domingo, 28 de octubre de 2018

Louise Glück -Epílogo

Louise Glück, Nueva York, 22 de abril 1943
Versión Sandra Toro


Epílogo

Leyendo lo que acabo de escribir, ahora creo
que paré de golpe, de modo que mi historia parece haberse
distorsionado un poco, al terminar como lo hace, no abruptamente
pero sí en una especie de niebla artificial como la que
rocían sobre los escenarios para un cambio de set difícil.

¿Por qué paré? Algún instinto
distinguió una forma, y la artista que hay en mí
intervino como para parar el tráfico?

Una forma. O destino, como dice el poeta,
vislumbrado hace mucho en esas pocas horas—

Alguna vez debí haber pensado así.
Y todavía me disgusta el término
que me parece una muleta, una fase,
la adolescencia de la mente, quizás—

Así y todo, era un término que con frecuencia
yo misma usaba para explicar mis fallas.
Destino, suerte, cuyos designios y avisos
ahora me parecen nada más
que simetrías locales, chucherías
metonímicas dentro de la gran confusión—

Caos fue lo que vi.
Mi pincel se heló --no pude pintarlo.

Oscuridad, silencio: ese era el sentimiento.

¿Y cómo lo llamamos?
Una “crisis de la visión”, que creí en correspondencia
con el árbol que enfrentaron mis padres,

pero mientras a ellos los empujaron
contra el obstáculo,
yo me replegué o huí.

La niebla cubrió el escenario (de mi vida).
Los personajes fueron y vinieron, cambiaron de vestuario,
mi mano del pincel se movió de un lado para el otro
lejos del lienzo,
de un lado para el otro, como un limpiaparabrisas.

Seguro esto era el desierto, la noche oscura.
(En realidad, una calle de Londres atestada,
con los turistas haciendo flamear sus mapas coloridos).

Uno dice una palabra: Yo
De ahí fluían
las grandes formas—

Respiré hondo. Y llegó a mí
la persona que dibujaba ese aliento
no era la persona de mi historia, su mano infantil
empuñaba decidida el crayon—

¿Era yo esa persona? Un chico pero también
un explorador para el que el camino de pronto es claro, para el que
la vegetación se abre—

Y de ahí en más, ya no explorada por la vista, esa soledad
exaltada que tal vez Kant experimentó
en su camino a los puentes—
(Compartimos un cumpleaños).

Afuera, a fines de enero, las calles de fiesta
estaban orladas con luces de navidad exánimes.
Una mujer se apoyó en el hombro de su amante
y cantó Jacques Brel con su soprano agudo—

¡Bravo! La puerta está cerrada.
Ahora no se escapa nada, nada entra—

Yo no me había movido. Sentí el desierto
que se extendía delante, estirándose (me parece ahora)
para todos lados, cambiando mientras hablo,

de manera que yo estaba constantemente
cara a cara con la blancura, esa
hija adoptiva de lo sublime
que, resulta,
fue a la vez mi sujeto y mi medio.

¿Qué hubiera dicho mi gemelo, mis pensamientos
lo habrían alcanzado?

Quizás hubiera dicho
que en mi caso no hubo ningún obstáculo (por amor al debate)
después de lo cual me hubiera
remitido a la religión, el cementerio donde
se responden las preguntas de la fe.

La niebla se había despejado. Los lienzos vacíos
se habían volteado hacia dentro de cara a la pared.

El gatito está muerto (así decía la canción)

¿Voy a resucitar de entre los muertos?, pregunta el espíritu.
El sol dice que sí.
Y el desierto responde:
Tu voz es arena dispersa en el viento.


viernes, 26 de octubre de 2018

Enrique Verástegui, -Salmo

Enrique Verástegui, Lima, 24 de abril 1950 – Lima, 27 de julio 2018 


Salmo

Yo vi caminar por las calles de Lima a hombres y mujeres
carcomidos por la neurosis,
hombres y mujeres de cemento pegados al cemento aletargados
confundidos y riéndose de todo.
Yo vi sufrir a estas pobres gentes con el ruido de los claxons
sapos girasoles sarna asma avisos de neón
noticias de muerte por millares una visión en la Colmena
y cuántos, al momento, imaginaron el suicidio como una ventana
a los senos de la vida
y sin embargo continúan aferrándose entre
marejadas de Válium
y floreciendo en los maceteros de la desesperación.
Esto lo escribo para ti animal de mirada estrechísima.
Son años-tiempo de la generación psicótica,
hemos conocido todas las visiones de Kafka y Gregory Samsa
pasea con Omar recitando silbando fumando mariguana
junto al estanque en el parque de la Exposición – carne
alienada por la máquina y el poder de unos soles
que no alcanzan para leer Alcools de Apollinaire.
Recién ahora comprendo mañana reventaré como esos gatos
aplastados contra la yerba
y las cosas que ahora digo porque las digo ahora
en tiempos de Nixon – malísimos para la poesía
- corrupción de los que fueron elegidos como padres - gerentes
controlando el precio de los libros
de la carne y toda una escala de valores que utilizo
para limpiarme el culo.
Yo vi hombres y mujeres vistiendo ropas e ideas vacías
y la tristeza visitándolos en los manicomios.
Y vi también a muchos gritando por más fuego desde los autobuses
y entre tanto afuera
el mundo aún continúa siendo lavado por las lluvias,
por palabras como estás que son una fruta para la sed.

