martes, 20 de junio de 2017

Aimé Cesaire -Las armas milagrosas

Aimé Cesaire, Martinica, 26 de junio 1913 – Martinica, 17 de abril 2008
Traducción José Luis Rivas


Las armas milagrosas

El violento machetazo del placer rojo en plena frente había
    sangre y ese árbol llamando flamboyán flamígero y al que
    nunca le queda tan bien ese nombre como en vísperas de
    ciclón y de ciudades saqueadas la nueva sangre la razón
    roja todas las palabras que en todas las lenguas significan
    morir de sed y sólo cuando el morir tenía el sabor del pan
    y de la tierra y la mar un sabor de antepasado y ese pájaro
    que me grita que no me rinda y la paciencia de los alaridos
    en cada recodo de mi lengua

(la arcada más bella y que es un chorro de sangre
la arcada más bella y que es una ojera lila
la arcada más bella y que se llama noche
y la belleza anarquista de tus brazos en cruz
y la belleza eucarística que llamea de tu sexo en cuyo nombre
    saludaba yo el embalse de mis labios violentos)

había la belleza de los minutos que son joyas con rebaja del
    bazar de la crueldad el sol de los minutos y su lindo hocico
    de lobo que el hambre saca del bosque la cruz roja de los
    minutos que son las murenas camino de los viveros y las
    estaciones y las fragilidades inmensas de la mar que es un
    pájaro loco clavado muerto sobre el portón de las tierras
    cocheras y había hasta el pavor tales como el relato de julio
    de los sapos de la esperanza y de la desesperanza limpios de
    astros por encima de las aguas allá donde la fusión de los
    días que garantiza el bórax justifica las veladoras gestantes
    las fornicaciones de la hierba que no hay que contemplar
    sin cautela las cópulas del agua reflejadas por el espejo de
    los magos los animales marinos para atrapar en la cuenca
    del placer de los asaltos de vocablos con todas las cañoneras  
    humeantes para festejar el nacimiento del heredero
    varón en instancia paralela con la aparición de las praderas
    siderales en la vertiente de la bolsa de los volcanes

escolopendra escolopendra
hasta el párpado de las dunas sobre las ciudades prohibidas
    azotadas por la cólera de Dios
escolopendra escolopendra
hasta el desastre crepitante y grave que arroja las ciudades
    enanas contra la cabeza de los caballos más fogosos cuando
    en plena arena levantan
su tenebrario sobre las fuerzas desconocidas del diluvio
escolopendra escolopendra
cresta cresta cimacio revienta olas en sable en caleta
    en aldea
dormido sobre sus piernas de pilotes y de safenas de agua
    cansada
en un momento se producirá la derrota de los silos olfateados
    de cerca
el azar rostro de pozo de condotiero ecuestre con charcos
    artesianos y las cucharillas de los senderos libertinos a
    modo de armadura
rostro de viento
rostro uterino y lémur con dedos ahuecados en las monedas
    y la nomenclatura química
y la carne invertirá sus grandes hojas de plátano que el viento
    de los tugurios fuera de las estrellas que señalan la marcha
    hacia atrás de las heridas de la noche hacia los desiertos de
    la infancia hará como si leyera
en un momento habrá sangre vertida donde las luciérnagas
tiran de las cadenillas de las lámparas eléctricas para la
    celebración de las compitales
y las chiquilladas del alfabeto de los espasmos que traza las
    grandes cornamentas de la herejía o de la connivencia
habrá el desprendimiento de los trasatlánticos del silencio
    que surcan
día y noche las cataratas de la catástrofe en torno a las sienes
    duchas en trashumaciones
y la mar retraerá sus minúsculos párpados de halcón y tú
    tratarás de asir el instante el gran feudatario recorrerá su
    feudo a la velocidad del oro fino del deseo por las rutas
    de neuronas observa bien si el pajarillo no ha tragado la
    estola de gran rey atónito en la sala pletórica de historias
    adorará sus manos pulquérrimas sus manos levantadas
    en el rincón del desastre entonces la mar calzará otra vez
    sus zapatillas acuérdate de cantar para no apagar la moral
    que es la moneda obsidional de las ciudades privadas de
    agua y de sueño entonces la mar se sentará a la mesa muy
    suavemente y los pájaros cantarán muy suavemente en las
    básculas de la sal la canción de cuna congoleña que la
    soldadesca me ha hecho olvidar pero que la mar muy piadosa
    de las cajas craneanas conserva en sus folios rituales

escolopendra escolopendra

hasta que las correrías a caballo anden de juerga por los
    prados salinos de abismos con el murmullo humano rico
    de prehistoria en los oídos

escolopendra escolopendra

mientras no alcancemos la piedra sin dialecto la hoja sin
    torreón el agua frágil sin fémur el peritoneo seroso de las
    noches del manantial

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