viernes, 20 de julio de 2018

Rafael Felipe Oteriño -Miro hacia atrás y estás tú

Rafael Felipe Oteriño, La Plata, 13 de mayo 1945


Miro hacia atrás y estás tú

                                                                 (a mi padre)

Solo, como es posible estar a cierta edad de la vida,
oyendo cómo resuena la brújula del amor, la brújula ciega,
la brújula dormida para siempre en su lecho de piedras:
miro hacia atrás y estás tú,
tu paso cada vez más lento en el suelo de lavandas,
tus manos transparentes, con la malicia del adiós.

Tal vez el verano deje pasar su gota indemne;
pero yo sé por qué odio las voces del invierno;
conozco mi rencor a sus uñas mugrientas:
no quiero verte a ti ni a mí bajo su toldo inmóvil,
no quiero saber nada de su orín helado
junto a nuestras desmemorias.

Somos hijos del sol que en su corazón buscan la cima;
yo en tus manos fui el pájaro dócil que se acerca a beber,
tú la montaña que demasiado tarde abrió su paso.
Mi temor es no haber guardado toda la harina que pedirá la boca,
mi miedo es haber perdido ese instante.

¿Y cómo oscurecer los vidrios para no hacer caso a la lluvia?
¿Qué almohadas de cera echar contra las puertas hasta que llegue el sueño?
¿Cómo —dime— nos defenderemos de la tristeza de los techos,
del crujido de las hojas que han comenzado a caer?

miércoles, 18 de julio de 2018

Macky Corbalán -Humanos

Macky Corbalán, Cutral Co, 19 de junio 1963 - Neuquén, 14 de septiembre 2014 


Humanos

Leo en ellos como en páginas escritas.
Atravieso sus órganos opacos, su piel,
el susceptible hilado de los nervios.
Es lo de siempre, lo de cada época:
rencillas, acuerdos y desánimo. Una cosa
no entiendo: esa oscura,
repentina agitación
cuando recuerdan.


Algo clama por la atención del gato
que, desde su somnolencia, se yergue
y husmea el aire; como en el resto
de las cosas esenciales,
no hay nada allí que nosotros
podamos ver.


Fuera de esta habitación,
los perros inician su inacabable
perorata nocturna, los gatos se hacen
uno con el muro y crece,
en el mundo

una jerga animal que no me es extraña:
sube por tus ojos antes
de tocar mi cuerpo.



Los lamentos, las sirenas,
los disparos,
son el sudor de esta
noche ardiente.
Los lamentos.
Las sirenas.
Los disparos.
Dios respira con dificultad
en la cama de mis padres.


Estoy lejos,
en la orilla, pero aún así
alcanzo a ver:
camina sobre las aguas
encrespadas,
distraídamente. Un paso sucede
a otro, y su espalda se encorva
por el peso del milagro;
se nota.
No quiere no caer;
en la angosta calleja de
una sola dirección que es
su mente, desea
hundirse como cualquier cristiano,
hundirse,
hundirse. Y no tener que
pensar en duraznos,
dulces de frutillas,
mecanos de rosas,
chocolates con almendras -nunca con maníes-.
Algo más se agita en su alma
de tela rasgada: no debería hacer
sucumbir las leyes (las de la
física en este momento; las de la escritura,
más tarde, cuando se siente y escriba
del amor cuando aún sufre y no recuerda).
Qué más da.
Tarde o temprano deberá
salir del agua,
y quizás sea la tierra la que
se la trague, para no tener que ver
en su habitación,
las velas que arden alrededor
de esos huecos en la almohada vacía.


¿Quién se acerca
desde el vibrante labio del horizonte,
protegido por la cegadora luz blanca?
Quisiera creer que todos lo ven,
y lo esperan. (Pero ¿por qué lo pienso
en masculino? ¿Acaso mi mente puede leer
lo que se acerca y cuando esto es poderoso
lo imagina hombre?)
Miro a los costados,
nadie parece compartir mi digresión,
esta ansiedad, el aire de temor.
Se mueve detenido por la lejanía.
Aquí, en este lugar de la espera,
todo sigue igual: casas y tumbas se
chupan a los seres con igual codicia;
la piel se enciende en los sueños,
los sueños se acaban cuando empieza el día,
el día termina apenas abiertos los ojos.
Pero, ¿cuándo? ¿y ese gesto de los perros,
ese dejo de terror? Parecieran tener cajas en
la lengua y un movimiento
continuo en la cabeza
(dentro de la cabeza).
No hay nada: ni cámaras ni música ambientando
el final feliz. No hay final feliz.
No hay aliento, no hay afuera,
no hay siquiera UN intento
por anonadarse
con éxito.
Y quien viene,
sin llegar.


