martes, 20 de noviembre de 2018

Circe Maia -El ruido del mar

Circe Maia, Montevideo, 29 de junio 1932


El ruido del mar

Hay un tejido, una red luminosa
que tiembla en la arena, por abajo del agua.
Se ve a través del verde transparente
como una temblorosa trama.

Cuando la ola rompe su espuma
quedan burbujas sueltas, chiquitas
sobre la piel del agua:
brillan intensa, nítidamente
en seguida se apagan.

Por la suave curva de las olas
sobre su lento avance
sobre su amplio movimiento seguro
la luz resbala.
Se deslizan los resplandores
por los movedizos toboganes del agua.

Ruido del mar, qué golpe derramado
qué entreverada voz y qué sonido
tan confuso y oscuro
cuando todo en derredor está tan claro.

Todos los límites
firmes y recortados
todo con su color tan decidido
los colores tocándose
uno al lado del otro, sin mezclarse.

Y parece que cada uno: limpio
y liso azul, rojo tejado
verdor brillante
diera un sonido puro e inaudible
y todos un acorde fuerte y claro.
Pero el ruido del mar no se comprende,
se desploma continuamente, insiste
una y otra vez, con un cansancio
con una voz borrosa y desgranada...

Y no se sabe
qué es qué quiere o qué pide
el turbio ruido oscuro
cuando todo en derredor está tan claro.


domingo, 18 de noviembre de 2018

Jairo Rojas Rojas -Inmersión

Jairo Rojas Rojas, Mérida, Venezuela, 27 de septiembre 1980


Inmersión

1) Lo primero que vi fue un gran río, abrí su puerta y entré.
2) El Rey del río tejía la raíz del agua para que no se fuera tras las nubes entendí.
3) Fui bienvenido siete veces ni cuatro ni dos.
4) ¡Estamos vivos! ¡estamos vivos! ─dijo─ y escribió nuestros nombres en el agua.
5) Lo reconocí porque en sus ojos vi un rayo que atravesó árboles oscuros.
6) Se le veía cansado, pero al verme con su dedo solar provocó ondulaciones en el
     aire.                     
7) Escuché el latido del agua muy adentro.
8) Sacó su corazón y sobre la arena lo colocó, le cantó. No estaba solo.
9) No sabía si estaba frente a un niño o una madre, frente a un anciano o una
     estrella.     
10) El rey del río se fue quitando todos los rostros para asombro de los míos.

Cuando vi mis manos eran de agua, recordé los viejos manantiales andinos que  corrían por mis venas.

Sentí mi lengua desanudada.
Mi voz fue creciendo al nombrar cada letra de mi familia

Comprendí entonces que el río era un camino o una casa, una invitación o una despedida.
Todos los ríos van al cielo entendí

¿quién eres?, dijo, ¿cuál es tu historia?, ¿dónde está tu casa? dijo.

imagina, dije
cuando aquellos que no pueden hablar
te señalen la intemperie
y una casa enterrada








viernes, 16 de noviembre de 2018

Andrés Uribe Botero -Cazador de sueños...

Andrés Uribe Botero, Colombia, 10 de abril 1982


Cazador de sueños
ten cuidado
en el valle de los gnomos
donde el árbol
se disuelve en la flor,
donde el aire perfumado
te ahoga entre venenos,
donde la ninfa con su
canto te abraza hacia el fondo
del lago.

Cazador de sueños
ten cuidado,
no sucumbas
al sueño que persigues:
mátalo o mátate
pero vuelve
con los ojos abiertos.

miércoles, 14 de noviembre de 2018

Ernesto Rojas -Pozo de Vargas

Ernesto Rojas, Salta, 1 de agosto 1952


Pozo de Vargas

                                                            Tucumán, República Argentina

Sobrevivir, quien sabe si puedo
con la luna en la mano
a pesar de tanta muerte
sobre mis últimas respuestas
y los alaridos de la sed
que no han conocido sus madres
ni sus ríos
en la cima de los encuentros.

Vuelve para crecer desnudo
y subiste trémulo
en su cáliz de roca
en las horas de los ejércitos
que desarmó el tiempo

en los vientos
en la ceniza hueca de los huesos
grito profundo
que araña los ojos
para construir el rostro
que amamos
en los tiempos de guerra
lodo sucio de la sangre.

La tumba -Vargas- la oscuridad
Que me aplasta los brazos.

lunes, 12 de noviembre de 2018

Fernando Gabriel Caniza -La chispa

Fernando Gabriel Caniza. Buenos Aires, 6 de diciembre 1970


La chispa 

Se quiere paz cuando hay guerra
y en la paz algunos pesados
piden sangre pa’los que
interfieren sus negocios.
Si hay represalia el desconcierto
se apodera de los pasos
el andar de miles
no cambia nada en apariencia
es más bien
poesíacargada de futuro
escenario adecuado
para que una chispa
enciendala hojarasca.

Algunos dicen
en el pasto seco alcanza
una chispa bien dirigida para
que arda la espesura.
Así, con un alma en piedra, se
golpearían nuevas piedras hasta
que apareciera
la potencia transformadora
de la materia en un gran fuego. Otros
quieren esparcir
pequeños focos ardientes
en campo abierto
confían en sus luces
como un destino mágico.

Con firmeza
insistimos durante añares
la maleza tarda
en ponerse a punto.
Está demostrado:
repartir chisperos no siempre

genera fuego envolvente tampoco
una hoguera bien alimentada,
garantiza
una llama perdurable.




sábado, 10 de noviembre de 2018

Raquel Graciela Fernández -Sylvia

Raquel Graciela Fernández, Avellaneda, 11 de noviembre 1967


Sylvia

                                                                    La ventana

“La luna no tiene porqué entristecerse, 
mirando fijamente desde su capucha de hueso.”
             Sylvia Plath (1932–1963)



La ventana
vomita coágulos de cielo
y el cerebro apaga sus luces,
una a una,
se acabó la fiesta.
Yo aúllo en negro
(el negro es un silencio espeso
como la saliva
de un condenado a vivir).
Yo blasfemo en negro,
y dos niñitos traslúcidos
desayunan sándwiches de huevo,
waffles,
jugo de naranja,
en una habitación sin ventanas
al otro lado del mundo.

Yo,
mutante rubia,
fantasma de pelo rojo,
judía, jabón, jodida,
abrazando las botas de papá,
lamiendo las botas de papá,
ofreciéndole un final chiquito
de cámara de gas,
de Auschwitzdoméstico.

La ventana fue un colirio
aliviando
mi mirada de invierno.
Ahora vomita los colores,
los escupe, los desguaza,
que se vayan,
colores, placebos,
dormirmorir
se hace siempre en negro
que se vayan.