miércoles, 24 de octubre de 2018

Elizabeth Bishop -La bahía

Elizabeth Bishop, Massachusetts, 8 de febrero 1911 – Massachusetts, 6 de octubre 1979 
Versión Nahuel Lardies


        La bahía

                                                              (En mi cumpleaños)

        ¡Qué transparente es el agua con la marea baja!
        Blancas costillas de marga desgastada asoman y relucen;
        los barcos están secos, y los pilotes secos como fósforos.
        Más absorbente que absorbida, el agua
        de la bahía no humedece nada,
        tiene el color del fuego con la hornalla al mínimo.
        Una la puede oler evaporarse; si fuese Baudelaire,
        una podría escuchar cómo va transformándose en música de marimba.
        La pequeña draga ocre en las obras del final del muelle
        ya hace sonar los claves de manera perfecta en débiles acentos secos.
        Los pájaros que sobrevuelan, inmensos. Me parece que
        los pelícanos chocan de manera
        innecesariamente abrupta contra este vapor tan peculiar,
        como picas, saliendo a superficie
        muy raras veces con algo que amerite la atención
        y yéndose, con gracia, a los codazos.
        Blancos y negros, pájaros guerreros planean
        sobre corrientes impalpables
        y abren sus colas en las curvas como tijeras
        o las tensionan como espoletas hasta el temblor.
        Botes desaliñados continúan entrando
        con su aire servicial de perros de caza,
        erizados con anzuelos y garfios
        y una ornamentación de esponjas como pompones.
        Hay un cerco de alambre a lo largo del muelle
        donde, reluciendo como pequeñas rejas de arado,
        las colas gris azul de tiburones cuelgan hasta secarse
        para el negocio del Restaurant Chino.
        Algunos de los blancos botecitos siguen amontonados
        el uno contra el otro, o yacen de costado en cúmulos,
        aún no rescatados (si es que alguien alguna vez lo hará) de la última tormenta,
        como cartas rasgadas al abrirlas, que nunca respondimos.
        La bahía está contaminada con antiguas correspondencias.
        Click. Click. La draga sigue,
        y saca una mandíbula llena de marga.
        Toda la desprolija actividad continúa,
        horrible pero alegre.




lunes, 22 de octubre de 2018

Flor Monfort -Luna Plutón

Flor Monfort, Bs As, 22 de abril 1976


Luna Plutón

Yo no te amo pero quiero que me ames
Nuestro hijo tiene 18 meses y ahora puedo sentarme a escribir el agotamiento
revisar el home banking la dentición
temprana y los anillos de pepa de saturno.

Toda esa ropa nueva que puedo ver en las redes sociales
la vajilla el futón, fuiste a un sastre, adelgazaste el desafío no es dejar de pensar
atrás de todo este castigo estoy yo, mi esencia
salvaje, yo que me gusto me guiño el ojo y no estoy tan decepcionada.

Dejo un poco de helado para la noche sola en la calle violencia
adentro mullido y luces altas agendas con abogados el agua purifica un viaje
en bondi de vez en cuando.

Yo no te amo, no disfrutaría tu compañía no te encuentro interesante
pero sí muy sexy sos tan majo
el problema no es que el bebé se prenda sino perder la paciencia dando la teta.

Dormir sola en la cuna
mientras él resopla desde mi almohada
el apego es bañarse juntos ponerse colorados no te miento cuando me llamás
me saco la remera y lo dejo tomar a su antojo.

La maternidad es un lío un poema de emoticones
en la cresta de la ola de la cena
mi ex novio me refiere sus consejos de crianza doy golosinas toda mi plata
no soy como él, no me compro nada
mantengo el orden hasta ahí mantengo la raya las cuentas se pagan el día que vencen
los carnets se pierden varias veces al año elegí un barrio bosque un barrio montaña para pasear el pata pata
miles de perros con collares de osos ventanas y rampas.

Pablo me dice que medite, que descanse mi cabeza del autocontrol de ser una boluda
todo el tiempo de sentir tanto tan poco

del rivotril de hacer la cama de la autoexigencia
y yo digo no, no me exijo mucho eh? y él dice sí, te das con un palo
y yo no quiero ser perfecta quiero ser armada
pero no puedo ni dar discursos.

Ahora mientras soy mamá de un nuevo descanso de algunos problemas
como esa pulseada por controlar.
Lo importante no es el amor sino la lealtad.

sábado, 20 de octubre de 2018

León de Greiff -Sonatina

León de Greiff, Medellín, 22 de julio 1895 – Bogotá, 11 de julio 1976


Sonatina 

Todavía irrumpir, irrumpir otra vez, echar
más favilas al viento,
más guijarros, más lascas, más jacillas al mar,
más sueños al azar,
más azar al soñar,
más líneas de tangencias y de evasión al cavilar.
Todavía irrumpir, irrumpir otra vez, otra vez dar
de beber al sediento,
de yantar al hambriento,
de atesorar al avariento…
Otra vez dar de amar y de yogar al sediento, avariento y hambriento del liento
surco del taladrar, del singlar, del arar, del navegar, del sembrar, del fecundar, del germinar, del cosechar…
Yo siempre digo como siento.
Yo siempre digo lo que siento,
yo siempre vivo como siento,
yo siempre escribo lo que siento,
yo siempre escribo cuando siento cuánto siento, sin cesar, sin cejar,
y siempre con aromas y ritmos, melodías y pasmos del soñar –al azar-,
siempre con ácidos y sales y heces y posos del pensamiento.
Yo siempre escribo lo que siento,
lo que siento o presiento sentir, rudo, hasta muy más –a lo hondo-
del lacerar y el lancinar mi corazón. Y lo que siento y presiento sentir, duro, cuando el cogitar
-pensieroso- hasta muy más –hacia el ápex- del meditar,
del cavilar hecho martirio, lacra, estigma, tormento.