Entre morir
o vivir, elijo
callar.

lunes, 16 de julio de 2018

Gonzalo Arango -Mi sobrenada

Gonzalo Arango, Andes, 18 de enero 1931-Colombia, 25 de septiembre 1976


Mi sobrenada

el sobretodo es mi mejor amigo
bebemos vino de consagrar en los viñedos
y nos emborrachamos,
compartimos el amor con las mujeres.
mi sobretodo es sensual y seductor.
en la cárcel era un colchón
en los prostíbulos era un refugio
con las manos hundidas en los bolsillos
que me salvaba del naufragio de los besos baratos.
en el invierno me defendía de la lluvia
y en el verano era una sombra luminosa.
mi sobretodo era una incitación voluptuosa a la pereza,
al calor, al heroísmo, al amor, al invierno.
en los momentos de peligro me hacía pasar por detective
y me daba un aire respetable de gran señor del hampa.
mi cuerpo se pierde en él cuando me persiguen,
en mi buena época del parlamento él hablaba por mí:
silencioso
tímido
elocuente.
ha sido una bella disculpa
para eludir serias responsabilidades históricas.
mi sobretodo es a veces el lecho del amor
en los sitios despoblados de la ciudad
tiene un oculto sabor de pecado prohibido.
mi sobretodo es un gran honor.
tiene más historia que una alfombra mágica.
yo lo consagro como el receptáculo privilegiado
donde algunas mujeres tendieron su columna vertebral
completamente desnudas
de cara al sol o a la noche.
mi sobretodo es testigo de la ternura y el terror.
fue acariciado por manos sofocadas de mujer
y desgarrado por puñales de odio.
mi sobretodo tiene quemaduras de tabaco
y huellas de disparos asesinos
y marcas sospechosas de labios rojos.
yo lo empeño por 8 pesos en los momentos de apuro,
mi sobretodo está saturado de sudor animal
tiene residuos de manchas de sangre y aceite...
sonidos vegetales.
cuando no llueve y hace calor me lo quito
me hundo en la noche oscura y mojada
o me hundo en el día lleno de sol, seco.
mi sobretodo es humano y feo
y todos los domingos guarda en sus bolsillos

sábado, 14 de julio de 2018

Roberto Daniel Malatesta -El ojo de la muerte

Roberto Daniel Malatesta, Sta. Fe, 27 de diciembre 1961


El ojo de la muerte

La siesta guiña con el ojo de la muerte
en la autopista, la inundación
ciñéndola como un trapo sucio.
No vimos serpientes ni oímos chistidos,
sólo en la curva, que no vi, oí tu voz
pronunciando mi nombre, el volantazo,
podría haber asustando a una bandada,
la bandada salió de tu boca y el auto
siguió firme su rumbo, más allá,
al destino que nos quería juntos.
Nos detuvimos a tomar café en la estación,
todas las paradas, en largos viajes, son iguales,
se parecen a una feria y uno no sabe
cual es el que lleva la marca en la frente,
ni la chica que expende café,
ni el hombre que carga combustible lo saben,
aunque conviven con el que pasa y la lleva,
aunque se huela algo más que nafta.
Bebimos, volvimos al auto y ensayamos
un corto sueño, ni más ni menos,
un corto sueño como la vida.
Volvimos por la carretera, ahora vos
conducías, y yo custodiaba, pobres armas,
pero nuestras, endebles, pero conformando
un solo cuerpo. Debíamos arribar, y lo hicimos.

jueves, 12 de julio de 2018

Yu Jian -La piedra de Katajuta

Yu Jian, Kunming, China, 22 de agosto 1954
Traducción Miguel Ángel Petrecca


La piedra de Katajuta

Acá estoy en un valle en las montañas de Katajuta
famoso destino turístico de Australia
parado en esta fortaleza de piedra del país
Por todas partes_____una cantidad sin fin de piedras
aborígenes color ocre_____como huevos dejados por quién
con pequeños pájaros adentro_____que podrían salir un día
Mientras imagino qué tipo de pájaro sería_____jugueteo con una
hasta que los pasos del sol cayendo sobre el cañón me alcanzan
y tengo que decidir_____si llevármela o no_____es tan hermosa
dándola vuelta_____de repente me doy cuenta_____su parecido
con los habitantes de acá_____la escultura de una cabeza quemada por el sol
lo mejor sería colocarla en mi biblioteca_____De esta piedra a mi casa
hay más de 6000 kilómetros_____en toda China sería única_____Me decido
Rodeando furtivamente los carteles_____la escondo en mi mochila
y vuelvo al hotel_____ Sin embargo no logro dormirme_____ parece que hubiera traído
un especie de fuego salvaje_____su cuerpo no se adapta a este habitación con olor a shampoo
en medio de la noche rompe su caparazón_____bailo con fuego en mis manos
dando vueltas_____ medito_____sobre cómo hacerla pasar la aduana
sólo es una piedra_____ pero por qué quiero llevarla_____ por qué?
no es por ejemplo_____ una joya_____ o lana_____ un crema facial_____una estampilla_____ sino
una piedra_____No estoy seguro_____ tal vez por su parecido con los nativos de acá?
tal vez porque podrían salirle alas?_____ puede ella hacer
que un gordo comehamburguesas de la aduana_____ de golpe
se convierta en un detective suspicaz_____ buscando tenazmente
un móvil detrás_____ asociándome con alguna parte medio oscura del mundo
por ejemplo_____con un anacrónico traficante de esclavos?
Me gusta esta piedra_____ fuerza primal divina_____ conmovedora
demasiadas cosas artificiales_____ya me han vuelto insensible
Pero a la vez me pregunto_____ si este pequeño robo no ofenderá
a algún dios de la montaña_____ Entre las piedras de Katajuta
sentí todo el tiempo su presencia__________ No administraba el parque
no recaudaba entradas_____ Pero silencioso_____ oculto_____ planeaba sobre todo
A veces_____un indio de pelo enrulado y ojos brillantes
me sonreía furtivo_____en cuclillas al borde del bosque_____Otra vez
vi una lagartija llena de estrías_____ bajando por el tronco de un árbol
como un viejo monarca sobre su alfombra real__________y temblé de miedo
En Australia_____ igual que un avestruz_____ guardando una piedra pasé toda una noche
lleno de suspicacia__________Cuando amaneció__________ atemorizado
la coloqué de vuelta afuera del hotel_____ en un páramo_____ otro páramo
distinto_____ Agarré una pequeño objeto de este planeta
y lo moví_____182 km. hacia el sur__________De esta forma
secretamente alteré el orden_____ de este mundo
pero espero que mi pequeña travesura_____ no me atraiga ninguna desgracia

