domingo, 12 de julio de 2015

John Ashbery -Autorretrato en un espejo convexo (fragmento)

John Ashbery, Nueva York, 28 de julio 1927
Versión Santiago Espel



Autorretrato en un espejo convexo
(fragmento)


Creo que intenta decirnos lo que es el hoy,
y nosotros debemos escaparnos, como sale del museo
el público, en estampida, a la hora de cerrar.
No podés quedarte a vivir ahí.
El esmalte gris del pasado ataca toda pericia:
retoques y terminaciones secretas que llevaron una vida
aprender y que son rebajados a la condición de meras
ilustraciones en blanco y negro, dibujos sin láminas de color.
Es decir, el tiempo reducido a ningún tiempo en particular.
Nadie habla del cambio, porque hacerlo supondría
estar hablando de uno mismo, y aumentaría el pavor
del encierro, sin haber visto la muestra completa
(sin contar las esculturas del sótano, en su lugar natural).
Nuestro tiempo llega a enmascararse, a verse comprometido
por la voluntad de duración eterna del retrato.
Y refleja la nuestra, que creíamos mantener oculta.
No necesitamos pinturas ni baladas escritas por poetas
cuando la explosión es tan precisa y contundente.
¿Qué sentido tiene encontrarle explicación a esto?
No hay tiempo para entregarse a pasatiempos sublimes.
El tiempo no tiene contornos: los hechos irrumpen
con sus propios límites, la misma sustancia indivisible.
El juego es otra cosa: existe en una sociedad específicamente
organizada como una muestra de sí misma.
No hay otra, y estos imbéciles que confundirían todo
con sus juegos de espejos, que aparentan multiplicar
premios y posibilidades, o que al menos enredarían las cosas
valiéndose de un barniz capaz de corroer la arquitectura
central del asunto, una neblina de burla contenida,
estos imbéciles están al margen de todo.
Están afuera del juego, un juego que no existe hasta
que ellos quedan del otro lado.
Parece un universo muy hostil,
como también, y según los filósofos, el principio
de cada cosa individual es hostil a su entorno,
al menos esto, el presente indivisible y silencioso,
tiene de su lado la lógica, que no es para nada desechable,
o que no debería serlo, si la manera de transmisión
no se contaminara, haciendo del resultado del relato
una caricatura de sí mismo.
Esto es moneda corriente, como en los casos en que un rumor
de tanto ir y venir, termina en algo completamente distinto.



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