martes, 22 de enero de 2019

Ivana Romero -Eran unos cangrejos sobre fondo verde veronés.

Ivana Romero, Firmat, Santa Fe, 21 de julio 1976


Eran unos cangrejos sobre fondo verde veronés.

Un cuadro raro de Vincent
que a falta de mejores modelos
usó lo que tenía a mano.

En esa época se mudó a un tallercito blanco
en Arlés.

“Te parecerá gracioso que el retrete
se encuentre en casa del vecino”, escribió
a su hermano Theo.

También le contó que colgaría
estampas japonesas en la pared.

Quizás la chica sentada a mi lado sea japonesa.

Tiene el vientre muy abultado y una campera plateada.

Al lado está su madre.

Le acaricia la panza un instante y vuelve a sus cosas,
a la guía del museo que lleva entre manos.

Alguien me dijo que las mujeres se vuelven un poco locas
cuando se convierten en madres.

Vincent también se volvió loco
de amor, de tristeza
de aguda fantasía y desasosiego.

Todos podemos volvernos locos alguna vez.

No estamos a salvo, como esos cangrejos
que ya son arena o piedra calcinada.

Escribo estas cosas
en medio de una mañana color trigo,
tan quieta que casi puedo tocarla
como un vientre grávido que respira profundo.

Vuelvo a respirar
después de varios días a la sombra.

Ahí están tus zapatos negros
para recordarme que viajamos juntos
que eso no pasó hace tanto.

Ya está bien con esto de caminar hacia atrás.

Miro tus zapatos,
pienso que volverás en unos días
y que esta vez no me dará miedo
el silencio de la noche
ni las distancias
ni mi propia sombra.

Tampoco el pasado.

Los cuadros tienen adentro otros cuadros.

Yo no tengo chicos adentro mío
pero sí una tristeza antigua,
envuelta en su capa verde.

domingo, 20 de enero de 2019

Juan Eduardo Cirlot -El pensamiento de Edgar Poe

Juan Eduardo Cirlot, Barcelona, 9 de abril 1916-Barcelona, 11 de mayo 1973


El pensamiento de Edgar Poe

Era. La palabra «era» encierra todo el misterio del universo,
mejor aún, de los universos (posibles, imposibles, existidos,
existentes, existibles, imaginarios, reales, soñados, perdidos,
muertos o vivos), pues lo-que-es, es-dejando-de-ser.

Hay dos modos de no tener y de no ser. No haber existido
nunca. (Nunca, otra palabra). O haber existido en el tiempo.
(Tiempo, ¿se puede pronunciar o escribir esa pa-la-bra?).

Edgar Poe no se detuvo a mirar las anémonas, ni a calcular raíces
cúbicas, ni pensó en lo que podría ser la mente de un general
romano, la esencia de una enfermedad, el color de un
paisaje. (Pensó en todo ello, pero a través de ello).

Poe no tocó cuerpos humanos. Acarició, sin duda, los muslos juveniles
de su mujer, que moriría tan pronto. Pensó en el –¿más
denso?– cuerpo de otra (¿de otras?). ¿Qué pudo imaginar era
todo eso? Poe lloró, comió, bebió. Bebió sobre todo alcohol,
mostrando que saciaba así su sed alquímica del Andrógino, pues
el alcohol (agua-fuego) es un símbolo de coincidentia oppositorum.

Poe vivió en casas, usó muebles, leyó diarios, escribió (menos
por aquello de que trataba que por lo otro) y más que ser, era. Es
decir, siempre había sido mejor que ser, y había estado mejor
que estar. Miraba a su amada –¿oro?– y veía un estanque; no un
estanque, un pantano. Un pantano sumido en la niebla (mezcla
aire-agua, gris de la disolución), entre altos árboles (sí, descarnados
porque el tópico lo exige y hay que dar lo suyo al infierno
de la vulgaridad humana, que es la vulgaridad de todo el cosmos).

Poe habló con hombres, pero no era un hombre (en el sentido
estricto y total, al tiempo, del concepto). Dialogó. ¿Dialogó?
Podían parecerle fantasmas, aparecidos (es decir, existentes
= hombres verdaderos). Eran. Pero ya casi no eran cuando él
lanzaba su mirada. (Mirada, otra palabra).

Poe sólo sentía en la muerte. Solamente la muerte le interesaba.
La poesía la hacía por y en la muerte. Dijo –por error o por
enmascaramiento «rojo»– que la poesía se hace con lucidez, y
que debe elegirse un tema apasionante. Y que ninguno mayor
que la belleza y la muerte de la belleza («La ruina de una
belleza», Rodin). Lo dijo. Era su manera de expresarse para los
seres humanos (?). Pero él sabía que no. El tema no es nada, ni
una palabra. La técnica ya es más, porque es manifestación de
síntesis inteligencia-espíritu-objeto (Ulalume).

Poe quería entender en muerte. Poe fue un absoluto técnico en
muerte. Poe quiso conocer de la muerte coma los médicos forenses
(lo hizo), como los médicos-poetas (alguno puede existir),
como los poetas que no son médicos, como los filósofos,
corno los ocultistas, los sacerdotes, los magos, como los Poes.
Pero sólo él era Poe.

Sin embargo, su conocimiento esencial de la muerte no fue
ninguno de los citados. Entendió la muerte como la entienden
los propios muertos. Poe hizo que su corazón latiera al ritmo
más leve. Puso la mayor lividez en su frente, hizo entenebrecerse
sus manos delicadas. Poe hizo que su cerebro llegara
(muchas veces) a los umbrales (con su dintel, etc.) de la no
vida. ¿Llegó en alguno de esos momentos a no ser?

La muerte, en sí, ofrece muchas posibilidades: cese total, apertura
instantánea desde otra mente (ya que no se puede ser nada),
ir deshaciéndose lentamente, con sueños cada vez más deformes,
informes, informales, deformales, mientras las células se
descomponen; pasar a otros mundos, ¿ortodoxos?, ¿heterodoxos?,
¿fuego?, ¿luz?, ¿oscuridad?

Pero esas, posibilidades, en el fondo (fondo, otra palabra) no
son, bien pensado, la muerte. La muerte es el cese. Es el no. Es
donde nada lo nunca ni. Es lo que no, en no, por no, para no.
Es la aniquilación del proyecto, desde el vuelo lento de la idea
sublime a la pulsación del nervio mínimo. Ese cese lo vivimos,
también, de otro modo.