martes, 10 de julio de 2018

Jorge Riechmann -Tanto abril en octubre

Jorge Riechmann, Madrid, 24 de marzo 1962


Tanto abril en octubre

                                                            «Cuando a la casa del lenguaje se le vuela el tejado 
                                                            y las palabras no guarecen, yo hablo»
                                                                                                                 Alejandra Pizarnik


1

Tanto dolor escrito en este cuerpo.
Tanta luz anegada en estos ojos claros.
La rosa es sin porqué
—ya lo sabías.
El dolor nunca tiene para qué.


2

En el hospital el tiempo es otro tiempo.
Sigue pautas distintas:
leche caliente a las cuatro y a las once,
desayuno a las nueve,
tantos medicamentos en vasitos de plástico,
tomar la tensión por la mañana y por la noche,
visita de los médicos a las diez más o menos,
la comida a la una, tan temprano...
Lo que desaparece es la impaciencia.
La habitación es un vagón de ferrocarril
y el tren no va a llegar a su destino
antes de tres semanas.
Una visita ha observado
que el Madrid que se ve desde este piso décimo
es un óleo de Antonio López.


3

Después de la mitoxantrona
orinas azul.
Cerca agoniza un muchacho
a quien han serrado la pierna en la cadera:
cercenada pesaba treinta y cinco kilos,
más peso que el resto de su cuerpo ahora.
Un mesmerizador lo hipnotiza
para que no quiera morir
aunque se muere.
Tú orinas un azul
contiguo a esa agonía.


4

Estas enfermedades se llevan muchas cosas.
Lo que queda
me atrevo a llamarlo esencial.
Por ejemplo: estás viva. Te amo.


5

El café con leche cuesta ochenta pesetas.
El zumo de naranja natural, doscientas.
Un litro y medio de agua
mineral cuesta ciento veinticinco.
El tratamiento —que paga
la Seguridad Social— de seis a ocho millones.


6

A veces he pensado que ya estabas muerta
y yo vivía alguna vida sin ti,
quizá con otra mujer.

La libertad de un duelo.
Me imagino releyendo los cuadernos de tu mano
escritos con esa letra que tú juzgabas tan fea.

Entonces me doy cuenta de que esa vida
es un pozo seco que en realidad no imagino
y no tendría que ver conmigo nada,
nada.


7

De pie detrás de ti
te rodeo la cintura con los brazos
mientras te inclinas para lavarte la cara
(esta mañana te desvaneciste
y volviste luego con un minuto de terror
sobre la lengua).
Te sostengo para que no caigas,
mi carne junto a tu carne.

Mientras estamos así
pienso en todas las veces que estuvimos así
pero mi carne dentro de tu carne
pero tu carne envolviendo mi carne.

Y de repente eres tú quien me estás sosteniendo
para que yo no caiga.


8

Sueñas
que queman por dentro a un caballo

y al día siguiente empieza la fiebre.


9

El tónico facial y la crema hidratante
hasta con treinta y nueve grados.
Hasta cuando eso representa más trabajo
que el de la jornada en que más hayas trabajado en tu vida.
Todo ese trabajo
para salvar la tersura de la piel

salvar la vida y el mundo
que hoy dependen de la tersura de la piel.


10

Un archipiélago de pequeñas estrellas de sangre
sobre los muslos.
Tienes sólo doce mil plaquetas hoy.
Han bautizado a tus estrellitas petequias.


11

Eres sagrada
Tu orina huele mal
eres sagrada
Se te cae el hermoso pelo negro
eres sagrada
Las piernas no te sostienen
eres sagrada
Las heridas no cicatrizan
eres sagrada
Sin morfina no aguantas las llagas de la boca
eres sagrada
eres sagrada
y por eso mañana baja la fiebre
baja la fiebre azul
empieza el día de tu restitución.