Todavía irrumpir, ogaño. Todavía. Otra vez. Otra vez echar
más pavesas, vilanos, más briznas de bazofias de basuras al viento,
más cenizas y escorias y zurrapas al mar,
más abalorios y falaciosos oropeles y espejismos falenciosos al soñar –al azar-.
Más azar, más albures y suertes, más mitos delusorios y fábulas ficticias al soñar.

Todavía irrumpir, irrumpir otra vez, para dar
de yogar y de amar y se herir, de folgar y extasiar y yacer, al aún turbulento;
de beber, de placer y soñar –pero nunca en jamás le saciar-,
al de solo de ensueños y fervor y furor y de ardor y de amor y de sedes opulento.

Yo siempre siento lo que doy en pensar.

Yo siempre siento lo que doy en pensar.
Yo siempre pienso lo que doy en sentir. Siempre siento
lo que doy –al azar- en trovar e idear, en soñar y ensoñar e imaginar
y, -juglar,
ministril, minnesinger, trovador y poeta-, en fabular…
En fabular y fabular
con heces y color de fantasía, nébulas irisadas de ficción, sombras del divagar;
en fabular y fabular
con ácidos y sales y tósigos y tóxicos y filtros y heces y posos del pensamiento virulento.

Yo siempre siento lo que doy en pensar.
Yo cuento siempre como siento:
como siento y presiento sentir y presentir entre las venas, entre su red tentacular
hasta muy más –en lo profundo- de lo anímico y medular,
y como pienso cogitar, pensieroso-trascendente y soñar, ensoñar y vagar
-infraconsciente- hasta muy más allende (a la cima, a la sima) del befar, del zaherir,
de la locura en serio, del disparate, la bufonada, el esperpento.

Yo siempre pienso como siento,
yo siempre siento como cuento el invento y el intento y el portento del momento.

Todavía irrumpir, irrumpir otra vez, derramar,
emanar, dimanar, y –con ello- aromar. Aromar:
de zábila es, de sándalo, de amomo, la savia que me resta dispender…
Otra vez reverter,
con ello deterger, derruír, corroer: son ponzoñas letales las hieles que me falta propinar,
las hieles que me falta consumir…
Todavía irrumpir, irrumpir otra vez, otra vez irrumpir:
solo cuenta el minuto, sólo vale el momento en movimiento.
Sólo importa el instante del catar:
sólo importa el instante en que se toma, se posee y se goza al pasar:
y el efímero instante catar, saborear, gozar y disfrutar y poseer…
Todavía irrumpir.

Todavía irrumpir. Irrumpir otra vez… No ciar.
Todavía irrumpir. Siempre izar, no amainar.
Todavía irrumpir, irrumpir otra vez. No anclar en el recuento
de fazañas, proezas, de éxtasis y deliquios de dulce memorar,
de capitoso retrotraer,
de deleitable revivir…
Todavía irrumpir.
Irrumpir otra vez. No amainar. No ciar. Jamás anclar…:
menos –al pairo y en carena- enmohecer.
Aún menos, incurrir en el recuento de lo que pudo ser,
ni en el de empeños vanos y fallidos conatos, hechas de delinquir o de perder,
delusorias estancias, aciagas estadías, embaidores mirajes –de sollozo y lamento…-
Todavía irrumpir. No cejar. Todavía irrumpir.
Todavía, todavía irrumpir: si todo ha de finar,
todo de se abolir,
si todo ha de finar, de caducar y de periclitar y de parar
-memento- en el Memento.
Si todo ha de caer
en el no ser,
si todo ha de finar y concluir
en el se ir:
sabio es vivir viviendo a toda hora, toda hora, sabio es vivir, vivir.
Vivir el día ya, vivir al día desde la albada hasta el atardecer.
Vivir al día el día hasta el se echar
en cómodo decúbito y yacer.
Vivir al día el día sin cesar, sin cejar.
Sin cesar, sin cejar y erigir:
y erigir a lo efímero, de lo efímero, con lo efímero, perenne monumento.

Yo siempre vivo lo que siento,
yo siempre pienso como siento, yo siempre siento lo que cuento,
como invento y de intento:
con aromas y ritmos, melodías y pasmos del soñar –al azar-;
como invento y de intento:
con ácidos y sales, heces y posos y ponzoñas del pensamiento…
Como invento y de intento…
Para echarlo a volar y a danzar, a danzar y girar,
para echarlo a danzar,
a danzar y bogar y vagar,
a danzar y volar, parabolar, cabriolear y revolar
con el viento,
con el viento –que es viento para el viento,
por el viento, en el viento…-


martes, 16 de octubre de 2018

Mary Oliver -Lluvia

Mary Oliver, Ohio, EEUU, 10 de septiembre 1935
Versión Sandra Toro


Lluvia

1.

Toda la tarde llovió, y después
semejante poder cayó de las nubes
en un hilo amarillo,
autoritario como se supone que es Dios.
Cuando golpeó al árbol, el cuerpo de ella
se abrió para siempre.


2. La ciénaga

Anoche, bajo la lluvia, unos hombres treparon
el alambrado del centro de detención.
En la oscuridad se preguntaban si lo iban a lograr
y supieron que tenían que intentarlo.
En la oscuridad treparon el alambre de púas, palmo
a palmo.
En la oscuridad, también, capturaron a la mayoría
y los mandaron de nuevo adentro.
Pero unos pocos todavía siguen trepando, o vadeando
la ciénaga azul del otro lado.