Séneca lo dijo: «La mayoría de los humanos consideran la muerte
como algo venidero; cuando la muerte está ya tras de ellos».
Es lo que ya no son, lo que ya no tienen. (Es lo que ya, otra palabra).
Era y ya. Pensarlo desde más allá de la altura de los ojos:
asomarse al cielo, hundido en el mar hasta las pupilas y alzarlas
algo para sentir que se anegan y caen los ojos al fondo del mar.

Pero no. Nada de esto es la muerte. La muerte podría ser la
tensa contemplación de la idea de morir, de haber sido, o de
estar muriendo, o de convivir con un muerto y sentirlo tanto
que ese muerto sea más importante –como muerto– que toda
la realidad viviente del universo.

La muerte anima el universo. « Átomos libres para la nueva
vida». Sí, es un « más allá», cierto más allá. Pero no se trata de
«más allás», sino del instante del no estar, la caída a pico en el
doble cese («yo es otro», Rimbaud). O sea que se oye morir al
otro dentro de uno, ¿de uno?

Si se mira una moneda griega o del siglo XIV, si se toca una
lanza románica; si se acompaña a una doncella gris por una
calle siniestra, si se acaricia a una prostituta (mujer que muere
mucho, pues hay mucho era en su existir), se ve un color de la
muerte. Más que si se asiste a un entierro. Más que si se toca
un ataúd solemne como un trono. Más que si se llora pensando
en que la propia casa (con su decoración, sus «seres queridos»,
sus objetos) es una «composición instantánea» al ritmo
de un nivel metrológico dado.

Morir biológica, espiritual, psicológica, sentimentalmente. Morir
en el yo y en el tú, y en otro tú (el primero amado, indiferente
el segundo; cabe un tercer tú odiado, que muere asesinado, emparedado),
son meras formas de la muerte. (Forma otra palabra).
O son pensamientos sobre la muerte. (Pensamiento, otra palabra).

Pero cuando los monstruos de la Antigüedad –cuyos nombres
sé y me callo– enterraban un vivo atado a un muerto (o a una
muerta, o a una muerta amada), sin duda enseñaban –antes de
que el torturado perdiera la razón– a comprender y vivir otro
modo de muerte. ¿Vasos comunicantes?

Poe tampoco pensó demasiado en la muerte folklórica de los
tormentos –si la narró fue por necesidad, ¿necesidad, para
qué?– (No lo dijo). Poe meditó la muerte en línea recta. Como
el que mira, estando vivo, a una persona viva que para él ya no
es. Pero que, en otro tiempo, era.

Poe nos habló tan larga y tristemente de la muerte, dándole a la
vez tantos rodeos, y mostrándola en tan dolientes e inauditos aspectos
(metamorfosis, resurrecciones totales o parciales) que su
nombre es el que sólo invocaríamos –como el de un santo, de ese
extraño santoral donde Blake, Nerval, Hoelderlin y otros se alinean
(no son imágenes de Epinal, ¡por Dios vivo!), nunca– su
saber para intentar... (Intentar, otra palabra, posiblemente la
única de este mundo que entiende de veras). Para intentar convertir
en una cruz de oro lo que es una cruz verde, en una cruz
de hierro lo que es una cruz anaranjada. Materia de metamorfosis,
invocaciones, preguntas, esto es lo que nos corresponde.
Pero, ¿responder? Ni Poe consiguió hacerlo nunca como él hubiera
querido.


viernes, 18 de enero de 2019

Luis Chávez -Traducción libre de un tema inédito de Chan Marshall

Luis Chávez, San José, Costa Rica, 28 de agosto 1969


Traducción libre de un tema inédito de Chan Marshall

I
Arrancaron la hiedra.
De raíz. No les fue fácil, sin embargo.
Emplearon podadoras,
palas y guantes para no lastimarse.
Esa hiedra que tardó años en cubrir
la pared al fondo del patio.
Aferrada al concreto, parecía resistirse.
Era su territorio.
Si hubiera podido hablar
no lo hubiera hecho,
habría gritado,
no hubiera perdido el tiempo
en hacerlos entrar en razón
porque el objetivo de esta mañana
era cortarla, ver la pared lisa, perpendicular.
La hiedra dejó marcas
como huellas de ave pequeña,
similares a las que dejan en la arena
los pájaros marinos.
Tenías dieciséis en esa foto,
atrás la hiedra crecía como un cáncer.
Sin simetría, con determinación.
Dieciséis y ya sabías
lo que las manos no alcanzaban,
lo que era tu nombre escrito en tinta china,
lo que era una canción repetida hasta dormir,
despertar con ella.
Sabías de esta ciudad de tullidos,
obesos y descompensados,
condenada a la pequeñez.
La hiedra nada sabía de eso
pero crecía detrás tuyo
en la misma foto
donde aún tenés dieciséis
y ya la pared está totalmente verde,
cubierta por la hiedra que no sabe
lo que nosotros sí.
Por eso pueden cortarla de raíz,
con esfuerzo pero con éxito.
Al sol le da lo mismo,
igual cae directo sobre la pared
donde no está tu sombra.
Ni la hiedra.

II
La lluvia sobre tu nombre
escrito con tinta china, ¿recordás?
Empezó a correr sobre el papel,
sin simetría, con voluntad propia.
Como lo haría una hiedra en la pared
donde alguien hubiera podido tomar una foto
a la niña de dieciséis,
que ya no era niña,
obsesionada con la palabra deformidad,
dormida escuchando la misma canción
que ya es difícil precisar de dónde proviene
si de adentro o de afuera
yellow hair / you are such a funny bear
Y las cosas que crecían sin saber nada de esto.
Durmiera o no la niña, crecían, como el cáncer.
La hiedra también.
Entonces el nombre se convertía en otra cosa:
una mancha negra sobre papel,
como una enfermedad
o la idea que tenemos de la enfermedad.
La hiedra en cambio
no tiene ideas.
Si se enferma, muere.
La niña tiene ideas,
se enferma, muere.
Pero la hiedra estaba sana,
seguía creciendo,
empezaba a invadir la casa del vecino.
El vecino tullido que vive con su madre,
la madre obesa,
la familia descompensada
que tenemos de vecinos.
De todas formas, la cortaron de raíz
aunque estaba sana,
de un verde temperamental.
No porque tuviera ideas la planta
sino por cosas que explicaría mejor
un biólogo o un botánico
o tal vez la gorda de al lado
que vive hablando de su jardín,
del jardín y de la voluntad de un dios
que le envió un hijo tullido
como castigo tal vez,
por obesa,
por gorda,
por solterona,
por vecina,
por que sí.
Porque no hay razón para nada,
un día algo está sano,
la mañana siguiente lo arrancan de raíz.
Un día se tiene dieciséis
y la vida es una extensa playa en la tarde,
la arena tatuada con huellas de pájaros marinos.
Y ese momento dura lo que dura
una canción que se repite
hasta entrar en el sueño
mientras lo demás sigue creciendo,
dentro y fuera,
en silencio,
lejos de la simetría,
con determinación.

miércoles, 16 de enero de 2019

Daniel Katz -Nada que no sepamos al despertar.