12

Ya pasó, ya pasó, y sólo quedan
los chiquillos jineteando sus mountain-bikes en el baldío
—más allá del aparcamiento, diminutos
desde la planta décima—
y esa gota de sangre sobre los cubiertos de plástico.

domingo, 8 de julio de 2018

Roberto Guareschi -No te vayas sin mirarme

Roberto Guareschi, CABA, 2 de noviembre 1945


No te vayas sin mirarme

La muerte se lleva primero tus ojos y
deja espejos húmedos
hondos en tu cráneo.
¿Te vas?
Tus dedos jóvenes se agarran
a la correa de mi reloj.
¿Soy una luz que se aleja de vos?
Mamá, ¿en qué lugar de tu memoria estás?
La fiebre adelgaza tu piel
la pega a tus huesos
finita como agua brillante
tantas veces tu piel me ha dado miedo.
¿Escuchás las voces de otras viejas?
Te están soñando inmóviles
en camas hondas como cunas
esta noche de misa.
Tu pecho hace ruido
tan pequeño y tanto ruido
cada respiro termina
en una pausa demasiado larga
cada respiro es una ola que boquea en la arena
pequeña madre
tu cuerpo tiene el olor hiriente
de un cuarto cerrado y húmedo hace años,
pasé la infancia en una historia de ese cuarto
pero tu olor entonces era dulce,
el de los paraísos florecidos,
y los mediodías tenían color de mandarinas en el pasto.
Tus ojos parecían celestes
y tus piernas lujosas
plegadas a mi lado en un banco de plaza
eran un recuerdo de alegría para siempre.
Pero esos ojos no eran celestes ni dichosos
tenían una tristeza insomne
y aquellas piernas eran miedo
que me cerraba la garganta
para que no se me escapara el cuerpo.
Tu piano canta todavía en aquel cuarto vacío
notas húmedas que resbalan en mi cara.
¿Y yo qué hago?
Dejame mamá
las viejas ya están ululando.
¿Qué dicen?
¿Morir tiene este ruido y este olor?
¿tiene palabras?
Te quiero mucho
Yo también
dice tu voz sin aire
tu boca es un abismo negro
y mi voz
mi voz es un escándalo
soy Roberto
no te vayas sin mirarme.

viernes, 6 de julio de 2018

Muhamma Al Mahut -Arden las palabras

Muhamma Al Mahut, Salamiya, Siria, 25 de enero 1934 – Damasco, Siria, 3 de abril 2006
Traducción María Luisa Prieto


Arden las palabras

Poesía, inmortal cadáver, me aburres.
Líbano arde,
Brinca cual yegua herida al borde del desierto
Mientras yo busco a una chica robusta
Para rozarla en el autobús,
A un hombre de rasgos árabes
Para derribarlo en cualquier sitio.
Mi país se desploma,
Tiembla desnudo cual cachorro de león
Mientras yo busco un rincón retirado
Y a una aldeana desesperada para seducirla.
Diosa de la poesía
Que penetras en mi corazón cual cuchillo
Cuando pienso que compongo poemas
A una chica desconocida,
A un país mudo
Que come y duerme con cualquiera.
Puedo reírme hasta que la sangre
Fluya por mis labios.
Yo soy la flor letal,
El águila que golpea a su presa sin piedad.
Árabes,
Montañas de harina y placer,
Campos de balas ciegas,
¿queréis un poema sobre Palestina,
sobre conquista y sangre?
Yo soy un hombre extraño:
Tengo el pecho de lluvia
Y en mis ojos ausentes
Hay cuatro naciones heridas buscando su muerte.
Estaba hambriento,
Escuchando la triste música
Y dando vueltas en la cama cual gusano de seda
Cuando saltó la primera chispa.
Desierto: tú mientes.
¿Para quién es esta muerte púrpura
y la flor recogida bajo el puente?
¿Para quiénes son estas tumbas
inclinadas bajo las estrellas,
esta arena que nos das
cada año cual cárcel o poema?
Ayer regresó este héroe de labios delgados
Acompañado por el viento, los tristes cañones
Y su larga lanza brillando cual puñales desnudos.
Dadle un anciano o una prostituta,
Dadle estas estrellas y las arenas judías.
Allí
En medio de la frente
Donde cientos de palabras agonizan
Quiero la bala de gracia.
Hermanos,
He olvidado vuestros rasgos,
Aquellos seductores ojos.
¡Dios mío!
Cuatro continentes heridos en mi pecho.
Creía que conquistaría el mundo
Con mis ojos azules y mi mirada poética.
Líbano: mujer blanca bajo el agua,
Montañas de pechos y garras.
Grita, mudo,
Alza los brazos
Hasta que estallen las axilas
Y sígueme.
Yo soy el barco vacío,
El viento cubierto de campanas.
Sobre los rostros de las madres y los cautivos,
Sobre los versos y metros decadentes
Verteré fuentes de miel,
Escribiré sobre árboles o zapatos,
Rosas o muchachos.
Aléjate, desgracia,
Bello muchacho encorvado.
Mis dedos son largos cual agujas
Y mis ojos son dos héroes heridos.
Desde hoy no habrá versos.
Cuando te derriben, Líbano,
Y se acaben las noches de poesía y frivolidad
Dispararé la bala en mi garganta.

