sábado, 18 de octubre de 2014

Don Paterson -Poesía

Don Paterson, Dundee, Inglaterra, 24 de marzo 1963
Versión  Santiago Espel



PoesíaDe la misma manera en que el necio diamante
contiene una chispa del fuego ancestral del planeta
atrapada para siempre en su red de hielo,
no es el último fuego del amor el que la poesía guarda,
sino el átomo del amor que la hizo abandonar el silencio:
de modo que si el carbón brillante de su amor
empieza a humear, el poeta escucha su voz
súbitamente forzada, como la de un cantante de reparto,
enamorado de su propio estilo o tapado por los violines.

Pero si logra una luz más estable, si alcanza el verso puro,
cuando finalmente llegue, sonará como un manantial
igualmente puro, anónimo y sereno.

Bajo el ajeno y lejano cielo, el agua no canta nada,
ni de tu nombre, ni del mío.





jueves, 16 de octubre de 2014

Tatiana Oroño -como la flor de la tuna

Tatiana Oroño, San José, Uruguay, 22 de julio 1947


 como la flor de la tuna

          
cuello de cisne
           o dama de la noche

    abre en lo oscuro
    el sol
    de su garganta
    que la corola numinosa alumbra grávida

y sus estambres tiemblan
y sus pétalos ceden
a la ley de expansión y a la blancura

    así cede la tierra
    a la verdad
    del hueso:

           como a una flor nocturna
    lo revela.

  
    este esqueleto: un haz de pétalos.

                                        (memoria del maestro julio castro)







-Foto Andrés Landinelli-
 







martes, 14 de octubre de 2014

Eugenio Montejo -Esta tierra


Eugenio Montejo, Caracas, 19 de octubre 1938 – Venezuela, 5 de junio 2008


Esta tierra

Esta tierra jamás ha sido nuestra,
tampoco fue de quienes yacen en sus campos
ni será de quien venga.
Hace mucho palpamos su paisaje
con un llanto de expósitos
abandonados por antiguas carabelas.
Esta tierra de tórridas llanuras
llevamos siglos habitándola y no nos pertenece.
Quienes antes la amaron ya sabían
que no basta pagarla con la vida
o fundar casa en sus montes
para un día merecerla.
Y sin embargo hasta el final permanecieron,
nunca desearon otra visión para sus ojos
ni otro solar para su muerte.
En ella están dormidos y hablan a solas,
a veces se oyen,
alzan sus voces en medio del follaje
y el viento las dispersa.
No serán nuestros sus vastos horizontes,
ninguna gota de sus ríos,
de quienes la pueblen después,
fue ajena siempre en cada piedra,
en cada árbol.
Demasiado verde son los bosques
de sus espacios sin nieve.
Sus colores desnudan las palabras;
en nuestras charlas siempre se delatan
sonidos forasteros.
Esta tierra feraz, sentimental, amarga,
que no se deja poseer,
no será de nosotros ni de nadie
pero hasta en la sombra le pertenecemos.
Ya nuestros cuerpos son palmas de sus costas,
aferrados a indómitas raíces,
que no verá nunca partir
aunque retornen del mar las carabelas.


domingo, 12 de octubre de 2014

Jorge Lincovsky -Isla Tiberina

Jorge Lincovsky, Bs. As., 18 de diciembre 1950


Isla Tiberina

                  “ El éxtasis es el sexo con amor”
                          Fiódor Dostoyevski



Curvas los colores de Roma
vas a explotar de tanta mujer

Refugio de tus carnes
vals desnudo ritma

Entro a tu boca
me disuelvo en saliva
soy en tus labios

Cada beso quema
un alba húmeda

Tu europeo cuerpo brilla
como un tiro en la nuca

viernes, 10 de octubre de 2014

Antonio Gamoneda -Relación del prostíbulo

Antonio Gamoneda, Oviedo, España, 30 de mayo 1931


Relación del prostíbulo

Vi la solicitud de las ancianas
y sus agujas; las tinieblas
y la humedad de sus medallas.

Era jueves sin padre, jueves sólo.
No había nadie en el espejo. Vi
cánulas y, tras el crepúsculo,
a las gallinas en la eternidad.