¿Cómo se sentirá agarrar el alambre de púas como
si fuera un pedazo de pan o un par de zapatos?
¿Cómo se sentirá agarrar el alambre de púas como
si fuese un plato y un tenedor, o un puñado de flores?
¿Cómo se sentirá agarrar el alambre de púas como
si fuese el picaporte de una puerta, papeles de trabajo o
una sábana limpia con la que te querés cubrir el cuerpo?


3.

O esto: un día de lluvia, mi tío
acostado en un lecho de flores,
frío y roto,
arrancado del auto inútil
con su tapa de trapo, y su manguera
larga y brillante. Mi padre
gritó,
después llegó la ambulancia,
después todos miramos a la muerte,
después la ambulancia se lo llevó.
Desde la puerta de calle
me di vuelta otra vez
buscando a mi padre, que se había quedado,
que todavía estaba parado entre las flores,
que era ese hombre embarrado e inmóvil,
que era esa figura diminuta bajo la lluvia.


4. A la mañana temprano, el día de mi cumpleaños

Los caracoles se mueven entre las campanillas
sobre el trineo rosado de su cuerpo.
La araña duerme entre los pulgares rojos
de las frambuesas.
¿Qué voy a hacer, qué voy a hacer?

La lluvia es lenta.
Bajo ella reviven los pajaritos.
Hasta los escarabajos.
Las hojas verdes se la toman a lengüetazos.
¿Qué voy a hacer, qué voy a hacer?

La avispa se sienta en el porche de su castillo de papel.
La garza azul sale de las nubes flotando.
El pez salta, todo arco iris y boca, del agua oscura.
Esta mañana los lirios de agua no son menos hermosos, creo,
que los lirios de Monet.
Y yo no quiero más ser útil, ser dócil,
guiar
a los chicos desde los campos hasta el texto
de la civilidad, enseñarles que ellos son (no son) mejores
que el pasto.


5. A la orilla del mar

Ya escuché esta música antes
dijo el cuerpo.



6. El jardín

La manga arrugada
del repollo,
la campana hueca
del pimiento,
la cebolla laqueada.

Remolachas, borraja, tomates.
Chauchas.

Entré y puse todo
sobre la mesa: cebollines, perejil, eneldo,
el zapallito como una luna pálida,
las arvejas con sus zapatos de seda, el maíz
hermoso que la lluvia empapó.


7. El bosque

De noche
bajo los árboles
la serpiente negra
avanza, gelatina,
frotando
áspera
los tallos de la sanguinaria,
las hojas amarillas,
los pedacitos de corteza,
para quitarse
la vida vieja.
Yo no sé
si sabe
lo que pasa.
No sé
si sabe
si va a funcionar.
A lo lejos
la luna y las estrellas
iluminan un poco.
A lo lejos
chilla la lechuza.

A lo lejos
chilla la lechuza.
La serpiente sabe
que este es el bosque de la lechuza,
que este es el bosque de la muerte,
que este es el bosque de la miseria
donde uno se arrastra y se arrastra,
donde se vive en la cáscara de los árboles,
donde se duerme sobre ramas silvestres
que no pueden soportar tu peso,
donde la vida no tiene un propósito
y no es civil ni inteligente.

Donde la vida no tiene un propósito,
y no es civil ni inteligente,
empieza
a llover,
empieza
a haber olor como a cadáveres
de flores.
Detrás de la nuca
la piel vieja se abre.
La serpiente tiembla
pero no vacila.
Avanza lentamente.
Debajo, empieza a sangrar
como si fuera seda.




                                                  en mi felicidad
                                                  en mi cuerpo blando,
                                                  en mi pelo largo y brillante –
                                                  
                                                  porque todo eso fue verdadero:
                                                  el milagro de mí misma,
                                                  sus sueños,
                                                  su desesperación.

domingo, 14 de octubre de 2018

Léo Ferré -Con el tiempo

Léo Ferré, Mónaco, 24 de agosto 1926 – Italia, 14 de julio 1993
Traducción Juan Luis Moreno Rojo


Con el tiempo

Con el tiempo...
con el tiempo va, todo se va.
Olvidamos la cara y olvidamos la voz.
Cuando el corazón ya no late,
no vale la pena seguir buscando,
hay que dejarlo ir... y así está bien.

Con el tiempo...
con el tiempo va, todo se va.
La otra, a la que adorábamos, que buscábamos bajo la lluvia.
La otra, a la que adivinábamos al desviar la mirada,
entre palabras, entre líneas y bajo la sombra de los ojos
de un juramento maquillado que va por la noche.
Con el tiempo todo se desvanece.

Con el tiempo...
con el tiempo va, todo se va.
Incluso los recuerdos más divertidos.
“Qué cara tenés...” —balbuceó en el gran almacén,
en los pasillos de la muerte, un sábado a la tarde,
cuando la ternura se va, por sí sola.

Con el tiempo...
con el tiempo va, todo se va.
La otra, a quien le creíamos los resfríos y cualquier cosa,
la otra, a la que dábamos el viento y las joyas,
por quien vendimos el alma a cambio de unos centavos,
y ante quien nos arrastramos como se arrastran los perros.
Con el tiempo... va… todo va bien.