miércoles, 4 de julio de 2018

Elizabeth Azcona Cranwell -Si el espacio es distancia

Elizabeth Azcona Cranwell, Bs As, 10 de marzo 1933 – Bs As, 2 de diciembre 2004


Si el espacio es distancia

Quizá porque era invierno entonces
con persistencia de hojas concluidas
invierno no elegido
apenas un lugar para partir el vino
y entender esa zona baldía
entre el vértigo y toda permanencia.

Cualquier forma de hablar nos fue lejana
porque siempre ignoré tu despertar
caído desde un sueño mutable
tu despertar tan nuevo en la memoria
como es nuevo el amar
y otro el murmullo de la nieve
ahora que otra vez es invierno
en un pronto país desconocido
y hemos quedado a espaldas del amor.

Quizá porque mis manos son de muro
y me apartan de ti
manos libres que nunca quisieron apresarte
acaso aquel furor huyó
por la pared de vidrio entre mis dedos.
Qué incandescencia les faltó a los días
qué chasquido del sol, qué voluntad de noche
qué giro de la gracia entre las hojas?

O es que el amor es otro,
siempre lejos, muy otro
fuera de toda unión posible
y del silencio revelado?

Hablo para reconocernos.

lunes, 2 de julio de 2018

Guillermo Carnero -Muerte en Venecia

Guillermo Carnero, Valencia, España, 23 de mayo 1947


Muerte en Venecia

Detlev Spinell, son aquí debajo
de la muerte.
La sangre de la noche
por el parque, las alas de la noche
por el agua del parque, hasta la sangre
los ojos submarinos, las palomas,
el negro viento de su pelo, el agua
por el kiosko, por las porcelanas
azules, por los álamos, la orilla
de la noche, los mimbres destejidos
de la noche.
Debajo de su nombre,
del borroso marchamo, demasiada
fue su belleza por entre las barbas
de los antepasados, los blasones
y el yeso colorado de los culos
de los ángeles.
Mira: no es el pájaro
debatiendo su herida en el teclado
ni es la cuerda que gime ni el antiguo
sonido de su nombre, ni los tilos
ni el sol sobre la nieve.
Aquí debajo,
Detlev Spinell, de la muerte, al fondo
de las playas que rozan las palomas
de sus dedos, debajo de la muerte,
ya has olvidado el nombre de los bancos
de madera, la grava del camino,
las sombrillas de seda, los rugidos
de un presentido mar, mira la horrible
presencia de las cosas, los zarpazos
del sol, rugen las flores, se despliegan
los dientes de la noche, arriba sombra,
el martillo del mar, amor, oh noche
debajo de la muerte!
Se ha rizado
muy tenuemente el mar, o era su pelo,
se levanta cantando entre el tiznado
desnudo de los árboles, o el viento
ya quebrantado de su pelo, ola
por el monte lluvioso, hacia los viejos
sonidos de la vida, su lejana
adolescencia.
No, ni en el piano
ni en su muerto cabello, no, debajo
de la muerte renace, ni en las fotos
amarillas, debajo de la muerte,
en la ola de hoy se ha creado
su pasada belleza.
Ahora recoge
tu viejo libro. Pola, la sirena,
il vaporetto, las palomas grises
su belleza la ola pronto el viejo
maletín, hacia el puerto, hacia Venecia,
hacia ninguna parte.
El afilado
grito desde la nieve, desde el hueco
bramido de la noche los zapatos
de viaje deprisa allí la muerte
la arena, aquel sonido como el largo
vuelo de las gaviotas, allí tienes
Detlev Spinell deprisa la capa
de viaje tu muerte pronto, tienes
que llegar
el sombrero de los músicos
la pasarela, el Lido, las palomas,
und bon jour, euer Exzellenz!
la ola
ya está muy lejos, Venecia, tu muerte,
Detlev Spinell, has sentido el largo
sonido anticipado, ve, tu muerte,
rescata la belleza de su inútil adolescencia.
Una vez más el silencioso resbalar de la góndola, casi
para tocar hacia la sangre un ramillete de frío,
para mirar al fondo de los derrumbaderos de la noche.
Como tantas otras veces, hacia la laguna,
despacio, desde ese ligero puñado de fresas,
tantas y tantas veces por entre los leones de piedra
y las columnillas transparentes de mármol, su delgado racimo de sangre,
tantas veces entre el aire mordido por las gárgolas,

Etc...