A veces,
saco la cabeza del horno,
recojo mis poemas,
recojo mis gusanos,
en una fiesta de resucitados que dura nada,
que dura apenas una ventana,
un colirio, un jabón,
unos hijos remotos.

jueves, 8 de noviembre de 2018

Virginia Segret Mouro -Tango nocturno para el bandoneón de Taio

Virginia Segret Mouro, Banfield, 19 de octubre 1953


Tango nocturno para el bandoneón de Taio

Tocame un tango, Taio.
Un tango desconocido.
Una provocación inquietante.

Todo acorde tuyo desgarra
las amapolas desdeñosas de la intemperie.

Tocame un tango, Taio.
Un tango imposible.
Un tango de sudestada en el río.
Una inundación incesante
que encrespe el límite vacilante
entre la piel de la noche
y el tuétano sangrante de los vinos.

Traeme acá tu bandoneón temblón,
que nos va de trinchera
la noche y sus lagartos y vigías.

Llename de aluvión de tango, Taio.
Tu música,
en el embrujo de esta noche
descampadamente azul,
cósmica,
tatuada con sus propias estrellas.

Para esta mirada que deshila
la penumbra insolente,
tango.
Para tanta extrañeza poseída
por el privilegio del secreto,
tango.
Para esta trashumante
acodada al filo del iris de su gato,
el temblor de ese beso.

El temblor de tu fueye adolescente,
Taio.

martes, 6 de noviembre de 2018

Marina Irkalla -Percepción

Marina Irkalla, Piura, Perú, 20 de marzo 1988


Percepción

Fosforece la forma del silencio
y le devuelvo la mirada.
Ante él se descubren todos los objetos antiguos
que presentía en la niñez,
como el tiempo, los gerundios y las cosas.
En la revelación más imprecisa
cada coma encuentra su lugar,
cada punto se sabe exacto,
cada línea esconde una verdad.
La tinta nace en el dedo y se expande
con la claridad de un astro
hacia el nacimiento
del texto encarnado.
Si soplas una vela, se hace el día,
si soplas una vela, cae la noche:
es una sola flama la que teje el mundo.

domingo, 4 de noviembre de 2018

Marco Antonio Montes de Oca -Balance

Marco Antonio Montes de Oca, México, 3 de agosto 1932 - México, 7 de febrero 2009


Balance

Maté la nube de mis pensamientos,
cedí terreno
a los pensamientos de la nube.

Predije con Apollinaire las nuevas artes,
advertí en un claro del bosque
otras manchas verdeclaras,
ardientes zonas en que pude establecer
una pausa encastillada,
labios que sonríen
en el espejo de la primavera.

Muchas cosas conspiré
con el domingo echado a mis pies,
con el tiempo sirviéndome de suelo
y el espacio, mi leal pareja,
aferrado a mis hombros para no caer.

Muchas veces mil veces
me hundí en sueños más sueños que los sueños,
al imaginarme cómo la golondrina corta,
con la tijera azul de la cola,
ciertas cosas ciertas:
pinos, sauces, tilos
contemplados al trasluz.

Confesé a medio mundo
que ésta es mi hora y no es mi hora,
que todo depende y no depende,
que mis pies han bailado
desde antes de saber andar.

No pude permanecer
ni seguir adelante
ni volverme atrás:
la sola solución fue despertar.

viernes, 2 de noviembre de 2018

José Sbarra -No nos une el amor

José Sbarra, Bs As, 15 de julio 1950 – Bs As, 23 de agosto 1996 


No nos une el amor

No, naturalmente, no nos une el amor
sobrevivimos sin amarnos
¿Cómo podríamos amarnos? Nadie ama a un desdichado
salvo que se trate de un hermoso príncipe de cuentos
y su desdicha sea sólo aburrimiento o hartazgo.

Nos cansa pronto escuchar un gemido
y más aún cuando no proviene de un bello infante Abandonado
en una cesta a orillas de un lago de garzas y
flamencos.

No, los desdichados estamos confinados a sobrevivir en
la soledad masticando nuestra humillación como un veneno
que nunca nos mata.

No, naturalmente, no nos une el amor
en todo caso, lo que nos une es un idéntico resentimiento
una misma rebelión, una rebelión
tan desmesurada que acaba por volverse
estéril. No es una rebelión genuinamente política ni
religiosa, es la rebelión
de nuestro origen contra sí mismo
de nuestra sangre contra sí misma
de nuestra nada contra la nada o
de nuestro cielo contra el cielo de los otros.
Es la rebelión de los que sufrimos porque deseamos algo
que no existe.

No, naturalmente, no nos une el amor
nos une el magnetismo de esta casa;
nos une este laboratorio del dolor;
nos une este cuarto que nos aísla del Insulto,
del bostezo indiferente de la calle,
de las lluvias heladas del invierno,
del sol ardiente del verano;
nos une este lugar en el que somos contenidos
y este tiempo que nos mide.

No, naturalmente, no nos une el amor
nos une la misma búsqueda
(o la misma fuga)
Nos unen, en definitiva, los mismos interrogantes,
las mismas ignorancias
y el mismo deseo (una bruta ansiedad)
por conocer al menos el por qué de nuestro sufrimiento.

No, naturalmente, no nos une el amor
nos une, en el mejor de los casos, el terror a la
soledad completa, la incapacidad de amar a otro ser
sin sentirnos inferiores y humillados.
Nos une un orgullo que se alza cuando más desmoronados estamos.
Nos une la incredulidad de que alguien diferente pueda
amarnos.

No nos une el amor
nos une la vergüenza.
Nos une el pudor de saber tan íntimamente cómo es el otro
y de no saber con la misma intimidad quién es el otro.
Nos une un raro temor, algo así como una envidia anticipada por si uno de los dos ingresa al mundo de los seres
dichosos.
Nos unen todas las bajezas visibles y las previsibles.
Nos une el fracaso como un pacto de niños,
firmado con sangre y alfileres.

No, no nos une el amor
ni la esperanza de alguna vez amarnos
nos une nuestro empecinamiento contra las insalvables
distancias que nos separan.
Nos une la inercia de dos esculturas que, comparten una
plaza: cada una sobre su piedra sin poder alejarse un
solo paso
pero también sin poder acercarse un solo paso.
Nos une ese acercamiento incompleto
ese mirarnos cada uno desde su altura
(o desde su miseria)
Nos une un largo silencio cargado de palabras
que pesan demasiado para decirlas así porque sí,
sin garantías de que no estallen en los labios al pronunciarlas.

