jueves, 18 de mayo de 2017

Diana Azcona Trejo -Crónicas de hospital

Diana Azcona Trejo, Ciudad de México, 15 de abril 1982


Crónicas de hospital


                 Explicar: diversión de los vientres rojos con los molinos de 
                 los cráneos vacíos.
                                        Tristan Tzara | Primer Manifiesto Dadaísta


 I

¿Qué pensaste, cariño,
en ese último momento en que pudiste pensar?
¿Pudiste pensar?
¿Recordaste el brazo roto de tu hija?
¿Sentiste el olor de mi pecho?
¿Sentiste mis náuseas?
¿Te dolía la cabeza, amor, mi cabeza?

Te atormentaba todo, lo sé.
Querías salir de tu cuerpo
mucho antes del
golpe
antes                                               del  vuelo

mucho antes del  es
ta lli do.



II

Te vi entrar al quirófano
con la mano vendada y nuestras discusiones
en las piernas.
Saliste de ahí después de tres horasmeses,
a las dos de la tarde.

Llegaste a Terapia intensiva
luciendo un bellísimo y moderno aparato
que medía tu presión intracraneal
y mis remordimientos.

Entré a verte después del espantapájaros.
Le grité al médico:
¡tu habitación no tiene vista al mar!
Lloré por tres minutos sobre tu sábana
y recité Hora de junio
para matar el noventaynuevepuntonueveporciento de los gérmenes
que dejó tu madre durante su visita.

Luego de la ablución, me senté en el corredor a leer
El Lazarillo de Tormes.
Cuando terminé,
habíamos cumplido ya
doce años de no amarnos
y no pude más que maldecirte;
te maldije por haberme dejado aquella noche,
sin farol y sin cigarros.



III

En el papel dice
que yo autorizo:
una parte de tu cráneo
será resguardada en un banco
helado                      de tejidos.

En el papel dice que tu frente
esperará por ti doce meses.
Después,
no podrá regresar a tu cabeza.

Yo lo firmé.



IV

Me pidieron una cánula de Jackson.
Yo solo pensaba en tapar con mi lengua
el orificio de tu garganta
para que no se te escaparan
mis tormentas.



V

Ahora,  en esta hora en la que yaces
brillante, horadado y febril,
en medio de esta ri dí cu la asepsia

no te acaricio porque no te reconozco.

Los médicos dicen que eres tú,
que eres tú de treinta y nueve años
que eres tú zanahoria
que eres tú neumónico
que eres tú hidroce¿fálico?
que eres tú mórbido.

Pero a mis manos
―insoportablemente viudas―
no las inunda  tu espuma
ni  las abrasa tu incendio,
y se niegan a ser sudario
para ese cuerpo
que ya no te pertenece.



VI

¿No escuchas la nada en mis pestañas?
¿No sientes el silencio de mi espalda?
¿No ves que no tengo nada de tanto que tengo?
Las pocas horas que nos quedaban
hoy sólo son tiempo,
ni siquiera la espera
ni siquiera la muerte.

Puedo alimentar la pena,
vivir de la angustiosa oscuridad
que nos habita,
vivir afuera de la noche
afuera
de tus dedos,

puedo.



VII

Fumo
muy cerca de tu ventana:
cama cuatro, Terapia intensiva.

El humo que exhalo
podría desinflamar tu consciencia,
entibiar tus pies o tu frente hundida.

Tal vez.



VIII

Salgo de la sala de urgencias al amanecer,
luego del informe médico: dicen que no has despertado.
Prendo un cigarro   o dos
y leo un poema      o dos.

Hago lo mismo desde hace muchos días,
no sé exactamente cuántos:
he perdido la capacidad de medir el tiempo.

Siento como si llevara años viviendo aquí,
como si la entrada del hospital
fuera el comedor de nuestra casa,
como si los parientes de los otros enfermos
fueran de nuestra familia;
los observo y padezco con ellos:
el padre de Alfonso luce abatido
esta mañana
el pulmón de su hijo colapsó;
la hermana de Silvia ,
paciente de cáncer,
llora tranquila y come tamales
mientras espera a que le entreguen a la muerta radiada;
la casi viuda del hombre comatoso bebe café,
lee un poema   o dos,
prende un cigarro
y no sabe qué hacer ante el esplendor de la despedida.



IX

Hay una mancha de sangre en el frasco de Propofol


un catéter en tu abdomen
un desierto en el catéter
una boca que cayó de tu mano
tu mano que se abrió    caracol

Pero no me importan el catéter en tu abdomen
el desierto en el catéter
ni la boca que cayó de tu mano   caracol

He escrito todo esto solo para decir
que solo quiero decir que odio los lunes,
que este miércoles parece lunes
¡Y que hay una maldita mancha de sangre en el estúpido frasco de Propofol!



X

Seguimos aquí
en silencio.
¿Cuánto días han pasado?
Dicen mis amigas que van doce.

Tú duermes y, a veces, abres los ojos;
los abres cuando chupo tus dedos
o muerdo tus pies, los abres y no me miras.

Yo escribo, pero no escribo
leo, pero no leo, respiro y no;
pienso en palíndromos: lugares comunes:
hospital es palíndromo, lugar común y  aliteración

chupo tus dedos para que abras los ojos.



XI

Los cirujanos abrieron tu cabeza
y me encontraron allí:
una inflamación descomunal
de once años de podredumbre.
Rompieron tu cráneo
para que yo pudiera salir caliente, dormida y fétida.

Así que abrázame, porque he nacido, abraza a tu parásito.
Dame una nalgada para que llore y tiemble de miedo y de placer,
acaricia mi sexo anquilosado y luego termina de morirte.



XII

Tu sueño:
vacío en clave de anestesia

Polvo    polvo
que se asienta en los ojos
por  saberte ¿invierno?
en los jamases de mi pies.



XIII
                                                                                                   Para  J.L

Ellos no saben nada del horror,
no saben de tus manos secas, del  castigo,
de tus lilas casi rojas
ni que tu espalda se hizo piedra.

Tampoco saben que has muerto
sin perdón y sin tu pléyade.

No  dejaré que lo sepan
no se los diré.
Lo digo todo, pero nada digo.



XIV

Hambre   ruiseñor    lengua
me piden que te cuente la vida
Memoria   abstinencia   clavos
dicen que me escuchas
sangre   tristeza   antibiótico
que mi voz te hace bien
coágulo   neumonía   café
que te diga lo que hago mientras duermes
fiebre   ceremonia   vómito
que los sonidos familiares estimulan tus neuronas
neuronas   neurólogo   neurosis
que la música te ayudaría
Bach   Schumman   ¡Shumman!
que la música que más te gusta
silencio   silencio   silencio
que no, que no me quede callada
silencio   silencio   silencio
me iré mañana a las ocho en punto.


XV

Me vino el olvido
entre las cinco pe eme
y quinientas gotas de tu carne.

antes de la noche,
después de la orilla,
entre Urgencias y la Sala de Choque,
a once lágrimas de altura.

Indolente, quebré mis párpados
(mirlos enfermos),
y fueron balas
para la tarde de esa mañana
desbocada y húmeda
en la que
cerré las piernas, apreté los puños
me vino el olvido.







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