Dios se cansó de la tristeza
y no quiso existir. Aquella tarde
fue la única tarde de mi vida.

miércoles, 8 de octubre de 2014

Graciela Perosio -Sin que nadie lo note

Graciela Perosio, Bs. As., 14 de junio 1950


Sin que nadie lo note, en la oscuridad
de la tibia noche de noviembre,
está sentado sobre un pequeño muro de piedra.
Casi las once y los jazmines
envuelven la esquina
de Aviador Pluschow y Aviador Rholand
en ciudad Jardín del Palomar.
Corre el año 1970.
Está solo y no, porque este poema
también existe, aunque aún no lo sabe.
Las estrellas y el aire nocturno danzan
con música de Mozart
que viene del jardín de una casa
cuyos habitantes cenan
sentados en el césped.
La brisa también trae, de a ratos,
oleadas de retama
que es como decir luz.
Permanece inmóvil a pesar
de que lo esperan.
Debió haber llegado ya
de la Facultad de Arquitectura
donde estudia.
Pero la maravilla lo sorprendió
y lo tiene detenido.
El, que desea volar
como lo máximo en el mundo,
permanece quieto en esa esquina de alas.
Quieto y suspenso hasta ser aire.
                              Entonces empezó a comprender.
Amó la tierra
y construyó casas.







lunes, 6 de octubre de 2014

Laura Ponce -Miradas y correlatos


Laura Ponce, CABA, 22 de enero 1964


Miradas y correlatos

I
Detrás de los cristales
nadie verá qué hermosos ojos tengo

ni la emoción.
No habrá deseo

detrás de los cristales.

II
La distancia justifica a mi ojo imperfecto:
puedo permitirme
impunemente el juego el pequeño lujo

sin levantar sospechas.

III
¿Cómo habré de verme
cuando mi ojo derecho
definitivamente salte

y se suicide?

sábado, 4 de octubre de 2014

Cesare Pavese -Vendrá la muerte y tendrá tus ojos

Cesare Pavese, Santo Stefano Belbo, Italia, 9 de septiembre 1908 - Turín, 27 de agosto 1950
Traducción Esteban Nicotra



Vendrá la muerte y tendrá tus ojos

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos,
esta muerte que nos acompaña
desde el alba a la noche, insomne,
sorda, como un remordimiento
viejo o un vicio absurdo. Tus ojos
serán una vana palabra,
un grito apagado, un silencio.
Así los ves cada mañana
cuando sola te inclinas hacia ti
en el espejo. Oh ansiada esperanza
ese día, también nosotros,
sabremos que eres la vida y la nada.

Para todos la muerte tiene una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como dejar un vicio,
como en el fondo del espejo
ver resurgir un rostro muerto,
como escuchar un labio mudo.
Callados bajaremos al vacío.

jueves, 2 de octubre de 2014

Raymond Carver -El don de la ternura

Raymond Carver, Oregon, EEUU, 25 de mayo 1938 - Washington, EEUU, 2 de agosto 1988
Versión Esteban Moore



El don de la ternura

Tarde en la noche comenzó a nevar.
Los copos húmedos caían
más allá del cristal de las ventanas,
surcando el aire frío
ocultaban el resplandor de la ciudad.
Observamos un rato la tormenta
sorprendidos, felices, satisfechos
de estar allí y no en otro sitio.
Puse un leño en el hogar,
me pediste que regulara
el tiro de la chimenea.
Nos metimos en la cama.
Cerré mis ojos, de inmediato,
pero
por razones que desconozco
antes de dormirme
el aeropuerto de Buenos Aires
atravesó mi memoria.
Recordé aquella tarde,
la temprana oscuridad, las sombras.
Reconstruí la escena:
Regresé a ese paisaje desolado
donde flotaba un silencio sepulcral
interrumpido únicamente por el rugido
de las turbinas del avión que carreteaba
lentamente bajo una lluvia de granizo,
tan fino que lo confundimos con nieve.
En las ventanas de los edificios no había luz.
Un lugar realmente solitario.
Sólo pasillos abandonados, hangares, vacíos.
No vimos una sola persona.
"Es como si todo estuviera de luto,"
fue tu comentario.


Abrí mis ojos.
El ritmo de tu respiración
me dijo que estabas profundamente dormida.
Te cubrí el cuerpo con uno de mis brazos.
Mis evocaciones
me trasladaron a la Argentina,
luego a un departamento en el pasé
un tiempo de mi vida, en Palo Alto.
No nieva en esa ciudad,
Pero el departamento disponía
de un amplio ventanal desde donde
podríamos haber mirado por horas
la autopista que rodea la bahía.
La heladera estaba al lado de la cama.
Las noches calurosas, sofocantes,
cuando me despertaba con la garganta seca
sólo tenía que estirar el brazo, abrir la puerta
y dejarme guiar por su luz interior
hasta el botellón con agua refrescante.
En el baño un pequeño calentador eléctrico
descansaba cerca del lavatorio.
Todas las mañanas mientras me afeitaba
calentaba agua en una vieja sartén,
el frasco de café instantáneo,
siempre a mano, en el botiquín.