No, no nos une el amor
que es un puente
lo que nos une es un abismo.
Nos une este lamento
que trazamos las tardes de lluvia como dos gatos
arrinconados por niños armados con piedras.
Nos une este lamento
como una esperanza involuntaria, inconsciente, de que él nos salve.

No, no nos une el amor
quizá sea el infortunio el que nos obliga a aferramos
con tanta vehemencia,
quizá sea este viento por el que nos dejamos arrastrar
o quizá sea esta penumbra que nos desdibuja.

No, no nos une el amor
nos une el acicate de una soledad idéntica y diferente
y no es únicamente el temor a la soledad presente
es también la premonición de encontrarnos solos en el
futuro.

martes, 30 de octubre de 2018

Leonor García Hernando -La intensidad de las víctimas

Leonor García Hernando, Tucumán, 20 de julio 1955 - Bs As, 30 de marzo 2001


La intensidad de las víctimas

con guantes de encaje
vienes a romper mi frente, mi aleta de nadar en la avenida
sucia
¿qué quieres de mí, más que ese corazón
que comes de entre enaguas?. Tu delgada cucharilla
de plata escarba su lenta carne idiota.
No mires aún los círculos tristes de mi oído. No hables
sobre la cabeza inclinada en el mimbre esta guillotinada
debe todavía? ¿cuántas monedas de púrpura fiebre?
la indigencia en túneles no es suficiente.
Me quieres con el foco en la frente, como una muñeca de
loza en el teatro cerrado
este estrellado cielo contra mi nuca
esta mano de tinta en el cuello quebrado
hay una intensidad en las víctimas
un esplendor en esos ojos alzados hacia el que ajusta un
pañuelo de seda
hay una intensidad en las víctimas
en la sombría indiferencia con que levantan la frente
cuando la piedra es lanzada desde las terrazas
una impresión de sello en lacre tibio.
He de dormir después atropelladamente un
automóvil plateado sobre un gato tuerto, en la ruta a
Dolores. Lo vi hace 16 años y el gato fascinaba con su
único ojo abierto en el pavimento ardido. En la banquina
blanda como un arrozal, el vapor saturaba los nervios. Lo
brutal sucede tan rápido
y ha quedado esa oscuridad del grisado asfalto extenso
también en mi corazón
detalles en los abismos flores que crecen rarísimas en
la pendiente abrupta pétalos y agua fangosa que se
estiran en un fondo atravesado el crimen que agita las
sienes el sol contra el agua final de ese paisaje roto,
para que llegue descalza la intensidad de las víctimas
recuerdos que caen pesados y fatales en un deshacerse de
plumas pequeño navío de velas pálidas que el
atardecer consume suavemente
detalles ¿sutilezas? pequeños bocados de un pan
rancio desviaciones que son desgracia sólo para el
desgraciado.
Otros pasan rasantes sin hundirse
sólo los intensos resbalan con la espina dorsal arran-
cada como una mala hierba de entre los pulmones,
los dedos negros de arañar terrones y el creciente cabello
de los muertos en la noche de una tierra partida
puedo contar algunas cosas porque he
dormido en vigas secas y puedo hablar de algunos
sucesos que ocurren en las estaciones de tren al
contemplar a los amantes que tiemblan
y puedo preguntar, sí, seguro que sí,
puedo pedir alguna explicación porque la estafa ha sido
altísima
porque me han quitado dientes en los intervalos
y perdí papeles en autos que sangraban una luz rojiza
y puse mi rostro entre las uñas, sin poder respirar,
pedí deseando verdaderamente que me den y no me
dieron
candelabros y fragmentos que el agua inunda bibliotecas
en sótanos sumergidos algas en un temblor que es de
rezo nocturno
yo no pedí venir a esta casa a esta
división de las manos sobre materia ácida
quítenme este sombrero de paja de la
frente estas enaguas estas construcciones que me señalan
quítenme ese aire confuso ese olor a
remedios en un cuarto cerrado y caliente ese manto
sobre los hombros débiles y aún así la intensidad brillará,
su rareza será un esplendor en la noche de ráfagas su
estación será el verano de un agua estancada
y todo por preguntar: ¿por qué somos intensas las
víctimas?
¿por qué nos distingue el daño entre los nadadores de la
piscina?
¿por qué vinimos al mundo para sostener un estuche de
fósforo?
no pedí esta docilidad de las sábanas
que cubren el cuerpo desnudo no quise la gramilla
del parque fisurada por fuentes de piedra
no pedí esta fiesta de rosadas flores de hule y las pupilas
dilatadas en el calor de boleros
porque hay una intensidad en las víctimas
porque camino entre jardines enrejados con un búho
blanco en el hombro
yo no pedí venir no quise que los altísimos techos
negros fueran sostenidos por columnas doradas no
quise esta losa grabada en mi boca
me hiere como otro alfiler clavado du-
rante mi trabajo de costura ver los labios de los que dicen
amarme.
La intensidad sumerge las palabras que se dicen al oído
con el musitar de un moribundo
no pedí venir bajo estos carteles que en la noche subida
palpitan como animales cansados no quise estos gru
-mos no besé su garganta para dormir con agua de es-
malte frío sobre los párpados. Sólo ayer dormía con un
cuerpo olvidado sobre la hierba y tuve unos días de sere-
nidad sobre los lunares de mi pecho
y pasaron días inmensos, de frías rajaduras en los vidrios,
sin que nadie pregunte por mí, sin que a nadie aflija mi
cabeza rapada
yo no trato con pequeños incidentes
aquí estoy mi boca de cine mudo aguardando su
bermellón pastoso como una sangre reciente
la capucha de piel caída en la espalda.
En un cuenco de madera sostengo la vela de cebo
marchito e ilumino el corredor
hay una intensidad en las víctimas
hay elegidos para la caricia
y hay elegidos para la navaja
he dado mi luz en un pasillo que se hundía en puertas
entre esos grises deteriorados de paredes que no se
ventilan
es intenso el pasillo de los retenidos
y es intenso y confuso el lecho de las asesinadas.



