martes, 26 de mayo de 2015

Héctor Álvarez Murena -Homenaje a las lenguas

Héctor Álvarez Murena, Bs. As., 14 de febrero 1923 – Bs. As., 6 de mayo 1975


Homenaje a las lenguas
                                                                  diverse lingue, orribili favelle
                                                                                                             Dante

Humos con que el hombre trazó el nombre de su estirpe,
las lenguas
llegan en su viaje por la tierra al sortilegio del sur,
se desmoronan,
descienden como reyes heridos
sobre el seno de silencio de estas playas del sur.
Olvidan sus delicias, el demente poder que les dio el amor,
las simples melodías con que fueron inmortales
y se levantaron inmensamente hasta las cúpulas de la creación
arrastran el linaje descompuesto de sus pueblos,
de su estirpe,
sobre estas largas y fragantes tierras no tocadas.

Desde reinos tan australes que quizá estén fuera del mundo
viene el silencio, con ese aire.
El silencio es el agua que los corroe, los conmina.
Esa áspera piedad de los dioses los empuja,
los prepara para alquimias incomprensibles,
y los lenguajes, como animales untados por la peste de la muerte,
se estrechan entre sí, muestran el pus,
ostentan obscenamente miembros enfermos,
se enredan en vano entre sí.

Hasta mi habitación suben en el crepúsculo
como turbias imágenes del hombre: los idiomas deformes,
el rumor de la fiesta sexual, los gemidos del tango,
el son monótono y cruel de las manos, todos los dialectos del mal,
me asedian,
y entre la triste algazara que sube
y el silencio que se cierne
yo tengo que pronunciar con pasión mi nombre,
para saberme,
y entre las dos sombras darme luz, confirmarme.

Yo, proveniente de una raza antigua como el tiempo,
que alguna vez alzó sólo el profundo zumo de la dicha en su canto,
yo, doctor ahora de amarga sabiduría,
conozco también los idiomas aciagos,
entiendo y hablo estas lenguas sin fe.
Entiendo sus cifras, frecuento sus sumidos laberintos,
oigo ofrendas y propuestas siniestramente buenas,
pronuncio también pactos manchados,
oh, pero estas voces,
estos lenguajes cuyo sordo y fatal andar no aguarda milagros
inundan en un momento con su monstruosa inocencia
los ojos, los árboles, la dulce noche,
la entraña de esta tierra y el mismo viento altivo,
todo, todo lo que mereció salvarse,
y entonces brota en mí una doctrina desolada:
invoco al silencio para que caiga con sus armas
sobre los idiomas agonizantes, sobre mi nombre,
para que caiga sobre nosotros con su orden
de una música sin pausa, piadosa, igual.

Como el humo de un mito malo
sube en la tarde vieja hasta mí
la algarabía, el espasmo de los idiomas perdidos.
Sobre ellos, sobre esas ruinas,
asentará sus alas el misterioso pájaro invisible del silencio
de cuyo pico sale la voz nueva
como de algunas muertes otra vida.



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