Una mañana me senté en la cama
vestido, recién afeitado,
bebiendo sorbos de café caliente
intentando olvidar planes,
proyectos, todas esas cosas
que había decidido realizar.
Finalmente disqué el número
de Jim Houston que vive en Santa Cruz,
le pedí prestados 75 dólares.
Me contesto que estaba sin fondos.
Su mujer había viajado a México
por unos días y él no tenía dinero,
no llegaba a fin de mes.
"Está bien", le dije. "Te entiendo."
Y así era,
no necesité explicaciones.
Hablamos un poco más y cortamos.
Terminé el café cuando el avión
comenzaba a elevarse en mi recuerdo
y yo desde la ventanilla miraba
por última vez las luces de Buenos Aires.
Después cerré los ojos
iniciando el largo regreso.

Esta mañana hay nieve por todos lados.
Hablamos sobre la tormenta.
Me comentás que no dormiste bien.
Te digo que yo tampoco.
Tuviste una noche terrible. "Yo también."
Estamos tranquilos el uno con el otro,
nos asistimos tiernamente
como si comprendiéramos nuestro estado de ánimo,
las mutuas inseguridades.
Creemos adivinar los sentimientos del otro,
no podemos, por supuesto, nunca podremos.
No tiene importancia.
En realidad es la ternura la que me interesa.
Ése es el don que me conmueve, que me sostiene,
esta mañana, igual que todas las mañanas.


alpialdelapalabra.blogspot.com

martes, 30 de septiembre de 2014

Mónica Tracey -Las ramas del ciprés calvo

Mónica Tracey, Junín, 18 de mayo 1953


Las ramas del ciprés calvo
sobre mis ojos
encaje labrado sobre el cielo
con fondo de cielo
las semillas arracimadas
broches de piedra opaca
los sauces protegen a las casuarinas
de la corriente marrón
inclinados escuchan ese
murmullo interminable
de lo que no vuelve
sobre el verde comienza a imprimirse
el otoño como reflejo del río.

domingo, 28 de septiembre de 2014

Juan L. Ortiz -Entre diamante y Paraná

Juan L. Ortiz, Puerto Ruiz, Entre Ríos, 11 de junio 1896-Paraná, 2 de septiembre 1978


Entre diamante y Paraná

                             Un cielo de prelluvia
                   demora y demora un estupor de grises
           y de azules... de azules, es cierto en inminencia aún
               de decidirse...
                                        lo demoraría
                   hasta esa penumbra en que habrá de desleír
                    su silencio, al fin,
           apenas, éste, apenas, muy apenas, caído
o negado en una poco menos que adivinación de arpas, o de
     brillos
                     a soñar pero que flotarían
en hilados, quizás, con intermitencias, por ahí,
                        en una casi ceguera, entonces, por encima
del tecleo que habrá de cristalear, por su parte, se diría
                                               en abismamiento
                    a los lados de las banquinas?:
                                            las ramitas
                     deberán por él, consecuentemente, de seguir
digitando su llamamiento, o qué?, de junto o en medio de un
                                                                     misterio de marismas
                                                             sobre una nada de vidrios?

                                   Pero el camino
            se enciende, ahora, en la irradiación de una agonía
                                                    que fija
           altísimamente una nube o un cisne
más bien, de gloria, o mejor, una suerte de capullo del cual no
      se sabría
                                        si se despide
        o si en un fluido de oro y rosa, transcielamente, ya replica
                                             el amanecer de sus suspiros...
         Y son allá y más allá unos pasajes, no?, de trigo
                                               en subida
       o en vaporización o espectralmente en fuga entre las cintas
                            de un verde por anochecer y todos en la misma
                                                                    melodía
       que despliegan y despliegan lateralmente los minutos
                                   que armonizándose en otra línea,
                                             hacia arriba,