estamos abiertos otra vez un peque-
ño y húmedo batracio de piel lisa y ojos de desnudo azu-
lejo vivo
y sin domesticar sin respetar los estiletes
eran ofrendas de musgo y papeles que
se curvan al acercarles la llama de un fósforo .Todo era
tinta que se derrama, niebla sobre el pastizal que se borra,
cuadernos viejos de tapas arrancadas
¿Dónde estás sabor de la noche, sorpresa de los baños
con puertas escritas por rouge, carteles flojos en un viento
de astillas fijas?
¿Me querías delatora? al fin contando las
vergüenzas de una garganta acariciada al fin confesa
duerme sobre mi lengua, idioma que te
pierdes en los asientos traseros de los taxis. Escombros de
mi boca. Saliva de lentos mástiles. Bandera arrancada y
tirada sobre el cabello de los muertos.
¿Me querías de uñas esmaltadas, estúpida, de tacos
dejados en la escalera? ¿Me querías estimulante en una
sábana cruda, mordiendo bordes, poseída y sin nadie?
pídele paz a esas sienes insoladas, a ese
tajo en el vientre en la pollera ese tajo de milonga
arrastrada
y sin domesticar afilando tu tijera en la caja de costura.
tu cabello cae trenzado
y aún escribes inclinada contra el foco.
Todavía silvestre errabas entre mármoles
y no había suavidad, ni misales con dorados rezos, ni pena
tenías, ni un jarro para calentar café.
Tu proximidad con el desastre era lo que tardarías en
caer desde tus tacos de alto negro
¿para qué esa rasada tela nocturna? ¿y las escamadas
estrellas que se estremecen, como un desparramado pez,
en la saliva de una boca que es noche sueño que se repite
incompleto pesadilla que habla por pasillos donde se
apagaron las lámparas?
deja tu lengua en mi lengua como a una
hermana siamesa como criaturas que aman su
imperfección.
No quiero el reposo de los que se estiran al sol,
apretados al agua lavada de las piscinas
no confío en el pudor. Dame hambre y bestias
y corrales de piedras encajadas y páramos lluviosos con
sombra impresa de líquenes
dame desorden muletas que derivan en sótanos
inundados columnas encaladas y piedad
quejidos en las cúpulas volcadas de la ciudad sin patria
seres expulsados de las mesas familiares, heridos entre
el estallido de las copas, entre pocillos de porcelana que
transparentan la oscuridad de las manos
seres sutiles vagamente sospechosos
dame esa sangre de los atravesados por un familiar
cuchillo de cocina
porque no callaron cuando debían
y cayeron con un trémulo ramito de perejil entre los dedos
que son vapor ahora blancas desenvolturas de un
aliento que pide.
era turbada por algunas palabras.
Completaban mi boca con un bocado enfermo "Pañol de
Herramientas" nombre de un cofre alto, de un sufrido
gris resquebrajado, abierto para mostrar sus tenazas y
filos en un orden de amputación y de encastres; olor a
trabajo, a dedos percudidos, a madera iluminada de
lustres, a hierros domesticados. Eran hombres convirtien-
do la materia en objetos
y yo aullaba con la frente sujeta a un vidrio de esquina
Montevideo lapicera fuente negra de tanque trans-
lúcido pereza de la virtud que quiere sábanas rajadas
como vendas jergón donde vas a tirar tu cabello a las
débiles arañas de cabezas ocres, cuadradas, malignas.
los ojos se derraman en una mirada
aturdida. Las bocinas inyectan la noche de pánico. Un
hotel incendiado se retuerce con su cúmulo de amantes
desprovistos
escribe hazme este reino amargo: un fruto de carozo
verde
intenta separarte de tu piel como un reptil en su época de
mutaciones
estás despojada de encanto
idiota de medias negras esperando el deslizamiento del
ascensor.
Vives de esas imágenes desatadas
escribe:
era sospechosa entre los que avanzaban con el
capote golpeando sus tobillos
era escurridiza entre arcadas, donde los hierros rojos
se imponen como una flora menstrual
era ilusa y aún así, las mujeres ciegas anudan
las perlas de sus collares. Aún así, con la mano abierta
recibías las peinetas de vidrio
otros hundimientos envolvían la
garganta con un celofán que brillaba quejándose
en la noche algo ardía hoteles del once y algo se inundaba.
La boca iba hacia las sienes y sonreía
el trapo sucio de la noche cubría mis piernas. Las visitas
eran raras, con ropas enceradas, máscaras japonesas,
extranjeros que sostenían escudillas de arroz con hongos
la patria terminaba en un pastizal
aguado. No tenías provincia no había lengua de los
padres, no tenías otro exilio que las altas terrazas
escribe relata la humedad de los bordes abismos
donde la selva se arrastra como un animal de livianas
vertebras líquenes acumulados sobre la placa negra de
un disco girante en el cráneo roto
y sin domesticar sin pausa en el destello de la hoja de
toledo, encofrada en un pequeño mango de madera,
sin adornar con jazmines el dormitorio
sin sirvientas en tu corazón.
era el país caluroso. Los hombres orina-
ban junto a las carrocerías era tarde
eras extraña como un objeto de barro
la mórbida desnudez de tus ojos en las iglesias
la mantilla caída sobre los hombros de clavículas
expuestas
una ilusión de frescura en el verano ponzoñoso
escribe relata el pecho sofocado por fardos de calor, esa
ilusión de pudor o de mar
dame palabras necias escribe
nadie abrigaba la boca de tu padre en la tumba
nadie abrigaba tus cabellos fríos, lentos, amarillentos
como un tigre
nadie acercaba el cirio de los agonizantes a tus dedos con
fiebre.
¿por qué no dejar que la tarde circule
como el pez de plata en la redonda pecera?
que la intemperie crezca en los techos de pizarra.
Los mimbres de la hamaca son extraños en este cuarto
quieto; los baúles, las botellas de vidrio azul, los íconos
que la insolación fermenta la acumulación de objetos
donde la belleza estuvo alguna vez
temblores en la sombra que crece
¿por qué no dejar tus cabellos vendados
sobre las duras hojas de hiedra?.