Daniel Katz, Bs As, 14 de junio 1956


Nada que no sepamos al despertar.

Siempre es posible
creer
en quien tiene
bigotes
si abulta
palabras
de acentuado terror
entre líneas
de manifiesto orden
cuando se afeita
a la mañana
y dice
aquí una torre
allí una planta
nuclear
y una verdad
último modelo
que dé seguridad a los ancianos
y temerosos dueños
de un privado futuro
a plazo fijo.
Nada más grato
que entregar
las hijas
a un bello
lobo
que apenas se disfraza
de cordero
en las amables fiestas
de la devoración.
El acre olor del sacrificio
se esparce
en los pasillos
entrando en la saliva
de una jauría
enclenque
y renga
que solo aúlla
en sus campos
de golf.
Las palabras
siempre pueden
adornar tu frente
y son posibles
de comprar
a precio de mercado.
Las orejas
edulcorarlas.
La angustia
apaciguarla
en Rivotril.
Los sueños
amañarlos
en olvido seco.
La voz
enmudecerla
con canciones.
Y el goce de vivir
dorarlo al escabeche
entre esforzados
sacrificios de colmillo.
Nada que no sepamos
al despertar
cuando la mano
caliente
del sueño
puede
aún
tocar
la de otro ser.

lunes, 14 de enero de 2019

Saúl Ibargoyen -Canción del escriba de pie

Saúl Ibargoyen, Montevideo, 26 de marzo 1930 – México, 9 de enero 2019


Canción del escriba de pie

1

No yo no soy el escriba ni el pintor
yo no soy el que manda en las palabras.
Mi nombre no fue encerrado en tinta mortal
mi nombre nunca fue borrado de la piedra.
Ni el nombre de mi madre
con su pubis de barro
ni el nombre de mi padre
con sus venas colgando debajo del sol.
No soy el escriba
que ensudoró sus nalgas:
yo no puse en las fibras aplastadas
las oraciones secretas
ni los humosos cánticos
ni las cifras erróneas del trigo
ni el frescor equivocado de la carne de buey
ni el mandato que lleva a la guerra
ni las frases que traen el dolor
ni las órdenes que levantan lentas pirámides
ni las figuras ilusorias
de oro o lapislázuli
ni el decreto de dar eternidad
a un manoseado cuerpo de mujer.
Nunca escribí la apariencia de otros nombres:
nadie puede ser nombrado fuera de sí.
Nunca he conocido rostros
de príncipes descarnándose
ni pechos de aceitosas concubinas
ni ejércitos secándose en la arena
ni tetas de efebos
ni corrupción de desdentados funcionarios
ni culpas de sacerdotes
ni crímenes de estado
ni balanzas fraudulentas
ni orinadas túnicas de rey.
Nunca escribí lo poco
de mi nombre:
dos sonidos solos
combatiendo por un sitio
en el aire de metal:
cuatro letras solas
como huellas de polvo
en una boca nueva
sin lluvia y sin sed.

2                                     

"Las manos siniestras y derechas dejaron sus uñas muy
en lo adentro de las aguas sagradas que crecen desde
las rojas alturas del sur.
Y la barca con su pluma blanca
su blancura vertical
como aquella mujer irguiéndose entre los olores de la
última sombra.
Y las garzas sometidas
al verdor calcinado que vibra
apegándose a la orilla
que las oscurecidas tierras construyen."

Yo no soy el escriba
de estos signos y colores
nunca extendí los rollos rutinarios
para que en ellos entrara
mi cálamo o mi recto pincel.
Tampoco describí los artificios
del primer arquitecto
no anoté las voces de la primera canción.
No soy responsable
de que los astros tuvieran
vómitos de humo y fuego negro
ni de que la noche encerrara al mundo
en su abrazo inalcanzable.
No soy el escriba
ni sentado
ni en cuclillas:
apenas balbuceante
apenas de pie.
Simplemente no pude mentir.

3
                                     
"La barca blanca
con su alta pluma iluminada
las garzas transparentes apoyándose
en un gas enrojecido que siempre llega
de los alzados abismos del sur
y los labios de un asno de ceniza
metidos en las sabrosidades de la espuma
y las patas de bestias escondidas
que lastiman burbujas de limo diluido
que tronchan las luces de pálidos peces
que remueven acumuladas
regiones de estiércol."

Pero yo no soy el escriba
que viaja por estos ríos
las tablas de cedro
no mojan mi calzón
y nada habrá de nuevo
en las ensalivadas palabras
que navegan en la falupa blanca:
una consonante envejece
junto a su sílaba muerta
y un trazo cualquiera se gasta
en la tinta o en la piedra.
Y la palanca de madera impenetrable
-con mano diestra de patrón
y con mano izquierda de terrestre marinero-aparta las
crecientes gelatinas que enferman el agua.
Y la vela única emplumada
por las tensiones del viento
ajusta su reflejo
en los cabellos y las ropas extranjeras.
Yo no soy quien navega
no soy el que moja
sus enhuesadas manos:
nadie puede escribir
sobre las viejas burbujas
que simplemente recomienzan a pasar.

 4

"Si miramos el desierto
como un cuero de camello
aplastado por la luz
no podremos ver cada partícula
que a cada instante abandona
su grano de arena.
Y el polvo así formándose
con quemados elementos de planetas
de veloces deyecciones
y de tronchadas médulas
llegará sin fatiga
a tocar las garras
de la más inmóvil dueña del miedo."

No: yo jamás escribí ni pinté
el discurso de ningún viajero
ni mencioné las ruinas imperiales
ni escuché las preguntas
que sólo un rey de pupilas arrancadas
pudo responder.
Dime tú que lavas los pasos
en la espuma triturándose:
¿qué hombre preguntará
con la voz de todos los hombres?
¿qué mujer gritará
contra el destino de su vientre?
¿qué cantor contra el silencio
metido en su canción?
Solamente aceptemos en la noche
las respiraciones congeladas
de una serpiente
que no puede dormir.