Con el tiempo...
con el tiempo va, todo se va.
Olvidamos las pasiones y olvidamos las voces,
que nos decían en voz baja, las palabras de la gente:
“No vuelvas tarde a casa, y sobre todo, no tomes frío”

Con el tiempo...
con el tiempo va... ¡todo se va!
Y uno se siente canoso, como un caballo rendido,
y uno se siente congelado en un lecho de azar,
y uno se siente solo, pero tranquilo,
y uno se siente engañado por los años perdidos.
Entonces, en realidad, con el tiempo...
ya no se vuelve a amar.

viernes, 12 de octubre de 2018

Federico García Lorca -Oda a Walt Whitman

Federico García Lorca, España, 5 de junio 1898 - Granada, 18 de agosto 1936


Oda a Walt Whitman

Por el East River y el Bronx
los muchachos cantaban enseñando sus cinturas,
con la rueda, el aceite, el cuero y el martillo.
Noventa mil mineros sacaban la plata de las rocas
y los niños dibujaban escaleras y perspectivas.

Pero ninguno se dormía,
ninguno quería ser el río,
ninguno amaba las hojas grandes,
ninguno la lengua azul de la playa.

Por el East River y el Queensborough
los muchachos luchaban con la industria,
y los judíos vendían al fauno del río
la rosa de la circuncisión
y el cielo desembocaba por los puentes y los tejados
manadas de bisontes empujadas por el viento.

Pero ninguno se detenía,
ninguno quería ser nube,
ninguno buscaba los helechos
ni la rueda amarilla del tamboril.

Cuando la luna salga
las poleas rodarán para tumbar el cielo;
un límite de agujas cercará la memoria
y los ataúdes se llevarán a los que no trabajan.

Nueva York de cieno,
Nueva York de alambres y de muerte.
¿Qué ángel llevas oculto en la mejilla?
¿Qué voz perfecta dirá las verdades del trigo?
¿Quién el sueño terrible de sus anémonas manchadas?

Ni un solo momento, viejo hermoso Walt Whitman,
he dejado de ver tu barba llena de mariposas,
ni tus hombros de pana gastados por la luna,
ni tus muslos de Apolo virginal,
ni tu voz como una columna de ceniza;
anciano hermoso como la niebla
que gemías igual que un pájaro
con el sexo atravesado por una aguja,
enemigo del sátiro,
enemigo de la vid
y amante de los cuerpos bajo la burda tela.
Ni un solo momento, hermosura viril
que en montes de carbón, anuncios y ferrocarriles,
soñabas ser un río y dormir como un río
con aquel camarada que pondría en tu pecho
un pequeño dolor de ignorante leopardo.

Ni un sólo momento, Adán de sangre, macho,
hombre solo en el mar, viejo hermoso Walt Whitman,
porque por las azoteas,
agrupados en los bares,
saliendo en racimos de las alcantarillas,
temblando entre las piernas de los chauffeurs
o girando en las plataformas del ajenjo,
los maricas, Walt Whitman, te soñaban.

¡También ese! ¡También! Y se despeñan
sobre tu barba luminosa y casta,
rubios del norte, negros de la arena,
muchedumbres de gritos y ademanes,
como gatos y como las serpientes,
los maricas, Walt Whitman, los maricas
turbios de lágrimas, carne para fusta,
bota o mordisco de los domadores.

¡También ése! ¡También! Dedos teñidos
apuntan a la orilla de tu sueño
cuando el amigo come tu manzana
con un leve sabor de gasolina
y el sol canta por los ombligos
de los muchachos que juegan bajo los puentes.

Pero tú no buscabas los ojos arañados,
ni el pantano oscurísimo donde sumergen a los niños,
ni la saliva helada,
ni las curvas heridas como panza de sapo
que llevan los maricas en coches y terrazas
mientras la luna los azota por las esquinas del terror.

Tú buscabas un desnudo que fuera como un río,
toro y sueño que junte la rueda con el alga,
padre de tu agonía, camelia de tu muerte,
y gimiera en las llamas de tu ecuador oculto.

Porque es justo que el hombre no busque su deleite
en la selva de sangre de la mañana próxima.
El cielo tiene playas donde evitar la vida
y hay cuerpos que no deben repetirse en la aurora.

Agonía, agonía, sueño, fermento y sueño.
Éste es el mundo, amigo, agonía, agonía.
Los muertos se descomponen bajo el reloj de las ciudades,
la guerra pasa llorando con un millón de ratas grises,
los ricos dan a sus queridas
pequeños moribundos iluminados,
y la vida no es noble, ni buena, ni sagrada.

Puede el hombre, si quiere, conducir su deseo
por vena de coral o celeste desnudo.
Mañana los amores serán rocas y el Tiempo
una brisa que viene dormida por las ramas.

Por eso no levanto mi voz, viejo Walt Whítman,
contra el niño que escribe
nombre de niña en su almohada,
ni contra el muchacho que se viste de novia
en la oscuridad del ropero,
ni contra los solitarios de los casinos
que beben con asco el agua de la prostitución,
ni contra los hombres de mirada verde
que aman al hombre y queman sus labios en silencio.
Pero sí contra vosotros, maricas de las ciudades,
de carne tumefacta y pensamiento inmundo,
madres de lodo, arpías, enemigos sin sueño
del Amor que reparte coronas de alegría.

Contra vosotros siempre, que dais a los muchachos
gotas de sucia muerte con amargo veneno.
Contra vosotros siempre,
Faeries de Norteamérica,
Pájaros de la Habana,
Jotos de Méjico,
Sarasas de Cádiz,
Ápios de Sevilla,
Cancos de Madrid,
Floras de Alicante,
Adelaidas de Portugal.