Deja descansar mi cabeza sobre las hojas la fría
aspereza del verde rodeando cabellos caídos
y la suavidad del dolor que ya no espera calma
sólo el abandono del musgo en las sienes
puedo ofrecer las manos lavadas de
anillos del inocente. Pero me alumbra rígida la lámpara
del sospechado
confesaría cualquier crimen con tal de
tener las hojas del sueño refrescando mi nuca
daría cualquier pista para terminar
condenada y dormir.
Deja mi cabeza en la húmeda hiedra que crece
arrastrada.
No tengo fuerzas para mantenerme erguida sobre el
pupitre.
No tengo rezo para incarme en los reclinatorios.
No tengo balas para el revólver que dejó mi padre en la
pequeña silla de mimbre.
No hay pudor para ocultar mi mentira.
Deja mi cabeza en la hierba, entre las hojas caídas de los
plátanos,
entre el murmurado peso de las agujas de pino sobre la
tierra sombría.
No es bueno que los amantes se acerquen en las mesas
de mármol
deja mi cansancio en el verde que Marzo mutila
deja mi pasión en la escarcha que cubre los brotes del
ligustro
¿para qué sonreir con un
vidrio apartando los labios?
¿para qué esa insistencia en verter el rojo
espeso de la copa en el mantel?
estoy para las hojas livianas del almendro,
estoy para las gruesas hojas del gomero luctuosas y sin
perfume,
para las hojas del nogal suavemente curvas y de
nervaduras ocres
y estoy para el silencio de los abetos cuajados de mínimas
piñas
o puedo, extensa como la Tuya Dorada, distraerme sobre
jardines perezosos.
No acerques mi cabeza a tu pecho. Bajo mi oído no
quiero los golpes de tu corazón; la mentira de tu vientre
como un suelo de tablas podridas
dame la vida de los árboles que no mudan de entierro.
Desean y persisten en un suelo aferrado como intrusos en
un baldío visitado por el juez
botellas quebradas en una vía angosta paisaje de
descuidos uñas rotas en el desastre la mano lastimada
sin trapos para cubrirla
entre juncos móviles
cae el dulce peso muerto de las flores de almendro. Es frío
desganado el agua que se inclina
seré estéril, sin codicia y sólo la cabeza hundida en
líquenes será mi bienestar
ceniza floja en la corriente viva
sombra de las manos arrastradas en el limo y ese barro es
mi vida. Es mi nombre. Es mi boca ligera, turbia, de
agitación imbécil.
La vida no ha sido sencilla.
deja mi cabeza en la hojas. Perdona este cuerpo que tan
temprano en la noche acaba su sangre
perdona ese grisado del agua que no golpeó piedra
alguna; sólo se escurrió entre pieles de batracios.
Deja mi cabeza en la pendiente enredada
¿para qué fingir cuidados por un míni-
mo jarro de loza que se quebró?
¿para qué fingir amistad con una extran-
jera sin recursos?
quiero las moradas hojas del cerezo como un fuego en la
redonda intemperie. Dame ese rubor. Dame esa ver-
güenza en la blusa arañada de los cuerpos NoAmados
devuelve mi espalda al yuyal de los asesinados
seré una buena chica.
mi cabeza rodará como una perla del collar desatado
seré muda con las pupilas dilatadas, aceitosas de
belladona
los párpados inmóviles
los muslos excesivamente blancos sobre las hojas oscuras.
La noche es de sábanas quietas
de escarabajos que se deslizan en un aire de apretadas
cortinas
de un perfume a pájaros; a plumas quemadas con un
hisopo.
Arden las estrellas del puñal en el cielo alto.
Abandona mi cabeza en las hojas.
Dame el Bosque Real de la Matanza
dame esas aguas sucias, de engangrenadas orillas,
estancadas de drogadas serpientes
y esa hermética, íntima, pobre soledad
ese bosque brutal
donde nunca estuve con nadie
en este cuarto en este Hotel de Pasajeros
estoy en maderas de un piso que cruje, con visitas que
recorren el pasillo ajeno
supondrás mi vida entre arrecifes entre piernas entre
pespuntes
y nada será cierto, más que este retiro sin puertas
este encono de paredes sin aire donde estuve de roces
colmada
sin almuerzo
sin abrigo en los hombros
sin peinetas de carey
y sin otra caricia que el monte recordado, los yuyales
fangosos, las hojas amontonadas en húmedo cieno
deja mis cabellos como algo líquido que se derrama en la
tierra,
dame tu desamparo.
No hay amor en el barro del bosque atravesado.



de delgadas uñas de arrepentida boca
es la caricia del amante y de un dorado casi translúcido el
cuerpo de las botellas desparramadas en el estante.
El crimen es sólo espera reunida
nada más para anotar: esta lámina de
objetos que se derrumban. Fulgores de un intervalo
pero,
para quién suelta su música la máquina tragamonedas?
son delgados labios sobre puertas cerradas
son intensos párpados
maletas que fermentan pañuelos bordados, ligas de encaje
negro, un perfume intenso a mutilación.
Sobre la ráfaga un hombre alza sus dedos remotos en el
aire
¿dice "perdóname esta mano de cercenados dedos en el
aire"?
¿dice "mírame la herida, por favor"?
Inútil es la sombra de la arboleda. Sobre el empedrado
el reposo es intranquilo y caliente. Otros días, miraba peces
muertos girar en la superficie de los acuarios. Eran
tristísimas esas escamas sangrientas,
esos verdes como aquellos ojos de mi padre,
esas desviaciones de lo que tiembla
deja esas caricias en mi garganta para
otra noche, para otro lugar
inútil es la sombra rota de los párpados rotos en esos
quemados ojos de mi padre
inútil el crecimiento del jazmín sobre su ceniza floja.
qué quieren de mí?
¿qué cinta debe atar mi trenza desilusionada en la espalda
deshecha? ¿Qué quieren de mí?
¿cuántas líneas debe crecer el mercurio?
ya está bien. No quiero esa insolación de
voces sobre mi nuca. No quiero pedir, otra vez, en
susurros amarguísimos, cubierta la cabeza por sábanas
sucias. No quiero que anochezca sobre esta arena, esta
boca repentina
estaba entonces despidiéndome,
dormida con el oído inclinado sobre el gotear del veneno
y aún así sin domesticar
aún así afilando la tijera de costura
¿que quieren de mí? qué espalda de desparramados
cabellos qué corza dibujada en la frente como en una
caverna qué niebla de arrugados párpados sobre el
pantano que no tiene orilla?
Bordes, son estos días de una tristeza
que no se quiere vivir.
Padre, fue mucho tiempo atrás que
éramos buenos. Tú no habías muerto
y yo era tu hija de cabellos rubios.
Padre, ¿qué apariencia tenían entonces
las catástrofes? cuando asesinaban a un hombre en un
descapotable
¿qué apariencia tenían las rosas de sangre en el tapizado?
Amanece papeles cansados rotan en el pavimento frío.
Amanece sobre estos pocos sollozos. Un baño quitará la
sorpresa de mi corazón, quitará la intriga
padre, ¿cuando fue que dormía sin pesadillas, sin
muérdago en el pecho?
papá éramos buenos entre los
alzamientos del ligustro los crímenes no cruzaban el
Puente 12 la belleza era esa ciénaga de turbio temblor,
esas estrías de serpientes rojas en la noche de un barro
que insiste
Es muy tarde para confesiones
es muy tarde
para ser en la arboleda que divaga, un padre y su hija.