5
                           
"En la espalda del escarabajo
hay oscuras humedades
como pétalos de petróleo florecido.
El rostro del animal se apoya
en una redonda almohada
de cacas en fermentación.
No descansa como un dios
porque no supo o no sabe todavía
o ha olvidado
que debe conducir los movimientos
del visible mundo.
Los ganchos de antenas y brazos
se calientan con el primer amanecer
que la noche postrera extrajo
de sus óvulos de plata marchitándose.
Y la pelota de purificadas inmundicias
empieza a marcar su órbita
entre un hálito polvoriento
que palomas y chacales calcinaron.
Y la bola rueda ajustándose
a los tropiezos de una esfera
de terregales y rocas inmedibles
de humanas griterías y lodo podrido
de imperiales construcciones
y flacos alimentos
de palanganas de alabastro
y ladrillos quebrándose."

Pero que oiga el que nunca escucha
que lea o adivine
el de los ojos innumerables:
tampoco ahora soy el escriba
el notario el escribiente
el pendolista el amanuense.
Sí puedo palpar el frío
deteniéndose en un corazón
que se contrae
entre cáscaras y élitros negros.
Y los sudores incontados del día
se revuelven entre hierbas
y máquinas y excrementos
preparando otra vez
su regreso de fuego.

6
                           
"Escucha tú
a quien siempre hemos llamado
tú tan solamente solo
y tan solísima como estás
en cualquier ribera de esta madre
de casi todos los ríos:
agua es sólo
organizándose
que simplemente transcurre dando quietud
a cada pulsación
a cada flujo
a cada advenimiento
a cada latido
a cada golpe
a cada borboteo
a cada vértigo
para que su cuerpo inabrazable viaje
y se aparte del cambiante cauce
o envase o cartucho o vaina
de arrastradas sustancias
que pretenden contenerlo:
Escucha tú que fumas
entre los blancores de la niebla
tú que despliegas tu chilaba
perturbada por las sudoraciones
del día inicial
mientras en los dátiles
enrojece un pellejo amarillo
y otras pieles como sangrando
acaban de oscurecer:
Oye tú que aún no encuentras
una casa sonora
para los ecos de tu boca subjetiva
ni cinco huecos en un tubo de hueso
o de caña o de barro
para que una lengua se disponga a soplar:
Dime tú si hay un tiempo
que respira
desde todo lo lejos
en los trigales muertos."

Y yo niego otra vez
con gesto de cálamo
o pluma que esconde su escritura
que nada transcribí
de cuantas figuraciones
y objetos y frutas pudieron
ser imaginados.
No soy escriba de nadie
ninguna orden se introdujo en esta mano
ni en mi bolsa el precio
de lo incierto
ni en mi oreja
el mojado susurro de la tentación.
Soy débil con toda mi fuerza
y mis cuartillas y papiros
se agrisan y se agrietan
como las verdades
que no supe escribir.

 7

"La mujer enviejada se mueve
adentro de su túnica y sus paños pintados
con el color de la luz
que está detrás de la luz.
Dos manos se desprenden de la imagen
que los vapores del fulgente aire
multiplican y deshacen.
Y los dedos estiran sus uñas coagulosas
hasta el impuro blancor
de la gallina que alguien ofrece
a aquella madre destetada
con los ademanes del cansancio inaugural.
Y las uñas son empujadas
por la sangre mugrosa de otras carnes
que ya conocieron el suplicio.
Las ollas de barro abren
sus neblinas vegetales
la cebada se adensa en luces redondas
como bollos de harinas imperfectas
el pan del sol es tocado
por lenguas impalpables
el dios de los piojos bebe
la primera sangre del dios
que estaba entre las venas
de la usada mujer
y el dios de la mosca chupa
la sudoración de los dioses
que refrescan su piel
bajo las palmeras de todo el mediodía."

No soy el escriba
no soy el presunto señor
de la veraz palabra.
Nada pinto ni dibujo ni grabo
ni escribo ni hablo.
Sólo veo una mujer polvorienta
y objetos distintos
y ajados mercaderes y pájaros
que nadie compra ni bautiza ni recuerda:
solamente veo estos gatos y perros
en su viva sarna de granito
estos asnos y bueyes y vacas de basalto
y pellejos partidos
estos descuerados huesos de gentes
que nunca transportaron
entrañas frescas de estatuas o de momias
estos chacales que todavía fornican
entre hierbas y juncos de piedra.

8
                                     
"El desierto es el gran vacío
que estuvo en el principio sin comienzo
de todos los fuegos:
es la gran vaciedad
donde nace la arena:
aire de ceniza contra aire de sol
rocas de fierro contra roca fugaz
viento de polvo contra viento de luz
granito enrojeciendo basalto encendido
albanene deshecho mármoles pintados
alabastro vulnerable yeso disuelto
cuarzo ahumado roquedales de cristal
amatista enmoheciéndose
y granos de sangre desprendida
derrumbada disuelta
y estiércoles de chacales huyentes
y cartílagos de sandalias marchitas
y redes sin peces ni espuma
y picos de garzas o grullas desdentándose
y ojos de cocodrilo con su coágulo terrestre
y médulas de infante fermentando
entre lirios debajo del lodo inundado.
Las nadas del desierto fecundan
la confusa sequedad flotante:
sus colmillos quemados se muerden
se hinchan se deshacen.
Y las finísimas semillas de piedra
se mueven entre los labios
de quien nunca será el nombrador
de las puertas del templo
ni el dibujante de mensajes muertos
ni el señor posible
de alguna o ninguna palabra."

Y tú que oyes solamente
las ligerezas del paladar
la liviandad del verbo:
escúchame sí ya que siempre hablarán
otras gargantas antes o después
de tu más mudo silencio.
Pero nada diré
delante de orejas
que no te pertenezcan:
no soy el dueño
de los felices vocablos o términos
que nombran el color indoloro del mundo:
no estaré jamás
en medio de los elegidos:
sólo me nombrarán
cuando mi única voz se levante
entre ajenas salivas
como un simple árbol
cuando yo me nombre propiamente
según mi deseo
y mi desprecio.
En el desierto vacío
nacen también pedazos partículas
fragmentos fulgores de palabras
que hemos hablado que no conocemos
que nos dan nuestro nombre
y nuestra sombra.
Y ellas me siguen
escarban entre sonidos enterrados
olfatean su rastro
de tinta insaciable.