¡Maricas de todo el mundo, asesinos de palomas!
Esclavos de la mujer, perras de sus tocadores,
abiertos en las plazas con fiebre de abanico
o emboscadas en yertos paisajes de cicuta.

¡No haya cuartel! La muerte
mana de vuestros ojos
y agrupa flores grises en la orilla del cieno.
¡No haya cuartel! ¡Alerta!
Que los confundidos, los puros,
los clásicos, los señalados, los suplicantes
os cierren las puertas de la bacanal.

Y tú, bello Walt Whitman, duerme a orillas del Hudson
con la barba hacia el polo y las manos abiertas.
Arcilla blanda o nieve, tu lengua está llamando
camaradas que velen tu gacela sin cuerpo.
Duerme, no queda nada.
Una danza de muros agita las praderas
y América se anega de máquinas y llanto.
Quiero que el aire fuerte de la noche más honda
quite flores y letras del arco donde duermes
y un niño negro anuncie a los blancos del oro
la llegada del reino de la espiga.



fotografía: www.facebook.com/literland/

miércoles, 10 de octubre de 2018

José Coronel Urtecho -Oda a Rubén Darío

José Coronel Urtecho, Nicaragua, 28 de febrero 1906 – Costa Rica, 19 de marzo 1994


Oda a Rubén Darío

                                “¿Ella? No la anuncian. No llega aún.”
                                                         Rubén Darío. Heraldos

I
(Acompañamiento de papel de lija)

Burlé tu león de cemento al cabo.
Tú sabes que mi llanto fue de lágrimas,
i no de perlas. Te amo.
Soy el asesino de tus retratos.
Por vez primera comimos naranjas.
Il n´y a pas de chocolat —dijo tu ángel de la guarda.
Ahora podías perfectamente
mostrarme tu vida por la ventana
como unos cuadros que nadie ha pintado.
Tu vestido de emperador, que cuelga
de la pared, bordado de palabras,
cuánto más pequeño que ese pajama
con que duermes ahora,
que eres tan sólo un alma.
Yo te besé las manos.
“Stella —tú hablabas contigo mismo—
llegó por fin después de la parada”,
i no recuerdo qué dijiste luego.
Sé que reímos de ello.
(Por fin te dije: “Maestro, quisiera
ver el fauno”.
Mas tú: “Vete a un convento”).
Hablamos de Zorrilla. Tu dijiste:
“Mi padre” i hablamos de los amigos.
“Et le reste est literature” de nuevo
tu ángel impertinente.
Tú te exaltaste mucho.
“Literatura todo —el resto es esto”.
Entonces comprendimos la tragedia.
Es como el agua cuando
inunda un campo, un pueblo
sin alboroto i se entra
por las puertas i llena los salones
de los palacios —en busca de un cauce,
del mar, nadie sabe.
Tú que dijiste tantas veces “Ecce
Homo” frente al espejo
i no sabías cuál de los dos era
el verdadero, si acaso era alguno.
(¿Te entraban deseos de hacer pedazos
el cristal?) Nada de esto
(mármol bajo el azul) en tus jardines
—donde antes de morir rezaste al cabo—
donde yo me paseo con mi novia
i soy irrespetuoso con los cisnes.


II
(Acompañamiento de tambores)

He tenido una reyerta
con el Ladrón de tus Corbatas
(yo mismo cuando iba a la escuela),
el cual me ha roto tus ritmos
a puñetazos en las orejas…
Libertador, te llamaría,
si esto no fuera una insolencia
contra tus manos provenzales
(i el Cancionero de Baena)
en el “Clavicordio de la Abuela”
—tus manos, que beso de nuevo,
Maestro.
En nuestra casa nos reuníamos
para verte partir en globo
i tú partías en una galera
—después descubrimos que la luna
era una bicicleta—
y regresabas a la gran fiesta
de la apertura de tu maleta.
La Abuela se enfurecía
de tus sinfonías parisienses,
i los chicuelos nos comíamos
tus peras de cera.
(Oh tus sabrosas frutas de cera)
Tú comprendes.
Tú que estuviste en el Louvre,
entre los mármoles de Grecia,
y ejecutaste una marcha
a la Victoria de Samotracia,
tú comprendes por qué te hablo
como una máquina fotográfica
en la plaza de la Independencia
de las Cosmópolis de América,
donde enseñaste a criar Centauros
a los ganaderos de las Pampas.
Porque, buscándome en vano
entre tus cortinajes de ensueño,
he terminado por llamarte
“Maestro, maestro”,
donde tu música suntuosa
es la armonía de tu silencio…
(¿Por qué has huído, maestro?)
(Hay unas gotas de sangre
en tus tapices).
Comprendo.
Perdón. Nada ha sido.
Vuelvo a la cuerda de mi contento.
¿Rubén? Sí. Rubén fue un mármol
griego. (¿No es esto?)
“All’s right with the world”, nos dijo
con su prosaísmo soberbio
nuestro querido sir Roberto
Browning. Y es cierto.

FINAL
(Con pito)

En fin, Rubén,
paisano inevitable, te saludo
con mi bombín,
que se comieron los ratones en
mil novecientos veinte i cin-
co. Amén.

lunes, 8 de octubre de 2018

Abelardo Castillo -Fotografía de Malcom Lowry

Abelardo Castillo, San Pedro, 27 de marzo 1935 - Bs As, 2 de mayo 2017


Fotografía de Malcom Lowry

Tremendas mangas, tremendos pantalones y ese mar y esa barba,
Malcolm Lowry y el Popocatepetl detrás, o lo que sea,
algo como un volcán,
como el Embudo aquél,
como un presagio.

