que no ha sido escrita y cuya blancura está
recubierta con la tinta de los deseos desalojada por
los nombres,
vagabundeo en busca de esa adivinación en la escuálida y
pegajosa luz de este almacén,
abandonado por las noches y espolvoreado por el hisopo lejano
de un chispazo de fiebre: Este almacén de palabras
donde te sientes el oscurantista, el tuareg, el
animal, el monstruo en la laguna de las denominaciones,
el gato negro sobre las piernas de la reina de las palabras,
el intruso sin credenciales, el prófugo, el anegado, el ladrón
de instrumentos ortopédicos,
el que traga nueces con cáscaras, el que bebe el menstruo en una
copa pompeyana,
el que se asusta con sus propios reflejos, el que pena en la
madrugada de las vacaciones afantasmadas, el que se pone
verde
cuando piensa en su madre con las piernas abiertas y no
precisamente dándolo a luz,
el que tiene una lengua telescópica, el que se duele por ausencias
inventadas y por melancolías falsas,
el que baila una danza de gusanos, el que construye murallas
chinas en sus labios agujerados,
el que brilla como una brújula rodeada de nortes,
el que se lanza en la corriente para rescatar una dentadura
postiza como si fuera una civilización a la deriva,
el que sabe callarse en medio del estruendo, el que se pone las
manos en la entrepierna y aúlla como una hidra delirante,
el que se siente un islote y oye el rumor del mar en la
profundidad de los rostros.
El almacén de las palabras es un lugar extraño, húmedo, una
galería sigilosa, un hospital dormido,
Cardumen candoroso, con su latinidad a cuestas,
difícil, fosforescente como una omega 'en el pizarrón de las
etimologías'.
Ojiva o multitud, ramo de piedras, rocas, en el oro del nombre,
siemprevivas palabras, 'oscura siembra' en la cúspide sorda y
monumental del mármol sonoro.
El almacén es un espacio trémulo, una tecla genésica
que el mundo amplifica hasta la magnitud mortuoria del réquiem
o la súplica.
El almacén de las palabras: el almacén de las palabras.
Saturado en la diseminación, por los bordes del no, exhibido en
las cosechas del silencio,
busco el margen, el medianil, el uranio de un linde, límite para
el dinosaurio que invade mis egiptos,
mis instrumentos blancos de tiempo, canosos, del movimiento que
me implanta en los espacios interminables.
Un sistema de máquinas horrendas invade el almacén,
un corte aquí, nueve allá: hervor de nombres, el cancerbero de la
historia hila con sus ladridos la camisa de los atormentados,
caen los siglos como pedruscos en lo negro de la medida,
en la ceguera de la totalidad: mundos lineales, tejidos al olor
de una cercanía, de una multiplicidad,
de un espanto arborescente que se agita en el sonido seco de un
chasquido que anuncia la eternidad.
Uvas, nombres a la deriva en las espaldas de la biblioteca,
autores y personajes pálidos contra el cielo del tiempo... y lo
que sobrevive son las uvas, sus oscuros fulgores,
planetas mínimos en el cosmos que simula el jardín. La tarde
serena está bordeada
por las uvas: la tarde, su perfil griego y su morado vinoso, sus
mitos, sus racimos de sombra neutralizada,
sus cavernosas ingenuidades, su naturaleza enorme y
desordenada.
La tarde, aquí, es un esplendor estadístico,
un sosiego de proliferación, un estallido múltiple. Cantidades
magnetizadas la bordean
y más adentro fluyen las uvas como espectros germinativos
bajo los microscopios que nos habitan,
amplifican el mundo y nuestra soberbia de Conocedores.
Letra en las Pléyades, promontorio y profusión de lo que recubre
la escritura,
un modo de construir la ciudad del Sí Mismo para luego
deshabitarla
con el silencio de dejar de escribir, habitado por la tenue
blancura que deja el sabor de la estrella escrita
en el paladar fantasioso. Una blancura, una muerte,
un hacerse el muerto con el sueño desprendido junto a la
Cabellera de Berenice,
el sueño manchado de cafeína y derramado tres y seis veces en el
cuerpo anguloso de un cuaderno, de una página.