9
                                     
"El cielo se alimenta en este día
de las calientes luces engendradas
por el sol.
Y hay otro sol
que es el mismo viajando
más allá de las aguas visibles
de la ennegrecida tierra:
un solo astro como fuego negro
soltándose del vientre
de la noche que se inclina
con su repetido temblor
sobre las órbitas de todos los mundos.
Pero el cielo desconoce las palabras
y nosotros aquí queremos su boca
de lodo translúcido
para que pueda hablar
desde los otros hombres
para que nos guíe
en tiempos de nubes corrompidas
de langostas con sus alas de fierro
de un destino de pegajosas plumas
y de inevitable oscuridad.
El dios del aire
nunca ha tenido columnas
ni inscripciones ni templos.
En él hay otros fuegos
y las mieles recién cosechadas
se amustian se enarenan
y hay grietas en los frutos
y los cerrados jardines desfallecen
y el verbo del dios borra
la entera palabra del hombre
y el verbo incompleto del hombre borra
las palabras del dios y de los hombres.
Y en el aire transitan
los ruidos del Nilo celeste
pequeños ruidos como alguien gritando
lejanamente desde una barca blanca.
Los patos cantantes
las claras palomas
los adensados cuervos
los pájaros totales
son también voces
en el curso espumoso del sol
que en cada punto de su nueva luz
nace con más fuerza
y se nutre de sí mismo
y de las sordas emanaciones del yacente mundo."

¿Debo ahora negar toda escritura?
¿Debo gritar que no soy ni seré
el señor de ningún verbo
ni el dueño de paletas y pinceles y pinturas
ni el maestro de las ordenadas oraciones
ni el propietario del martillo y el cincel?
Mi alimento es el pan de cebada
cocinado en las manos del sol
mi bebida es jugo y burbuja
de los granos rojos
mis ungüentos y aceites
salen de este cuerpo terrestre
el olor de mis lomos o de mis ingles
o de mi pelo es el olor
del Nilo sin morir que navega
en el clima poderoso de sus días.
No hay tintas ni colores sagrados
en esta mano duplicada:
solamente la marca de un anzuelo
una canasta un remo una olla
una espada un azadón una flecha
una vasija una cuerda un fusil.
más adentro de la piel
que los perros conocen
está el peso de otra piel
con sus suaves raíces
largamente acumuladas.
esa cálida tela envuelve mis huesos
para que no giman ni griten
para que puedan renacer
en su propio silencio.

10

"Eres perfecto en el interior
de tu apartado corazón:
en él estuvo desde el inicio
la acostumbrada carne
en él se reúnen todavía
la piedra y la sombra
en él continúa asentándose
tu muerte de ayer.
Mientras la misma barca conducida
por cambiantes remeros
como un camello del agua traspasa
las venas del Nilo celeste
y abre los arenales donde aúlla
el hambriento escorpión
y el lagarto recoge sus patas calcinadas.
Eres perfecto como un estandarte
que señala el sitio de la guerra:
eres exacto como cada rueda
de cada carro fabricado
para el veloz combate y la traición:
eres intocable porque te sientas
a la orilla izquierda
del padre de todos los ríos
del padre que lanzara su esperma
en medio del caudal
que con él mismo creció.
Y así viste flotar la verdosa dolencia
del agua inmortal
y las plumas ahogándose
y los peces envejecidos
y el cocodrilo supliciado
y los otros ríos que navegan
como arterias insondables
en el cuerpo del Nilo celeste.
Y allí sentado en la raíz
de la curva del sol
perfecto en tus lágrimas
quisiste sollozar."

No soy el funcionario
no soy el copista
no transcribo ni apunto
ni manuscribo ni compongo
ni cambio ni corrijo
ni redacto ni garabateo ni subrayo.
Los dioses de la mosca perturban
el plasma destilado de la siesta.
El dios de las ladillas
excava en las ingles
que ventiló el probable amor.
¿Cómo ser el escriba de conjuros
y anales y dictámenes
de cifras y tarjetas y folletos
para provecho del dios de los turistas
para lucro del dios de la banca global
para beneficio de los dioses de plástico
con todo su famélico poder?
Es pobre mi discurso
cuando la lengua canta
los tonos y las cosas que ensucian
los colores del mundo.
Pero no hay en mis rodillas
ni arena descompuesta
ni pétalos carcomidos
ni cenizas de incienso
ni polvos de ningún metal.
Estoy de pie y escucho
cómo caminan
las aguas sedientas
del Nilo celeste.

11
                                     
"El halcón extiende las fronteras del aire
sus vuelos los golpes de cada pluma
son un viaje inacabado
que las golondrinas reciben con dolor.
Y la sutilísima libélula
con cualquier pico o cualquier uña
clavados en la espalda
muerde la cintura de las moscas del agua
cuyos restos como nervios herrumbrados caen
sobre las cinco pieles terrestres
aferradas todavía
a los trazos temblantes
de este pincel.
Debajo de las quemadas cáscaras del cielo
nadie termina de pintar
las telas blancas
ni de pulir la última sonrisa
de la estatua
ni de grabar los nombres y títulos
de cada señor del poder
en la última piedra
ni de llenar el frasco con la tinta sagrada
ni de completar a pura saliva
las enseñanzas llegadas de lo alto
ni de alzar la vasija o la botella
con su cerveza roja
ni de ajustar el remo o el motor
de la barca que nunca se cansa.
Y el trigo en las ollas tendrá
frío y calor en sus cuerpos fragmentados
y el humo quedará coagulándose
en los techos como un nuevo dios
de todas las hambres
y de todo lo corrupto."