llegan a extasiarse en una como transfiguración de rayos de
     jardín
                                o de recuerdos, en un haz, de visos…
      Mas he aquí que uno de éstos se extravía
                                                   al abatirse
                  y da en descubrir
     lo que quedaba a un lado del asfalto, en un equívoco
              de denuncia, al exaltarlo precisamente así:
                              lo que quedaba de un perrito
     que alguien, quién?, separase de la madre y de los otros
         de la cría:
            consignados, me dijeran, sobre una bolsa, en un
                  declive
     a la margen de la ruta y contra un grupo de arbolillos…:
                           consignados en la prisa,
   entonces, del desasimiento y del endoso, que se sigue,
                                        del fastidio..
                      consignados a lo fortuito
        de una “piedad” que, por su parte, en el vacío que la
             aspira
             sólo puede, a lo sumo, ir delante de sí
                                 y oír
                         únicamente el zumbido
               de un tiempo que quisiera apurar hasta el límite
                     y ello siempre que no lo asimile
        éste, y a lo largo, ensordecedoramente, del día…
Y entonces, me parece que la puérpera hubo de preguntar en
     medio de hipos
                                                      a ese desconocido
                    que le alzara su hijo
                                                      a un destino
       al que sólo le fuera dado lamer casi en seguida
                                              entre acaso fintas
           que le impusiera el tráfico, ciertamente, ay, obstruido
                                por ellos allí
     desgarradas aquéllas de su parte por gritos
ante el horror que aún quizás se le infligiera de que ella debería
                                  lacrar con su vida
        eso a cuyo misterio no pudiese sino despertar más los
             latidos
                   y tenderlos no solamente por todo el curso, diríase,
          de la luz, pero asimismo
         por el de la propia sombra con el juego entre sí
    de la fascinación de los faros hasta la corrida
                              de la vigilia
     por desprender la última a tiempo que la vela asimismo
                        de las luciérnagas fosforecía
                                              el fin
                               de los escalofríos
       sobre el propio, en correspondencia, de las briznas...
Y fuera en ese momento cuando probablemente más habrá
    sentido
               la ausencia de aquel, de cualquier modo, calorcillo
                           que les asignaran por ahí
la dispensa de lo que, ciertamente, significase un “abuso de
     familia”
                               pues el descendimiento para asistirlos
de ese cielo que llegaba por momentos aun a adherírseles,
                                no llegaba, a fuer de “animitas”
        que era, a tocar justamente, el lado de su frío,
ese que le hiciera desesperar en la ocasión, más si cupiese, los
     aullidos
                      en la necesidad de oír
allende los vanos que abrieran, fugitivamente, los ruidos
                del amanecer de la vía
                                                 un posible
         de respuesta, a pesar de los pesares, de alguna viejecita
                             o de algún linyera, desprendidos
                                             de su pesadilla,
           pero sin duda ellos, con oídos,
a los que siempre, siempre, no se sabe, no, qué nadie,
          tras la reverberación misma,
les vuelve solamente, ay, solamente, a los gemidos...:
                           ellos así
los únicos, o casi, conforme a la experiencia que de por ahí
              tuvieran los fieles de las otras jerarquías
                                                del Olimpo...
     capaces de cortar a tiempo el lazo de lo definitivo
                         por correrse sobre unos hálitos...:
                        ellos así
como ángeles en trapos en esa lividez que profundiza
                                      todos los precipicios
          en que el alba va cediendo, ya, a los pies
                     de los forzados de la intemperie
cuando sin saber cómo no son éstos aspirados, de improviso,
                                  entre los espartillos...:
                          ellos así
para escuchar o adivinar bajo o entre la circulación, todavía,
                                   del ruido
                            los silencios que tiritan
         desde el extremo, se dijera, ya, del hilo...:
                           ellos los aparecidos,
literalmente, de este lado, para hacer que aún no pasen al otro
      de su limbo
                                           sus hermanos de aquí
        si para ello bastara algo de lo recogido
de las bolsas de la noche de bajo las aceras cuando en la
     amanecida
                   del volcadero, bajo un verde de volidos
       ya, o en medio de un crema ya también de ensortijados en
            hilitos
                  y entre el óseo de los otros digitales, asimismo

           urgando, pero todos nivelados, madrugadoramente, allí,
                                   por las urgencias de la bulimia...:
                    aparecidos
además, en esa eternidad de un segundo de la ausencia bajo el
      filo
                                          del juicio
                   a los olvidados, por ellos asumido...:
                             o aparecidos
   de qué providencia, sencillamente, aunque en equilibrio
                                      acaso también para asistir
                                                   en su desliz
          a los anónimos de siempre o que parecieran elegidos
        de las caídas...
        Pero elegidos
       ellos, a la vez, por qué no?, para que el alba se redima
                          y así
       que la luz de la leche siquiera en algún sitio
                     sensibilice
en ese azulamiento de la fuga hacia lo alto que habré luego de
    cernir
                       el desdén, casi, del “espíritu”...
           sensibilice o vaya sensibilizando lo que a éste, al fin,
                                                   justificaría
por los desheredados, paradójicamente, de sus “títulos”
                                entre los grumos de su nadir
inclinándose para lavarle a través de las figuras
            de su piedad, con el rocío
que, llorase, desde sus estrellas, ella misma…
                    para lavarle lo que, después de todo, fueran por
                         allí
                  humanamente, sus pies...