El Sí Mismo hurga en la escritura, en la escena, el texto de sus
errancias: quiere fundar una ciudad.
Una ciudad o una eternidad, un disfraz con su máscara roja para
ser el flujo demoniaco
que lo instale en el siempre labial de sus proclamaciones, como
edgarpoe en el poema de mallarmé, igualmente,
tel qu′en lui-méme enfin l′éternité le change, el grano milenario,
la llanura de sus centímetros propios,
los instrumentos del Sí Mismo para la cirugía de no-moverse,
como si la inmovilidad fuese la eternidad,
y no el fluyente cauce, la máquina que cede y recorta, la letra en
las Pléyades de toda escritura,
la Cabellera de Berenice que encanece furiosamente, iracunda en
sus mares astillados,
por la brisa tenaz de la escritura y de su progenie-minotauro: la
sedosa y ardiente carne de las imágenes.
Cambio, me modifico en los límites del mes,
en el zócalo del jueves, conociendo mi gerundial sangre en los
labios, mi puño ciego,
mi incorrección al vestir, mi genitalia archivada a las once de
la noche,
lejos de todo sexo y de todo calor, hirviendo de deseos por la
avenida San Juan de Letrán
y mirando el barniz del otoño alrededor de las cosas como una
cinta de hojas secas,
mirando la fecunda imagen de la ciudad siempre recién
descubierta,
las articulaciones de un mundo nuevo, de un mecanismo
planetario o lunar
que arrastra en su corriente fresca las cantidades humanas, las
estructuras vivas,
las magnitudes que rodea esta luz empapada de ruidos,
chasquidos, rumores, demoliciones que el instante opera
en el interior de los objetos y de los corazones expuestos bajo
el peñasco del minutero...
Modificado avanzo por los huecos babélicos, y modificandome
más aún hasta la raíz de los cabellos,
y Proliferando, fluyendo solo y silencioso, esmaltado por una
blancura de muerte que me instala en el centro de su grandiosa
almendra generadora, de su matriz lunar,
entre los pudrideros, entre la basura inmaculada y meditativa,
sorda acumulación que no cesa... Respiro en las
diseminaciones ficticias y azarosas del yo monumental,
funerario,
como un pulso de partículas, de caras, de mediterráneos, de
manos acercadas a mí, de especies, de hileras palpitantes
que se sumergen bajo mi peso en el asfalto nocturno, me rodean
y me sumergen a su vez
hasta las líneas negras de una población donde renazco ofrecido
al trazo reinante de la fiebre,
países petrificados en un contrasentido de avance y fluvialidad,
confederaciones deseantes que enganchan el mundo momentáneo
a la ceniza de los siglos, pálidas reuniones rotas por la
desfigurada cirugía de la historia
y sintetizada en los trémulos rasgos del ahora o nunca.
Me modifico en la sustancia extraña del mes, hago trámites, me
confundo y recuerdo, me visto y me confieso,
percibo los deslizamientos de la duración en la humedad marchita
de mi boca,
en el temblor amenazado de mis manos, en el funcionamiento de
mi estómago,
en las intermitencias de la debilidad física, laminillas de
niquelado cansancio en la llanura muscular,
en la resistencia cada día más débil que opongo a lo que
convengo en llamar las circunstancias.
(Es el invierno obstinado y obsesionante este lugar donde,
tembloroso y con los dedos manchados de tabaco, hago
cuentas
para sacar algunas conclusiones sobre mí: estoy en un invierno
que dobla, en el follaje del yo, un matinal espectro;
que dobla una metamorfosis árida; que dobla en fin la
aprisionada tela de la persona civil
y la deja, como un atado de ropa limpia, para la ingente y fértil
'próxima vez' del ciudadano que soy.)

viernes, 10 de febrero de 2017

Víctor Cuello -Subido...

Víctor Cuello, Bs As, 13 de octubre 1976  


SUBIDO a tus hombros
pude ver la luna más cerca


en tus palabras
el mundo
no me fue desconocido


y cuando me desorienté
sólo tuve que ver
hacia qué dirección tus huellas iban


lo curioso
es que/  ahora/
la memoria no logra reconstruir
fielmente
tu voz y tu rostro

lo curioso es que/ ahora/ sólo pienso
que fuiste un sueño de mi infancia








Foto Emile Maldonado