Nada escribiré según lo ya escrito:
no soy el que escribe sentado
en el lomo de una nave
arrancada de las vísceras
de árbol ninguno.
No me siento ni me acuclillo
ni me inclino
entre los muslos
del trono de nadie.
Nadie dirá que soy
"un perro empobrecido"
por no saber ladrar
cuando sale la piedra amarilla
de su casa de sombras.
Soy escriba de pie
y ante mí:
escribiente cajista plumario
mecanógrafo reiterador calígrafo
sudatinta copiante pinturero.
Pero he tocado
a punta de mero hueso
la leche fluyente de la madre
y el padre de todos los ríos.
Y de pie en la orilla
donde el escarabajo enfría
su planeta de estiércol
levanto ojos y vidrios
y poros y pelos y gases y párpados:
porque huelo y escucho
las mugres del mundo
y me niego a llorar.

sábado, 12 de enero de 2019

Kim Addonizio -Intimidad

Kim Addonizio, Bethesda, Maryland, EEUU, 31 de julio 1954
Traducción Gustavo Adolfo Chávez


Intimidad

La mujer que prepara mi capuchino en la cafetería
-ojos oscuros, cabello rojo teñido,
cuello de tortuga negro y sin mangas-
fue la amante del hombre con quien salgo ahora.
Ella no me conoce; somos extraños,
y sin embargo
no puedo mirarla casualmente,
como solía hacer antes de saberlo.
Ella está junto a la máquina,
hundiendo la válvula
en la espuma de la leche, mirando al vacío
-no sé qué es lo que piensa.
En lo que a mí respecta,
ella bien podría estar recordando a mi amante,
recordando lo que sea que haya ocurrido entre ellos-
él nunca me ha dicho nada,
excepto que no fue importante,
y luego cambia rápido de tema,
demasiado rápido,
ahora que lo pienso; ¿sería que él,
después de todo, había mentido?,
¿y no había cruzado brevemente por su cara una
expresión de dolor?
No puedo estar segura.
De seguro no fue nada, me digo a mí misma;
no hay razón para sentirme incómoda aquí parada,
o sentirme cómplice,
como si hubiera algo importante entre nosotras.
Ella podría estar pensando en cualquier cosa; pero,
¿por qué siento ahora la súbita sospecha
de que ella sabe,
de que ella me puede sentir mientras la estudio,
mientras intento imaginarlos juntos?
-su pintura de labios de un rojo oscuro,
más oscuro que su cabello-
mientras intento verlo a él besándola,
volteándola en la cama
en la forma en que le gusta tenerme.
Me pregunto si tal vez había cosas en ella que él prefería,
cosas que él extraña ahora que estamos juntos;
a veces, cuando él y yo hacemos el amor,
hay momentos en los que me abruma la tristeza,
y aunque estoy ahí con él no puedo dejar de pensar
en las manos de mi ex esposo,
que me gustaban de un modo especial,
y quisiera regresar
a esa vieja intimidad,
que a menudo se sentía como la más pura felicidad
que haya conocido, o que vaya a conocer.
Pero todo eso ha acabado; y, además,
¿no hubo otros amantes que no dejaron rastros?
Cuando los veo ahora apenas puedo recordar
cómo se veían desnudos,
o cómo se sentía tenerlos dentro de mí.
Entonces, ¿qué es lo que siento
mientras ella vierte el negro expreso sobre la leche
y empuja la taza hacia mí, y yo le doy el dinero,
y nuestros ojos se encuentran por sólo un segundo,
y nuestros dedos se tocan?


jueves, 10 de enero de 2019

Luisa Futoransky --Llanos del sur

Luisa Futoransky, Bs As, 5 de enero 1939


Llanos del sur

los calmos bergantines las flores más sangrientas los lienzos
de la discordia los panes del milagro

adjetivos y ritos profusamente iluminados
por la luz mala, fosforescente de lo corrupto
se yerguen de la llanura atrás del acero oxidado de sus armaduras
allí donde el ganado abona el suelo
pero las simientes olvidan crecer

extensión de la condena soledad es tu nombre
los vientos fatigados se detienen a contemplarse en tus riachos
pampa de la desesperanza
sólo tu feroz tenacidad hace que entres
por la puerta grande de la tragedia

llano enrojecido
llano del atardecer donde la palabra descubre el secreto
y los pájaros enloquecen de temor

hora en que los elementos son un haz vandálico
un estremecimiento prolongado en el espinazo de los vivos
hora en que los hechiceros soplan las narices de los enfermos
pero no logran felices resultados
hora en que la lejanía y la vecindad de los estrechos
confunde aguas y tierras

únete viento
ven basilisco que es tu turno
huye unicornio por las altas gramíneas
refúgiate en los tapices de las damas
que ya las maderas del presagio
arden en razones de cuidado
y el silencio es un enigma que no predice
un solo día venturoso

entre la cima y el valle
el menor esfuerzo, nada agotador
nada que turbe la indiferencia de las tierras llanas

ciudad cuyo medio propicio es la humedad
pulpo extendido, ambiguo y perezoso
tu abrazo es el ahogo febril que impones a los otros
ansiosa ciudad gris
a la que es necesario ganar palmo a palmo la alegría
ciudad de artilugios y espejismos
con su poder agazapado en las tinieblas
contigo los pactos de honor
están destinados al fracaso
ciudad perdida en estéril oratoria
y en la retórica infernal de los posesos
predispuesta de antemano a la condena

cuando las algas se adueñen de tu estridencia
y el limo se solace en tus bodegas
cuanto te sumerjas en la noche sin espejos
¿quién tendrá piedad por tu arrogancia?

cuando los peces retiren sus ovas
de los recovecos de tus construcciones
otra vez un ingenuo, un loco, un guerrero
un fanático, un ambicioso, o todos ellos juntos
o alguien con todos y más de estos defectos y virtudes
erigirá un fortín en el desierto
y te llamará de alguna nueva o vieja manera
buenos aires


martes, 8 de enero de 2019

Daniel Amiano -sólo hay una cosa más bella que el ruido del hielo en el whisky

Daniel Amiano, Bs As, 2 de febrero 1963 


sólo hay una cosa más bella que el ruido del hielo en el whisky

                                                                                     uno no sabe
                                                                                     uno tiene deseos
                                                                                     que es la suma.
                                                                                                  jack kerouac