no hay buenas palabras
nada para sonreir mientras giran los ventiladores de
techo.
La boca arruina la espuma de los vasos.
no preguntes por la cicatriz en el dorso
de la mano; ¿para qué iniciar una conversación? otras
lunas han dejado su párpado roto en el cielo sin que nadie
acaricie su herida
sótanos para esas sombras de bocas
huidizas
nada que decir como alguien que aferró su mapa de
los túneles
así fue que estamos descorazonados
pídeme los ojos alzados sobre los vidrios. En una cámara
nupcial estamos de espejos coronados
entre almohadas de un lupanar ¿para qué iniciar una
conversación?
¿para qué errar entre palabras como en arrecifes?
abiertos como esa paloma en el pupitre el foco
colgante sobre las trenzas que se desatan
así fue que estamos descorazonados
y el sueño inunda nuestras sienes como terrones de un
azúcar negro caídos en el té
un fluir hacia el terror. Nada que decir.
Ninguna pregunta que hacer son estos años
el cabello que el viento mueve es todo lo que tiembla
¿para qué dorar la píldora?
que un farmacéutico me pida en su cama
y que sea viejo; con lentes donde yo pueda ver los reflejos
de la vida eso estaría bien
eso sería bueno ¿para qué iniciar una conversación?
dime tu mentira sin agitación igual no me importa la
verdad
de musgo helado son las palabras de los sótanos
carne de estrellas frías
luz agria de hotel en la ruta
pobrísimas hojas de un ligustro que crece ante la puerta de
alcobas amantes
así fue que estamos descorazonados
acariciarnos sin horror y respirar. ¿Qué recordarás de este
tatuaje en el muslo, esta"dalia negra"?
Perfume de cosas dejadas se estiran bajo los techos donde
las aspas del ventilador rotan en un calor fastidioso
¿para qué iniciar una conversación?
¿para qué demorarnos en un error?
almendras amargas se suceden bajo los párpados,
iguales manos alzan la capucha de piel sobre las nucas
rapadas,
iguales alambres atan el corazón como a un animal que va
a ser carneado.
¿qué cuento de tristeza quieres darme,
qué cal qué casa de expósitos?
Mírame la frente como a la pizarra azul de una cúpula,
tan extraña, tan perdida en ese cielo sin compasión
¿Qué Dios pudo hacer estos sótanos esta vulgaridad
en las almas
qué Boca nos arrojó de la pasión? oh, veneno que
duras!
no me dejes sola. No te vayas de mí
feroces son los días
cabellos sin inocencia enaguas sin temblor lámpara
que la tormenta agita
aletean como pájaros blancos en el espacio de un bosque
quemado
plumas en las cenizas
así fue que estamos descorazonados
así es de sospechoso nuestro impermeable que sacude la
lluvia. Una naturaleza muerta que mueve su aliento
cinematográfico, su atmósfera de conspiración en almacén
cerrado ¿para qué iniciar una conversación?
bordo "dalias negras" ceremonias para una muchacha
asesinada en un sótano
nada que preguntar nada que pedir
esquela dejas en letrinas insinuaciones dejadas a un
contestador automático blues que gimen en cráneos
vacíos como un órgano en una catedral inundada
sobreentendidos que no pueden explicar ni esos grumos
de ceniza en el mantel
un taco de billar que se te incrusta en la sien y te arroja en
estos sótanos
así fue que estamos descorazonados
de qué hablar? Mira mi corazón como un puño cerrado
que quiere golpear
nada de Novios de muchachos que te corran la silla
nada de sutiles deferencias. Aquí hay aguada para que
descansen las bestias y sigan, en el polvo deshaciéndose;
manada que subyuga la sed y el hastío espanta
nada que retener un paisaje de cardos, el pobre azul
de esas flores que dilata el calor
será que estoy triste y el estallido de vidrios en el mosaico
acerca aquellos latidos
violáceo crespón escurriéndose entre paredones de
curtiembres
eran otros los sótanos eran otras
torturas
y la memoria, como un reducidor de cabezas, aprieta sus
imágenes en cajas cada vez mas estrechas
¿qué pedir ahora que pesó tanta sombra
sobre nuestros suaves vientres estériles?
¿qué esperar ahora? La espumosa noche
crece como un mar de lonas negras
y son friolentos los dedos sobre las cucharas de plata, los
dátiles, sobre el lento cabello que la lluvia ilumina
derramado en la espalda
de tajos en la lengua son estos años,
de paladares negros de lobos sin idioma
¿para qué iniciar una conversación? Pídeme la vida que
es tan poca cosa en este país
esta pampa de sótanos donde ningún Señor pregunta a
Caín
"¿dónde está tu hermano?"



en los vestuarios permanecen encajados
los fieltros de los sombreros, unos sobre otros,
y la sombra maquilla las sedas de un reflejo agónico.
la torpeza es el agua que alzamos con la
mano y no alivia la rodilla raspada en escalones que se
repiten en un ascenso carnívoro
¿existe una poética del amo y del esclavo?
¿quién es la sirvienta que limpia las manchas de sangre
en su corazón?
ella agota sus labios en pedir y no es
calma lo que quieren los intranquilos. Es sólo la tristeza
que puede llevarse con un sombrero negro entre plátanos
blandos.
Seré una desviación de pasto en la pendiente, una lengua
de yuyal en el barro. Serán desahuciados los hombros que
la enagua deja descubiertos
los alambres separan la uvas del pasean-
te en una tierra sembrada. Ves huéspedes donde sólo lle-
gan intrusos con linternas
vivo de escamas separadas
vivo de mutilaciones
sonriente a los pies inundados. Despierta entre casas de
tolerancia.
no es calma lo que quieren los asfixiados
pedir macetas en el balcón laureles en el estante de la
cocina un hogar sobre la nuca quebrada algo que
viva en las manos como un animal de fiebre
dime qué lugar en las sábanas
dime qué rezo bajo las cúpulas altísimas
dime qué final ayer y antes, cuando era una niña y ya
pedías mi muerte
estoy sólo para ser asesinada
quiero ser tu sirvienta en el crimen
y quiero ser la criatura que hace perverso un filo.
es suave la caída del terraplén sobre la avenida. Los
camiones saturan de faros el pavimento hasta convertirlo
en un páramo blanco y en el deslumbramiento, el vestido
flota como un bandera rendida
es una conversación secreta que se sorprende en la alcoba
contigua una lámpara volcada que comienza el
incendio
y te marchitas en ese raspar de luces en la velocidad.
dime lo que quieres en el asfalto abierto
como una cuchillada en la planicie
dime lo que pides, Leonor
qué buscas en la niebla, antigua, adherida al agua negra,
pantano que desbordas
y entonces, ayer, cuando eras niña y llegaban las frases de
las visitas desde el cuarto en que estaba la estufa
eras torpe
y las medias caídas sobre los tobillos acentuaban las
piernas torcidas.
No querías contacto con esas bocas pintadas, con esos
rostros afeitados del día anterior. Sus mentiras tenían la
carne blanda de un molusco. Reían con desprecio.
Tardaban en retirarse lo que la tarde en quitarse del
ligustro
palabras como hojas picantes que se prensan en un cuenco
de jade desprendimientos de un fondo estancado,
enjoyado de batracios cicatrices
y atrás días que se evaden como humo del pastizal
quemado
atrás atrás los pájaros que picotean escarcha
y eras extraña y sin caricias
y pasabas las noches contando las formas romboides del
alambre.
gallineros plumas en el calor maíz
desparramado en una tierra gris. Pocas palabras para
relatar esos granos, ese suelo seco y desviado hacia
extremos del tapial gallinas agónicas cuando atardece
y quedan goteando sangre en la noche porosa
y atrás eras niña y ya pedían tus cabellos atados. Ya
querían olfatear tu sangre como la de un ciervo
y la tormenta comía los límites del parque. Me lavaba las
piernas, como un amante, con una esponja embebida en
aceite
qué pides, leonor? qué espera esa niña
que miraba? qué temor guardas?
desobedece sin temblar
eras escurridiza y lagañas de sueño hacían amarilla tu
frente
eras vana y desprolija retama crecida en la intemperie
torcido el delantal rígido de almidón
eras descalza en la tierra invadida de cardos
y con zapatos blancos en el parquet encerado.
no había arrepentimiento en tu boca
y del castigo guardo la trenza, quitada al rape desde la
nuca.
desobedece sin temblar
duerme en esas anchas maderas. Ajusta los labios otra vez
sobre el hilo de costura. Devora tu almuerzo de arroz con
hongos verdes
extasiada en tu pequeña soledad donde se mueven lentas
las manos del amante. Como un disco rayado, tan antigua,
te repites en su corazón
desobedece sin temblar. Todavía es tarde.