Es raro, señor Lowry,
lo miro y hace frío,
me digo yo a este hombre lo conozco con esa mole gris como la
muerte, tiene las manos entre las piernas, tiene frente
de mono y grandes mangas y un pantalón de lino, un
pantalón como de marinero,
detrás la bestia gris, como de Biblia
detrás
hay una especie de montaña que a lo mejor fue verde en las laderas,
pero cómo saberlo.

Y es notable
que alguien saque la foto
de los que posan sobre un fondo tan gris mirando lejos.

Sería interesante
hacerse una pregunta, consultar
a un astrólogo,
sincerarse,
y ver qué significa Malcolm Lowry mirando lejos junto al mar
con las manos entre las piernas
como un chico que duerme, con sus tremendas mangas y
sus tremendos pantalones, Malcolm Lowry con sus tremendos
pantalones y su barba,
tranquilamente junto al mar,
pegado en mi pared,
de perfil al demonio.

sábado, 6 de octubre de 2018

José Hierro -Generación

José Hierro, Madrid, 3 de abril 1922 – Madrid. 21 de diciembre 2002


Generación

No fue jamás mejor aquello.
Esto de ahora es doloroso;
pero el dolor nos hace hombres
y ya ninguno estamos solos.
Alto fue el precio que pagamos:
miseria y llanto de los ojos,
nuestros mejores años verdes
y nuestros sueños más hermosos.

Porque nacimos bajo el signo
del cerebro. Pero ya todo
se vino a tierra una mañana.
Lo devastó un viento glorioso,
y somos ruinas o cimientos,
algo inconcreto, algo borroso:
tronco cortado a ras de tierra,
que nadie sabe que fue tronco.

Predestinados para sabios,
para teóricos,
nos enseñaron muchas cosas
conceptualmente. Y como a un pozo
de agua estancada y silenciosa,
fuimos echando piedras, lodo,
trozos inútiles de muerte,
mármoles rotos.
Ahora no vemos sobre el agua
El paisaje que se alza en torno.

Predestinados para sabios,
para teóricos,
conoceríamos la vida
sólo a través del microscopio,
y nuestro amigo, nuestro hermano,
serían entes, microcosmos,
nombres velados, sin sentido,
abstracciones…

Pero ya todo
se vino a tierra una mañana.
Lo devastó un viento glorioso.
Se desbordó un día la vida,
nos tornó locos,
y les pusimos a las cosas
nuevos nombres. Y el vino rojo
de la sangre, y el agua pálida
del llanto, el sol majestuoso
del mediodía de verano
fueron más que simples fenómenos,
abstracciones, malabarismos
de los teóricos.
Éramos hombres, y el de enfrente,
aquel que hablaba con nosotros,
de su tiempo, de nuestro tiempo,
no era un ente ni un microcosmos.
El que sufría, el que gritaba
o lloraba por estar solo;
el que durmió sobre la hierba
las noches húmedas de otoño
a nuestro lado, alma con alma,
hombro con hombro,
aquél, cegado por la tierra
que nos echaban a los ojos;
aquél que anduvo por los campos
solitario, pisando odios,
era un hombre de carne y hueso
como nosotros.

…
Es extraño. Noches y días
se suceden. Seguimos solos
como unos árboles raquíticos
en la cima de un monte. Pozos
semicegados. (Pero el agua,
invisible para los ojos,
como una remota esperanza
suena en el fondo.)

Es triste alzarse de uno mismo,
poner los ojos en el rostro
de los hombres que han de venir
tras de nosotros,
que no sabrán que entre los árboles,
sobre la hierba, en el mar hondo,
en las ciudades, en las cumbres,
hemos cantado, temblorosos
por la alegría de estar vivos.

Así pasamos, como un soplo
de brisa azul sobre la piedra.
Sin dejar rastro, como el oro
de las hojas, cuando coronan
la frente grave del otoño…

Porque no queda ni una sola
rosa plantada por nosotros.

jueves, 4 de octubre de 2018

Flavio Crescenzi -Lecciones de urbanismo XIV

Flavio Crescenzi, Córdoba, 20 de julio 1973


Lecciones de urbanismo XIV

Todos pensamos un crimen perfecto, decisivo, como se piensa un poema o una sinfonía. Se trata de un crimen capaz de completarnos, de liberarnos, de hacernos más nosotros. Todos soñamos siempre un crimen, lo soñamos despiertos, lo perfeccionamos día a día, durante años, siglos, cerca o lejos de la víctima.

Y afilamos cuchillos, sacamos navajas o tijeras a la luz de la luna, imaginamos armas muy lustrosas que hermosean la muerte, un estampido de silencio o un lento filo de oro que navega las aguas de un cuerpo, hasta dar con su proa en el corazón del mártir elegido.

Todos tenemos un crimen escondido, nuestro viejo proyecto, un último gesto de odio acuñado con ternura, una suave decisión violenta, ese cuerpo que ya flota, como enorme magnolia, en el agua agazapada del estanque, y que teñirá todo de rojo, como lo hace el crepúsculo que hay en cada sacrificio.