sábado, 30 de junio de 2018

Xiao Kaiyu -Años ochenta

Xiao Kaiyu, Sichuan, China, 23 de mayo 1960
Traducción Miguel Ángel Petrecca


Años ochenta 

La primera vez que nos vinos (dónde?) vestías con ropa de fotógrafo;
hablamos de cualquier cosa y también comimos (creo) algo.
La segunda vez (o la primera?), de imprevisto,
viniste a mi casa prestada, con la noticia de la muerte de Haizi.
Yo ya había enviado mis condolencias pero me hundí de nuevo en la aflicción;
cuando murió mi abuelo me sentí ahogado
pero esta vez parecía como si no fuera un muerto,
aunque el muerto era uno más entre los muertos,
y ni siquiera me gustaba su poesía. Lo mismo vos.
Tu punto de vista te trajo lágrimas? Yo un poco admiraba
la audacia del muerto, aunque no quisiera admitirlo. Encontré
tu casa, busqué y no encontré, pero en ese lugar
no viviste mucho tiempo. Ahí vimos películas,
freímos rodajas de papas y bebimos cerveza.
No encontré la casa de tus padres. Ellos pensaban
que la poesía era para vos una excusa para la vagancia.
No estaban equivocados. En tu casa temporaria
yo escribí varios poemas y una novela, vos escribiste mucho más.
Alegría en medio de la tragedia, desaliento y esperanza mezclados;
levantarse a la tarde, el sol alto en la ventana, y adelante
campos sin trabajar: esa era la mañana del noctámbulo!
Ibamos a la librería a robar y a comprar, el botín era grande,
la noche larga; al saber viejo se sumaba un hartazgo nuevo.
Qué impresión sacabas de tus visitas a mi casa? Eso era el campo,
y no el campo de tu imaginación, mi casa apenas
podía llamarse casa, el pequeño pueblo no es un pueblo,
ambos me expulsaban. No estaba nada mal ahí,
vivía arriba del director del hospital, junto a la enfermería,
alteraba las cosas y personas
de la calle, y el río Kai resonante
me daba mis palabras. En los atardeceres de ese verano no hubiera pensado
que los años pronto me pasarían por arriba. Me he acostumbrado.
Lo que deseaba se alteró ligeramente, desapareció de golpe.
Callejones, caras conocidas, insultos…
El desenlace de una partida de ajedrez en una casa de te al pie de la montaña.
De los personajes que habitaban en aquellos poemas que me diste sólo resto yo,
yo no vivo ahí. Intenté recuperar
aquel yo. Fue en vano. Te mudaste a Beijing.
Chengdu no era tu ciudad, Beijing tampoco lo es.
Caminás rodeado por un círculo de sombra. Escribís el nombre del lugar,
o dibujás de golpe unos pechos en tu cuaderno. No cambiaste.
De haber cambiado, el día no sería día,
la noche no sería noche. Yo, por mi parte, me muevo lento
como si protestara. El papel blanco te encierra en la punta del lápiz,
no hay tiempo, tampoco hay espera.
Puedo ir a la estación a buscarte. En cualquier momento, cualquier estación.

jueves, 28 de junio de 2018

Javier Cófreces -Poemas del Luján

Javier Cófreces, Bs As, 21 de septiembre 1957


Poemas del Luján
                                                                         a Matías y Mario Mercuri

I
El río es una alfombra marrón
que se mueve
en dirección opuesta
debajo de nuestra canoa roja
Y la costa verde son brazos
que cierran o acompañan
el derrotero
Brazos que se aproximan
y estrechan el cauce
Brazos que se disparan
en amplitudes
y extienden la alfombra marrón
cada vez más ancha y correntosa.

II
Las viejas casas
están abandonadas
Conservan la belleza
de las construcciones del delta
Un par de metros
las separa del suelo inundable
copado por vegetación de todo tipo
Tierra fértil
de las islas
Resaca que baña las costas
inflamadas de verde
a todo paso
Los muelles rotos
se suceden
También los botes destartalados
amarrados a ruinas
Hay una lenta cadencia
El río pasa
junto a aquello que se fue
y deja marcas
salpicadas de olvido.

III
Los rayos se clavan en el suelo
la furia eléctrica espanta patos
que levantan vuelo
con el tronar
Un estrépito sacude el monte
tras otro
tras otro
Los destellos crispan
la oscuridad de la tarde
La tormenta estalla
a nuestro alrededor
Una fiera de aire
acecha.

IV
Un caudal de más
desdibuja la costa
Los márgenes son virtuales
El lecho rebosa
pleno y máximo
de agua y correntada
El brazo tan ancho
delata
la fuerza de la crecida.

V
Los pescadores sin orilla
de costa desdibujada y plana
Los pescadores sin bordes
ni escalón de barro
sin bajada al cauce
miden la crecida
y este río distinto:
Otra forma de ver
el caudal de frutos
de variada
en este curso movido
y extendido.

VI
El paisaje es otro
las casas recortan distinto
las márgenes
Los camalotes viajan
La canoa contra la corriente
El dibujo verde cambia
por el viento
que crispó el lugar
Los juncos bajos
no se ven
ni los arbustos de agua
más chicos de la orilla
El paisaje es otro
el río creció.