Aunque ello, es cierto, en las antípodas, y más que
   espacialmente, del continuo
                                 que allá vuelve las arcillas
            y las lianas y los aires de un revés de apocalipsis
                                  en los estallidos
           de una de arañas de teratología o gigantismo
                                 y la llovizna
           de los desfoliantes de amarillo, sólo, a no dudar, para
                amarillos
                                     y las “flechitas”
           con aletas para demorar por tres lunas el cruce a la otra
                orilla,
                                      y un lo inasible
                   de salientes por la noche ya de los tejidos…
                                     y todavía
                    los globos en deshojamiento de esquirlas
           ajenas al metal pero en familiaridad, sin embargo, con
                   el secreto de los gritos. .:
                                       todas las “técnicas”, en fin,
            de la desintegración y de la perennidad de la agonía
                                                            para reducir
             a los condenados a un infierno de tres décadas, ya,
                                        y por estar, al último, en el círculo
                                       de la estrategia de la ceniza
                                                        que hundiría
                 para siempre, después, en cavidades de cosmogonía,
                                         a lo demás del continente con la única
           culpa de haber ensayado recuperar, colectivamente,
                   y aun abrir
                                                         las líneas
                                               del yan y del yin...
Y más, hacia el Este “cercano” de la “civilización”, las mujeres
        y los niños,
                                       reos de discurrir,
           desde luego, sin saberlo, sobre el oro de las
                   profundidades, cuyo viento necesita
                               aquélla ilustrar e invertir
               en las llamas de la purificación para el dominio:
                                  reos, pues en el suplicio
            de los pronunciamientos de fósforo cayendo de unas
                alas en la apertura
                                                               de unas villas…
             Y en otro nivel, la “civilización” que se inflige,
          en el mejor de los casos, por el señuelo de unos “bienes”
                  a cortar el circuito
                                de una sabiduría
                que florece a su hora, bien que en lo invisible,
que debe, quizás, a unas corrientes que presionan
    silenciosamente, desde siglos...
          Y eso cuando ella no revierte contra la propia cetrería
                            las artes de sus neblíes
           pero superándolas, progresivamente, hacia la caza de
                los miedos,
                                     o de los monstruos de por encima
                     de por dentro y de por bajo si en los infinitos
                                que acechan asimismo...
       Y, ah, por añadidura, de este lado, en la Amerindia,
igual descendimiento de los “súper”, para horror de la floresta,
                                                                  a ras de los que pisan
              o poco menos, ignorándolo también, unas minas
                                                     del combustible.
Y ello por entre los claros que tapa a continuación, de
     improviso,
                                    una fatalidad de aluminio que todavía
acosa, si cabe, de más bajo, a las familias,
                          hasta la ilusión de las barquillas,
pues entonces aquélla habiendo encontrado una manera de
     vacío
                        sobre el afluente en fiebre al blanco, por
                         minutos del mediodía
         le adelanta un crepúsculo, en dehiscencia, de cobrizos…
                Y es más arriba
                                           el suicidio
              en comunidad de las tribus
        ante el solo trueno que anuncia el genocidio...
                 Y es ahora mismo
                               el expatriamiento, en inminencia, de las
                                   dríadas del origen
                                               a la aventura de una orilla
                                                            del mar de energía
              o de la “presa” a alimentar o a sangrar, de verdad,
                                      bajo la desnudez de algunos ríos
                               por los fantasmas, acaso, ya, del fin
                                        de Nandurú—Arandú...

Hay, pues, Stefan George, algún momento, en realidad,
                                                               que dé todo de sí
         cuando al curvar, jardinadamente, un recuerdo de círculo,
                  deja caer un eco, diríamos,
      de uno de sus pétalos sobre la propia palidez también en ida
               de la ruta y enciende como un casi imposible
                       de memoria más que abre unas líneas
                                que nos toca seguir
         vueltos, súbitamente, a pesar nuestro, del olvido
                                                        del Estigia,
y con todo que a aquél, en nuestro caso, le hubiésemos,
                                                        naturalmente, de abrir
                     hacia los espacios, por qué no?, del devenir
                                                            o de su devenir
                     con el concurso de hadas y silfos
            a través de la penumbra y a través aun de la misma
                     sombra: ellos, entonces, en instrumentistas
                                                        de lo invisible?…
aunque… aunque… es cierto que las ondas que ahora no
      inmunizarían
                              despliegan, concéntricamente, a la vez,
                                                     la amanecida
                               en una rosa aun de cinc
                  que toca, en verdad, muy apenas las orillas,
pero en la presión, ya, no puede negarse, desde el fondo del río,
                      de una piedad que se decide
         a amartillar el propio corazón de los siglos...