nunca trabajé más de la cuenta
anduve con la cabeza puesta en otras cosas
como ser
mirar
la diferencia está en el conocimiento
en la ignorancia, sí
y en las ganas también
de esconderme
eso quería contar, más bien,
pero nunca digo lo que debo
y nadie aplaude
ustedes entienden
sólo hay una cosa más bella que el ruido del hielo en el whisky
a esta altura de mi civilización
yo debería navegar entre planetas
feliz por ser un hombre del futuro
pero entendí sólo una parte
y aquí estoy
balbuceo respuestas que preguntan
entre un insomnio y otro
y de posible técnico en electrónica
astronauta y héroe universal
pasé a ser un poeta desocupado
que boicotea la posibilidad de escribir
puedo confesar lo que no fue
la verdad es esa pared empecinada
en que no exista el otro lado
ya les voy a contar de la cosa más bella
pero el viento de esta noche
se lleva todo
¿ven?
cada golpe esconde un significado
es la velocidad lo que enaltece
llevo en mis oídos la más maravillosa música
pero duermo
y acomodo lecturas incómodas
la culpa es de homero
que no pudo calcular la eternidad
y condenó a su ciudad
y a las ciudades por venir
y a los poetas
a desandar su odisea
todo pasó demasiado rápido
la cama se rompió
y no hay forma de saber si fue el placer o el egoísmo
soy el margen de eso que pienso
y de aquello que me piensa
pero miro
y la ansiedad de mi ojo
se adhiere a las sustancias del deseo
camino sobre el agua hacia el desierto
convencido de que hay una cosa más bella que el ruido del hielo en el whisky
no, no soy inocente
voy hacia el único lugar posible
la maravilla es no pensar
en la estupidez abundan los virtuosos
el error está en el gusto
huyamos pues poetas a leernos
mudos sumisos enemistados
con giros caprichosos de la lengua
que entra y no quiere salir
y se empecina en llegar más más lejos
sin exagerar
hasta donde se debe
todos tenemos esos derechos
como las mulas como el ciempiés como el tigre de bengala
que perdió hasta el paisaje que le contaron
y nos cuentan el paisaje
compramos boletos
apostamos al caucho y la energía eléctrica hecha con viento
o con lo que sea
pero que la heladera funcione
por favor
que la computadora cumpla las órdenes
que la silla nos apoye en el pensar
¡defendamos al árbol que nos da sillas!
sobre ellas vemos los partidos de fútbol

domingo, 6 de enero de 2019

Wendy Guerra -Ropa interior

Wendy Guerra, La Habana, Cuba, 11 de diciembre 1970


Ropa interior

Dejamos sobre las duchas de los hombres nuestros cuerpos
bien amarrados a la tubería solar.
Marcamos territorio como animales en celo
con las trusas saturadas de arena y el olor sideral que los aísla.
En los baños quedan restos del sexo que les hicimos ayer,
agua de flores y velas de vainilla derramada.
Lágrimas rotas en el encaje profano de la madrugada.
He perdido mis aretes disueltos en el jabón de una lujuria breve
y las cremas señor untan tus sábanas, como veneno de diosas
argentadas.
Mira como arrebatamos la libertad de sus mentes.
Abrimos la culpa en el paraguas dilatado de la tarde.
Regresamos con sus hijos ocultándole el verdadero apellido
de sus genes.
En ropa interior leemos nuestras páginas persiguiendo sólo su
deseo,
cada línea de arroz es un gemido.
Puedo esconderme en mis sombreros, sin ser descubierta
¿Adivinan?
Un sayo y un escudo que esquive los golpes del amor.
Hay algo más debajo del sombrero, te lo juro.
Armo el rompecabezas de las palabras sobre la cama,
un plano blanco para patinar desnudos, ropa interior negra, sin
dolor.
y aunque lo diga todo, no llega transparente a tus sentidos.
No lo entiendes. Tendrías que aprender a desnudarme.
Dejamos la antropología de un asentamiento grave,
un asentamiento cercano a esta cultura débil, sexo fuerte,
inseguro, desterrado.
Leo las líneas que subraya el editor pero no fumo,
no alivio mi ansiedad y ya no puedo olvidar lo que he vivido.
Tu baño aún conserva mis pociones, mis esencias, mi estela,
mi estampida,
guardo un tren, un alcatraz, una libélula
y la foto de espaldas que me hicieron dormida.
No soy encaje, ni concha ni malvada,
no es sólo lo que ves, porque me he ido.
Mis ideas son más que las espaldas profundas que ves en el
museo.
Soy mi texto y lo que trato de ocultar en el peligro de la
supervivencia,
ropa interior en frasco de otro baño. Otra humedad, mucho frío.
Los abrigos no existen, se regalan a otra mujer que fui en el
ritual ajeno.
no hay nieve en el país y aunque rompa a llorar eternamente,
Solo en ropa interior logro salvarme.
Dejo mis textos en tu casa pero hay más,
más frívolo y profundo, más pagano. Escribo en los espejos y te
encuentras
nadando en este olvido de artificio
Tus ojos curioseando en la cartera,
buceando en el pasado como un niño. Sólo ves:
las fotos de la infancia con mi madre.

viernes, 4 de enero de 2019

Stefano Benni -Negra? No se ve?...

Stefano Benni, Bolonia 12 de agosto 1947
Versión Lino Mondino


Negra? No se ve?
Cantante? Escuchame y vas a ver
Puta? Sí, también hice eso.
Y también bebo como cuatro hombres.
No me das miedo, he tocado en lugares peores que este
En el bar de cow boys en el sur donde me escupían encima
En una ciudad donde el mismo día tenían un negro
En Nueva Orleans donde un diablo a la moda
Cada noche me regalaba flores de droga
Y en chicago me enamoré de un trompetista sifilítico
Y a la salida de la noche me han roto la boca
Bajo la lluvia de una estación a la otra
Lady canta el blues

Negra? Sí, pero estoy acostumbrada.
Cantante? Canto como una jaula de aves
Notas graves y altas, y todo el repertorio
Puedo volar como esas bellas cantantes de las películas
Y luego te puedo poner una balada en el corazón
Querés a strange fruit? Querés Midnight train?
Puedo cantartela también de borracha
O con un cuchillo en la espalda
O llena de whisky y más, porque soy una santa
Y mi altar está en el humo de este escenario
Dove lady canta el blues

Negra? Negra y hermosa, amigo
Cantante? No sé hacer otra cosa.
Puta? Bueno sí también hice eso
Y bebo como cuatro hombres
No me toqués o te rasguño esa hermosa cara blanca
Cubiertos el vaso, abran lo poco que tengan de corazón
Cállense y escuchen yo canto
Como si fuera la última vez
Silencio, desgraciados inclínense
Lady canta el blues