VII
El diluvio atora el paso
y castiga los cuerpos
que reman y avanzan poco
El agua de lluvia cae helada
el río tibio
se alborota
está revuelto y espeso
El remo se hunde
y se clava
el Luján es masilla marrón
Llueve sin medida
moja el diluvio
el paso indefenso
de la canoa roja.

VIII
El agua fuerza el rumbo
dirige la tensión del caudal
que no cede
El viento abruma el cauce
un brío domina el fluido
Hay remolinos
sobre una margen
de las curvas del río
Hay que alejarse de allí
en cada vuelta
Y el grito del timonel
y la fuerza de los brazos
apartan
embarcación de corriente
Es un momento de lucha
en la geografía sinuosa
del Luján apurado
por las lluvias de abril.

IX
El río parece una pesadilla
un mal sueño que sobrecoge
en una tarde que se hizo noche
por el techo de nubes negras
El desamparo está a mano
del cuerpo cercado que azota
en un desparramo fluvial
Y Marito que repite a su hijo:
“Quedate tranquilo
la lluvia no es fuego”.

X
Y los camalotes viajan ligero
Avanzan en contra
del rumbo nuestro
río arriba
Descienden los camalotes
del Paraná
Son pimpollos verdes y rústicos
Racimos apretados
Islas de metros en suspensión
de la corriente que pasa
con pasajeros livianos
que se extienden
Y los camalotes viajan ligeros.

martes, 26 de junio de 2018

Luis García Montero -Las confesiones de don Quijote

Luis García Montero, Granada, España, 4 de diciembre 1958


Las confesiones de don Quijote

Casi nadie me llama por mi nombre,
vulgar y cotidiano como la rebeldía.

Prefieren otorgarme
la nobleza ridícula que yo mismo elegí,
el título de un pobre caballero,
de una triste ilusión,
y me recuerdan hoy
por el delirio de mis noches,
alunado, valiente
en la cabalgadura de los sueños
al confundir gigantes y molinos.

No les resulta fácil
convivir con el nombre de las cosas.
El dolor y el desvelo
convierten los rebaños en batallas,
las cuevas en enigmas
y la fealdad inhóspita en belleza.

Hermosa y respetable es la locura,
como la débil caridad del sueño,
hasta que descubrimos
las razones del Duque,
que invita al soñador y hace volar al loco
para fundar las normas de su corte,
las risas y los pleitos
que pudren corazones cortesanos.

Y ya no somos sombras,
sino cuerpos sin sombras,
ojos sin nadie
que viven en un reino de fantasmas
y han borrado las huellas de sus nombres
con un guante de plástico,
prendidos al vacío,
entre rosales pulcros y espinas bien cortadas,
como el jardín de un manicomio.
Madreselvas y lilas
alrededor de las preguntas
y de las soleadas canciones de los médicos.

Soy Alonso Quijano.
Yo recordé mi nombre en Barcelona,
después de ver el mar, de visitar la imprenta
y descubrir la farsa de mi vida
en la hospitalidad de los que hoy
repiten sin saberlo aquel destino
por el que me humillaban.

Fui derribado por mi propia burla,
cuando el azul del mundo,
en vez de gallardetes y clarines,
gastó la realidad de una palabra
para contar la arena
de los duelos perdidos
con los representantes de la luna.

Esta tare de junio y de San Juan,
en esta solitaria habitación de hotel
que nos buscó el azar de la poesía,
regreso a Barcelona,
a importunarte con mis confesiones,
porque sigues ahí,
en lugar de la ficción,
suspenso una vez más,
delante del papel,
con el bolígrafo apuntando al cielo,
la mano en la mejilla
y el codo en el bufete.

Porque resulta hermosa y respetable
la caridad del sueño,
se han celebrado mucho mis hazañas.
Pero si quieres verme,
más allá de los himnos de mi triste figura,
y saber cómo fui
en el paisaje oscuro de mi tiempo,
o cómo soy ahora
entre las libertades de tu siglo,
abre el balcón y asómate a las Ramblas.

Pasa la multitud, cumple la historia
de sus mercados y sus oficinas.
Hay hombres y mujeres
que cambian de argumento al detener un taxi,
besos que sólo con una frontera
para volver a un domicilio,
colecciones de barcos que se olvidan
en una mesa de café
y gentes consagradas a fundirse
bajo la luz ambigua
en la llanura de sus movimientos.
No montan el caballo de los héroes,
pero están convencidos
de su programación,
de sus constituciones y sus leyes,
igual que yo creí
en mis novelas de caballería.

El retablo del mundo
sustituye las noches
por la historia medida de las noches,
y la luz de los ojos por la sed de las cámaras,
y la piel por un hueco
que las manos dibujan en el aire.

Exígeles a la vida que te enseñe
a distinguir el mar del oleaje
que expulsa los desechos junto a las caracolas.

Al llegar a mi aldea
quise apretar el campo con los dedos
hasta sentir su araña
al lado de mi nombre,
la tarde que resiste en cada sílaba
dorada por la lluvia y el sol de la experiencia.