Vivimos nuestro crimen, lo pensamos despacio, vamos cambiando de proyecto, o insistiendo en el mismo, ultimando detalles como un buen novelista. Crimen cuyo motivo, en puridad, ya hemos olvidado, porque el asunto es matar a alguien muy concreto, aunque no sepamos por qué. Y así, obsesiva y sagradamente, vamos depurando un cadáver viviente gracias a una serie de ultrajes inventados. No hay nada que vengar, el tiempo se encarga de hacer justicia a su manera, pero el muerto (nuestro muerto) tiene ya cara de víctima. Su existencia, su trato con nosotros, el espacio que ocupa en la noche o en el día, es una provocación, un signo, una tácita invitación al homicidio.

Todos tenemos una víctima. No sabríamos vivir sin ella. Y urdir ese crimen, pasar noches enteras blanqueando metales, aquellas dagas imposibles de la bellísima falta, todo eso es lo que nos va matando, eso es de lo que vamos muriendo. Moriremos finalmente de nuestro propio crimen, de aquel que jamás cometeremos.





martes, 2 de octubre de 2018

Joyce Mansour -Rapaces

Joyce Mansour, Reino Unido, 25 de julio 1928 – París, 27 de agosto 1986
Traducción Eugenio Castro


Rapaces

No conozco el infierno
Pero mi cuerpo arde desde mi nacimiento
Ningún diablo aviva mi odio
Ningún sátiro me persigue
Pero el verbo se transforma en parásitos en mis labios
Y mi pubis tan sensible a la lluvia
Inmóvil como un molusco flatulento de música
Se aferra al teléfono
Y llora
A mi pesar mi carroña se exalta con tu viejo sexo al descubierto
Y durmiente.

*****

Estoy harta de los hombres
De sus súplicas de su pelambre
De su fe de sus modos
Ya he tenidos suficiente con su esqueleto
Bendíceme loca luz que iluminas los montes celestes
Aspiro a quedarme de nuevo vacía como el ojo apacible
Del insomnio
Aspiro a ser astro de nuevo.

domingo, 30 de septiembre de 2018

Mario Montalbetti -Para la tempestad

Mario Montalbetti, Callao, Perú, 13 de febrero 1953


Para la tempestad

A comienzos de año escribí un poema que comenzaba
el sol cae, las estaciones se suceden, las nubes flotan sin dirección.
Luego de unos cuantos versos más empleando ese tono más bien oriental
quebré el progreso del poema y dije
cambio todo eso por una sopa dan dan mian
llena de vida mamífera flotando arruinada en su superficie.
El poema era sobre el chifa Hou Wha en Miraflores,
un restaruant elegante en Carlos Tenaud con Paseo de la República.
La elección del local no es gratuita: es el chifa
predilecto del Presidente García. Ahí va con sus amigos,
ahí celebra, ahí se reúne, festivo, consigo mismo.
El proceso retórico que quería emplear era el de comparar
la descuartización de cangrejos, la ingesta de ostiones,
las manchas de sillau en los manteles blancos,
las fuentes de chancho asado devueltas a medio comer,
y las risas humanas que emergen de los apartados,
con ciertos excesos que ocurren en el país.
Entiendo que hablar de comida es feo
pero a veces la verdad se dice en listas:
nabos fríos, tamarindos, huesos de pato, té lapsang.
Es un poema largo en el que también hablo de un cuadro
que cuelga sobre una mesa laqueada
en el que con un mismo trazo el artista dibuja
los acantilados y la luna.
En un pasaje del poema, a través de una de las ventanas del chifa,
aparece un taxi transitando por Paseo de la República
con una calcomanía del Che en la luna posterior y escribo que eso
(una calcomanía del Che en la luna posterior de un taxi)
es lo más cercano que hemos llegado al socialismo en este país.
El poema acaba poco después con los versos
es inútil, la naturaleza ha muerto.
Lo titulé “El Chifa de García” y no está mal
pero no expresa verdaderamente lo que quiero decir.
Se parece demasiado a otros poemas que he escrito antes,
y habla justamente de comida que es uno de esos excesos
en contra de los cuales apuntan sus versos.
Luego de ese poema escribí otro que lleva por título “Dinastía Wong”.
“Dinastía Wong” habla sobre el monumento al Becerro de Oro
que se ha construido en San Isidro y que es un lugar de peregrinación
de agentes de bolsa, administradores, MBAs, economistas, inversores,
expertos en liderazgo, cambistas de dólares y emprendedores.
El poema está situado en un futuro no muy distante.
Hay un par de versos en los que escribo
el emperador y los mineros tienen sus aposentos
en el valle de Pachacama. La capital ya no existe.
El ambiente es más bien desagradable. Escribo
toda la comida es carne humana y rábanos
que han resultado ser singularmente resistentes.
El poema tampoco está mal pero otra vez se parece demasiado
a cosas que ya he escrito antes y por eso no me agrada del todo.
Luego de ese par de poemas, dejé de escribir y pasó el invierno.
Fue entonces que Nicolás Cabral llamó a invitarme a escribir
en La Tempestad y no sabía bien qué decirle.
Por un lado quería aceptar pero por otro
no tenía nada nuevo que pudiera enviarle y repetir lo mismo
me parece auto-complaciente y finalmente, aburrido.
Los poemas no dicen gran cosa estos días.
Mis poemas no dicen gran cosa estos días.
Resolví entonces hacer lo siguiente: primero, explicar la razón
de mi silencio (que ahora ya la saben: todo lo que escribo ahora
se parece demasiado a lo que he escrito antes) y segundo excusarme
o tal vez repetir los versos finales de “El Chifa de García”:
es inútil, la naturaleza ha muerto.