¡oh; la vida que existe en los libros de
aventuras infantiles, para recompensar-
me a mí que he sufrido tanto ¿me lo
darás tú?
-Arthur Rimbaud-
lejano, lejano
parpadeo del reloj en la intimidad de la sombra.
Huyen por el desfiladero embozados de amotinadas
capas.
La congoja de mis labios fue antes, en una copa que por
minutos mordí.
Ahora retiro con un pañuelo rouge, espuma rota
los vidrios quedaron quebrados en la alfombra.
Anchos mantos retroceden en el desfiladero con un
estertor de pájaro alcanzado por la piedra. El tango
completa el gesto de las piernas una forma de acercar
el cigarrillo a la boca, herida que abre el rostro para que los
besos se retiren
lejano, lejano
comprometerse a esas manos que apartan el pesado
cabello de la frente y luego devorar la ceniza pequeña que
ha quedado en el mantel.
Estoy para perder tantas veces como
caigan los dados de una forma maltrecha
estoy para los grandes acontecimientos: un patio con un
foso al fondo donde serán sumergidos los ahorcados, un
pabellón de cal y las enfermas tocándose las ropas, el
hundimiento de los barcos cargueros con pimienta negra
y perlas de Malasia, con aceite crudo y navajas de Sevilla
yo estoy para las mutilaciones para los
mancos con voz profunda con sus únicos cinco dedos
alzados, agitados en su incapacidad de extrangular.
Como en un estuche, mi frente es la perla bajo las
placas de fiebre.
Los lisiados desnudan sus rodillas para acercarlas al mar
y fatigados dejan que el agua oprima sus mansas piernas
incompletas
lejano, lejano
soy para los asmáticos el puñado de hojas que quema la
estufa; el espinazo de pánico en el descarrilamiento del
Metró Port de Clinancurt - Port de Orleans
y la sospecha de los devoradores encapotados apostados
en el desfiladero
lejano, lejano: ¿dónde estaba Dios cuando
te fuiste? el tango propone reprochar
escribir como un jadeo
retener ese bote que quiere deslizarse en el pantano con mi
cuerpo atravesado en la quilla rozar esa cicatriz que el
paisaje dejó en los párpados
estoy para rezongar
para cubrir de trébol la nuca del sonámbulo y lentos
canales de sueño desagüen en esa cabeza neutra, de
cabellos cortados al rape. Cabeza errática en la mesa
desnuda; evoca otra posesión, otra intensidad en los
cubiertos. Las cabezas descubiertas, desprotegidas entre la
fuerte circulación de las voces, de las copas donde el trago
es de ansiedad. Nadie quiere ser consolado.
Saturan esas manos que rozan la garganta. Perturban esos
dedos las sienes escamadas de los que sólo quieren
reposar
y estoy para abrir las cajas de música y escuchar los
sollozos de las muchachas que abrieron otras cajas de
música otras puertas de cuartos de hotel sus blusas
con botones de nácar abrieron uno a uno desprendían los
ojales del corazón y miraron con una aflicción de bolero
las piernas de los hombres.
Estoy desnuda de situaciones poderosas. Si alguien me
llamara desde una ventana oscura una voz que empu-
jase mi nombre en la noche una voz descarnada con
el rostro retrasado en la penumbra la desdicha de un
barco guiado hacia el crecimiento de corales y el sonido de
la brusca intemperie, de los mansos utensillos ahogados.
Una voz en la sombra grita un nombre y promete otras
zonas (y mi nombre es de reina dos veces construida y
dos veces exiliada; fue hecho para el amor cortés, para las
sofocaciones).
La resonancia de una palabra es tan alta tan
penetrente la atmósfera de un nombre que el amante
desatento no encuentra donde abandonar el cuerpo
desmayado de Leonor hecho de criaturas perplejas, de
vacilaciones, la boca turbia de tierra: es mi reino que comí
para que no me lo quitaran.
Mi nombre gritado desde esa alta formación de vidrio,
desde un ácido encierro
y yo seré más buena seré un cachorro que alza sus
lúcidos ojos a la promesa de una voz. Tendré el encanto de
los que perdieron siempre.
Estoy para los grandes acontecimientos
para dormir con Robin, el de los bosques.

domingo, 28 de octubre de 2018

Louise Glück -Epílogo

Louise Glück, Nueva York, 22 de abril 1943
Versión Sandra Toro


Epílogo

Leyendo lo que acabo de escribir, ahora creo
que paré de golpe, de modo que mi historia parece haberse
distorsionado un poco, al terminar como lo hace, no abruptamente
pero sí en una especie de niebla artificial como la que
rocían sobre los escenarios para un cambio de set difícil.

¿Por qué paré? Algún instinto
distinguió una forma, y la artista que hay en mí
intervino como para parar el tráfico?

Una forma. O destino, como dice el poeta,
vislumbrado hace mucho en esas pocas horas—

Alguna vez debí haber pensado así.
Y todavía me disgusta el término
que me parece una muleta, una fase,
la adolescencia de la mente, quizás—

Así y todo, era un término que con frecuencia
yo misma usaba para explicar mis fallas.
Destino, suerte, cuyos designios y avisos
ahora me parecen nada más
que simetrías locales, chucherías
metonímicas dentro de la gran confusión—

Caos fue lo que vi.
Mi pincel se heló --no pude pintarlo.