Volver será el oficio del amor,
incluso en un lugar impertinente.
Regresa tú también,
aprieta con tus manos el silencio
del último rencor
hasta sentir la caracola
que ha guardado la culpa y la inocencia
junto a la voz del mar,
esta canción añil
de los saludos y el adiós
que todavía compartimos.

Y que tu soledad camine por la casa,
vuelva de cuarto en cuarto
dejándose las luces encendidas,
por si alguien las ve,
y no quiere apagarlas,
y pregunta la historia que han escrito en su rostro,
las huellas de su nombre
vulgar y cotidiano como la rebeldía.

Como la rebeldía de la gente
que se atreve a vivir
fuera de las haciendas encantadas.

domingo, 24 de junio de 2018

Mina Loy -Parto

Mina Loy, Londres, 27 de diciembre 1882 – Aspen, 25 de septiembre 1966
Traducción Fausto Avila


Parto

Soy el centro
De un círculo de dolor
Sobrepasando sus límites en cada dirección

Los asuntos del tibio sol
No tienen nada que ver conmigo
En mi colapsado cosmos de agonía
Del cual no hay escapatoria
En vibraciones nerviosas infinitamente prolongadas
O en la contracción
De diminuto núcleo del ser

Encontrar una irritación               Afuera
Está                                          dentro
                                                 Dentro
Está afuera
El área sensibilizada
Es idéntica                       a la extensionalidad
De la intensión

Soy la cantidad errónea
De la armonía de la potencialidad fisiológica
En la que
Logrando el autocontrol
Debería coincidir
Con el tiempo

El dolor no es más grande que la fuerza de resistencia
El dolor me llama
La lucha es igualitaria

La ventana abierta está llena de una voz
Un retratista de moda
Sube corriendo al departamento de una mujer
Canta
       “Todas las niñas son pequeñitas chiquititas
       Todas las niñas son lindas
       Ya sea que lleven el pelo rizado
       O—”
En el fondo de los pensamientos a los que permito cristalizarse
La concepción                     Bruta
¿Por qué?
La irresponsabilidad del macho
Deja a la mujer su Inferioridad superior
Él sube corriendo

Estoy escalando una distorsionada montaña de agonía
Sin querer con el agotamiento del control
Alcanzo la cima
Y gradualmente desciendo en la anticipación del
Reposo
Que nunca llega
Por otra montaña que está creciendo
La cual                   aguijoneada por lo inevitable
Debo atravesar
Atravesándome a mí misma

Algo en el delirio de las horas de la noche
Confunde mientras intensifica la sensibilidad
Desdibujando los curvas espaciales
Así favorece a la elusión de lo circunscrito
Que el gorgoteo de una bestia salvaje crucificada
Viene de tan lejos
Y la espuma en los músculos dilatados de una boca
No es parte de mí
Hay un clímax en la sensibilidad
Cuando el dolor sobrepasándose a sí mismo
Se vuelve Exótico
Y el ego triunfa en unificar los polos positivos y negativos de la sensación
Uniendo las fuerzas opositoras y resistentes
En una revelación lasciva

Relajación
Negación de mí misma como una unidad
Interludio vacío
Yo debí haber estado vacía de vida
Dando vida
Ya que la conciencia se acelera en la              crisis
A través de los subliminales depósitos de los procesos evolucionarios
¿Acaso no he
En algún lugar
Escudriñado
Una polilla de plumas blancas muerta
Poniendo huevos?
Un momento
Siendo comprensión
Puede
Vitalizado por la iniciación cósmica
Revestir una apología adecuada
Para la imparcial
Aglomeración de actividades
De una vida.
VIDA
Un salto con la naturaleza
En la esencia
De la Maternidad imprevista
Contra mi muslo
Toque de movimiento infinitesimal
Apenas perceptible
Ondulación
Humedad               cálida       
Sacudida de vida incipiente
Precipitándose dentro de mí
Los contenidos del universo
Madre soy
Idéntica
Con Maternidad infinita
     Indivisible
     Plenamente
     Soy absorbida
     En
El era—es—ahora—y—siempre
De la reproductividad cósmica

Se origina desde el subconsciente
La impresión de una gata
Con gatitos ciegos
Entre sus piernas
La misma ondulante vida convulsa
Yo soy esa gata

Se origina desde el subconsciente
La impresión del cadáver de un animal pequeño
Cubierto con botellas azules
—Epicúreo—
Y por los insectos
Se agita la misma sinuosidad de lo vivo
Muerte
Vida
Estoy conociendo
Todo acerca de
      Desplegar

La mañana siguiente
Cada mujer-del-pueblo
Caminando de puntillas el entramado rojo de la alfombra
Haciendo el servicio religioso en silencio
Cada mujer-del-pueblo
Llevando una aureola
Una aureolita ridícula
Que ella sublimemente               ignora
Una vez escuché en una iglesia
—Hombre y mujer los hizo Dios—
          Gracias a Dios.