Y cuando vuelvan a casa digan
Oí cantar a un ángel.
Con alas de mármol y satén
Apestaba a whisky era negra puta y enferma
Digan mi nombre a todos, no me olviden
Soy la reina de un reino de trapos
Soy la voz del sol en los campos de algodón
Soy la voz negra llena de luz
Soy la dama que canta el blues
Ah, me olvidaba... y me llamo billie.
Billie vacaciones

miércoles, 2 de enero de 2019

Erica Jong -Envidia del pene

Erica Jong, Nueva York, 26 de marzo 1942
Traducción Beth Miller


Envidia del pene

Envidio a los hombres que pueden anhelar
con infinita vaciedad
el cuerpo de una mujer,
que esperan que su anhelo
haga un niño,
que su oquedad misma
fertilice lo oscuro.
Las mujeres no se hacen ilusiones sobre esto,
ya que son a la vez
casas y túneles,
copas y las que escancian el vino,
ya que conocen el vacío como estado temporal
entre dos plenitudes,
y no ven en ello ningún romance.
Si yo fuera hombre,
condenado a esa infinita vaciedad,
y no teniendo alternativa,
encontraría, como los otros, sin duda,
una mujer
para bautizarla Vientre de Luna,
Madona, Diosa del Cabello de Oro
y hacerla tienda de mi deseo,
paracaídas de seda de mi lujuria,
icono ojiazul de mi sagrada comezón sexual,
madre de mi hambre.
Pero ya que soy mujer,
debo no sólo inspirar el poema
sino también escribirlo a máquina,
no sólo concebir al niño
sino también darlo a luz,
no sólo dar a luz al niño
sino también bañarlo,
no sólo bañar al niño
sino también alimentarlo,
no sólo alimentar al niño
sino también llevarlo
a todas partes, a todas partes…
mientras que los hombres escriben poemas
sobre los misterios de la maternidad.
Envidio a los hombres que pueden anhelar
con infinita vaciedad.


domingo, 30 de diciembre de 2018

Irene Gruss -Hoja en la tormenta

Irene Gruss, Bs As, 31 de agosto 1950 – Bs As, 25 de diciembre 2018


Hoja en la tormenta

                                                             Un relato no necesita heroínas.
                                                                                     Mónica Tracey

No me vengan a hablar de
desolación, una hoja en la tormenta
hoja infante, de quién va
a cubrir a esta hoja –no de papel, no de tinta–
ni hoja pequeñita, desvalida en
la tormenta. Arrecia, arrecia
tempestad, lastima
ya no la raíz, la nervadura,
marca que carga la hoja
como genealogía o simple adorno. No
me vengan a hablar de fortaleza, firme la caída
el vuelo hacia arriba hacia abajo
el concienzudo tocar tierra (ni siquiera
fondo) de la hoja. No me vengan con
el gris dorado verde
de la vida, pavana para una hoja, corcel
que va a salvarla, no me vengan a hablar de
la canción de la intemperie, de que de esto
se trata ni vengan a decir, declinar
en subjuntivo la memoria o la falta,
ni a clamar declamando la hoja se cae por sí sola,
arrecia tempestad, fulmina de una vez
con la luz la electricidad
de un rayo, arde de impaciencia el objeto
aquí tomado, ardería aún más si
algo –un roce– pero no, la hoja
elige no me vengan a hablar
de destino pagar caro el precio la responsabilidad

(largo
invento)
la omnipotente la débil como una
hoja en la tormenta ni mencionen al viril
árbol que muere de pie, ella ha visto caer
árboles hojas sostenerse de la nada desprenderse
ahora sí de la raíz de la razón del sexo
tiemblen ciudadanos, nunca de la historia
el mundo alrededor y ella no en el centro,
quizás en el borde, andar doble filo doble juego
de la hoja
haciendo –mal gerundio– mal y bien
cortó el pan y la carne no me vengan a
hablar de
inocencia, más quisiera la infanta
ni vengan a decir
la perdida o
la que perdió ni
se sufre se sufre demasiado
no vengan a bailarle encima ni a
quitarle el baile, bamboleo embriagador,
faltaba el amor, no me vengan
con el cuento hoja en la
tormenta, arrecia la furia
la iniquidad el asombro no vengan con
que de esto no se habla con que de esto
ni hablar no me vengan con el sol
otra vez y aquí no ha pasado
nada la nada la trascendencia lo que queda es la obra,
el devenir circunstancia causa-efecto ensayo-error
de la hoja
qué le pasa qué pretende
por qué no lo consigue no me vengan
a hablar no me vengan a hablar
la hoja es
una hoja, suave
objeto, tema
con tormenta.

viernes, 28 de diciembre de 2018

Francisca Camelo -A4

Francisca Camelo, Oporto, 20 de mayo 1990 
Versión Mijail Lamas


A4 

a pesar de
haber nacido sagitario
confirmo que cuando
me entra rabia
café adentro
cruzándose con el cigarro
en el sureste, no hay mucho que
pueda hacer para detener
a saturno en el último diálogo:
para el adiós sólo sobran
fórmulas viejas y con el
tiempo aprendes a elegir
cuidadosamente
palabras que quepan
en un formato móvil, algo que
pueda cargarse enteramente.
que no te engañen las memorias
debe fingirse algún
alivio en la partida.
un automatismo es este
juego, tachar amores como
poemas, el escapismo
la única honestidad
de la presencia: salir volver
como quien dice
voy a la cocina a
prepárame un café
o: necesito ir al puesto de periódicos
a ver en el horóscopo
si ahora sí el carnero
arde solo
en el pasto.


miércoles, 26 de diciembre de 2018

Ruth Fainlight -La medialuna

Ruth Fainlight, Nueva York, 2 de mayo 1931
Traducción Mirko Lauer


La medialuna

Mi barra de crema de cacao se ha gastado
hasta formar la misma medialuna
que fue lo primero que advertí
sobre el lápiz labial de mi madre.
Marcaba la presión de su existencia
sobre el mundo de la materia.

Imaginen la severa fijeza
de mi mirada, observándola untar
la brillante grasa sobre sus labios
desde un tubo lustroso como una bala.
La forma en que ella la alisaba
con la punta del meñique
(la traza que dejaba, aun luego
de lavarse las manos, explicaba
lo de “dedito rosado”) y su lengua puntiaguda
lamiendo como la de un gatito,
fascinaba, irritaba.

Era parte del misterio de
los sostenes, las polleras y las carteras
cuyo significado era ser adulto. Yo pensaba
que a mis propios talones les tendría que salir
una suerte de espolón que se insertara
en el agujero interior de los tacos altos.

Ahora estoy más tranquila y ya no
me pinto los labios salvo con esto,
pálido como un cadáver kosher
o una vela votiva,
la cera cuajada por un costado,
como si enfrentara al viento
que sopla desde el pasado, llama
reflejada como una luna creciente
contra una nube
en el estanque de luz derretida.

Porto el signo de la luna
y mi madre, un talismán
en un pequeño tubo de plástico
dentro de mi cartera, una reliquia santa
fundida por los besos
de los creyentes, y cada vez
que me suavizo los labios con el ungüento
los siento fruncirse y estirarse
en la eterna sonrisa
de su sobrevivencia a través de mí,
siento su boca sobre la mía.