Oscuridad, silencio: ese era el sentimiento.

¿Y cómo lo llamamos?
Una “crisis de la visión”, que creí en correspondencia
con el árbol que enfrentaron mis padres,

pero mientras a ellos los empujaron
contra el obstáculo,
yo me replegué o huí.

La niebla cubrió el escenario (de mi vida).
Los personajes fueron y vinieron, cambiaron de vestuario,
mi mano del pincel se movió de un lado para el otro
lejos del lienzo,
de un lado para el otro, como un limpiaparabrisas.

Seguro esto era el desierto, la noche oscura.
(En realidad, una calle de Londres atestada,
con los turistas haciendo flamear sus mapas coloridos).

Uno dice una palabra: Yo
De ahí fluían
las grandes formas—

Respiré hondo. Y llegó a mí
la persona que dibujaba ese aliento
no era la persona de mi historia, su mano infantil
empuñaba decidida el crayon—

¿Era yo esa persona? Un chico pero también
un explorador para el que el camino de pronto es claro, para el que
la vegetación se abre—

Y de ahí en más, ya no explorada por la vista, esa soledad
exaltada que tal vez Kant experimentó
en su camino a los puentes—
(Compartimos un cumpleaños).

Afuera, a fines de enero, las calles de fiesta
estaban orladas con luces de navidad exánimes.
Una mujer se apoyó en el hombro de su amante
y cantó Jacques Brel con su soprano agudo—

¡Bravo! La puerta está cerrada.
Ahora no se escapa nada, nada entra—

Yo no me había movido. Sentí el desierto
que se extendía delante, estirándose (me parece ahora)
para todos lados, cambiando mientras hablo,

de manera que yo estaba constantemente
cara a cara con la blancura, esa
hija adoptiva de lo sublime
que, resulta,
fue a la vez mi sujeto y mi medio.

¿Qué hubiera dicho mi gemelo, mis pensamientos
lo habrían alcanzado?

Quizás hubiera dicho
que en mi caso no hubo ningún obstáculo (por amor al debate)
después de lo cual me hubiera
remitido a la religión, el cementerio donde
se responden las preguntas de la fe.

La niebla se había despejado. Los lienzos vacíos
se habían volteado hacia dentro de cara a la pared.

El gatito está muerto (así decía la canción)

¿Voy a resucitar de entre los muertos?, pregunta el espíritu.
El sol dice que sí.
Y el desierto responde:
Tu voz es arena dispersa en el viento.


viernes, 26 de octubre de 2018

Enrique Verástegui, -Salmo

Enrique Verástegui, Lima, 24 de abril 1950 – Lima, 27 de julio 2018 


Salmo

Yo vi caminar por las calles de Lima a hombres y mujeres
carcomidos por la neurosis,
hombres y mujeres de cemento pegados al cemento aletargados
confundidos y riéndose de todo.
Yo vi sufrir a estas pobres gentes con el ruido de los claxons
sapos girasoles sarna asma avisos de neón
noticias de muerte por millares una visión en la Colmena
y cuántos, al momento, imaginaron el suicidio como una ventana
a los senos de la vida
y sin embargo continúan aferrándose entre
marejadas de Válium
y floreciendo en los maceteros de la desesperación.
Esto lo escribo para ti animal de mirada estrechísima.
Son años-tiempo de la generación psicótica,
hemos conocido todas las visiones de Kafka y Gregory Samsa
pasea con Omar recitando silbando fumando mariguana
junto al estanque en el parque de la Exposición – carne
alienada por la máquina y el poder de unos soles
que no alcanzan para leer Alcools de Apollinaire.
Recién ahora comprendo mañana reventaré como esos gatos
aplastados contra la yerba
y las cosas que ahora digo porque las digo ahora
en tiempos de Nixon – malísimos para la poesía
- corrupción de los que fueron elegidos como padres - gerentes
controlando el precio de los libros
de la carne y toda una escala de valores que utilizo
para limpiarme el culo.
Yo vi hombres y mujeres vistiendo ropas e ideas vacías
y la tristeza visitándolos en los manicomios.
Y vi también a muchos gritando por más fuego desde los autobuses
y entre tanto afuera
el mundo aún continúa siendo lavado por las lluvias,
por palabras como estás que son una fruta para la sed.

miércoles, 24 de octubre de 2018

Elizabeth Bishop -La bahía

Elizabeth Bishop, Massachusetts, 8 de febrero 1911 – Massachusetts, 6 de octubre 1979 
Versión Nahuel Lardies


        La bahía

                                                              (En mi cumpleaños)

        ¡Qué transparente es el agua con la marea baja!
        Blancas costillas de marga desgastada asoman y relucen;
        los barcos están secos, y los pilotes secos como fósforos.
        Más absorbente que absorbida, el agua
        de la bahía no humedece nada,
        tiene el color del fuego con la hornalla al mínimo.
        Una la puede oler evaporarse; si fuese Baudelaire,
        una podría escuchar cómo va transformándose en música de marimba.
        La pequeña draga ocre en las obras del final del muelle
        ya hace sonar los claves de manera perfecta en débiles acentos secos.
        Los pájaros que sobrevuelan, inmensos. Me parece que
        los pelícanos chocan de manera
        innecesariamente abrupta contra este vapor tan peculiar,
        como picas, saliendo a superficie
        muy raras veces con algo que amerite la atención
        y yéndose, con gracia, a los codazos.
        Blancos y negros, pájaros guerreros planean
        sobre corrientes impalpables
        y abren sus colas en las curvas como tijeras
        o las tensionan como espoletas hasta el temblor.
        Botes desaliñados continúan entrando
        con su aire servicial de perros de caza,
        erizados con anzuelos y garfios
        y una ornamentación de esponjas como pompones.
        Hay un cerco de alambre a lo largo del muelle
        donde, reluciendo como pequeñas rejas de arado,
        las colas gris azul de tiburones cuelgan hasta secarse
        para el negocio del Restaurant Chino.
        Algunos de los blancos botecitos siguen amontonados
        el uno contra el otro, o yacen de costado en cúmulos,
        aún no rescatados (si es que alguien alguna vez lo hará) de la última tormenta,
        como cartas rasgadas al abrirlas, que nunca respondimos.
        La bahía está contaminada con antiguas correspondencias.
        Click. Click. La draga sigue,
        y saca una mandíbula llena de marga.
        Toda la desprolija actividad continúa,
        horrible pero alegre.